Tres acordes

¿Te gusta?

La voz de Pablo, mi mejor amigo, sonó justo detrás de mí, haciendo que diera un salto. La escoba que tenía en las manos pareció moverse sola y Pablo empezó a gritar por todo el pasillo, atrayendo la atención de los compañeros:

¡Álvaro! ¿Te has vuelto loco o qué? ¿¡A qué viene esto!?

Ya era tarde para disculparse. La clase entera se echó a reír y dejó de trabajar, y desde la sala de profesores asomó la cabeza doña Eugenia.

¿¡Qué es este alboroto!? ¡Están en horario de clase!

Los de 3ºB, que ya se habían buscado más de una bronca con su profesora de Historia favorita por sus risas y charlas en clase, se pusieron rápidamente a barrer, fingiendo que no había pasado nada.

Con doña Eugenia no se jugaba. Llamar a los padres era, en su caso, lo de menos. Su método era completamente letal: podía leerles la cartilla durante una hora entera con voz monótona, sin inmutarse ante interrupciones, hasta que los más gamberros suplicaban rendidos al cuarto de hora y, después de media hora a solas con ella en el aula de Matemáticas, nadie volvía jamás a repetir la falta.

Eso sí, para los que la respetaban y escuchaban, doña Eugenia era reina, confidente y comandante. Daba solución a cualquier problema: notas, disputas, broncas con los amigos. Podía reconciliar a los irreconciliables y transmitir el mensaje justo para cada cual. No sólo con palabras; si hacía falta, actuaba para ayudar.

Eso todos lo sabían. Y más después de que Laura Jiménez, a quien había abandonado su madre, pasara a vivir bajo su tutela. La madre de Laura se había ido con su nuevo marido cuando ella estaba en 1º de la ESO, dejándola sola. Desde entonces, vivía con doña Eugenia, se llevaba como una hermana con sus gemelas y desde hacía tiempo la consideraba como su verdadera madre: esa que no falla ni abandona.

Nadie supo nunca cómo logró doña Eugenia hacer que Laura dejara de culparse por las decisiones de su madre. Pero lo consiguió. Laura, que llevaba años creyendo que era la razón del abandono, terminó por entender que, en caso de tener hijos, jamás haría lo mismo. No se puede dejar abandonado a alguien indefenso, porque no siempre hay gente como doña Eugenia cerca.

¿Primero pusisteis de los nervios a doña Carmen y ahora venís a por mí? entrecerró los ojos doña Eugenia y los escobones volaban, dejando el pasillo impecable. ¿Queréis que os ponga hora de tutoría?

¡No!

El 3ºB gritó al unísono, tanto que algo cayó al suelo en el laboratorio. Y justo entonces, Lucía Martínez, a la que llevaba mirando todo el recreo, se giró hacia las ventanas y dejó pasar el saque de los rivales.

3ºA protestó desde la pista, sabiendo que iban perdiendo, y Lucía frunció el ceño, sin entender cómo había podido fallar aquel remate.

Me bajé de la repisa donde estaba sentado, recibiendo un manotazo cariñoso de Pablo, que se frotó la mejilla con aire ofendido.

¡Perdón! ¡No era mi intención!

¡Anda ya! ¡Le pegas con la escoba delante de las chicas!

¡Fue sin querer! respondí, y Pablo ya sonreía.

Venga, te perdono. Si es que estabas embobado mirando a Lucía. Yo también habría hecho lo que fuera por ella.

Bajé la mirada, sin atreverme a decir lo que me ocupaba la cabeza desde hacía meses. Pero, ¿a quién, si no a Pablo, podía confiarle mis cosas?

He escrito una canción le confesé, sorprendiéndome yo mismo. Pero bueno, nunca se va a enterar.

¿Y eso? Pablo se sentó a mi lado, mirando con cuidado la puerta entreabierta de la sala de profes.

Porque ni sé cantar ni sé tocar la guitarra. Aunque quisiera, no podría.

¡Vaya chorrada! ¡Yo te enseño! me dio un codazo, sabiendo que odio que me hagan cosquillas.

¿Y la letra es tuya? ¿O la has copiado de algún sitio?

¡Es mía! dije, ofendiéndome, y saqué el papel arrugado del bolsillo. Mira.

No serían los versos más logrados de mi vida, pero sí los más sinceros. Hablaban de la forma de andar ligera de Lucía, de esa sonrisa suya tan dulce que ninguna otra chica tenía y, sobre todo, de todo lo que sentía cada vez que la veía. Seguramente ni me hubiera notado; sería para ella solo un chico más del otro curso.

Pablo me quitó el papel sin pedir permiso.

A ver, a ver ¿Hay algún nuevo Lorca en el grupo o qué?

¡Qué burro! Lorca sí que escribía poemas, ¿no te enteras? intenté recuperar el papel, pero no me dejó.

¡Lo sé, hombre! Si fuera por la profe de Lengua, me mata si confundo a Antonio Machado con Galdós.

Sonreí. Doña Carmen, nuestra profe de Lengua, era casi una deidad para el 3ºB. Jamás nos gritaba, porque en su clase no sonreía una mosca. Nadie quería tener que recuperar materia perdida, porque doña Carmen te preguntaba desde la Primaria si era necesario, y sin excusa.

