Cuando bajé del autobús, vi a mi madre sentada en la acera, pidiendo limosna. Mi esposa y yo nos quedamos petrificados. Nadie sabía nada de esto.
Yo tengo 43 años y mi madre, 67. Vivimos en la misma ciudad, pero en barrios distintos y lejanos. Como muchas personas mayores, mi madre necesita atención constante, pero no puede venirse a vivir conmigo por una sola razón: tiene cuatro gatos y tres perros en su piso. Además, alimenta a todos los animales callejeros de su zona. Cada euro que le doy, lo gasta en medicamentos o en comida para los animales.
Soy yo mismo quien le llevo todo lo que necesita, porque sé que cualquier dinero que reciba lo destinará únicamente a comida para los animales o a productos de farmacia. Hace poco, mi esposa y yo estábamos en casa de unos amigos y decidimos dejar allí el coche y volver a casa en autobús. Pueden imaginarse mi sorpresa cuando, al bajar, vi a mi madre en la calle pidiendo dinero. No sabía cómo reaccionar. Mi esposa también se quedó boquiabierta. Ella sabía perfectamente que yo apartaba dinero de nuestro presupuesto para mi madre.
Lógicamente, se preguntó en qué estaba gastando mi madre ese dinero. Resultó que mi madre recogía monedas para alimentar a sus perros y gatos y ponerles las vacunas.
Todo esto resulta bastante triste, pero ¿qué pensaríais si vierais a vuestra madre en una situación así? ¿Qué pensarían la familia, los amigos, los vecinos? Por supuesto, creerían que soy un hijo despreciable, que me he olvidado de mi madre y la he abandonado a su suerte. Ahora ando buscándola por todas las calles. Sé que ni siquiera mis gritos han conseguido que deje de hacerlo, solo que ahora se esconde mejor de mí.






