Prisionera de su amor
En el bar El Ventisca, el aire estaba denso y el bullicio era el de cualquier viernes en Madrid. Carmen se apoyaba en la barra con un mojito en la mano, observando el mar de gente danzante. A su lado, Inés le relataba algo sobre un nuevo proyecto en la consultora, pero Carmen escuchaba por encima. Le gustaba imaginar historias para los desconocidos, inventarles nombres, soñar con quiénes serían fuera de ese local.
Carmen, ¿me escuchas o hablo sola? Inés la empujó con el codo, divertida.
Que sí, que sí. La base de datos y tu jefe ¿no?
¡El jefe no! El cliente Otra vez con la cabeza en las nubes.
Carmen sonrió, dispuesta a contestar, pero algo al fondo captó su atención. En una mesa apartada, un hombre alto, camisa impoluta de marca y aire de banca de barrio de Salamanca, se giraba de golpe hacia su acompañante: una rubia de vestido rojo pasión. La música retumbaba, pero su voz se impuso.
¿Dónde crees que vas? No te he dado permiso. Siéntate.
La chica, paralizada, dio media vuelta sin protestar y volvió a su silla. El hombre la ignoró, centrado en su amigo, con el brazo apoyado en el respaldo de la rubia. Gesto desganado, pero con autoridad.
¿Has visto? Inés le murmuró a Carmen. Ese, si no es carne de narcisista de libro, que baje Dios y lo vea. Yo, de ella, salía corriendo hasta Segovia.
Carmen callaba, bebiendo disimuladamente. Algo en esa escena no le despertaba rechazo más bien una extraña fascinación. Aquello sí que era un hombre de verdad, pensó. Seguro de sí mismo, sabiendo lo que quiere, nada que ver con los dubitativos con los que ella había salido, incapaces de elegir entre tapas en el Mercado de San Miguel o un kebab. Ese no dudaba. Y su novia le obedecía. A lo mejor hasta le adoraba.
No le defiendas Inés rodó los ojos. ¿De dónde te sacas que eso es fuerza de carácter? Eso no es carácter, es roña.
Carmen se encogió de hombros y bebió un poco más, nerviosa. Inés siempre tan matemática, tan previsora. Tan incapaz de creerse los fuegos de artificio del amor ciego. Para Inés importaban los contratos fijos, la hipoteca, la seguridad. Pero, ¿y la emoción, el vértigo, ese cosquilleo que te dice que estás viva?
Media hora después, Carmen fue al baño. Coincidió allí con la chica del vestido rojo, empolviándose la nariz con manos temblorosas tan anchas como para derramar el neceser. Parecía a punto de romperse.
¿Estás bien? le preguntó Carmen, sin saber muy bien por qué.
La chica dio un respingo y, tras un segundo de miedo, forzó una sonrisa.
Sí, bueno hace calor aquí dentro, ¿verdad?
Un horno. Me llamo Carmen.
Lucía respondió la otra, recogiéndose deprisa el maquillaje. Perdona, me tengo que ir. No le gusta que tarde.
Y se despidió, dejando tras de sí el aroma de un perfume barato y, también, una niebla de tristeza. Carmen la siguió con la mirada, pensando que, si estuviera en su lugar, todo sería distinto. Ella sí sabría qué hacer con un hombre así, inspirarle, ser muso en vez de adorno. Le comprendería, le apoyaría. No haría falta levantar la voz, porque con ella él sería mejor. O eso quería creer.
Al volver a la barra, Inés ya no estaba. Carmen la encontró revisándose el abrigo junto a la puerta.
¿Te marchas ya?
Se me han terminado las pilas. ¿Tú te quedas?
Un rato más.
Inés la miró con ese ceño que tu madre pone cuando sabe que vas a liarla.
No hagas tonterías.
¿Y qué tonterías?
He visto cómo mirabas al machito. Prométeme que si se te acerca, mantienes las distancias.
Carmen se carcajeó.
Tranquila. Está con su novia.
Precisamente. Y mira cómo la trata. Promete.
Prometo, prometo. Y ve en paz. Que ya soy mayorcita.