Eso sí, lo que hablaba de literatura, lo contaba de tal forma que todo el mundo se quedaba callado escuchando. Hasta si tuviera que recitarnos una receta de cocina haría que quisiéramos leer el recetario entero.

En sus clases jamás había aburrimiento. Permitía todas las preguntas, a veces por escrito, pero siempre contestaba francamente. A algunos padres no les hacía gracia su método, pero doña Carmen seguía firme: mejor que las verdades las sepan de ti, a que las aprendan cuando no puedas ayudarlos ya.

A ella acudí cuando no pude más y sentí la necesidad de decir en voz alta lo que sentía.

Y me entendió.

El amor, Álvaro, es algo precioso.

¿De verdad?

Claro que sí. Estoy convencida.

¿Pero cómo se lo digo?

Sin más. Como quien bebe agua si tiene sed. Lo importante es que sepas que ha llegado el momento.

No estoy seguro

Entonces, guarda el secreto, deja que crezca y ya llegará el día en que no puedas callártelo.

Me da miedo

¡Eso es bueno!

¿Por qué?

Porque el tonto es el que va a lo loco, sin temer las consecuencias. El miedo es normal. Si tienes miedo, aún no es amor pleno. Es parecido, pero no lo es.

¿Por qué?

Porque en el amor no hay miedo. El amor no teme a nada, avanza y se muestra. El amor está vivo, ¿entiendes?

No mucho

Es algo que crece y respira. Si ahora tienes miedo o no sabes cómo hacerlo, quizá haya que darle tiempo. Conócete primero; deja que crezca.

No sé

Te digo una cosa, Álvaro: si ya no puedes callarlo, cuéntalo. Hay muchas formas.

¿Cómo?

Escribe una carta, un poema O una canción.

No sé.

Pues aprende. Mientras aprendes, aprende también sobre ti. Díselo al papel, que lo aguanta todo.

Lo pensaré

La canción me llevó casi un año de escribir. Las palabras no salían cuando yo quería y, cuando lo hacían, no expresaban lo que yo sentía por Lucía. Peleé con cada verso como si luchara conmigo mismo, pero no me rendí.

Poco a poco, las frases correctas brotaron y la tormenta dentro de mí se calmó. Ahora, Pablo agitaba el papel ante mis narices y sentí una punzada de miedo.

Quitándome la duda de encima, asentí y le dejé leer lo que mi corazón había guardado.

Antes de terminar la primera estrofa, Pablo ya no bromeaba; al llegar al estribillo frunció el ceño, y cuando acabó me devolvió el papel con seriedad.

Entrégaselo.

¿Tú estás loco?

Entrégalo. ¿Para qué lo has escrito si no?

No supe qué decir. Simplemente di el paso y me acerqué a Lucía, que volvía a clase después de Educación Física. Le solté una explicación torpe, pero le di el papel. Incluso me sonrió antes de apresurarse a la siguiente clase con el timbre sonando de fondo.

Y sentí como si me hubieran salido alas. Bajé corriendo al vestuario, recogí mi sudadera y salí disparado al patio esperando solo una cosa: que el móvil, escondido en mi bolsillo, vibrara pronto y me diera esperanza.

El móvil sonó. Pero en vez de la canción de un jilguero, la melodía del grupo era más bien una marcha fúnebre.

¡Gente! ¡Álvaro es poeta! Escribe canciones. Mirad esto.

La foto del papel arrugado estaba en el grupo del curso, a golpe de reacciones.

Unos se reían, otros solo marcaban visto y pasaban, y el que menos esperaba, el mismo Pablo, era el que lideraba la burla, demostrando que él sí sabía cómo va la vida.

Pablo

Estuve a punto de estampar el móvil contra el suelo. La traición me dolió tanto que me quedé paralizado y sólo pasado un buen rato me percaté de que ese vídeo corto, en el que Pablo leía mi poema en la entrada de profesores, se grabó justo donde habíamos bromeado con la escoba aquel mismo día.

Volver al colegio era cuestión de minutos. Pero Pablo ni se había ido. Seguía allí, sentado en la repisa y sonriendo a los comentarios que aparecían en la pantalla.

¿Por qué? no supe preguntar de otra forma.

¡Venga hombre! Solo era una broma. Ahora todo el mundo te conoce. Seguro que Lucía lo valora. ¿A que sí, Lucía?

La pregunta fue dirigida a la que estaba detrás de mí, aunque ni me giré. Ya lo había entendido todo.

Empujé a Pablo y bajé las escaleras a toda prisa. Pero todavía pude ver cómo Lucía, fría e impasible, se daba media vuelta y se marchaba, sin mirar atrás.

El papel arrugado siguió en el suelo. Dijo más de lo que pudiera decir ninguna palabra.

No supe cómo salí del colegio, ni hacia dónde anduve mirando al suelo. Me desperté caminando por la orilla del río que pasa a las afueras de la ciudad.

