Mi hijo de cinco años se ha hecho amigo de un niño del barrio, que tiene siete; ahora juegan juntos …

Te cuento lo que me pasó este fin de semana, por si te sirve, porque estoy dándole vueltas al asunto. Mi hijo mayor, que tiene cinco años, se ha hecho muy amigo de un niño del barrio, Daniel, que debe tener unos siete. Ahora juegan juntos todo el tiempo, y mi hijo pequeño, Pablo, de tres, siempre quiere unirse. La verdad es que suelen llevárselo genial, no hay peleas, solo que dejan el salón hecho unos zorros de juguetes.

Pues eso, era sábado y estábamos en casa, mi marido, las niñas (Lucía y Carmen), y yo, jugando a La Oca en la mesa del comedor, tan tranquilos. En esas, entra mi hijo y me pregunta si él, Pablo y Daniel pueden jugar dentro de casa. Fuera hacía un solazo y nosotros queríamos un poco de silencio. Así que le dije que no, que mejor salieran a jugar. Luego escuché que la idea realmente era de Daniel, que insistía en venir a nuestra casa.

Al rato vuelven y les digo que lo mejor es que jueguen en el jardín, que además tenemos allí más juguetes que dentro. Mi hijo me dice: “Mamá, solo le quiero enseñar el salón y ya está.” Bueno, pensé, pues que se lo muestre. Total, Daniel ve la casa y luego, como que no quiere irse. “¿Podemos jugar aquí dentro?”, insiste. Y yo que no, que mejor fuera, que hace buena temperatura.

Al día siguiente, viene un mensajero con unas bolsas de ropa para las niñas. Cogemos la ropa y nos vamos al salón a probarla. Y de repente, sin llamar ni nada, la puerta se abre y entra Daniel, tan campante, y se va directo al baño. La habitación donde las chicas se cambiaban es el salón, no tiene puerta, así que era un poco incómodo. Le digo: Daniel, sal por favor, las chicas están cambiándose. Y él responde, como si nada: Es que tengo que ir. Se mete y cierra la puerta. Yo me quedé flipando, la verdad. Su casa está justo detrás de la nuestra, vamos, que tarda menos de un minuto en ir a su baño. Pero no, tiene que venir aquí. Luego le pregunté a mi hijo por qué Daniel entra sin preguntar. Le dejé entrar, me dijo. Y ahí se quedó la cosa.

Al otro día, Pablo estaba usando el orinal y Álvaro, el mayor, salió a jugar con Daniel. Y a los cinco minutos, Daniel se mete otra vez en casa, sin llamar, y dice: Voy al baño. Le digo que está ocupado, y él, al ver a Pablo allí, se queda sorprendido. ¿Qué pasa?, pregunta. Está Pablo, le contesto. Se queda pensativo un segundo y se va hacia la puerta.

Yo bueno, saco a Pablo y cierro la puerta. Y de pronto, Daniel empieza a golpear la puerta insistiendo: “Ábreme, que tengo que hacer pis.” Pensé que se iría a su casa, pero nada. “No puedo”, le digo. ¿Por qué no?, me responde. Qué cosas, la espontaneidad de los niños. Le dije: Yo también tengo que usar el baño. Si te urge tanto, ve a tu casa.

Silencio. A los pocos minutos, vuelve: ¿Falta mucho? Que me hago pis. Entre risas y resignación, le repito: Ve a tu casa, que vives al lado. Y al final lo entiende y se va. Dos minutos después vuelve a jugar al jardín como si nada.

Entonces le pregunté a Álvaro: Oye, ¿qué harías si quisieras ir al baño en casa de otra persona? Y me contesta: Me iría a casa, y después seguiría jugando allí. Me tranquilizó eso.

Daniel es majo, simpático, no parece travieso, pero es que no entiende lo que son los límites. Y me siento incómoda porque no sé cómo explicarle a su madre o al propio Daniel que tiene que preguntar antes de entrar en casa y que no puede usar nuestro baño así porque sí. Tampoco quiero romper la amistad de los críos, pero tampoco creo que sea bueno dejar pasar esas cosas.

¿Tú qué harías si estuvieras en mi lugar?

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