Las Llaves

Llaves

¡Que le quiero, caramba! ¡Y tú sólo con tus bobadas! ¡No quiero oírte! ¡Claro, me tienes envidia y buscas meterte donde no te llaman! ¡Déjame tranquila de una vez, cuídate tú!

El grito de Lucía no era un grito cualquiera. Era tal el volumen y el temblor, que incluso don Vicente, el vecino casi sordo que siempre estaba trasteando en su garaje, miró hacia la ventana muy intrigado. Si en alguna ocasión se disparaba su curiosidad, era sólo porque el estruendo de Lucía era irresistible.

Razones no le faltaban… Al menos, eso creía ella.

Para Lucía, estar enamorada era un estado natural de su alma. Si alguna vez había periodos de respiro, eran tan breves que sólo los que la conocían a fondo su madre y su hermana Carmen podían notarlo. Pero la madre de Lucía ya no estaba, y Carmen se negaba a entenderla.

Sin esa chispa de enamoramiento, el mundo para Lucía se volvía gris. Pasaba de vivir a simplemente existir. Sus ojos parecían buscar algo lejano, los pensamientos se le escapaban sin atarse a nada, y su sistema nervioso se descolocaba tanto que incluso las compañeras de trabajo acababan mirándola mal:

¿Por qué no te tomas una tila, Lucía? Estás un poco difícil, mujer.

Con los labios apretados y los dientes rechinando en silencio, Lucía pensaba cosas poco caritativas sobre esas mujeres tan normales.

¡Ellas, seguro que tienen de todo! Un marido esperándoles en casa, niños que saltan por los bancos… ¿Y ella? Ni marido ni hogar. ¿Y previsión de eso? Nada. Tiene un hijo, sí, pero no puede decir que haya salido exitoso. Incluso comparado con sus primos. Los hijos de Carmen, sin ir más lejos: el mayor, Diego, jugaba al fútbol y sacaba matrículas; la pequeña, Laura, bailaba y cantaba en un grupo con el que iba a festivales por toda Castilla. Con sólo diez años había visto mundo, más que Lucía en toda su vida.

Eso, claro, también dolía. ¿Por qué? Si Lucía de pequeña también probó mil actividades, talleres, deportes… Pero no lograba una pasión duradera: al mínimo aburrimiento, lo dejaba, a buscar otra cosa. ¡La vida es seguir la voz interior! Porque vida sólo hay una, y nadie te trae la felicidad en bandeja: “Toma, Lucía, para ti, no lo dudes”.

Eso Lucía lo comprendió hace mucho, aunque reía de Carmen cuando la veía estudiar mientras ella se ponía los tacones para ir a la discoteca.

Mira, Carmen, a ver si tanto estudiar te va a dejar soltera. ¡Decía la abuela que la mujer no debe ser más lista que el hombre! Si nadie te mira, por algo será.

No me importa. Y la abuela no dijo eso…

Sí que lo dijo, ¡yo me acuerdo!

Insistes, pero lo distorsionas. Decía que una mujer inteligente no necesita demostrar su ventaja a su pareja si de verdad le quiere. Es distinto, ¿no ves?

¡Ay! ¡Déjate de rollos y ayúdame con el pelo! ¡Que me espera Samuel!

Lucía salía corriendo al encuentro, y Carmen se tendía con su libro en el sofá. Dos horas benditas de silencio.

Claro que amaba a su hermana. ¿Cómo no? Sólo se tenían la una a la otra. Además, Carmen conocía el fondo tembloroso de Lucía mejor que nadie. No era mala ni cruel; sólo un poco desmadejada, dispersa, insegura, pero de corazón blando, mucho más que su hermana.

Lucía recogía todos los animales perdidos que encontraba. Los dos gatos y un perro que llorando suplicó dejar entrar, vivieron felices años bajo su cuidado. Sus padres, sabiendo que Lucía no cedería, permitieron que se quedasen, con la condición de que no hubiera más animales y que la casa no se convirtiera en un zoológico. Y así Lucía se ocupó siempre ella sola Carmen juraría que quería más a los animales que a las personas.

