Vera regresaba a casa apresurada, cargada con pesadas bolsas de la compra, pensando en la cena, los deberes del pequeño y el cuidado de sus hijos, cuando vio una ambulancia ante su edificio. Angustiada por la salud de su marido, descubrió que era para su vecina, la anciana doña Nina, quien iba al hospital y le confió a Vera las llaves y el cuidado de su gata. Al día siguiente, Vera también asumió la difícil tarea de llamar a la hija de la vecina, quien llevaba años sin hablarse con su madre. La conversación removió profundas emociones y recuerdos de la propia Vera sobre la pérdida de su madre. Con la llegada del Año Nuevo, la familia de Vera fue testigo de una inesperada reconciliación entre madre e hija, recordando a todos el valor del perdón y la importancia de cuidar de quienes nos rodean, porque la familia, al final, es lo que nos queda. Diario de Verónica García, Madrid, 28 de diciembre Hoy ha sido un día largo. Después del trabajo, he
¡Íñigo, el maletero! ¡El maletero se ha abierto, para el coche! – exclamaba Marina, aunque ya intuía que todo estaba perdido… Las cosas salieron rodando del maletero a la carretera, y los coches que venían detrás, seguro que ni las vieron.
¡Y ahí iban los regalos y los manjares, para los que habían estado ahorrando los últimos dos meses! ¡La lata de caviar rojo, el salmón, el jamón ibérico tan caro, y todas esas cosas que solo se permitían en grandes ocasiones! Las bolsas con los productos y regalos más preciados estaban arriba en el maletero, bien colocadas para que no se aplastaran. Iban cargados de cosas, camino del pueblo a celebrar las fiestas con la abuela de Íñigo.
Había atasco en la carretera, media ciudad saliendo fuera, los coches iban pegados, sin mucha velocidad… Pero frenar de golpe era imposible, así que todo lo que cayó, cayó.
Los niños, en el asiento de atrás, se inquietaron al ver a su madre tan disgustada y también se echaron a llorar. Marina los tranquilizaba, mientras Íñigo frenaba y se apartaba al arcén; por fin pudieron parar. Quedaba una chispa de esperanza, quizá todo se había ido al arcén. Volvieron andando atrás por la cuneta, pero era en vano. Buscar no tenía sentido, solo perderían tiempo.
—Déjalo ya, cariño, lo que se ha perdido, perdido está. Compraremos otra cosa, ¿vale? Y si hace falta, prescindimos —dijo Íñigo al ver a Marina tan desolada—. Mira cómo nieva y qué oscuro se está poniendo, mejor volvamos al coche que la carretera está mal.
Todo el camino, Marina iba callada. ¿Para qué culpar a Íñigo por el cierre del maletero, si el coche es viejo y el cierre ya no va bien? Ella misma intentaba no pensar en lo ocurrido, pero se le saltaban las lágrimas una y otra vez. Daba rabia, porque había ahorrado para comprar todo eso. Siempre le pasa algo, ¿por qué tan poco suerte? Y claro que hay cosas peores, pero hace daño igual. Encima se acordó de la manta calentita y suave, regalo para la abuela, que también iba allí.
Al llegar al pueblo casi era medianoche; pensaban que la abuela María ya estaría dormida. Pero el farolillo del porche lucía y la abuela, junto a su vecina Zina, salió corriendo a recibirles.
—¡Habéis llegado, gracias a Dios! —gritó la abuela besando uno por uno—. Marinitas, Iñiguito, ¡qué alegría! ¿Y Juan e Irene? ¡Aquí están, mis tesoros, gracias a Dios, todo bien!
—Abuela, está todo bien, no te preocupes tanto —dijo Íñigo abrazándola—. Entremos en casa, que nieva y solo llevas el abrigo echado por encima, ¡qué frío! ¿Por qué tanto nerviosismo, mujer?
La abuela hizo un gesto con la mano—. No te rías, Iñigo, pero Zina y yo hemos estado toda la tarde rezando por vosotros. Hoy he tenido una visión, como si fuera realidad: vuestro coche se salía de la carretera y ocurría una desgracia. Me desperté sudando, con muy mala sensación en el cuerpo. Así que Zina, al verme tan mal, propuso rezar y pedirle a San Nicolás que os protegiera. Realmente, no sabíamos cómo pagar tanto favor… Pero habéis llegado sanos y salvos, ¡eso es lo que importa!
—Tienes razón, abuela —dijeron Marina e Íñigo—. Y si a alguien le llegó nuestra cesta de regalos, que la disfrute. Seguro que la necesitaba más.
El Año Nuevo lo celebraron con una gran mesa: patatas de la huerta, tomates y pepinillos en vinagre, arenque bajo el abrigo (ensaladilla rusa) y ganso asado para chuparse los dedos, y por supuesto los famosos bollitos de la abuela. Los niños, Juan e Irene, pasaban la noche entre los bollos calientes y los juegos… Hasta casi medianoche esperando ver cómo San Nicolás dejaba los regalos bajo el árbol.
La abuela María reía, abrazando a sus nietos y bisnietos, propios y ajenos. ¡Qué felicidad estar todos juntos! Eso sí que importa.
Y mientras, en un pueblecito perdido de la España rural, en una casita compartida entre tres viejas casas, estaban sentadas dos ancianas, hermanas: Esperanza y Virtudes, y su vecino don Basilio. Sobrevivían como podían: sin apenas familia, plantando en verano algo en la huerta, y en invierno todo frío y soledad. Pero juntos se apañaban.
Basilio, que había ido por leña seca al bosque, de pronto vio una bolsa asomar entre la nieve al borde de la carretera. La recogió —una bolsa repleta de manjares: caviar, pescado, jamón… y al fondo, la manta blanca y suave.— Miró a su alrededor; nadie por allí. Llevó la bolsa a casa, extendió la manta junto a la lumbre, y las hermanas pusieron los platos en la mesa.
—Nunca pensé volver a probar semejantes delicias en mi vida —decía Virtudes sorprendida.
—Y yo tampoco creí en los milagros —respondía Esperanza.
—Esto es cosa del cielo —sentenció Basilio—. Quizá es una recompensa por aguantarnos tan solos. Aún nos queda por ver y alegrarnos en este mundo.
No hay que lamentar lo perdido. Quizá fue el destino, quizá fue la manera de librarse de un mal mayor, de pagar una deuda con la fortuna. Hay que alegrarse, porque a veces se conserva lo más valioso. ¡Javier, el maletero! ¡Se ha abierto el maletero, para el coche! exclamaba Lucía, aunque ya presentía