Marido por testamento

Marido por testamento

Una mujer alta y con vozarrón salió del compartimento dando órdenes. En un pispás, puso en su sitio a todo aquel que andaba molestando a los pasajeros. De hecho, habría que ver cómo aquellos hombretotes tan chulos y grandullones se callaron y se apartaron en cuanto ella abrió la boca, como soldados obedientes.

Llevaba las trenzas rubias recogidas como una corona alrededor de la cabeza, los ojos tan azules como el cielo manchego y un rubor en las mejillas de anuncio de natillas. Echó una ojeada hacia el baño y, justo en ese momento, salió corriendo de allí un hombrecillo bajito y flaco, con el pelo blanco como la leche y una carita de niño bueno.

¡Juanito! ¡Ya te había perdido! Oye ese jaleo, la revisora muerta de miedo sin querer intervenir… ¡Menudo ambientazo llevas ahí dentro! Si te descuidas, te lían alguna de las suyas dijo la señorona.

Ay, Verita, que yo a esos les planto cara, mujer. Pero oye, ¿tú por qué has salido? ¡Eso es zona peligrosa! sonrió él de forma tímida mientras se escabullía dentro del compartimento otra vez.

La señora nos escaneó a mí y a algún que otro viajero aburrido. Vio que no íbamos a armar bronca, se tranquilizó y entró en el compartimento también.

Más tarde, acabamos coincidiendo en el vagón restaurante. No había ni un solo asiento, así que me acoplé en su mesa. No vi al marido por ninguna parte. Cuando terminó de zamparse la carne con patatas, la señora, contundente, se presentó:

Me llamo Vera Andrada. Puedes decirme Vera, a secas.

¿Viajas sola? ¿Tu marido viene luego?

Descansa. No vendrá. Le he envuelto el cuello con la bufanda y le he dado zumito de arándanos. ¡Imagínate! Irnos de viaje y al bueno de Juanito le da por ponerse malo. Todo por salir a sacudir la alfombra en pleno jersey. Eso me pasa por despistarme explicó ella.

Seguro que le quieres mucho. Antes, al salir, parecía que venías preparada para enfrentarte a unos gamberros por él. Y ahora lo cuidas con ese amor… le confieso ensoñada.

¡Ay, Juanito me ha tocado en herencia! Que no es ni mi marido, aunque vivimos juntos. Todavía está de luto. Su primera mujer se fue al otro barrio hace poco. ¡Una santa! ¡Más buena que el pan! suspiró Vera.

¿Cómo que en herencia? me sorprendí.

Entonces Vera empezó a contarme la historia.

Resulta que Juanito antes vivía con Lidia. Se conocieron en el colegio, formaron pareja en la universidad y acabaron casados. Era el típico manitas: inventaba de todo y le llovían los encargos de las empresas, así que de dinero iban sobrados. Pero lo que es en la vida diaria, Juanito era un desastre. Capaz de olvidar el cambio en la tienda, cruzar la calle por donde no toca y tan despistado que te acababa comprando una jabonera en vez de huevos. Y no digamos de lo ingenuo que era: daba dinero a cualquier desconocido que se lo pidiera.

Ese hombre, Lidia, no es de este planeta. ¡Lo han dejado aquí por equivocación! No ganamos un duro y él va y ni se despeina. ¡Le llegan los billetes solos a casa! decían los amigos flipando.

Lidia no se quejaba. Ella era el prototipo de mujer práctica, energía sin fin; vestía a Juanito para ir a trabajar, le revisaba los guantes, la bufanda, y luego hasta compró coche solo para llevarle, porque una vez el pobre cogió un taxi y le soltó la dirección de cuando era niño Ni idea de en qué mundo vivía. Se complementaban a la perfección.

Pero un día, Lidia enfermó y la ingresaron en el hospital una semana. Cuando volvió, lo primero que vio fue a su marido sobreviviendo a base de fideos secos y agua del grifo. Ni había puesto el hervidor para un té y todo congelado seguía igual.

Es que sin ti no me entra ni hambre sonreía Juanito.

El hijo salió igual que él. Andrés. Listísimo, pero también despistado y tímido. Menos mal que encontró a una chica tan tranquila como él, una tal Olaya, y allá que montaron familia. Aunque la jefa indiscutible era Lidia, y a todo el clan seguía arrastrando. Más aún cuando nació el nieto, Alex. Por desgracia, la salud le dio la espalda y se vino abajo.

La casa se volvió un solar. Pánico. Juanito no sabía ni en qué planeta estaba. Buscó a los mejores médicos y ofreció el oro y el moro, pero contra algunas cosas no hay dinero que valga.

