Mi abuela estaba a punto de meterse en la cama cuando desde el patio comenzaron a oírse voces.

La abuela pasó el día entero trajinando por la casa. Hacía preparativos para el invierno, imaginando qué podría ofrecer a su hija y a su yerno cuando vinieran a visitarla. Los quería muchísimo, aunque hacía tiempo que no veía a su hija; vivía en la ciudad con su marido.

La hija insistía en llevársela a vivir con ellos, y algo dentro de la abuela se removía al pensarlo; empezaba a sentirse fatigada de la soledad. Pero al mismo tiempo, la ataban a su aldea demasiados recuerdos. ¡Cuántas vivencias guardaba aquel lugar!

A menudo se sentaba en el banco del jardín y recordaba los buenos tiempos junto a su marido. No, no podía ni imaginar dejar su casita y su huerto, ni marcharse a una ciudad desconocida. La abuela estaba cansada, sí, pero sentía que su hogar era parte de ella misma. Ya caía la tarde y la casa estaba en calma. Se acostó, bien arropada, mientras la serenidad del campo se apoderaba de todo. De pronto, unos murmullos rompieron el silencio del anochecer. ¿Quién será?

Eran los vecinos. No le caían bien. En aquel caserón había vivido antiguamente su mejor amiga, pero falleció hacía tres años. La familia la vendió enseguida y los nuevos propietarios resultaron bastante ruidosos; siempre había jaleo, música alta y botellas encima de la mesa. Sin embargo, la hija de esos vecinos era una niña amable.

La abuela salió al porche y al mirar alrededor descubrió una figura solitaria en el banco. Era la niña, sentada en silencio. Comprendió que había escapado otra vez de casa. Suspirando, la invitó a entrar en la suya. La pequeña enseguida se encariñó con la abuela; era discreta, tranquila y dulce.

Tras aquel día, apenas pisaba su propia casa y prefería pasar casi todo el tiempo con la abuela. Cuando vinieron la hija de la abuela y su yerno, les presentó a la niña. También ellos le tomaron cariño. Pero ocurrió una desgracia: un incendio devastó la casa de los vecinos y la niña perdió a sus padres. Pronto fue enviada a un centro de menores. Entonces la hija de la abuela y su marido decidieron adoptarla.

Con el paso del tiempo, la abuela comprendió que, aunque el pasado deja huella, el cariño y la solidaridad pueden transformar cualquier pérdida en un nuevo principio. Porque en la vida, la familia también se elige cada día.

