El secreto En un pueblo pequeño, más parecido a una aldea de Castilla, vivía una chica llamada Lara. Su madre, muy creyente en lo esotérico, un día la llevó a visitar a la vidente local. La anciana barajó las cartas y sentenció: – Lara será feliz, todo le irá bien, pero marido a su lado no le veo. Por entonces, Lara tendría unos diez años. Aquellas palabras misteriosas quedaron grabadas en su memoria, aunque en ese momento no les dio mucha importancia. Pasaron los años y Lara se transformó en una mujer guapa y de porte elegante. Los muchachos del pueblo andaban locos por ella, pero Lara no se decidía por ninguno: salía con uno, luego con otro, pero nada serio. Estudió bien en el colegio, pero tras acabar, prefirió quedarse y trabajar en la quesería del pueblo en vez de ir a la ciudad. Decían que tenía un romance con algún encargado, pero nadie les había visto nunca juntos. Las mujeres del taller aconsejaban a la recién llegada: – Lara, no te estanques aquí, que la vida se te pasará sin que lo notes. Vete a la ciudad, con tu gracia allí te saldrían pretendientes de debajo de las piedras. Lara escuchaba, sonreía y callaba. Y de repente, la noticia corrió como la pólvora: ¡Lara está embarazada! Y como en todos los pueblos castellanos, comenzaron las quinielas y charlas de corrillo sobre quién habría sido el “afortunado”. Se preguntaba, se especulaba, pero la identidad del padre nadie la descubrió. La madre de Lara no tardó en reaccionar: – ¿Ves? ¡Ya te vale! ¡Nos has dejado en ridículo! Ahora búscate la vida tú sola. No cuentes conmigo. Si fuiste capaz de buscarlo, ahora críalo. Y otra cosa: vete buscando donde vivir porque aquí no te quiero. Tienes un mes. – Muy bien, mamá – respondió Lara con calma – me iré. Pero luego no me pidas que vuelva. A las dos semanas, Lara compró una pequeña casa, con todo incluido. Los vecinos decían que había tenido suerte: los hijos de la dueña se la vendieron barata para irse a la ciudad. ¿De dónde sacó Lara el dinero? Nadie lo supo; quedó en secreto. Entonces empezaron a pasar cosas raras. La casita se arregló en un visto y no visto, parecía recién hecha. Vallado nuevo, pozo en el patio, incluso vinieron de fuera a instalarlo todo. En breve, llegaron cajas de electrodomésticos y muebles. Lara estaba feliz y siempre sonreía, para nada una madre soltera amargada. En otoño nació su hijo Antón. Pronto, en el patio de su casa, lucía un carrito azul reluciente. Lara se recuperó enseguida y estaba más guapa que nunca. Siempre arreglada y con la cabeza bien alta por la calle, transmitía satisfacción plena. En casa no paraba: entre el niño, la huerta, encender la chimenea, ir a la tienda, montañas de ropa… Pero nunca se quejaba, era muy trabajadora, y con la ayuda de las vecinas se las apañaba perfectamente. Las vecinas, viendo lo buena persona que era Lara, terminaron cogiéndole aprecio y echándole una mano con el niño y con el huerto de vez en cuando. Cuando Antón tenía dos años, otra vecina llegó alarmada a casa de otra: – ¿Lo has visto? – ¿El qué? – ¡Que Lara está embarazada otra vez! – No puede ser… – Vente y mira tú misma… Y el pueblo volvió a llenarse de rumores: ¿quién sería esta vez el padre? Nadie proponía candidatos, pues nunca veían a Lara con ningún hombre. Lara, como siempre, ignoraba las habladurías. Siguió con su vida y poco a poco su corralito fue mejorando: construyó un baño nuevo, el gas llegó a su casa aunque no estaba previsto para esa calle, montó un invernadero moderno. Todo muy caro. – ¿De dónde saca esta chica sola tanto dinero? – decían. – Seguro que tiene un admirador importante. Pero el secreto de Lara seguía sin ser revelado. Al poco, en su patio volvió a verse el carrito azul. Antón tuvo un hermano: Sergio. Y después, dos años más tarde, llegó otro: Miguel. Lara crió a sus tres hijos sola, y nunca nadie supo quién era el padre. Algunos la criticaban y se reían; otros, viendo lo sanos y bien cuidados que estaban sus niños, y lo trabajadora que era, la admiraban. Algunos la señalaban como mal ejemplo para sus hijas. Su propia madre no la entendía ni quiso conocer a sus nietos. Pero Lara siempre iba orgullosa, cabeza erguida, sin hacer caso a nadie. Pasó