El viento frío de otoño se colaba entre los ramos de flores artificiales, haciendo temblar las cintas negras como almas que no pueden hallar reposo. Ese día era ya la quinta procesión fúnebre que cruzaba la avenida principal del antiguo cementerio de la ciudad de Salamanca. El quinto ataúd descendía a la húmeda y poco acogedora entraña de la tierra. La quinta vida, condenada oficialmente por el mundo al olvido.
Julián y Ramón se refugiaban en una glorieta de ladrillo medio derruida, escudándose del viento insistente. Sus miradas, entrenadas en la vigilancia constante, seguían la ceremonia con desgano. El ritual de luto era para ellos simplemente un telón de fondo, una rutina laboral. Se levantaron, sacudieron los pantalones gastados y, tras ponerse las máscaras de luto adecuadas, se dirigieron al grupo de dolientes. Se acercaban a cada uno murmurando palabras de condolencia, estrechando manos heladas. A nadie le importaban esos dos hombres sin gracia, ataviados con chaquetas raídas. El dolor, gran nivelador, borra las barreras sociales. En momentos así, cualquier gesto, aunque sea de desconocidos, parece una gota de calor en el océano helado del sufrimiento. Nadie preguntó quiénes eran, nadie les prohibió despedirse. Les resultaba conveniente esa anestesia colectiva provocada por el duelo.
Fue la última procesión del día la que captó su atención con especial fuerza. Todo allí gritaba dinero. Un ataúd costoso de madera oscura pulida con pesadas manijas de bronce, ramos de flores frescas que exhalaban un perfume embriagador, y en la puerta de la entrada no había los habituales Seat 600, sino sedanes de lujo con cristales polarizados. Primero se acercó Julián. Miró dentro del ataúd y una contracción cruzó su rostro, simulando a la perfección el dolor de la pérdida. Hizo la señal de la cruz con fervor, sus labios susurraron una oración aprendida de memoria y se retiró, fingiendo secar una lágrima que ni él sentía. Ramón, tras una pausa, repitió el mismo ritual, pero con mayor teatralidad y un suspiro de compasión exagerado. Sus ojos se cruzaron por un instante y, en los bordes de sus bocas, se dibujaron apenas perceptibles sombras de una sonrisa. Sin necesidad de acordar nada, volvieron a su refugio de ladrillos. El corte de hoy prometía ser más que decente. Solo faltaba esperar la noche.
Según les contó una anciana chismosa del equipo funerario, era la fallecida Cruz de la Vega. En el ataúd yacía vestida con un lujoso traje de terciopelo de seda, y en los desvaídos lóbulos de sus orejas relucían enormes pendientes de oro con rubíes escarlata. Sobre su pecho sin vida debía quedar también una enorme cruz dorada así se hacía siempre, para seguir todos los cánones.
Cuando el gris crepúsculo absorbió los últimos colores del día y el cementerio quedó sumido en un silencio roto solo por el crujir de las hojas caídas, los dos hombres se pusieron a trabajar. El cielo, como por mala suerte, se cubrió de nubes plomizas y una lluvia fría y persistente cayó sobre ellos. La tierra húmeda y pesada se adhería a las palas, convirtiendo cada movimiento en un esfuerzo penoso. Las manos se entumecían, la espalda dolía, pero la idea de la recompensa prometida los empujaba hacia adelante. Ese trabajo tenía que terminarse; no había otra salida.
Su encuentro, esa irónica mueca del destino, había ocurrido años atrás en la cárcel. Dos soledades, dos guiones de vida rotos. Y la sociedad a la que volvieron resultó tan despiadada como los muros de la prisión. Julián creció en un orfanato donde le enseñaron a no soñar, sino a sobrevivir. A Ramón lo abandonó su propia familia, que lo repudió al enterarse de su condena, como a un leproso. En libertad los esperaba una existencia sin derechos, sin techo, sin trabajo y sin la mínima oportunidad de rehabilitación. Habían llegado allí, en gran medida, por estupidez: Julián por robar unos pocos miles de euros de la caja de una fábrica donde trabajaba de cargador; Ramón por una pelea ebria en la que su rival le quebró la mandíbula.