Lucía, mamá te pide que vayas a casa de la abuela a ayudar con la limpieza.

Ve tú, ¿sí? Yo tengo planes.

¿Qué planes?

¡Qué más da! Importantes. Rufián cojea; hay que llevarlo al veterinario.

Lleva una semana así.

¿Y qué? ¿Eso es motivo para cambiarlo por los problemas de la abuela? No está tan mal, ¡se apaña sola! Pero Rufián es gato y depende de mí.

Las dos discutían, cada una a su rincón. Carmen ayudaba a la abuela y Lucía sacaba la blusa más elegante; Samuel ya la esperaba y el gato era la excusa perfecta para evitar la limpieza.

Fin de la escuela: Carmen salió con matrícula de honor; Lucía… Bueno, salió como tantos: ni bien ni mal.

Nunca dudó sobre su futuro: quería ser pastelera. Su pasión por las tartas venía de lejos. De pequeña se quedaba pegada a los escaparates de dulces, rabiosa hasta que compraban uno para ella. Luego, apenas probaba el pastel y se lo daba a Carmen; lo divertido era mirar el floripondio de crema y luego tratar de modelarlo en plastilina.

Con el tiempo, separaron sus caminos. Carmen se fue a vivir con la abuela enferma, cerca de la Universidad. Carmen cuidaba y velaba por la abuela igual que la abuela le daba amor. Allí, en esa paz discreta, Carmen presentó a Sergio, su pareja.

¡Vivid, hijos! Aquí hay sitio para todos.

Pronto vino una boda sencilla y alegre, y se instalaron con la abuela, que no quiso ocultar sus planes: la habitación de abuelo en la vieja casa comunal, para Lucía; el piso para Carmen y su esposo. “Lástima que no vea a mis biznietos…” Pero sí, la abuela llegó a conocer a Diego en brazos, aunque un año después la fulminó un infarto. Carmen lloró mucho por la abuela que tanto le dio, que no pudo salir adelante pese a su lucha con la enfermedad.

Los padres no discutieron el plan de la abuela: la decisión era justísima.

Lucía tampoco se opuso. Ella estaba sumida en otro romance y le daba igual todo. El amor quemaba…

Aunque llamar amor a eso era bastante generoso. Lucía ardía de pasión, pero su elegido prefería mirar al vacío que a ella. Le venía bien que Lucía viniera a limpiar y cocinar, pero nunca le ofrecía quedarse; era él quien le decía siempre adiós por la noche.

Soy un viejo lobo solitario, Lucía. Me cuesta.

El artista, con una pose de mártir, le pedía limpiar la taller y la despedía diciendo:

¡El arte me exige tantos sacrificios! Me pide que me entregue por completo, ¿me comprendes, Lucía? Pero yo… ¡tengo tantos compromisos! Amor, deberes, negocios… ¡Estoy agotado!

Lucía asentía, recordando aquel retrato donde aparecía medio torcida, que acumulaba polvo en el taller; era la evidencia de que, al menos para alguien, había tenido interés.

Ese retrato se lo llevó como recuerdo el día que fue, radiante, a darle la noticia de que esperaba un hijo.

Caminaba bajo el sol, liviana, con la dicha reventándole el pecho. La noticia de una nueva vida era un milagro.

Todo ese milagro se evaporó en un instante, cuando el artista, frunciendo el ceño, zanjó su discurso radiante con un corte seco:

¿Un hijo? ¿Pero tú estás loca?

La escena terminó en lo de siempre: vacío. Tras su despedida, Lucía se sintió como si el alma se le hubiera hecho añicos, miles de trozos imposibles de recomponer. Ni intentó salvar el orgullo, sólo pidió llevarse el retrato.

Por quedármelo…

Se lo concedieron. Esa tarde, Lucía destrozó el cuadro en pedazos, murmurando:

Aún me queda mucho por delante. ¡Tú no tendrás suerte!