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Mi abuela estaba a punto de meterse en la cama cuando desde el patio comenzaron a oírse voces.
Viviremos el uno para el otro Tras la muerte de su madre, Egor logró recuperarse un poco; ella llevaba tiempo ingresada en el hospital, donde finalmente falleció. Antes estuvo postrada en casa, y tanto él como su esposa Vera se turnaban para cuidarla. Las casas estaban una al lado de la otra, aunque Egor le insistió a su madre para que se trasladara con ellos, pero ella no quiso de ninguna manera. —Hijo, aquí murió tu padre, y aquí quiero morir yo. Así estoy más tranquila —lloraba ella, y Egor no podía negarle ese deseo. Para ellos habría sido más fácil si la madre estuviese en su casa, pero su hija tenía trece años y no querían que presenciara el deterioro de su abuela. Egor trabajaba a turnos, Vera era maestra de primaria. Así, la madre estaba siempre acompañada y hasta hacían turnos para dormir en su casa. —Mamá, ¿la abuela va a morir pronto? —le preguntaba Ksyusha—. Me da pena, es muy buena con nosotros. —No lo sé, hija, pero llegará el momento. Así es la vida. Cuando la abuela empeoró la llevaron al hospital. Egor tenía una hermana, Rita, tres años menor y madre de Antoñito, a quien solía cuidar la abuela o Vera, ya que Rita siempre andaba ausente por “viajes de trabajo”. Llevaba mucho separada de su marido, nunca quiso cuidar de su madre, sabiendo que Egor y Vera se ocupaban. Rita era la antítesis de su hermano: dura, fría, conflictiva. Tres días después, la madre de Egor y Rita murió en el hospital. Tras el entierro, decidieron vender la casa materna, pues si no se cuida, se viene abajo. La madre había puesto la casa a nombre de Egor hacía tiempo: con Rita nunca tuvo buena relación, y ella lo sabía, por eso apenas se hablaban. Pero después de la venta, su esposa Vera insistía: —En cuanto recibas el dinero, repártelo a partes iguales con Rita. —Vera, Rita tiene su propio piso, su exmarido le dejó una buena vivienda y ella gastará el dinero igual. —Eso da igual, Egor, así nuestra conciencia quedará tranquila, y evitarás que ande criticándonos por todas partes. Egor aceptó y le dio la mitad del dinero a su hermana, pero ella, en vez de agradecerle, dijo: —¿Y esto es todo? ¿Y lo demás? Con el tiempo, Ksyusha cumplió quince años, y otro infortunio recayó sobre ellos: Vera enfermó gravemente. Aunque antes ya se sentía mal, lo achacaba al cansancio de trabajar con niños. Pero un día se desmayó en el patio y la llevaron al hospital: le diagnosticaron esa enfermedad traicionera, demasiado tarde. —¿No se puede hacer nada por mi esposa? —preguntó angustiado Egor al médico, pero él solo encogía los hombros. —Hacemos todo lo posible, pero llegó demasiado tarde al hospital. ¿De verdad no notó que estaba enferma? —Claro que lo noté, le insistí muchas veces para ir al médico, pero Vera siempre pensaba en los demás y nunca en sí misma… —dijo, abatido. Pronto Egor llevó a Vera de vuelta a casa; ya no se levantaba de la cama. Él y su hija la cuidaban, pero la enfermedad avanzaba sin freno. Egor le ponía las inyecciones, incluso cogió la baja para estar con ella. Cuando terminó el permiso, tuvo que volver al trabajo. Ksyusha cuidaba de su madre después del colegio, la alimentaba, la aseaba, y se agotaba. Un día apareció Rita. —Egor, se me ha roto la lavadora. Míratela, que tú entiendes. —Vale, iré luego —prometió, y tras su jornada laboral la arregló. Al despedirse, él le comentó: —Al menos podrías venir a quedarte con Vera de vez en cuando, así Ksyusha no la cuida sola. Solo tiene quince años, no puede con todo, y yo a veces trabajo de noche. Además, Vera no te es ajena: ella crio a Antoñito, y luchó por tu piso cuando tu exmarido quiso quitártelo. —Bueno, ¡pues vaya! No me vengas ahora con lo de hace cien años. Antoñito ya tiene diecisiete, y yo me casé antes que tú. Sí, Vera me ayudó con el niño, pero yo estaba siempre fuera. Le regalé un anillo de oro, eso compensa. —Sí, pero Vera te lo devolvió al instante, y tú tan contenta te lo quedaste. —Si no lo quería, estaba en su derecho. Además, una cosa es cuidar de un niño sano y otra muy distinta es quedarse al lado de una moribunda. No cuentes conmigo —respondió fríamente y ni agradeció la reparación. Egor, tras oír eso, no solo se ofendió sino que dijo: —No vuelvas a pedirme nada. No tienes corazón. A partir de ahí, dejó de pensar en su hermana. Vera se apagaba rápidamente. Ese día Ksyusha vio a su padre por la ventana y salió corriendo a su encuentro. —Papá, papá, mamá está fatal, no come, se ha girado y ya no habla. Quise darle la medicina y agua, pero… —No pasa nada, hija, saldremos