un tiempo, y un día paró un cochazo ante su puerta. Bajó el director de la quesería, don Sergio, con un ramo enorme de flores. Entró a su casa, y todo el vecindario se arremolinó alrededor, intrigadísimo. – ¿Qué pasa? ¿A qué viene don Sergio a ver a Lara y con flores, además? Sabían que hacía un año había enviudado. Su mujer llevaba años enferma y él nunca la abandonó. Cuando Lara salió a despedirle, la expectación era enorme; Sergio la tomó en brazos y la besó delante de todos. Y después, en voz alta para que lo oyeran todos, anunció: – Lara ha aceptado casarse conmigo. Nosotros y nuestros hijos os invitamos a la boda. Silencio absoluto. Todos miraban a la feliz pareja, sorprendidos. Sólo entonces descubrieron por qué los hijos de Lara les sonaban tanto… Y enseguida, empezaron las felicitaciones. Tras una boda grande y alegre, Sergio trasladó a Lara y sus hijos a su casa. Todos los vecinos ayudaron a la mudanza. Y al año siguiente, llegó la hija tan esperada. Así que, como para fiarse de las videntes después de esto…

Diario de Jimena
En un pueblo castellano de esos que casi parecen más aldea que otra cosa, vivía yo, Jimena. Recuerdo con claridad aquel día, cuando tendría unos diez años, en que mi madre que siempre creía en cosas de brujas y adivinanzas decidió llevarme a ver a Doña Carmen, la vidente del pueblo.
Aquella mujer barajó sus cartas y le soltó a mi madre:
Tu Jimena será feliz, todo le irá bien. Pero, eso sí, no veo marido a su lado.
Yo no entendí gran cosa, pero las palabras de esa anciana misteriosa me acompañaron, como sombra, sin saber muy bien por qué.
El tiempo pasó. Fui creciendo y, modestia aparte, me convertí en una mujer atractiva y de carácter. Los chicos del pueblo se volvían locos por mí, pero a ninguno le di el sí definitivo. Salía con uno, luego con otro, pero nada serio.
Al terminar el instituto, pese a las buenas calificaciones, no fui a estudiar a la capital. Preferí quedarme en el pueblo, trabajando en la quesería local. Corrían rumores de que estaba liada con algún encargado, pero nadie tenía pruebas.
Las mujeres del trabajo siempre aconsejaban a las nuevas:
Cuidado, que aquí te estancas y, cuando te das cuenta, se te ha pasado la vida. Jimena debería irse a Madrid o a Valladolid, que con lo mona que es la esperan con los brazos abiertos.
Yo escuchaba sus consejos, sonreía y poco más.
Hasta que, de repente, todo el pueblo empezó a murmurar: ¡que Jimena está embarazada!
Las habladurías destilaron chismes durante semanas: analizaban, elucubraban ¿Quién habría sido el afortunado de conquistarme? Nadie alcanzó a saberlo.
Mi madre no tardó en reaccionar:
¿Ves? Ya la has liado. Me has dejado en ridículo. Ahora te apañas tú sola. Si has tenido valor para tenerlo, también para criarlo. Además, más te vale ir pensando dónde vas a vivir. Os quiero fuera en un mes.
Vale, mamá, le contesté tranquila. Me iré. Después, ni se te ocurra llamarme para que vuelva.
Apenas dos semanas después encontré una casita pequeña, ya amueblada y con lo justo para empezar. La gente decía que había sido una suerte: los hijos de la anterior dueña se la vendieron por cuatro duros al irse todos a Burgos. Nadie supo nunca cómo conseguí el poco dinero que hacía falta.
Y entonces la vida se llenó de pequeños milagros. Restauré la casa enseguida: arreglos modernos, valla nueva y hasta un pozo en el patio. Vinieron unos operarios de fuera, hicieron todo en días.
A los pocos días llegó una furgoneta cargada de electrodomésticos; me trajeron también muebles nuevos. Caminaba por el pueblo con la cabeza alta, feliz, sin el aire de mujer despechada que todos se esperaban.
En otoño nació mi hijo Mateo, y en el patio apareció un carrito azul cielo. Me repuse pronto tras dar a luz. Cada día me veía mejor: arreglada, fuerte, siempre andaba con la frente en alto, satisfecha de mi vida.
No era fácil. La casa, el huerto, la cocina de leña, las compras, los lavados Pero yo, habituada desde niña a trabajar sin quejarme, podía con todo. Jamás le pedí nada a nadie.
Las vecinas, viendo mi carácter y ahínco, poco a poco me cogieron cariño. Incluso cuidaban a Mateo alguna tarde si yo necesitaba salir. ¿Por qué no ayudarnos?
