Una hija para compartir entre dos

Una hija para dos madres
Entre Consuelo y Gonzalo el amor surge al instante, desde el primer encuentro. Llevan saliendo un mes, y en su cita de hoy Gonzalo dice:
Consuelo, ¿quieres ser mi esposa?
Consuelo queda sorprendida.
¿Cómo? ¿Esposa? Pero si apenas llevamos un mes juntos
¿Y qué? Este mes me bastó para darme cuenta de que eres mi destino. No necesito a nadie más, para mí no existen otras mujeres
Ay, Gonzalo, bueno, realmente sí quiero ríe bajito y se abraza a él.
Hija, ¿no has ido demasiado deprisa? pregunta la madre de Consuelo al enterarse de su decisión. ¿No estás embarazada?
Mamá, ¿pero qué dices? No, claro que no. Simplemente Gonzalo no puede vivir sin mí. Yo tampoco sin él Es que nuestra historia es así, mamá.
Al poco tiempo, quienes se sorprendían por la rapidez del matrimonio, acaban por comprender que están hechos el uno para el otro. Les va bien, desde fuera se percibe el cariño con que Gonzalo cuida a su esposa, ella lo ama y atiende también.
La felicidad de la pareja es genuina. Sin embargo, hay una sombra: ambos desean tener hijos y el embarazo tarda en llegar.
Gonzalo, deberíamos hacernos pruebas, quizá hay algún motivo por el cual no puedo quedarme embarazada.
De acuerdo acepta él sin dudar.
Mucha esperanza, médicos, viajes, oraciones todo resulta vano. Consuelo no logra concebir.
Consuelo, pensaba tal vez deberíamos ir a un centro de menores, adoptar a un niño y criarlo como nuestro propone Gonzalo con timidez.
Estoy de acuerdo responde ella rápido; llevaba tiempo soñando con ello, aunque temía que Gonzalo no quisiera. Yo también lo había pensado
Pues vamos dice Gonzalo. Conozco un centro de acogida, paso por allí cuando vuelvo de Madrid en mis viajes de trabajo. Ahí fue cuando decidí.
Consuelo y su marido llegan al centro. Entre decenas de niños inquietos y cansados, una niña de tres años, rubia y de ojos azules, corre hacia Consuelo y la abraza por las piernas.
Mamá dice alegre la niña, y Consuelo no logra separarse de ella.
Así llega a casa su hija Lucía, una niña risueña, su risa suena como un arroyo. Consuelo por fin se siente madre, su amor materno florece. Adora a Lucía, y Gonzalo también se desvive por su hija.
Todo es felicidad. Viven en un pueblo de Castilla donde los vecinos se conocen bien. Naturalmente, muchos saben que Lucía es adoptada. Mientras es pequeña, no hay problemas. Pero al crecer, en la escuela alguien le revela que no es hija biológica, sino adoptada.
Lucía tiene catorce años cuando llega a casa, y arma un alboroto.
Mamá, ¿por qué nunca me dijisteis que no soy vuestra hija? Sé que me adoptasteis en un centro de menores
Hija, cálmate. Íbamos a decírtelo, pero esperábamos que fueras más mayor para que no te lo tomaras así. Lo temíamos siempre, pero era inevitable
Lucía lloraba y gritaba, luego se vuelve distante, después enfadada. A esa edad los adolescentes ya suelen estar a la defensiva, Lucía se comporta mal con sus padres, da portazos, incluso los desafía.
Y entonces, ocurre algo inesperado. Gonzalo muere. Consuelo no se recupera tras recibir la noticia de su marido: falleció en un accidente volviendo de Madrid junto a un compañero de trabajo, justo antes de Reyes cuando la nieve cubre la carretera.
Gonzalo viajaba mucho, a veces una semana, si se retrasaba mandaba una postal, en esa época no había móviles. Cuando muere, Consuelo tiene cuarenta y seis años. Lucía, lejos de apoyar a su madre, se rebela. Sale de casa y se pierde, no obedece, es grosera.
Consuelo hace todo por acercarse a su hija, llora, suplica, pero jamás le grita. Así continúan. Lucía madura rápido. Y un día, tras acabar el instituto, anuncia:
Me voy a la ciudad dice firme.
Consuelo alza los ojos cansados, aprieta el paño.
¿Vas a estudiar, hija?
No, quiero buscar a mi madre biológica
Consuelo se queda sin aire, pregunta aturdida:
¿Pero por qué, Lucía? ¿No soy tu madre?
Lucía mira por la ventana, guarda silencio.
Necesito saber quién es. Saber por qué me abandonó. Lo necesito, mamá, tengo derecho.
Y tienes, hija acepta Consuelo, comprendiendo que nada la hará cambiar de idea.
A punto de cumplir diecinueve, Lucía recoge sus pocas cosas en una mochila, besa a Consuelo en la mejilla y promete volver de vez en cuando. Sale hacia la parada del autobús. Consuelo la observa partir, sola y con tristeza.