Se abrazaron y Carmen volvió a la barra, pidió otro mojito y fue a buscar un sitio cerca de la ventana. Le encantaba sentarse sola en sitios bulliciosos: el runrún de Madrid, la gente sin parar, la ciudad infinita… En casa de alquiler que compartía con Inés en Lavapiés, todo era silencio y Netflix barato. Para hacer feliz a sus padres que llamaban cada domingo desde León preguntando si necesitaba euros, fingía que todo iba viento en popa. Trabajo en la agencia de diseño Creativa, sueldo decente, una jefa insoportable que ni recordaba su nombre pero poco importa si lo cuentas con tono alegre.
El corazón le pedía historias grandes, arrasadoras, de esas que solo veías en el Palacio de Hielo. Amor. No cenas sosas con frikis que te recitan monólogos del Betis o te hablan de series nórdicas. Amor del bueno, de palomitas y mariposas.
¿Te puedo acompañar? Una voz reveló la pesadilla y el deseo de Carmen.
Era él, el del rincón autoritario. Alto, hombros anchos, sonrisa de anuncio, reluciendo su reloj Viceroy a la vista.
Estoy esperando a una amiga mintió Carmen, nerviosa.
No me lo creo. Acaba de salir. Soy Álvaro y le extendió la mano, segura, templada.
Carmen respondió ella, aceptando el apretón.
Bonito nombre.
Sin esperar invitación, se sentó. Carmen pensó en largarse, pero la curiosidad pudo más. Y, seamos sinceros: que un tipo así se fije en ti sienta bien.
¿Y tu novia no se molestará? se atrevió Carmen, señalando discretamente hacia la mesa donde Lucía absorbía el WhatsApp.
Álvaro la miró como quien ve el clima en el teletexto.
No es mi novia. Solo una amiga. Ya ni hablamos. No hemos encajado.
Ya…
¿Vienes sola?
Con una amiga, pero se cansó pronto de la noche madrileña.
Veo que tú aguantas más.
Es que disfruto viendo a la gente. Es como mi propio cine.
Álvaro sonrió, luciendo un blanqueado de dientes casi radiantísimo.
A mí también me gusta observar. Sobre todo cuando encuentro a alguien interesante asintió mirándola de cerca. Sentada sola, mirando por la ventana Como en una película francesa.
Carmen apenas pudo aguantar la mirada. Raro era que le dijeran esas cosas.
¿Siempre eres así de directo?
Solo cuando sé que merece la pena.
Se pasaron la noche charlando. Álvaro le contó su trabajo en una distribuidora de maquinaria en Coslada, sus viajes de negocios, su BMW recién estrenado. Carmen escuchaba embelesada. A su lado se sentía como la versión adolescente de sí misma.
Cuando cerraron el bar, Álvaro la acompañó hasta el taxi, le pidió el número y le aseguró que la llamaría al día siguiente. El viaje se le hizo corto entre sonrisas y pensamientos de película romántica: Eres interesante. ¿Sería este el principio de esa gran historia que tanto ansiaba?
Inés dormía cuando Carmen llegó. Se preparó, se metió en la cama y tardó en cerrar los ojos repasando una y otra vez la conversación como una lista mental de la compra.
A mediodía del sábado, Álvaro la llamó puntual. Voz alegre, decidida, de esas de radio matinal.
Buenos días, Carmen. ¿Cómo has dormido?
Bien, gracias.
He pensado mucho en ti. ¿Qué tal una cena esta noche? ¿Libre?
Carmen titubeó. Había prometido sesión de cine y pizza casera con Inés pero le pudo la ilusión.
Sí, estoy libre.
Perfecto. Paso a buscarte a las siete. Envíame tu dirección.
Sin esperar respuesta, colgó. Carmen torció la boca: acostumbrado a decidir por todos, ese Álvaro. Pero al fondo, le gustaba. Un poco de mano firme.
Por la tarde, Inés contemplaba el desfile de vestidos de Carmen con ironía franca.
¿En serio vas a salir con él? ¿Después de lo de ayer?
No es quien tú piensas. Le has juzgado mal. Es atento, simpático.
Ya, y seguro que a su exnovia le encantaba recibir órdenes en directo. Tienes que parar.
Solo es una cena, no firmo los papeles del registro civil.
Ya. Pero llámame si algo va mal.
Carmen asintió, aunque sabía que no lo haría. Inés siempre veía monstruos antes que mariposas.