El destino del antiguo amante nunca le interesó más. Ella tenía bastante con lo suyo. A la postre, el hijo llegó al mundo, pero no supuso la alegría que había imaginado. Buscaba en su niño rasgos de su padre, su genialidad, y no veía nada. Pablo era tranquilo, callado, ni vestigio de dotes artísticas. Le gustaba el fútbol, el ajedrez… Eligió solo un club y acudía allí cada tarde. Lucía protestaba:

¿Qué le ves tú a eso? ¡Aburrido!

A Pablo no le aburría nada. El ajedrez le parecía danza. A veces, tras una jugada, se levantaba y giraba por el cuarto, imitando una música secreta que sólo él oía, pero sólo cuando la madre no estaba; Lucía detestaba esas danzas.

¡Bailar no es cosa de chicos! ¡Deja eso!

Quien sí comprendía esa forma de ver el mundo era Laura, su prima. No entendía el porqué del conflicto eterno de las madres, pero la abuela solía repetir que la familia es la familia. Y Pablo recordaba esto. Con Diego se llevaba bien, pero a Laura la quería de verdad: había una afinidad mágica.

¿La oyes? susurraba Laura.

Sí. Suave, pero es preciosa…

Yo igual… Ven, te lo muestro.

Y Laura flotaba por la habitación, traduciendo en movimiento lo que oía en su corazón, y Pablo sentía que no estaba solo.

Pero los niños no deciden realmente a quién ver o no; eso depende siempre de los rencores de los mayores. Y Lucía era propensa a desencuentros. Bastaba una discusión irrelevante para prohibirle a Pablo ver a sus primos.

Pablo se rebelaba como podía: sin comer, haciendo rabietas. Sabía, si era constante, que tarde o temprano su madre cedería:

¡Haz lo que quieras, pesado! ¡No soporto tus quejas!

No supo el motivo real del distanciamiento entre su madre y Carmen: que, tras su nacimiento, Carmen ayudó todo lo posible, pero fue apartada cuando Lucía se sintió traicionada por el reparto de herencias.

¡No es justo! ¡También soy nieta!

¡Lucía, nunca lo pedí! Si quieres, vendemos el piso y reparto el dinero contigo. ¡No peleemos!

¡No quiero tus limosnas! ¡La abuela siempre te quiso más! Por eso te dejó todo. A mí nadie me quiere de verdad.

¡Eso no es cierto! ¿Y mamá, y papá?

¿Qué clase de amor es ese si nunca me entendisteis? ¿Crees que necesito tu piso? ¡Lo que quiero es sentirme querida!

Lucía…

¡Basta! No quiero escucharte más.

La ofensa instaló su nido entre las dos: hurgaba, sacando viejas heridas, recuerdos rancios. ¡Mira, Lucía! ¿Ves?, cuando a Carmen le regalaron la muñeca rosa y a ti la verde… ¡Tú querías la rosa, no me digas! Carmen no quiso cambiar. ¡Y las cosas pequeñas son importantes! Así se construye la vida… Todas esas muñecas, trapos, la máscara de pestañas que tú ansiabas pero le regalaron a Carmen, el piso, los hijos tan distintos del tuyo Pablo… Así se construía el extraño y torcido edificio de la esperanza y los temores de Lucía; feo, incompleto y frío. Todo lo que podría haberlo hecho habitable parecía estar siempre al otro lado, en manos de su hermana.

¿Es que Carmen era mejor? ¡No! Lo que le faltaba era vuelo; no tenía esa hambre de soñar, de vivir sin mirar atrás. ¡No sabía lo que era otro tipo de amor! No el que ella inventaba, con Sergio como único posible, sino el otro, el que guarda la llave de la felicidad y sólo la entrega a unos pocos… Llaves que Carmen no conocía.

