¿Pero qué haces ahí tumbada? Ya son las cinco, dentro de nada llegan Julián y Aurora, ¡y aquí no se ha movido ni un dedo! Venga, levanta, deja de hacerte la enferma.
La voz de su marido cruzaba el aire como si flotara en aguas profundas. Clara apenas logró separar los párpados. La habitación ondulaba, el armario se duplicaba borroso, y su boca estaba tan seca como si hubiese atravesado la estepa de la Mancha bajo el sol de mediodía. Al intentar incorporarse, todas las articulaciones protestaron con un dolor seco, haciéndole caer de vuelta sobre la almohada empapada de sudor.
Nacho… murmuró, sintiendo su propia voz como de otra persona, áspera y extraña. ¿Qué dices de levantarme? Tengo casi cuarenta de fiebre. Te lo puse en un mensaje.
Ignacio, de pie en el umbral, todavía con la cazadora. Pisaba el suelo con las botas sucias, trayendo consigo el aroma húmedo de la calle y ese olor a gasóleo mezclado con el aire caliente y pesado del dormitorio enfermo.
Clara, no empieces ahora, anda se quitó el gorro y lo dejó caer sobre la cómoda. Julián viene solo un día a Madrid, y trae a su mujer. ¿Dónde los llevo yo? Los bares están a reventar, todo caro, ni se puede hablar tranquilo. Les prometí cenar aquí. Tú siempre has sido apañada, enséñales de lo que eres capaz. Tómate algo y espabila.
Clara lo miraba sin comprender, como si le hablara en sueños. Cinco años casados. Cinco años de cenas preparadas, camisas planchadas y consuelo para todos sus enfados en el trabajo. Siempre atenta, dispuesta, algo invisible sosteniéndolo todo. Pero ahora, temblando de frío y viendo borroso, sus palabras sonaban como una burla cruel.
Ignacio, no puedo levantarme repitió sin apenas fuerza. Tengo gripe, y además soy contagiosa. ¿Qué invitados, por Dios? Llama y diles que lo cambien, o vete a cenar fuera con ellos. Te envío dinero si no tienes.
Su marido enrojeció, como tantas otras veces en que algo se salía de su guión. Esa cara cerrada, ofendida, con los labios tensos.
¿Ahora me vas a dejar mal delante de la gente? Ya les he dicho que vienen. Llegan en veinte minutos. Tiempo de sobra para asearte y poner algo de cenar. Haz una tortilla, saca embutidos y los pepinillos de mi madre. Pero no me hagas hacer cosas de mujeres.
Se marchó soltando un portazo que espantó hasta los silencios. Clara se quedó mirando al techo, lágrimas calientes resbalando por sus sienes, viajando hasta los oídos. Su cuerpo se retorcía, la cabeza le estallaba, pero lo peor era el dolor que no tenía fiebre ni medicación.
Escuchó a Ignacio cacharrear la vajilla, farfullando improperios apenas audibles. La puerta volvió a sacudirse seguro que corría a comprar algo. Clara cerró los ojos, deseando deslizarse en el sueño y que todo desapareciera, pero la náusea la devolvió a la conciencia. Se apoyó en la pared, arrastrándose hasta el baño. En el pasillo el espejo le devolvió el rostro macilento, manchado de rojo, los cabellos enmarañados, el pijama desvaído. Vaya estampa.
Volver a la cama la agotó aún más. Entonces, sonó el timbre fuerte, impaciente. Ignacio aún no volvía. El timbrazo se repitió. Alguien empezó a golpear la puerta.
Clara escondió la cabeza bajo la sábana. No abriría. Que creyeran que no había nadie. Que se fueran.
Entonces, giró la llave en la cerradura. Nacho y, tras él, oleadas de voces: risas, pisadas, un tropel.
¡Ya estamos aquí! retumbó el eco ronco de Julián. Vaya, Ignacio, vas a comprar pan y nos dejas helados en el portal.
Pasad, pasad, poneos cómodos la hospitalidad de su marido empapaba cada palabra. Aurora, estos son tus zapatillas, las rosas.
