El Perdón: Un Viaje de Transformación y Redención

Querido diario,

Nací en una familia acomodada en la provincia de Ávila. Mi padre era director de una gran empresa, y mi madre se quedaba en casa, cuidaba de su única hija, planchaba los trajes de mi padre y preparaba los encurtidos de la cocina. Vivíamos en un pueblecito tranquilo; al terminar el instituto, me trasladé a Madrid para estudiar. Allí conocí a Carmen, nos casamos y, al fin, parecía que todo iba viento en popa: teníamos casa propia, trabajos estables y una vida en armonía.

Sólo nos faltaba un hijo. Hubimos ya de consultar a tantos médicos que ya he perdido la cuenta, incluso viajamos a París y a Roma. Todos aseguraban lo mismo: no había ningún problema de salud. Cada test de embarazo que daba negativo me hacía romper en llanto. ¿Hasta cuándo?, me repetía una y otra vez.

Un domingo, para despejarme, di una paseíta por el Parque del Retiro. El sol brillaba, los pájaros cantaban y el aire olía a jazmín. Sin embargo, sentía un vacío inmenso. En una banca vi a una anciana que alimentaba a las palomas con semillas. Al acercarme, ella me ofreció una bolsita; empezó a esparcir las semillas mientras las aves picoteaban a nuestro alrededor.

Sin saber por qué, me sentí impulsado a conversar con ella. Le conté mi desazón por no tener hijos; ella me escuchó en silencio, sin interrumpir.

Dime, Óscar, ¿hay alguien a quien hayas ofendido y hayas decidido olvidar? me preguntó.

Yo, pensando, aseguré que no.

¿Estás seguro? Quizá en la escuela

Jamás recordaba mi época escolar, jamás había metido la pata con nadie; era un alumno tranquilo y reservado. De pronto, una punzada en el corazón me trajo el recuerdo de una compañera: Luna, una niña tímida criada por su abuela, cuyos padres eran poco cuidadosos. La llamaban la delicada. Era objeto de burlas, pero nunca se defendía.

A veces llamábamos a Luna por el teléfono de casa y charlábamos larguísimo sobre libros, películas y tareas. Sólo por teléfono se mostraba habladora; en clase nunca se acercaba a mí, como si temiera que los demás se rieran de que yo la defendía.

Una jornada, Luna llegó al instituto con una chaqueta y falda en vez del uniforme. En el recreo la cremallera se deslizó y la sujetó con una horquilla. Los chicos, al ver la situación, le aflojaron la horquilla y la falda cayó al suelo, provocando carcajadas. Yo, paralizado, solo observaba, sintiendo pena pero sin atreverse a intervenir.

Desesperada, Luna huyó, corrió hasta el río y se zambulló. Era otoño tardío, el agua helada la hizo perder el sentido. Un hombre que pasaba por allí la sacó, le puso su chaqueta y llamó a la ambulancia. La llevaron al hospital; pasó varios días en coma y, al despertar, sufrió una grave inflamación por hipotermia. Sólo su abuela la visitaba.

Los compañeros ignoraron la noticia; yo pensé en ir a verla, pero la rutina me lo impidió. Luna nunca volvió al instituto. Se rumoró que había sufrido un trastorno psicológico y, con el tiempo, dejó de saber de ella.

Aquella memoria me golpeó con fuerza: era la única ocasión en que sentí vergüenza por mi propio comportamiento, aunque nunca la hubiese herido directamente. Decidí buscarla. Salí de la banca, la anciana ya se había marchado y las palomas volaron. Una idea se encendió en mi mente: volver al pueblo de mi infancia. Mis padres ya vivían en la costa, pero allí no tenía familiares.

Al día siguiente pedí permiso en el trabajo y partí. Le dije a Carmen que mis padres me habían pedido que fuera. Al llegar al pueblo, me alojé en una pensión y, sin perder tiempo, caminé hasta la casa de Luna. Nada había cambiado; el mismo jardín, la misma puerta. Toqué la puerta y, tras un largo silencio, la abrió su abuela.

¿Óscar? ¿Qué te trae por aquí? preguntó.

Buenos días. Quisiera ver a Luna, ¿está en casa? respondí.

Está en su habitación. Pasa, te lo agradezco.

Entré y la encontré dibujando, con la espalda vuelta.

Luna, soy Óscar Blanco, ¿me recuerdas? dije.

Claro que sí, Óscar. ¿Qué deseas? contestó, girándose.

Al verla, descubrí a una mujer hermosa y segura, muy distinta de la niña que conocí.

Sabes, Óscar, yo te esperé en el hospital, junto al río, día tras día. Pero nunca viniste. No guardo rencor; comprendí que los demás te habrían ridiculizado. Sin embargo, estaba muy sola, sin nadie más que tú y mi abuela. Cuando los médicos me dijeron que nunca tendría hijos, pensé en ti, deseándote la misma culpa. Sentí que me habías abandonado con indiferencia. me confesó con voz temblorosa.

Me arrodillé.

Luna, perdóname, por favor. Me avergonzó no defenderte, no correr a tu encuentro. Fui egoísta, sólo pensaba en mí. Ahora siento el castigo de mis actos.

Luna me miró, sintió la sinceridad y, sin guardarme rencor, me levantó.

Óscar, perdóname también por esos pensamientos. No guardo ira; te perdono y quiero ayudarte, aunque no sé cómo. dijo, abrazándome.

Tomamos un té, charlamos y, al despedirme, prometí llamarla. Sentí una ligereza enorme en el pecho.

Tres meses después, compré otro test de embarazo. Al ver las dos líneas, no podía creerlo: ¡estaba embarcado! Llamé a Luna de inmediato; su alegría fue inmensa, pues había pensado que yo le había causado su infertilidad. Después avisé a Carmen y a mis padres; la noticia llenó de felicidad a toda la familia. El embarazo transcurrió sin complicaciones y nació una niña a la que llamamos Alba. Le pedimos a Luna que fuese madrina y aceptó con emoción.

He aprendido que las palabras amargas y los deseos de maldad vuelven como boomerang a quien las lanza. No debemos maldecir ni desear daño; es mejor vivir en paz y armonía.

Con gratitud,
Óscar.

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