Nadie quería emplear a condenados, a hombres ya no tan jóvenes que desprendían el olor del abandono y la cárcel. Así que tomaron el camino más sencillo y sucio: el saqueo. Se consolaban con el mantra cínico: «Al muerto ya no le falta nada. Su bien se pudre bajo tierra, pero al menos nos sirve para saciar el hambre». Ese pensamiento atenuaba la vergüenza abrasadora.
Deslizándose entre las tumbas como sombras y asegurándose de que en aquel vasto campo de muertos no quedara ni un alma viva, llegaron a una colina fresca. Las palas resbalaban, hincándose en la tierra aún blanda. Finalmente, el ataúd chocó contra un hierro con un sonido sordo. Soltaron las cuerdas y empujaron la pesada tapa.
Y lo que vieron les heló la sangre.
Ju ¿Lo ves? ¿… está respirando? croó Ramón, su voz quedándose en un susurro aterrador. En la tenue luz de una linterna, les pareció que los encajes del pecho de la anciana se agitaban.
¡Silencio! ordenó Julián de golpe, casi ahogándolo, sin poder apartar la vista del rostro pálido como la muerte.
En ese instante ocurrió algo que paralizó la circulación. Una mano delgada, fría, con venas azules sobresaliendo, se lanzó desde el ataúd; los dedos huesudos se aferraron al muñeco de Ramón con una fuerza imposible para un muerto. Ambos hombres, que habían sobrevivido a la cárcel sin temer a Dios ni al diablo, chillaron al unísono, retrocediendo.
¡Suéltalo, demonio! ¡Desaparece! balbuceó Julián, cruzándose frenéticamente.
¡Cállate! ¡Mira, está viva! ¡Viva, lo entiendo! gritó Ramón, ya no por miedo, sino por puro shock y una claridad repentina.
No lograron despojar a la muerta de su oro. Tuvieron que sacar del sepulcro a la propia mujer ligera como un esqueleto, envuelta en piel. Cayeron sobre la hierba mojada, entre sollozos y carcajadas de un alivio histérico. La anciana tosió, su cuerpo tembló en una convulsión y abrió unos ojos turbios pero vivaces. Sin mediar palabra, los hombres la tomaron en brazos y, tambaleándose, la llevaron fuera del agujero aterrador, hacia la vieja caseta al borde del cementerio. Por suerte, el guardia no estaba. Mejor así. La dejaron sobre una cama dura y la cubrieron con sus chaquetas sucias.
Necesitamos una ambulancia soltó Julián, sin poder creer lo que sucedía.
Y entonces la mujer, ya sepultada por el mundo, cobró voz. Débil, rasposa, pero con una inesperada firmeza:
No no llaméis a los médicos. Me me enterró vivo un hombre. Un hombre muy concreto. Hay que enseñarle una lección.
Recobrando lentamente la conciencia, su mirada se volvió más clara. De repente, examinó a sus salvadores, sus ropas mugrientas y sus palas.
¿Y vosotros por qué cavasteis una tumba a medianoche? su tono mostraba más curiosidad que repulsión.
Los hombres se miraron; en sus ojos se leía la misma culpa. La verdad era amarga, pero mentir ya no servía.
Queríamos ganar, abuela susurró Ramón, agachando la cabeza. Sus joyas nos sirvieron. Somos merodeadores.
En su rostro no hubo horror ni juicio, solo una fría y calculadora reflexión.
Entonces, para que no haya preguntas, volved, chicos, y enterrad mi tumba de nuevo. Borrad los rastros. Yo os pagaré por el trabajo. Y por salvarme por separado.
Tuvieron que regresar a la cripta negra. Ahora cavar resultaba aún más pesado psicológicamente. Enterraron pruebas, enterraron el secreto horroroso. Al terminar, volvieron a la caseta, empapados, embarrados de barro, moralmente devastados.
¿Dónde vivís ahora? preguntó Julián, intentando averiguar qué hacer después. ¿Os llevo a casa?
Cruz de la Vega negó con amargura la cabeza.