A Lidia se le partía el corazón, pero no por ella. Aguantaba con valentía, viendo claro que sin ella, ni marido ni hijo se apañarían. Es que, de verdad, era como plantar una orquídea en pleno invierno en Soria: confiando en que, oye, igual florece.

Lidia rezaba no por ella, sino para que sus hombres, y su nieto, recibieran ayuda. Y ahí fue cuando entró en escena Vera. Trabajaba de cuidadora, y era pariente lejana del médico de Lidia.

La primera vez que cruzó el umbral, Vera se topó con un caballero escuálido y casi etéreo, que apenas susurraba. Por la casa, desánimo y caos: montaña de ropa, cacharros sucios (tenían lavavajillas, ojo), y un aire a funeral de segunda.

En la habitación, la enferma, Lidia, delgadísima y cansada, pero con ojos de bondad, le sonrió. Vera se arremangó y sacó el carácter.

Por la noche, el piso era otro. Todo limpio, ventana abierta, olor a croquetas, empanadillas y pollo dorado. Lidia dormía en sábanas fresquitas. Juanito, que quería salir con una cazadora de entretiempo porque ni se fijaba en la ropa, fue interceptado al vuelo.

¡Alto ahí! A dónde va usted en pleno enero así, que se nos constipa y lo que le faltaba a su señora Cójase este abrigo, la bufanda y, venga, le pongo el gorro que hace más frío que en Burgos. ¡Y hala, con alegría! sentenció Vera.

Lidia, desde la cama, lloró de emoción. Aquella mujer era una apisonadora, pero un encanto, vaya.

Gracias, Dios mío. Ya puedo estar tranquila, susurró ella.

Y cuando ya no pudo más, le propuso a Vera:

Verita, cuando yo falte, cuídale. Te dejo a mi marido en testamento, que no es de los que sobrevivan solos. Así, en plan simbólico, vamos. No me falles, que si por mí fuera te haría una reverencia, pero no me da el cuerpo.

Vera se quedó sin palabras, y cuando iba a rechazarlo, Lidia le insistió. Y Vera prometió estar pendiente del bueno de Juanito.

Lidia murió pronto. Vera, escéptica, pensó: Ni loca, esto parece una estafa. Me van a decir que busco piso gratis y ni siquiera me cae bien el hombre, ni él a mí, vamos, que más bobo no puede ser. Pero palabra dada

Fue a visitarle. Nadie abría. Empujó la puerta y allí, en la habitación, estaba Juanito, abrazado a la bata de su mujer y llorando como un niño abandonado. Era para romperse.

Vera, compasiva, se puso en marcha.

Ay pobre. Lidia tenía razón Anda, vente, te hago un té. A ver, a ver, aguanta un poquito, hombre.

La casa volvió a la vida. Juanito esperaba a Vera en la puerta cada vez que iba y sonriente. Al final, decidió mudarse con él.

Vamos a ver, ¿para qué dejarle solo? En mi casa mi madre y mi hermana brincaron de alegría, más espacio para ellas. Y yo, la verdad, casi adopté a un niño grande, más que a un marido. Pero muy listo; de dinero no hay problema. Me convenció para dejar mi trabajo, que antes iba a mil sitios como cuidadora. Los cotillas, ni caso. Hay gente que recoge perros y gatos de la calle, ¿no? Pues hay personas igual, que sin ayuda están perdidos, como una tortuga patas arriba. Yo le ayudo, que buena gente es. Y nos necesitamos. Ahora vamos a ver a su hijo, me pidió que le eche una mano con el nieto. ¡Y yo feliz de cuidar diez si hace falta! me contó Vera.

En ese momento, la puerta del vagón restaurante se abrió. Y entró Juanito envuelto en un bufandón y con un ramito de flores silvestres de la estación.

¡Pero Juanito! ¿Otra vez te has levantado? ¡Te vas a resfriar! Siempre igual ¡Si no te vigilo, no hay quien te deje solo ni medio minuto! protestó Vera arrastrando al marido y al vivo legado hacia la salida.

Él, contentísimo:

¡Mira, Verita! Te he comprado flores como a las abuelas de la estación. ¿A que te gustan?

Vera, coloradísima, le puso la mano en el hombro.

Bajaron del tren antes que nadie. Vera con un maletón, Juanito con su bolsita. Ella tirando de la chaqueta de él, apartándolos de la marea humana ¡no fuera a perderlo! Y su sonrisa se veía desde el andén: a este hombre, sí, le iba a tocar mujer nueva. ¡Pero bien cuidado estaba!

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