A Carmen también la rozaba la tristeza de vez en cuando, pero en su alma, el nido era endeble; dos ramitas mal puestas, que el viento barría de vez en cuando, dejando paso a la reconciliación. Ella soplaba, empujando el aire como podía, en cada nuevo desplante.

Murieron los padres, los dos el mismo año, como si se hubiesen puesto de acuerdo. Y el duelo atrapó a las hermanas.

¡Carmen, ¿cómo ha podido ser? ¡Si eran tan jóvenes! Nos quedaba mucho por vivir…

Lucía, la suerte no pide permiso. Hemos hecho lo que pudimos. El resto… ya no depende de nosotras.

¡No es justo!

La vida no lo es casi nunca. Sólo parece que reparte según los méritos… Pero luego…

Tienes razón. La realidad es otra…

Cederle el piso familiar tranquilizó algo el ánimo de Carmen. Lucía se volcó en los papeles, y murmuró:

Pensé que también te quedarías con esto.

Esperaban el coche de Sergio ante la notaría. Lucía, sin mirarla, se ajustaba una capucha.

¿Por qué dices esas cosas? ¿No somos hermanas?

No sé, Carmen. En teoría sí. Pero nunca me entendiste.

Ni tú a mí… ¿Y qué más da?

¡Pues claro que importa! ¿De qué sirve ser familia si no nos comprendemos?

Quizá justo para intentar hacerlo. Porque nada viene regalado, ¿sabes? ¡Tú deberías saberlo!

¡Sí, yo lo sé mejor que nadie! ¡En tu vida todo es fácil! Marido, casa, hijos… ¡Yo, siempre sola!

Eso no es verdad… ¿Y Pablo?

¿Pablo? ¡Va a su aire! Casi ni le veo. Trabajo todo el día, él está contigo más que aquí.

Está bien con nosotros. Tiene paz.

¡Sí, justo, eso! Carmen, ¡eres insoportable! ¿Por qué insinúas que soy mala madre?

Lucía, no grites. ¿Cuándo llamé yo mala madre a nadie?

¡Todo el tiempo! ¡Tú perfecta, hijos perfectos, yo… ni parecida! Y mi Pablo igual. Se pasa la vida fuera.

¡Dios santo, Lucía! ¿Te estás oyendo?

Sergio llegó y encontró a Carmen sola y en lágrimas.

¿Por qué es así conmigo?

Abrazando a su esposa, Sergio murmuró:

Carácter mal templado. Todavía no ha escarmentado.

Eso le cortó el llanto a Carmen.

¡No digas eso! ¿Y si de verdad le pasa algo? Sergio, me da mucha pena…

¡Eso es bueno!

¿Por?

Que la compadezcas. Aún no entiende a quién la quiere de verdad. A lo mejor nunca.

Puede ser. Pero seguiré siendo su hermana, y la seguiré queriendo. ¡No hay nadie más! Pablo aún es un niño.

Más vale paz imperfecta que guerra abierta. Carmen hizo el esfuerzo de unir los lazos. El hilo entre ellas iba quedando finísimo y deshilachado, pero resistía.

En la vida de Lucía los hombres iban y venían, sin dejar más rastro que la confusión y la amargura.

Lucía, no te líes, ¿vale? Lo nuestro es libre, lo sabías. Lo acordamos, ¿verdad?

Cada candidato avisaba:

No busco nada serio. Todo es complicado. ¿Me entiendes?

Lucía asentía, se lo tragaba, pero pronto se olvidaba de las reglas y sufría cuando la dejaban, muchas veces sin explicación.

Daba todo, se amoldaba, intentaba interesarse: si a él le gustaba la caza, aprendía todo sobre licencias y podencos; si la pesca, cebos y anzuelos.

Entregaba llaves de su felicidad a cualquiera, pero nadie las quería.

Durante sus “aventuras”, Pablo se refugiaba siempre en casa de su tía. Sergio y Carmen le trataban como a otro hijo. En el cuarto de Diego había litera; dos ordenadores en el escritorio, y por las noches, los chicos chillaban jugando:

¡Laura! ¡No vale! ¡Eres rapidísima! ¡Mejor juntos; jugar contra ti es imposible!