¡Uy, Nacho! ¿Por qué hace tanto calor aquí? protestó una voz chillona. Huele a hospital
Es que Clara anda un poco mala dijo Nacho, quitándose importancia, pero nada grave, enseguida sale. Id al salón, ya voy montando la mesa. ¡Clara! ¿Dónde te has metido? ¡Han llegado!
Clara se encogió aún más en el colchón. Oía cómo cruzaban la casa, el crujido del sofá, las botellas tintineando. Quiso desaparecer.
De pronto, Nacho asomaba en la puerta, ya sin cazadora, agitado.
¿Sigues en la cama? Te lo he pedido por favor. Han venido amigos, es una vergüenza. Ve al menos a saludar y sirve un poco de té. Aurora no quiere coñac.
Nacho… Clara levantó la cabeza. Ya no sentía rabia, solo una tristeza pegajosa. No puedo. Déjame en paz.
De un tirón, él le quitó la manta. El aire helado le erizó la fiebre.
Basta de teatro. Arriba. No me hagas pasar vergüenza. Ponte el albornoz y sal, cinco minutos si tan mal estás.
Ojos fríos, de chivo malo. Clara presintió que, si no se movía, montarían un espectáculo más humillante. Temblando, se envolvió el albornoz de toalla, notando el equilibro precario de un funámbulo. Él, notando la rendición, se volvió amable:
Así sí, venga, arréglate. Aurora trae ensalada, ponla bonita.
Él volvió al salón. Clara pasó por el baño, arrojándose agua helada al rostro solo aumentó el escalofrío.
En el salón una luz hiriente. En la mesa, Julián rojo y ancho, Aurora delgada, con gesto avinagrado y mirada de halcón. Una botella de orujo, chorizo en lonchas gruesas, un bote de pepinillos.
¡Ya tienes aquí a la jefa! tronó Julián alzando el vaso. Pensábamos que Nacho vivía solo, ¡menuda jugada!
Clara intentó sonreír, pero los labios le temblaban.
Hola. Perdonad, estoy mala.
Ay, todas iguales Aurora le echó un vistazo de arriba abajo con descaro. Me pasé la semana pasada con jaqueca y fui a la oficina igual, que había que entregar informes. Ahora parece que tenéis motor de cristal, con un resfriado a la cama.
A Clara le subió la bilis. Necesitaba sentarse, pero los sitios estaban cubiertos por bolsos y abrigos. Nacho trajinaba con el orujo.
Clara, ¿qué haces ahí quieta? le gritó sin girarse. Trae platos limpios, faltan tenedores, y corta pan.
Tropezando, fue a la cocina. Atérrida por el esfuerzo, cogió platos, cuchillo, pan. Le temblaban tanto las manos que la hoja resbaló, arañando el dedo. Salió sangre. Clara miró la gota intensa, notando cómo algo se rompía en su interior ese hilo de paciencia donde colgaba el matrimonio.
Dejó los platos en la mesa.
¿Y el té? preguntó Aurora. Nacho nos prometió té de hierbas, dice que lo haces riquísimo.
El hervidor está en la cocina apenas susurró. Hazlo tú, por favor. Necesito tumbarme.
Un silencio gélido. Julián dejó de masticar, Aurora alzó las cejas. Nacho la miró con el vaso en la mano.
Clara dijo, con voz de cuchilla. Los invitados quieren té. ¿Es mucho pedir?
Lo que me cuesta es mantenerme en pie, Nacho le sostuvo la mirada. Si no me siento, me caigo.
Vaya, qué sensibilidad bufó Aurora. Mírala, su marido matándose en la oficina y ella incapaz de dar tres pasos. En mi casa me habría muerto de vergüenza, y tienes polvo hasta en la repisa.
Ahí, Clara se irguió. Algo frío y firme sustituyó la fiebre. Toda la neblina se despejó.
¿Polvo? se volvió hacia Aurora. ¿Sabes por qué hay polvo? Porque trabajo doce horas al día. En casa entran más euros por mi nómina que por la de Nacho. Esta hipoteca, que se terminó hace un año, la he pagado sobre todo yo. Y ese Nacho, tan cansado, a las seis ya está tumbado en el sofá.
Aurora tragó en seco. Julián se concentró en el plato. Nacho saltó con la copa en alto:
¿Pero qué dices? ¿Te ha quemado la cabeza la fiebre? ¡Cállate de una vez y vuelve al dormitorio!