Me echaban una mano en el huerto de vez en cuando: el marido de una me levantaba los bancales, otra me ayudaba a quitar hierbas. Pero, en general, yo tiraba sola.
Mateo tendría unos dos años cuando una vecina entró corriendo, alarmada, en casa de la otra:
¿Has visto a Jimena?
¿Qué pasa?
¡Otra vez embarazada!
Anda, déjate de cuentos.
Nada de cuentos, asómate y verás.
El pueblo entero volvió a las andadas con los cotilleos: pero esta vez tampoco supieron de ningún hombre, ni rumores ni nada.
Yo iba a lo mío, ignorando habladurías. En la casa construí un horno de leña, y un día quitaron la ruta del gas solo para instalarme una toma a mí. Hasta me montaron un invernadero de policarbonato, de los buenos, en la huerta.
¿De dónde saca esta chica tanto dinero? decían. Algún pretendiente tiene que tener, pero de los grandes, de esos que mandan mucho Pero lo cierto es que mi secreto permaneció bien guardado.
Al poco, otra vez el carrito azul en el patio: nació mi segundo hijo, Pablo. Y, dos años después, el tercero: Hugo.
Tres hijos tuve y nadie supo nunca quién era el padre.
Muchas se reían, otras pensaban que estaba loca, las había que, al ver lo sanos y bien cuidados que estaban mis hijos y yo entregada día y noche, me tenían respeto.
Había quien me señalaba, utilizando mi vida como advertencia para sus hijas.
Mi madre jamás comprendió mis decisiones; le parecía vergonzoso y nunca mostró interés por sus nietos.
Pero yo seguía caminando por el pueblo con dignidad, sin mirar atrás.
El tiempo fue pasando, y un día, al atardecer, se paró un coche impresionante frente a mi casa. Del vehículo bajó don Alfonso, el director de la quesería, con un ramo de flores enorme.
Entró en la casa y, mientras estaba dentro, un corro de vecinos y curiosos se arremolinó alrededor, asombrados:
¿Qué hace don Alfonso, a plena luz del día, viniendo a ver a Jimena? ¡Y con flores!
Todos recordaban que el año anterior murió su mujer, una buena señora que había estado enferma durante años, a la que él cuidó hasta el final.
Cuando salimos al porche, todos miraban. Alfonso, agarrándome de la cintura, me plantó un beso y, en voz bien alta, proclamó:
Jimena ha aceptado casarse conmigo. Invitamos a todos a la boda, junto a nuestros hijos.
Un silencio tremendo recorrió el grupo. Todos nos miraban sin creer lo que veían, y de pronto entendieron: mis niños tenían el mismo aire que él.
Pronto todos nos rodearon con felicitaciones.
La boda fue un gran acontecimiento en el pueblo. Alfonso nos llevó, a mis hijos y a mí, a su amplia casa, y los vecinos ayudaron a cambiar los bultos.
Un año después llegó la tan deseada niña a la familia
Después de todo, ¿para qué tanto hacer caso a las videntes?

Rate article
Add a comment

;-) :| :x :twisted: :smile: :shock: :sad: :roll: :razz: :oops: :o :mrgreen: :lol: :idea: :grin: :evil: :cry: :cool: :arrow: :???: :?: :!:

1 × five =

El secreto En un pueblo pequeño, más parecido a una aldea de Castilla, vivía una chica llamada Lara. Su madre, muy creyente en lo esotérico, un día la llevó a visitar a la vidente local. La anciana barajó las cartas y sentenció: – Lara será feliz, todo le irá bien, pero marido a su lado no le veo. Por entonces, Lara tendría unos diez años. Aquellas palabras misteriosas quedaron grabadas en su memoria, aunque en ese momento no les dio mucha importancia. Pasaron los años y Lara se transformó en una mujer guapa y de porte elegante. Los muchachos del pueblo andaban locos por ella, pero Lara no se decidía por ninguno: salía con uno, luego con otro, pero nada serio. Estudió bien en el colegio, pero tras acabar, prefirió quedarse y trabajar en la quesería del pueblo en vez de ir a la ciudad. Decían que tenía un romance con algún encargado, pero nadie les había visto nunca juntos. Las mujeres del taller aconsejaban a la recién llegada: – Lara, no te estanques aquí, que la vida se te pasará sin que lo notes. Vete a la ciudad, con tu gracia allí te saldrían pretendientes de debajo de las piedras. Lara escuchaba, sonreía y callaba. Y de repente, la noticia corrió como la pólvora: ¡Lara está embarazada! Y como en todos