Carmen, informando a Lucía sobre el niño, suspiraba:

Es tan listo, Lucía. Debería ir a un colegio de ciencias.

¡Así está bien! Me viene bien que esté con Diego. Sé a quién preguntar por él.

Pero Pablo tiene que pegarse una paliza de tren si duerme en casa; no descansa.

¡Que se quede contigo, entonces! Tú sabes cómo estoy ahora, justo se me va arreglando todo.

Vale, que se quede.

¡Gracias! ¡Francisco es un encanto! Quiere que seamos familia.

¿Te ha pedido casarte?

Aún no, pero está a punto. ¡Ahora no me lo fastidiéis, es mi oportunidad!

Claro, Lucía, claro.

A Carmen, Francisco no le caía bien: arrogante, engreído, con un humor extraño, de dobles intenciones. Si fuera sólo por ella o Sergio, qué más daba. Pero por Pablo… Y Lucía, ciega, ignoraba que el chico cada vez se encerraba más en la familia de Carmen.

Las tensiones explotaron. Lo que quería Francisco Carmen se enteró por accidente era vender el piso que Lucía heredó.

Una tarde Carmen volvió a casa exhausta, tropezando con los zapatos de los chicos en el recibidor. Llenos de barro.

¡Quién está en casa! ¡¿Pero qué es esto?!

Laura, saliendo discretamente de la habitación, la miró nerviosa:

Mamá…

¿Qué ha pasado? Carmen notó que la niña tenía la cara rara, a ratos culpable, inquieta.

Mamá… no te asustes, ¿vale? Pablo…

¡Dilo ya, Laura! ¡Me va a dar algo!

Pablo… y rompió a llorar… tiene la cara mal, le pusimos hielo, pero no se le pasa…

Ya no esperó más. Apretó a su hija, luego la apartó y preguntó:

¿Dónde está?

Pablo estaba en la litera, vuelto a la pared, con una bolsa de hielo en la cara.

Pablo, cariño… ¿qué ha pasado?

Nada…

La voz, ronca y resentida, se le clavó a Carmen. Pablo no sabía guardar rencor; las confidencias con su tía eran sagradas.

Carmen subió a su lado, le abrazó y palpó el creciente moratón.

Venga, baja. Hablemos, por favor…

No quiero.

Carmen suspiró, bajó y envió a los otros a vaciar las bolsas de la compra. Luego volvió a la habitación.

Hazme sitio, anda trepó a la litera, se acomodó a su lado y le rodeó con el brazo. Suavemente, tocó el hematoma. ¿Francisco?

Estaba claro. Pablo lloraba agarrado a Carmen. Sabía que le entendería, que era injusto que un hombre pegue a un niño por defender a su madre, soltando:

¿Me vas a enseñar tú, eh? ¿Tú? ¡Límpiate las narices y no te metas en lo de los mayores!

Nunca había visto así a Francisco. La fachada cayó, se volvió bestia. Pablo lo entendió todo: tampoco aquel quería bien a Lucía, sólo tenía interés propio. ¿No decía Laura…?

Si te quieren, es obvio. ¿Tan complicado es, Pablo?

Mucho…

Qué raro. Tú ves la música.

¿La veo?

No sé cómo decirlo, pero la sientes… Y el amor también es música. Si lo oyes, sabes bailar el siguiente paso, hacia dónde.

Parece que no todo el mundo lo sabe…

¿Y tu mamá qué? ¿No oye nada?

Ni oye ni ve. Quiere, pero por alguna razón no puede.

Me da pena…

A mí también…

El día que Francisco le tiró de la mano a Lucía, Pablo saltó a defenderla. Fue inútil. Luego, en su habitación, intentó no llorar. Pero ese hombre siempre replicaba:

¡Esto no es de hombres! ¡A limpiar!

Ya más calmado, Pablo metió sus libros, ropa, y fue a casa de Carmen. Allí no le exigían esconderse. Allí le querían.

