Alba fue ingresada en la maternidad semanas antes del parto: su embarazo, en los tramos finales, se teñía de rarezas que los médicos no querían arriesgar, y ella no preparaba sólo una cuna, sino dos. A la futura madre le ofrecieron una cesárea programada, pero ella deseaba con fuerza parir por sí misma, así que los médicos, después de debatirlo envueltos en un aire cálido que olía a romero, decidieron esperar el milagro del parto naturalsiempre hay tiempo para las batas verdes y la fría sala de quirófano.
Además, Alba y su marido, Rodrigo, tenían firmado un parto acompañado, en el que él estaría presente; cosa rara en la sala de operaciones, donde a las comadronas no les hacen gracia los espectadores. El parto de Alba comenzó cuando las luces de la calle colgaban como farolillos sin dueño. Avisaron al instante a Rodrigo, que apareció en el hospital de Toledo en apenas veinte minutos; los pasillos se ondulaban bajo sus pasos cansados y, enseguida, estuvieron juntos en la habitación prenatal.
No era la primera vez que Alba encaraba el misterio de dar vida, de modo que sabía bien lo que se esperaba de ella y actuó con calma que sólo dan los sueños largos, mientras angustias vaporosas rugían en el fondo. A las cuatro de la madrugada nació la primera niña, en un estallido de llanto translúcido que llenó la sala de ecos. La comadrona, Lucía, la felicitó, susurrando palabras antiguas de bienvenida para la recién llegada.
Pero algo sombrío flotó entre las cortinas: Rodrigo esbozó una sonrisa forzada y giró de inmediato la cabeza hacia su esposa. Pasados diez minutos crujientes e irregulares, nació la segunda hija, y Alba sonrió con un fulgor sereno, mientras el padre, de repente, rompió a llorar. No parecían lágrimas de emoción en aquel cuarto en el que el aire sabía a anís y a nostalgia. Las enfermeras intercambiaron miradas inquietas, pero Alba les tranquilizó con un gesto y una voz suave:
No os preocupéis, de aquí a una hora ya se le habrá pasado. Sólo es que, otra vez, se repiten, los cinco pares de gemelas y todo niñas. Él soñaba, el pobre, con al menos un niño; pero no ha sido posible y anda algo dolido. Pero quiere mucho a sus hijas; irá bien, ya veréis.
Al día siguiente, bajo la ventana de la maternidad, flotando en la brisa de la mañana, una troupe de niñas radiantescon trenzas, risas y la complicidad del rocíoconducidas por Rodrigo, ataban globos de colores y gritaban que querían a su madre. Fue ahí, al ver ese guiño inusual del destino, cuando supimos que, en esa familia, todo marchaba a su manera torpe pero entrañable. Y, aún así, una sombra de cariño pesaroso bailaba para el padre en la otra orilla del sueño.