No, Nacho. No me iré. Voy a hablar. Vosotros estáis en MI casa. No os he invitado, estoy enferma y necesito reposar, pero tú prefieres emborracharte y criticar mi polvo y mi fragilidad. Y tú, Nacho, en vez de atenderme, me pones a servirte para impresionar a tus amigos.
¡Vete al diablo! Nacho levantó la mano, pero sólo a medias, dudando ante los testigos. ¡Es también mi casa! Traigo a quien me dé la gana.
Legalmente, sí, los muebles y la reforma cuentan como gananciales Clara sonrió como en una reunión de trabajo. Pero esta vivienda es mía, la compré antes de casarnos. Los papeles están a mi nombre. Solo tienes derecho a estar inscrito. Y según el artículo treinta de la Ley de Propiedad Horizontal, el propietario decide sobre el uso del piso. Decido: la fiesta ha terminado.
El zumbido de la nevera se abrió paso. El silencio se espesó.
¿Me… me echas a la calle? susurró Nacho, empalideciendo.
Mejor dicho, a los invitados cortó Clara. A ti te hablaré después, cuando me cure. Ahora, todos fuera.
Julián, más rápido, ya buscaba su abrigo.
Vamos, Nacho, mejor nos vamos. Clara, perdona y que mejores.
¡Pero Julián! ¡Nos echan como perrillos! protestó Aurora.
Cállate la frenó su marido, que la mujer está mala de verdad. Mira cómo tiembla. Vámonos.
Salieron al recibidor. Nacho quedó petrificado, con los nudillos blancos. Su imagen de hombre dueño se diluía ante todos.
Cuando se fue el último, Clara notó como se desvanecían sus fuerzas, dejándose caer al suelo.
Nacho acudió corriendo.
¿Lo has conseguido, eh? ¡Me has humillado ante Julián! Ahora dirá que soy un calzonazos, que mi mujer me echa. ¿Cómo voy a mirarlos a la cara?
Clara lo vio desde abajo, y le pareció un niño rabioso.
No me importa susurró. Ni Julián, ni Aurora, ni lo que digan de ti. Me siento fatal, Nacho. Llévame a la cama.
¡Vete tú! gritó él, desapareciendo hacia la cocina. Oyó cómo se servía el último trago de orujo.
Arrastrándose por la pared llegó hasta el dormitorio y se tumbó, temblando, sin poder dejar de tiritar.
Despertó porque alguien le acariciaba la frente. Una mano fresca, dulce.
Clara, pequeña, ¿me oyes?
Era Carmen, su hermana mayor.
¿Carmen? ¿Qué haces aquí?
Me llamó tu marido su cara era de pocos amigos. Me dijo que te has vuelto loca, que lo atacaste y que no puede más contigo. Me pidió que viniera a buscarte, que mañana tiene que madrugar y tus quejidos no lo dejan dormir.
Clara tardó en comprender. ¿Su marido había llamado a su hermana para que se llevara a la enferma, porque no podía dormir?
¿Y él dónde está?
Durmiendo en el sofá, roncando como un búfalo. Borracho perdido. Cuando llegué, la puerta estaba abierta. Al entrar, tú ardías entera. Te tomé la temperatura: ¡casi cuarenta! Llamé al 112. Te pusieron una inyección y dijeron que si no baja en una hora hay que ir al hospital.
Gracias esta vez las lágrimas fueron alivio. Ya no estaba sola.
Tranquila Carmen la tapó bien. Te he traído caldo y zumo de naranja. Ahora lo tomas todo, ¿sí? Con Nacho ya hablaremos. Yo ahora mismo le daba escobazos, pero no quiero hacer ruido con lo mal que estás.
Carmen se quedó esa noche, renovando compresas de agua fría y dándole el caldo a cucharadas. Por la mañana, la fiebre aflojó. Clara se sentía exhausta, pero la mente increíblemente despejada.
A eso del mediodía, Nacho apareció en la cocina, desaliñado y ojeroso. Al ver a Carmen haciendo torrijas, se estremeció y adoptó su pose menos humilde.
Vaya, Carmen, qué bien que viniste. Clara anoche montó un espectáculo; creí que había delirios.