adelante, seguro que sí. Pero esa misma noche Vera murió. Ambos lloraron, se quedaron solos. A Egor, tras la muerte de su esposa, le quedó cierta paz al pensar que ella ya no sufría y que su hija tampoco presenciaba el dolor. Amaba a Vera, pero la cruel enfermedad no solo le arrebató a su ser querido, sino que los agotó a él y a Ksyusha. Después del funeral, se sintió peor. Le faltaba la mirada de Vera, su risa y el cuidado que le prestaba; esos recuerdos no le dejaban. Ella era imprescindible y ya nunca volvería. Ksyusha también sufría, pero incluso intentaba consolarle. —Papá, hicimos todo lo que pudimos. Tenemos que aceptar que mamá ya no está, allí donde esté, no padece. Nos acostumbraremos, lo importante es que nos tenemos el uno al otro. —Qué adulta eres, hija mía —se sorprendió Egor—. Esta desgracia te ha hecho madurar mucho. Ksyusha se preocupaba por su padre y siempre estaba con él; él también se apresuraba tras el trabajo, sabiendo que ella le esperaba e incluso ya cocinaba. Después cenaban juntos y compartían sus novedades del día. Un día, al volver de trabajar, su hija le contó: —Papá, después de clase tía Rita vino a casa. —¿Y qué quería esa? —preguntó él, irritado—. No la dejes pasar. —Entró justo detrás de mí, no tuve tiempo de cerrar. Dijo que venía a recoger el abrigo de piel de mamá y otras cosas. Me dijo que tú lo sabías. —No le di nada, se fue enfadada. —Hija, no le permitas llevarse nada y, la próxima vez, cierra la puerta al llegar. No tiene nada que hacer aquí. Egor estaba trabajando cuando le dio un fuerte dolor en el pecho: apenas podía respirar. Se le puso la cara blanca y perdió el conocimiento. Su compañero llamó a una ambulancia y lo llevaron al hospital. Ksyusha fue corriendo, llorando, y el médico la tranquilizó: —No llores, tu padre está consciente, ha sido un preinfarto. Necesita tratamiento. Ahora todas las responsabilidades recayeron en Ksyusha: cuidar del padre, la escuela, la casa. Tenía que hacerse cargo de todo sola y dedicaba más tiempo al estudio. Así vivía, de un lado para otro; iba al hospital e incluso le llevaba comida. Un día Rita apareció con un pastel. —Ksyusha, le he hecho un pastel a tu padre para el hospital. No quiero ir a verle, sabes que no me soporta. Toma, llévaselo y ni se te ocurra decirle que lo he hecho yo. —Gracias, tía Rita —le contestó, y ella se fue. Al poco, apareció Antón, el hijo de Rita y hermano de Ksyusha, que a veces la ayudaba. Estaba acabando el bachillerato. —He olvidado las llaves y he venido —dijo—. ¡Vaya, Ksyusha, tú hiciste el pastel? —No, no sé. Lo trajo tu madre para papá en el hospital. Toma un trozo, que después del cole tienes hambre y para papá es demasiado grande. Antón aceptó, ella le sirvió té y luego se fueron juntos al hospital. De repente, vieron que Antón se ponía muy pálido, le salía sudor frío, se apoyó en la barandilla de la entrada y, de pronto, se desmayó. Por suerte, estaban allí mismo en el hospital. Descubrieron que tenía una sustancia tóxica en sangre. —¿Qué comió? —preguntó el médico. —El pastel, lo llevamos a mi padre. Lo hizo la madre de Antón para mi padre. —Bajo ningún concepto se lo deis a tu padre. Me lo llevo para analizarlo. Avisaron a Rita, que llegó corriendo al hospital. —Dios mío, hijo, ¿qué te ha pasado? ¿Cómo puedes estar tan grave? —Comió tu pastel, tía Rita. Le di un trozo cuando vino del colegio —y ella se quedó blanca. Al poco, la policía se llevó a Rita. Se descubrió que había envenenado el pastel para matar a su hermano y así poder venderle la casa. A Ksyusha la dejaría ir al instituto y vivir en un colegio mayor. Rita lo había planeado todo; solo no contó con que el pastel acabaría en manos de su propio hijo. Cuando Egor fue dado de alta, llevó a Ksyusha y Antón a visitar a Rita. —Perdóname, Egor, perdón, Antoñito, tú también Ksyusha… Me equivoqué, perdonadme, por Dios —lloraba ella. Egor retiró la denuncia, al poco liberaron a Rita. Pero Antón no podía perdonar a su madre y pasaba cada vez más tiempo con Egor y Ksyusha. —Tío Egor, nunca perdonaré a mi madre, la odio, ¿cómo ha podido hacerme esto? —Antón, los padres no se eligen. Lo que hizo tu madre fue horrible, pero está arrepentida. Todos podemos cometer errores. Dale una oportunidad, perdónala, porque sufre y se siente muy culpable. Poco a poco, todo fue mejorando. Antón entró en la universidad, Ksyusha acababa el colegio y también quería estudiar, aunque no quería dejar solo a su padre. —No te preocupes, hija, yo me las arreglo. Tienes que estudiar. Viviremos el uno para el otro y vendrás a casa los fines de semana y en vacaciones. Tu madre soñaba con que entraras en magisterio.