Pasa tiempo. Los días avanzan lentamente. Consuelo ya está jubilada, en las largas noches de invierno revisa las postales de Gonzalo, guardadas en una caja de bombones atada con un lazo. No hay muchas, y la última, con ramas de abeto, ya amarilla por los años, lee en el reverso: Consuelita, me retraso tres días, te echo de menos, te beso. Tu Gonzalo.
Consuelo acaricia la postal con los dedos temblorosos, la abraza como si abrazara a su marido. Han pasado muchos años, tantos cambios en su vida. Gonzalo falleció hace casi veinticinco años.
Sentada junto a la ventana, los recuerdos la embargan. Últimamente está cansada, antes salía a charlar en el banco del supermercado con otras vecinas, ahora apenas sale, sólo va al mercado y vuelve.
Las ventanas cubiertas, el buzón vacío, el silencio domina la casa. Hay alegría cuando Lucía viene con sus hijos, pero eso ocurre pocas veces. La mayoría está sola. En la cómoda, una foto de Gonzalo, con la pequeña Lucía en brazos, ambos sonríen.
Ay, Gonzalo, cómo te fuiste tan pronto, me dejaste sola le habla. Estoy sola de verdad.
En casa sólo el gato Mico rompe el silencio, saltando del poyete y a veces maullando fuerte junto a su dueña. Consuelo da de comer a Mico, toma su té, piensa que hoy debe ir al mercado. Al pasar por la foto, la mira.
Está bebiendo té cuando alguien golpea la puerta del patio. Recuerda cómo Lucía le anunció que se iba a la ciudad a buscar a su madre biológica. Revive ese instante. Aquella mañana era gris y tranquila. Consuelo preparaba té en la cocina, cuando de pronto alguien llama al portón.
Se pone los zapatos, se echa un mantón y sale al patio, abre la puerta. Allí está una mujer, mucho más joven, con ojos tristes.
Buenos días ¿Usted es Consuelo? la voz de la desconocida tiembla.
Sí, ¿y usted quién es?
La mujer duda, se mueve inquieta.
Soy la madre de Lucía bueno, la segunda madre en realidad, la biológica Me llamo María Creo que ya me entiende habla entre titubeos.
Consuelo siente frío por dentro. Hace poco se fue Lucía y ahora, su madre biológica, ¿cómo la encuentra?
Espere, ¿le ha pasado algo a Lucía? ¿Por eso está usted aquí? ¿La ha encontrado?
María responde rápido y nerviosa:
Lucía está en el hospital En Madrid, tiene problemas de estómago Paseábamos en el Retiro, se dobló de dolor y se sentó, perdió color, llamé enseguida a emergencias.
Ambas se miran en silencio.
Lucía me encontró hace mucho, pero temía decírselo a usted María solloza.
Ay, ¿por qué estamos aquí fuera? Pase, entre por favor reacciona Consuelo. Vamos al salón.
Sirve té caliente a María, que sentada cuenta:
Era muy joven cuando tuve a Lucía. Mis padres eran severos y me obligaron a renunciar a ella. Mi novio desapareció en cuanto supo del embarazo, mis padres amenazaron con echarme a la calle. Firmé la renuncia en el hospital Así viví todos estos años Ay, perdón, ahora lo importante es que Lucía está en el hospital, y pide que usted vaya.
Consuelo se levanta de inmediato.
¿Por qué no me llamó ella?
Le robaron el móvil, o mejor dicho, la bolsa. Mientras esperábamos la ambulancia, su bolso quedó en el banco, con documentos. Cuando volví ya no estaba
Dios mío, pobre niña susurra Consuelo.
Ella me dio su dirección, me dijo: Encuentra a mi mamá.
Ambas callan, sus miradas muestran sólo preocupación y cansancio.
Vamos dice Consuelo. Cierra la puerta y salen deprisa.
El viejo autobús parece ir despacio, Consuelo y María primero callan, luego conversan.
Yo también estoy sola suspira María. Mi marido murió hace tres años, enfermo. Vivimos juntos mucho, pero no pude tener más hijos. Sé que fue castigo, por haberla abandonado. Es un castigo
Así que, aparte de Lucía, estamos solas dice Consuelo.
Así es. Tenemos una hija para las dos responde María, triste.
En el hospital les preguntan:
¿A quién buscan?
A nuestra hija, Lucía Rojas contestan a la vez, Consuelo y María.
¿Y quiénes son ustedes?
Madres responden juntas, luego se miran y sonríen.
¿Dos madres? Bueno, adelante
Lucía, muy pálida, permanece bajo suero. Al verlas, sonríe contenta.
Mamá y mamá susurra.
Consuelo la besa primero.
Tranquila, hija, estoy contigo dice, mientras María se acomoda a su lado.
Ahora todo irá bien, no estás sola arropa la manta, dice María.
Pasan mucho tiempo juntas, conversan largamente.
Desde entonces, Lucía tiene dos madres. Luego aparece un esposo y dos hijos. Consuelo y María comparten una hija en común. A veces se reúnen todos.
Gracias por leer, por vuestras suscripciones y por vuestro apoyo. ¡Os deseo suerte y bondad a todos!

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