Al principio ni supe cómo había llegado allí. Miré la hora, saqué el móvil y casi me caigo del susto: mi madre, que había pedido el día libre para llevarme al dentista, me había llamado cada cinco minutos durante una hora y yo ni me había enterado.

Mamá marqué su número con mano temblorosa.

¡Dios mío, Álvaro! ¿Dónde estás? ¿Te encuentras bien?

El tono de voz de mi madre fue tan asustado que, sin decir nada más, eché a correr hacia casa.

Aún no hacía ni un año que nos habíamos quedado solos. Mi padre había decidido buscar una vida nueva, cambiando de esposa y olvidando que tenía un hijo casi adolescente.

No supe nunca cómo se arreglaron las cosas entre ellos; me dijeron que no era cosa mía y que ni perdía a mi padre ni a mi madre.

Era cierto a medias. Mi padre insistía en verme y mi madre no lo impedía. Pero notaba el esfuerzo y el dolor en ella, así que intentaba no preocuparla más de la cuenta.

Llegamos tarde al dentista, claro. Pero mi madre no me regañó. Se dio cuenta enseguida de que algo me pasaba.

¿Me lo vas a contar? preguntó sabiendo que probablemente callaría.

Pero esa noche no me sentí el típico adolescente. Se me rompió algo por dentro, viendo ese papel tirado en el suelo.

Mamá ¿Cómo pudiste hacerlo? Perdona que pregunte, pero ¿Cómo soportaste la traición de papá?

Los ojos de mi madre se ensombrecieron, pero respondió.

Con dificultad, hijo. No hay otra manera. Cuando te falla la persona en la que más confías, parece que el mundo se acaba.

¿Más incluso que en ti misma?

Supongo que nadie confía del todo ni en sí mismo, Álvaro. Me costó, aún me cuesta. Pero tengo una vida, te tengo a ti, y eso es lo que importa.

¿Y ahora? ¿No eres feliz?

Claro que lo soy. Sigo aquí. Tú sigues conmigo. Tengo salud, respiro, siento, camino. Si algo se va, será porque tiene que llegar otra cosa.

¿Y llegará?

Por supuesto. Ley de vida: si algo se acaba, algo nuevo comienza. Ahora cuéntame todo, si quieres.

Había tanto cariño y ganas en su voz que me abrí y le confesé lo que llevaba dentro.

Ella me escuchó como nadie nunca, con calma, atentos los dos, sin prisas, sin nada más importante que estar allí juntos.

Lucía simplemente se giró y se fue. ¡Mamá, ni siquiera contestó!

La entiendo. Si se sintió herida, no podría actuar de otra manera.

¡Pero tiró mi canción al suelo!

Eso puede ser orgullo herido. O indiferencia. Si es lo primero, tienes margen. Si es lo segundo, olvídalo.

¿Cómo lo sé?

Pregúntaselo.

¿Tan fácil?

¿Para qué complicarlo?

¿Por qué lo hacemos entonces?

Por costumbre. La gente monta líos donde no crecen las cosas, para entretenerse en vez de arriesgarse a lo simple.

No lo entiendo.

El camino directo es el más sencillo, pero no el más popular. Si no, la vida sería aburrida.

Lo preguntaré

¿Estás preparado para cualquier respuesta?

No estoy seguro.

Prométeme entonces otra cosa: decidas lo que decidas, date tiempo. No actúes enseguida.

Eso lo puedo prometer.

Bien. Ahora vete a dormir, que mañana es sábado y tenemos un plan.

¿Qué plan?

Te vamos a comprar una guitarra.

¿Pero para qué?

Ya lo verás. Te lo cuento luego.

El plan de mi madre era simple y genial. Tras hablar con Lucía, que nunca quiso explicarme nada, mamá me sugirió cantar mi canción.

¿Mamá, en serio? ¡Si se han reído de mí todos! ¡No pienso hacerlo!

Claro que sí. Si no, llevarás toda la vida creyendo que tu primer amor fue una burla, pero no fue así. Nadie, salvo Pablo, se rió de verdad. Al día siguiente, todos olvidaron tu poema cuando alguien compartió un vídeo del gato atrapado en el árbol. Eso sí que les hizo gracia y todos olvidaron mi torpe declaración.

A Pablo le pudo la rivalidad. También se había enamorado de Lucía. No se le ocurrió mejor cosa que hacerme quedar como un tonto ante todos, orquestando el escarnio. Pero no supo que yo tendría fuerzas para defender, si no mi amor, al menos mi derecho a expresarlo.

Y así, al subirme al escenario el día de la graduación con la guitarra recién estrenada, ya no sentía miedo. Mamá tenía razón. Si dejas que te pisoteen, luego es difícil levantar la cabeza.

No tocaba la guitarra muy bien, la melodía era simple – sólo aprendí tres acordes -, y mi voz temblaba a veces, pero en el salón reinaba el silencio.

Me escuchaban.

Doña Carmen se secaba lágrimas disimuladamente, doña Eugenia sollozaba abiertamente abrazando a Laura, y mi madre, radiante de orgullo, canturreaba moviendo los labios. Lucía estaba ceñuda y Pablo evitaba mirarme.

Yo todo eso no lo veía.

Cantaba.

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