los pueblos castellanos, comenzaron las quinielas y charlas de corrillo sobre quién habría sido el “afortunado”. Se preguntaba, se especulaba, pero la identidad del padre nadie la descubrió. La madre de Lara no tardó en reaccionar: – ¿Ves? ¡Ya te vale! ¡Nos has dejado en ridículo! Ahora búscate la vida tú sola. No cuentes conmigo. Si fuiste capaz de buscarlo, ahora críalo. Y otra cosa: vete buscando donde vivir porque aquí no te quiero. Tienes un mes. – Muy bien, mamá – respondió Lara con calma – me iré. Pero luego no me pidas que vuelva. A las dos semanas, Lara compró una pequeña casa, con todo incluido. Los vecinos decían que había tenido suerte: los hijos de la dueña se la vendieron barata para irse a la ciudad. ¿De dónde sacó Lara el dinero? Nadie lo supo; quedó en secreto. Entonces empezaron a pasar cosas raras. La casita se arregló en un visto y no visto, parecía recién hecha. Vallado nuevo, pozo en el patio, incluso vinieron de fuera a instalarlo todo. En breve, llegaron cajas de electrodomésticos y muebles. Lara estaba feliz y siempre sonreía, para nada una madre soltera amargada. En otoño nació su hijo Antón. Pronto, en el patio de su casa, lucía un carrito azul reluciente. Lara se recuperó enseguida y estaba más guapa que nunca. Siempre arreglada y con la cabeza bien alta por la calle, transmitía satisfacción plena. En casa no paraba: entre el niño, la huerta, encender la chimenea, ir a la tienda, montañas de ropa… Pero nunca se quejaba, era muy trabajadora, y con la ayuda de las vecinas se las apañaba perfectamente. Las vecinas, viendo lo buena persona que era Lara, terminaron cogiéndole aprecio y echándole una mano con el niño y con el huerto de vez en cuando. Cuando Antón tenía dos años, otra vecina llegó alarmada a casa de otra: – ¿Lo has visto? – ¿El qué? – ¡Que Lara está embarazada otra vez! – No puede ser… – Vente y mira tú misma… Y el pueblo volvió a llenarse de rumores: ¿quién sería esta vez el padre? Nadie proponía candidatos, pues nunca veían a Lara con ningún hombre. Lara, como siempre, ignoraba las habladurías. Siguió con su vida y poco a poco su corralito fue mejorando: construyó un baño nuevo, el gas llegó a su casa aunque no estaba previsto para esa calle, montó un invernadero moderno. Todo muy caro. – ¿De dónde saca esta chica sola tanto dinero? – decían. – Seguro que tiene un admirador importante. Pero el secreto de Lara seguía sin ser revelado. Al poco, en su patio volvió a verse el carrito azul. Antón tuvo un hermano: Sergio. Y después, dos años más tarde, llegó otro: Miguel. Lara crió a sus tres hijos sola, y nunca nadie supo quién era el padre. Algunos la criticaban y se reían; otros, viendo lo sanos y bien cuidados que estaban sus niños, y lo trabajadora que era, la admiraban. Algunos la señalaban como mal ejemplo para sus hijas. Su propia madre no la entendía ni quiso conocer a sus nietos. Pero Lara siempre iba orgullosa, cabeza erguida, sin hacer caso a nadie. Pasó un tiempo, y un día paró un cochazo ante su puerta. Bajó el director de la quesería, don Sergio, con un ramo enorme de flores. Entró a su casa, y todo el vecindario se arremolinó alrededor, intrigadísimo. – ¿Qué pasa? ¿A qué viene don Sergio a ver a Lara y con flores, además? Sabían que hacía un año había enviudado. Su mujer llevaba años enferma y él nunca la abandonó. Cuando Lara salió a despedirle, la expectación era enorme; Sergio la tomó en brazos y la besó delante de todos. Y después, en voz alta para que lo oyeran todos, anunció: – Lara ha aceptado casarse conmigo. Nosotros y nuestros hijos os invitamos a la boda. Silencio absoluto. Todos miraban a la feliz pareja, sorprendidos. Sólo entonces descubrieron por qué los hijos de Lara les sonaban tanto… Y enseguida, empezaron las felicitaciones. Tras una boda grande y alegre, Sergio trasladó a Lara y sus hijos a su casa. Todos los vecinos ayudaron a la mudanza. Y al año siguiente, llegó la hija tan esperada. Así que, como para fiarse de las videntes después de esto…
Una niña llevó perlas falsas a la subasta de un millonario… Hasta que él descubrió la marca secreta en su interior