Carmen se volvió muy despacio, con la espátula en la mano.
Ignacio, como digas una palabra más, te echo la sartén por encima. Me conoces. Y tú decides.
Él tragó saliva. A Carmen le tenía miedo. Era contable jefe y sabía eliminar a cualquiera con una mirada.
Tampoco he dicho nada malo murmuró echándose para atrás. También soy la víctima, se fue todo al traste.
Clara entró, pálida pero erguida, enfundada en un chándal azul.
Ignacio, haz la maleta dijo sin alterarse.
¿Qué dices, Clara? ¿Vas a volver a empezar? Ayer fue una calentura. No guardo rencor; olvidémoslo.
No tengo rencor Clara llenó un vaso de agua. Sólo que ya lo veo claro. Anoche, entre temblores, me hiciste cortar chorizo y servir orujo. Y entendí que no tengo marido; tengo un compañero de piso caprichoso, cruel, al que le da igual si vivo o muero.
Pero yo…
No te excuses, Ignacio. Llamaste a mi hermana para que se llevara a la enferma porque no te dejaba dormir. En MI piso. Me traicionaste dos veces. Primero, forzándome ante tus amigos; y luego, abandonándome sola.
¿A dónde voy? ¿Con mi madre? ¿A Parla? ¡Tardo una hora al trabajo!
Problemas tuyos. Dejas los llaves en la mesilla. Tienes una hora para irte. Carmen está al cargo.
¡No tienes derecho! ¡Estamos casados! Por ley…
Por ley intervino Carmen, la vivienda es de Clara. Puede pedir tu baja del padrón por vía judicial si os separáis. Y eso va a pasar, te lo aseguro. Si quieres, llamo a la policía y que hagan acta de escándalo y malos tratos a una enferma. El policía va a estar encantado.
Nacho miraba de un lado a otro. Se sabía vencido; sus trucos de siempre se resquebrajaban. El muro de paciencia de Clara, al que siempre se aferraba, había caído.
Salió sin palabra, y a los cuarenta minutos, regresó con la bolsa de deporte.
¡Allá tú! gritó en la puerta. ¡Te arrepentirás! Así nunca te va a querer nadie cuando tengas cuarenta y te veas sola y enferma.
La llave le recordó Clara.
Él las tiró al suelo y se fue, dando un portazo.
Clara miró los llaveros sobre el parquet. Curioso, era libertad; la casa por fin respiraba. Como si acabaran de sacar de golpe un baúl antiguo y polvoriento.
Ya está dijo Carmen recogiendo las llaves. A la mesa, que te hago torrijas. Tienes que reponer fuerzas.
Carmen, ¿y si tiene razón? A lo mejor no valgo para nadie…
Tonta Carmen puso una torrija perfumada de canela bajo su nariz. Te vales tú. Eso es vital. Estar sola es mucho mejor que estar con quien te aplasta por una copa de anís.
Las semanas siguientes flotaron como las nieblas matinales sobre la ciudad. Clara se fue recuperando poco a poco. Derribó ese aire antiguo: contrató limpieza, cambió las cortinas por unas doradas, limpió la casa de todo rastro de Nacho.
Un día, un mes después, apareció Nacho. Traía un ramo de rosas tristes.
Clara, perdóname, he cambiado, no soporto a mi madre… Vuelve conmigo. Te echo de menos.
Clara lo observó como a un objeto viejo.
Pedí el divorcio, Nacho. Recibirás el aviso. Tus cosas están preparadas en la entrada. Recógelas.
¿De verdad? ¿Por una discusión?
No es por discutir negó con la cabeza. Es porque no pudiste darme ni un vaso de agua. Adiós.
Cerró la puerta, giró el cerrojo. Por fin, silencio.
Fue a la cocina y se preparó una taza de té con hierbabuena. Se sentó junto a la ventana. Fuera, una primavera desbordaba la ciudad: gorriones, luz, la nieve derretida. Nadie exigía cena, nadie dejaba calcetines tirados, nadie hacía invisible su esfuerzo, ni sus dolores.
Dio un sorbo a su té y sonrió, comprendiendo que estaba en su refugio por fin, que la paz existe más allá del miedo. Era su casa. Y ahora, su verdadera fortaleza.