Álvaro apareció puntual en su BMW, con cuero oliendo a concesionario de Pozuelo. Le abrió la puerta como si fuera la reina emeritísima, la llevó a un restaurante caro en el barrio de Salamanca donde le conocían todos los camareros. Pidió vino carísimo, risas, anécdotas de Milán y Lisboa. Carmen lo contemplaba embobada, convencida de tener a un auténtico hombre de película.
¿Y tú? preguntó él entre el solomillo y el postre. ¿Qué haces?
Diseñadora, en una empresa pequeña. Puesto modesto aún.
Diseñadora Interesante. Se nota que tienes gusto. ¿Y por qué sigues de becaria? Eres lista, guapa. ¿No será falta de confianza?
Bueno, tal vez No soy de irme vendiendo.
Craso error. Hay que saber ponerse en valor. Yo podría ayudarte. Tengo contactos en agencias y estudios.
¿De verdad? Sería increíble.
Claro. Te veo potencial. Solo hace falta alguien que te oriente.
Carmen sentía que flotaba. Álvaro parecía entenderla como nadie. ¿No era eso lo que tanto había deseado?
Después de una despedida cálida, Carmen volvió volando a casa. Inés la esperaba en el sofá con cara de momento de balance.
¿Cómo fue?
Increíble, Inés. Te equivocaste con él.
Inés no contestó. Sólo suspiró, escondiéndose tras su novela negra.
Las semanas siguientes fueron un carrusel de whatsapp, flores, cenas y exposiciones. Carmen, por fin protagonista de su propio melodrama. Álvaro la colmaba de halagos, le aseguraba que era única, que jamás había conectado así con otra mujer.
Pero, si Inés tocaba el tema, Carmen resoplaba. Hasta que un día la charla estalló.
¿No te parece raro? le preguntó Inés. Te pasa controlando todo, cada paso, saber dónde y con quién
Eso no es control, es preocupación. Le importa lo que me pase.
Perdona, pero te está absorbiendo. Has dejado hasta de salir. Ni trabajas horas extra por estar pendiente de que no se enfade.
¡Porque quiero estar con él!
Quiere poseerte, no acompañarte.
¿Me lo dices en serio? ¿No será que tienes envidia?
La frase salió sola. Inés se quedó helada.
¿Envidia? ¿De verte controlada?
Perdón, me he pasado.
Haz lo que quieras, pero a mí no me busques cuando esto pete.
Inés se fue con portazo. Carmen se quedó sola, aturdida.
El tiempo pasó. Álvaro reforzaba el contacto. Un día apareció con un vestido negro de escote imposible.
Póntelo. Esta noche cenamos con mis socios.
Avísame con tiempo la próxima vez
Estás perfecta así. Venga.
Carmen aceptó, dejando a medias su propio trabajo. Entre desconocidos, con sonrisa forzada, se sintió decorado más que pareja.
Al volver, Álvaro la elogió y luego, bajando la voz:
Has charlado demasiado con Javier. Mi socio. No me gusta.
Sólo hemos hablado del trabajo.
No tolero que otros hombres se piensen cosas. Eres mía.
Ese mía le erizó la piel. ¿Amor o jaula?
Pronto, Carmen casi vivía en el piso nuevo de él, cerca del Retiro. Moderno, lujoso, vistas a la ciudad. Álvaro quería que estuvieran juntos siempre. Inés solo comentó:
Guarda las llaves. Por lo que pueda pasar.
Carmen se rió y juró que no haría falta. Vivía en el cuento de hadas de los anuncios de bombones.
Pero pronto empezó a notar los pequeños zascas. Un día apareció con vaqueros y camiseta y Álvaro torció el gesto.
¿Te crees en un almacén?
Vengo del trabajo, es lo más cómodo.
Cómodo para obreros, pero tú no. Ponte los vestidos que te regalo.
Empezó a dejar de ver a Inés. Te influye mal, decía Álvaro. Contigo eres menos sumisa. Carmen, para evitar follones, fue cancelando planes. Lo mismo con el trabajo: Te infravaloran. Decide, deja ese sitio y descansa. Yo te mantengo. Y Carmen, sintiéndose incomprendida y culpable, dejó al fin la empresa.
La siguiente llamada de Inés fue para increparle.