Allí no me esperan. Mi joven marido, veinte años menor que yo, seguramente ya está disfrutando con su amante y celebrando su libertad.
Ramón soltó una risilla.
Lo siento, abuela, pero ¿qué esperabais?
Era un galán, y yo, tonta anciana, creí en el amor su voz tembló sin derramar lágrimas, solo hielo y furia. Me puso algo en el té. Pensó que no lo resistiría. Pero soy fuerte, he practicado deporte toda la vida y me alimento bien. Quería deshacerse de mí y apropiarse de mi dinero y mi negocio. La muerte se confunde fácil con un sueño profundo, sobre todo si pagas al patólogo y a los médicos para que aceleren el trámite y el entierro.
Los dos exreclusos obligados a acogerla en su miserable piso de alquiler en las afueras de Madrid, con dos habitaciones impregnadas de pobreza y desesperación, se convirtieron durante unos días en su refugio compartido, ligados ahora por un secreto macabro.
Mientras tanto, en la luminosa oficina de una gran corporación, el ambiente era sombrío pero estrictamente profesional. Para el homenaje fúnebre a Cruz de la Vega se habían reunido todos los empleados. La respetaban, la temían, pero la admiraban. Había sido la mujer de hierro que, desde una pequeña firma, había construido un imperio. Su marido, Andrés, un hombre apuesto y bien aseado, ya asentado en su papel de heredero, mostraba la expresión lúgubre propia de un funeral, pidiendo a los empleados honrar su memoria. Todos sabían que él era su mano derecha. En realidad, no era más que un parásito, un holgazán y adulador que había logrado enredar la cabeza de la inteligente pero solitaria mujer. Todos percibían que se avecinaban cambios: Andrés prometía instalar a sus compinches y despedir a los leales que conocían el verdadero precio de aquel matrimonio. La empresa estaba condenada.
Andrés, intentando ocultar la celebración bajo la máscara del luto, hablaba de sus planes futuros cuando la enorme puerta del salón de conferencias se abrió de golpe.
Y ella entró.
Primero, una muerte silenciosa se posó en la sala. La gente, con la espalda a la puerta, sintió el cambio y se volvió. Andrés, al verla, quedó petrificado, la boca abierta. Palideció como un lienzo, su mano con el micrófono tembló. Parecía que el lujoso despacho se había convertido en el escenario de un auténtico fantasma, la encarnación de todos sus pesadillas nocturnas.
Buenas, querido pronunció Cruz de la Vega con una voz helada, cortante como el cristal. No parece que estés contento de verme. Acabamos de despedirnos
Cruz yo nosotros balbuceó él, retrocediendo.
He vuelto, avanzó ella lentamente entre la sala, mientras los empleados se apartaban, hipnotizados por aquel espectáculo surrealista. No todos los asuntos están cerrados. Y parece que tendré que desentrañar una mentira muy refinada. Pero, sabes, no tengo tiempo para eso. Dejad que los profesionales se encarguen.
La puerta se abrió de nuevo y entraron hombres uniformados. El allanamiento del apartamento de Andrés había revelado pruebas: frascos de medicinas, impresiones de conversaciones con médicos corruptos. Sus patéticas justificaciones se ahogaron en el silencio atronador de la sala.
Los cómplices de Andrés, esos aduladores y mediocres, fueron despedidos al instante, sin indemnización. En su lugar, Cruz de la Vega contrató a Julián y Ramón. Gente que, tras pasar por el infierno y la mugre, resultó ser más íntegra y honrada que aquellos que vestían trajes costosos.
El exmarido fue encarcelado de por vida. La anciana ya no pensó en él. ¿Para qué recordar al hombre que había perdido no solo la libertad, sino también la propia cara y la conciencia? Ahora tenía otras ocupaciones: salvar su negocio y dos inesperados, pero leales, ayudantes, que encontraban en ella no solo a una empleadora, sino a la madre que ambos habían perdido hace mucho. Se hallaron al borde de la tumba y se dieron una oportunidad de sobrevivir no solo físicamente, sino verdaderamente, como seres humanos. Y esa oportunidad valía más que cualquier oro.







