Después de conversar con la niña adoptada, comprendí que había muchas cosas que no estaban tan claras como parecía.
Sentada a mi lado, en un banco del parque del Retiro, había una niña de unos cinco años. Movía las piernas con impaciencia mientras me contaba su vida:
No llegué a conocer a mi padre porque nos dejó a mi madre y a mí cuando yo era muy pequeña. Mi madre falleció hace un año. Los mayores me dijeron entonces que se había ido al cielo.
Ella me miró fijamente y continuó su historia:
Tras el entierro, vino a vivir con nosotras mi tía Carmen, la hermana de mi madre. Dijeron que fue muy generosa y que me había hecho un favor grandísimo al no llevarme a un orfanato. Me explicaron que desde entonces la tía Carmen era mi tutora y que ahora viviría con ella.
La niña se quedó callada, bajó la mirada hacia el suelo, y tras un instante siguió relatando:
Cuando me mudé, la tía Carmen empezó a organizar la casa: puso todas las cosas de mi madre en un rincón y quería tirarlas. Me puse a llorar y le pedí por favor que no lo hiciera; al final, me permitió quedármelas. Ahora duermo en ese rincón. Por las noches me echo sobre las cosas de mi madre y siento que el calorcito que me arropaba antes es como si me lo diera ella, como si siguiera a mi lado.
Cada mañana, mi tía me prepara algo para desayunar. No cocina como lo hacía mamá, le falta ese sabor especial, pero siempre me pide que me termine todo el plato. No quiero que se enfade conmigo, así que procuro comerme todo aunque no me guste del todo. Sé que hace un esfuerzo al cocinar para mí, y que no es su culpa que la comida no me sepa igual. Luego me manda a dar una vuelta, y no puedo volver a casa hasta que empieza a oscurecer. La tía Carmen es muy, muy amable conmigo.
Le gusta contar a sus amigas esas otras tías que no conozco pero que vienen muy a menudo de visita a casa lo bien que se porta conmigo y lo lista que soy. Mi tía se reúne con ellas para tomar café y charlar. Me dice cosas bonitas delante de ellas y prepara dulces para todas, incluyéndome a mí.
La niña suspiró y añadió:
No puedo comer solo dulces todo el tiempo. Pero nunca me ha regañado por nada. Siempre me trata bien. Incluso una vez me regaló una muñeca, aunque la muñeca estaba un poco rota: tenía una pierna medio suelta y uno de los ojos apenas se cerraba. Mi madre nunca me habría regalado una muñeca enferma.
De pronto, la niña saltó del banco, empezó a dar brincos en un pie y exclamó:
¡Debo irme! La tía Carmen ha dicho que hoy vendrán las tías y que tengo que ponerme guapa antes de que lleguen. Me prometió que después podré comer un pastel de chocolate riquísimo. ¡Adiós!
La niña se alejó corriendo para cumplir sus encargos. Me quedé pensativo, reflexionando durante un buen rato, incapaz de apartar mi atención de la constante imagen de la buena tía Carmen. ¿Qué sentido tenía esa fachada de bondad? ¿Por qué necesitaba tanto que todos creyesen en su generosidad? ¿Cómo puede una persona comportarse con indiferencia ante una niña que duerme en el suelo, arropada por la ropa de su madre fallecida?
Aquel día comprendí que la apariencia de nobleza y bondad no siempre encierra auténtico cariño. Y también supe que la verdadera generosidad exige algo más que palabras bonitas y dulces sobre una mesa: requiere mirar de verdad al corazón del niño que espera, sin voz, ser visto y querido.