¿Te has rendido? ¿Por él?
Encontraré algo mejor.
¿Seguro? ¿O vas a pedirle permiso también para eso?
Carmen pospuso la cita. Y la siguiente. Y la otra.
Pronto, el círculo de Carmen se redujo a Álvaro, sus horarios y sus manías: despertarse con él, organizarle la ropa, preparar cenas. No hacía nada sin preguntarle. Hasta las pelis eran elección suya. Se preguntaba dónde había quedado su yo anterior, el que cosía por la noche o reía con Inés sin miedo. Literalmente, se había olvidado de quererse.
Todo cambió una tarde cualquiera cuando Inés insistió para quedar, diciéndole que estaría por el barrio. Carmen aceptó: un café inocente, de los de antes. Inés, siempre puntual, con recogido perfecto, olía a éxito. Carmen se sintió desteñida a su lado. Le costó incluso sostener la mirada.
¿Cómo estás?
Bien. Un poco cansada, ya sabes.
Deja de fingir. Si necesitas volver, piso tienes. Y amistad también.
Gracias. No hace falta.
Inés suspiró, repitiendo el mantra de la amistad perdida: Prométeme que contestarás a los mensajes. No te quiero perder.
Más tarde, al volver a casa, Carmen fue recibida por la sombra de Álvaro.
¿Dónde estabas?
En el mercado.
He llamado tres veces.
El móvil en silencio
¿En serio? ¿No estarías con Inés?
La discusión escaló. Álvaro la acusó de traición, de deslealtad: No quiero que vuelvas a verla jamás. Y Carmen, sin fuerzas para pelear, solo asintió. Pero ese día lloró como hacía años que no lloraba, consciente por fin del agujero en el que se había ido metiendo.
Después vino el perdón mecánico de él: flores, bombones, promesas de amor. Pero Carmen sintió que se rompía algo irreversible dentro de sí.
Pasó un año. Luego otro. Se casaron boda de película en el Palacio de Cibeles, padres orgullosos desde León, ella sin invitar a Inés (No la quiero en nuestro día, decretó Álvaro, y Carmen calló). Inés solo envió un escueto mensaje: Felicidades, aquí sigo. Carmen ni contestó.
Tuvieron una hija, Alba. Álvaro feliz, compró piso más grande aún, contrató niñera. Carmen vivía por y para la niña, cada vez más invisible. Álvaro supervisaba todo: el dinero, el móvil, la comida, hasta la talla de sujetador. Y si gastaba diez euros más en la frutería, sermón.
Un día, Carmen se atrevió a buscar empleo. Consiguió trabajo de diseñadora en una agencia y lo contó. La reacción de Álvaro fue calculada: ¿Para qué quieres trabajar? Ya tienes a Alba, la casa y a mí. Carmen replicó. Insistió. Álvaro subió el tono: Llámales y di que te echas atrás. Si no, llamo yo.
Llamó. Renunció. Lloró. Él la abrazó: No necesitas nada más que a nosotros.
Pero ella sí necesitaba más. Ya casi no se reconocía, ni en el espejo ni en la vida.
Un sábado, Carmen llevó a Alba a comprar zapatos a El Corte Inglés de Serrano. Lista de la compra en mano no fuera a olvidarse de algo de la lista de Álvaro, completó la mañana. De pronto, entre la multitud, alguien la llamó. Era Inés. La abrazó. ¡Qué ganas de verte! Inés parecía igual que siempre y, por un instante, Carmen se sintió humana.
Terminaron tomando un café rápido. Carmen aceptó hacía meses que no hacía nada a solas. Un café que supo a vida anterior.
De vuelta a casa, Álvaro la esperaba junto al coche. ¿Con quién estabas arriba?
Carmen mintió. Álvaro insistió.
Con una amiga.
¿Con Inés?
Sí. La he visto por casualidad.
Él no volvió a insistir, pero esa noche, tras acostar a Alba, vino la enésima letanía: Esa amiga ha sido siempre el veneno. No quiero que la veas más.
Carmen aguantó. No discutió. Pero esa noche se detuvo frente al espejo, solo para contemplar a una desconocida: treinta y tantos, ojeras, mirada perdida. Podía aceptar la edad, pero no la muerte interior.