Carmen, oyendo a Pablo, llamó a Lucía. Gritos larguísimos, nadie respondía. Después a Sergio.

¿Dónde andas? No subas, baja que me llevas con Lucía.

Mandó a los niños a Pablo con la instrucción de no dejarle solo y bajó como estaba.

¿Qué ha pasado? Sergio cerró el ceño.

Te lo cuento de camino…

La conversación con Lucía no pudo ser peor. Bajó al portal, hundida y llorando: Francisco se había ido, gritándole barbaridades.

¡No lo ves! ¡Yo le quiero!

¿A quién, Lucía? ¿A quien pega a tu hijo? ¡Por favor! ¿Qué hay del niño? ¡Es tu hijo!

¡Ya no es mío, es tuyo! ¡Tú lo has quitado! ¡Ya ni me habla! ¡Todo por tu culpa, me lo has quitado todo!

¿Qué te he quitado?

¡Mi vida! ¡Mis llaves!

¿Qué llaves?

Carmen se detuvo, de pronto se vio de fuera: dos mujeres chillando en la plaza como feriantes. ¿Eso habrían querido sus padres? ¿Su abuela? ¿Dónde quedó la unión?

La voz le salió apenas un susurro:

¿Qué llaves, Lucía? ¿De qué hablas?

De la felicidad… Tú las tienes. ¿Yo?

Esa vez Carmen comprendió. Respiró, una y otra, y abrazó a Lucía, apretándola como una madre.

Ven aquí. Ay, Lucía, ¿cómo eres así…?

¿Tonta? ¿Eso quieres decir? Lucía forcejeó, pero Carmen no la soltó.

No, no digas bobadas. Sólo eres demasiado vulnerable. Demasiado sensible… Siempre necesitas más amor. Pero no me pidas que entienda cómo es posible cambiar a un hijo por otro. Eso no es justo; y tú lo sabes. Y las llaves… Yo no te he quitado nada. Bastante tengo con las mías. Si hay diferencia entre nosotras, es esa.

¿Qué diferencia?

Tú intentas dar tus llaves a cualquiera, yo las guardo para mí.

¿Cuál es el camino correcto?

No lo sé. Sólo la vida lo dirá.

Ya me lo ha mostrado… ¿Y ahora cómo sigo? ¡Nadie me necesita!

Yo sí. ¿Es poco? ¡Pablo te necesita! ¿No te basta?

No sé…

Por ahí se empieza. Lo demás ya vendrá.

¿Y si no?

Entonces, tus llaves no encajan en esa puerta. Te empeñas, y nunca entrará. Pero la de verdad, la adecuada, siempre cerrada. ¿Te vas a quedar toda la vida en el pasillo?

¡No!

Pues eso. ¿Vas a ver a Pablo?

No me perdonará…

Ay, Lucía. Pablo sabe de la vida más que tú. Pero vas a tener que sudar, está muy dolido.

Lo imagino…

¡Haz algo! ¿Eres la madre o una forastera?

¡Carmen!

¡Vamos! ¡Sergio! Dale un pañuelo, que hay en la guantera, y ¡ande vamos! ¡Que nos esperan los críos!

Pablo tendría padrastro algún día, pero mucho después. Y Lucía, por fin, encontraría lo que tanto ansiaba. Pablo seguiría eligiendo la casa de Carmen, una familia distinta, donde gritaría su hermana recién nacida; pero Lucía haría lo posible por que supiera que siempre le querían y esperaban. El hombre con quien rehiciera su vida sabría darle tiempo y tejería vínculos más sólidos que ninguna sangre.

Y cuando Pablo, ya adulto, parta de la estación camino del mundo, abrazará a los suyos, le dará la mano al padrastro y le susurrará:

Cuida de mamá.

El hombre, de pelo ya salpicado de canas, asintió, apretando su mano.

Y tú, cuídate. Aquí te esperamos.

¡Lo sé!

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