Pasaron los meses. En secreto, Inés la llamó:
Hola, Carmen. Hay cosas importantes que decir. ¿Puedes quedar?
No puedo. Álvaro no quiere.
¿Y tú? ¿Qué quieres tú?
Carmen dudó mucho. Al fin, reconoció en voz baja:
No lo sé.
Quedemos esta tarde. Por ti.
La cita en el café fue un exorcismo. Inés escuchaba en silencio mientras Carmen, tras un largo rato, murmuraba temblorosa:
No soy feliz.
Por fin lo decía. Lloró ante su amiga, harta de cargar tantos años con el secreto. Inés la abrazó con calma:
No es culpa tuya. Vayámonos ya.
No puedo. Me da miedo. A él, a quedarme sola, a no conseguir nada.
Nadie consigue nada sin saltar primero. Y tú ya no eres la de antes.
Carmen asintió en silencio. Por primera vez en años, empezó a plantearse la escapatoria.
De vuelta a casa, Álvaro la recibió de nuevo con la lista de reproches. Esta vez, Carmen se rebeló por primera vez:
Contigo no se puede hablar. No escuchas. Me has convertido en una sombra.
La discusión subió de tono. Álvaro la empujó; Carmen cayó y por fin sintió rabia en lugar de miedo.
Tomó su teléfono y le escribió a Inés: Ayúdame. Ahora.
Inés llegó enseguida. Carmen solo tuvo tiempo de meter ropa y documentos en una maleta. Álvaro las interceptó, jurando juicios y venganza. Carmen, por primera vez, se mantuvo firme: Me llevo a Alba. Puedes ir al juzgado si quieres.
Con ayuda de Inés, recogió a la niña en el colegio, le dijo que iban a dormir con la tía Inés una temporada.
Álvaro no tardó en denunciar, en buscar abogados famosos en Madrid, en inventarse historias para reclamar la guarda y custodia. Carmen tuvo miedo, pero ya no tuvo la tentación de volver.
En casa de Inés, recuperó poco a poco la vida. Encontró trabajo en una boutique de diseño, recuperó antiguos amigos, volvió a coser por las noches. Cada paso costaba, pero se sentía más viva que nunca.
Álvaro insistía, pero la Justicia comentó que Alba estaría con Carmen, con régimen de visitas. Él insinuó, lloriqueó, chantajeó. Pero la historia la escribía ahora Carmen.
El proceso fue largo, con lágrimas en bucle y noches de insomnio. Pero sobreviviendo. Un día, Alba le preguntó tímida:
¿Tú ahora eres feliz, mamá?
Carmen pensó en todo lo que había perdido y en todo lo que había recuperado.
Sí respondió, sincera.
Siguieron años de reconstrucción. Trabajo nuevo. Corte de pelo a lo garçon y vestidos hechos con telas compradas en la mercería de Alcorcón. Nueva vida, pequeña pero propia. Hasta amigos nuevos ni príncipes, ni dragones, sino personas corrientes.
Un día, de paseo por la Gran Vía, vio de lejos a Álvaro con una joven rubia. Estaba más mayor, igual de rígido. Sintió lástima, no rencor.
En un café de Malasaña, Carmen y Inés celebraban el fin de ciclo. Inés, ahora embarazada, preguntó:
¿Te arrepientes de aquello, del bar, de todo lo que vino después?
A veces quisiera volver atrás. Haberte hecho caso. Pero si no, habría acabado igual con otro distinto. Pensando que el amor es sacrificio.
Eso nos meten en vena desde la infancia. Pero ya sabes la lección: el amor ni es cárcel ni es sumisión.
Ahora eso mismo se lo cuento a Alba. Para que no repita mis errores.
Esa es la mejor herencia que puedes dejarle.
Se abrazaron, riendo con la tranquilidad lenta de quien ha encontrado por fin su territorio propio.
En otra parte de Madrid, seguramente una joven amanecía una mañana más creyendo que su pareja cambiaría con amor y docilidad. Y Carmen, de saberlo, hubiera suspirado con una mezcla de compasión y rabia: mientras existan cuentos de príncipes y heroínas que salvan con sacrificio, habrá tipejos dispuestos a aprovecharse.
El antídoto es dejar de soñar cuentos y empezar a creer en una misma. Por muy difícil que sea.







