Se encuentra con su exesposa y la envidia le tiñe las mejillas de verde.

Se cruzó con su exmujer, y los celos le tiñeron las mejillas de verde.

Francisco se encontró con su exesposa, y la envidia le tornó el rostro lívido. Golpeó la puerta del frigorífico con tal fuerza que los alimentos vibraron dentro. Uno de los imanes pegados a la puerta se desprendió con un ruido sordo y cayó al suelo.

Carmen estaba frente a él, pálida, los puños apretados.
¿Ya te sientes mejor? dijo, alzando la barbilla.
Me sacas de quicio respondió Francisco con voz temblorosa, aunque intentaba mantener la calma. ¿Qué es esta vida? Sin alegría, sin futuro.
¿O sea que otra vez es culpa mía? Carmen esbozó una sonrisa amarga. Claro, nada sale como en tus sueños.

Francisco quiso replicar, pero solo hizo un gesto brusco con la mano. Abrió una botella de agua con gas, bebió directamente del gollete y la dejó sobre la mesa con violencia.
Francisco, no te calles pidió Carmen con voz quebrada. Dime, por una vez, qué es lo que realmente te molesta.

¿Qué quieres que te diga? gruñó él. Estoy harto. ¡Al diablo con todo!
Se miraron en silencio unos segundos. Finalmente, Carmen respiró hondo y se dirigió al baño. Francisco se desplomó en el sofá. El sonido del agua corriendo tras la puerta delató que Carmen había abierto el grifo para ahogar sus lágrimas. Pero a él ya no le importaba.

**Una vida convertida en rutina**

Tres años atrás, se habían casado. Primero vivieron en el piso que Carmen heredó de sus padres, luego se mudaron a una casa en el campo, poniendo el apartamento a nombre de su hija. Vivían en un hogar espacioso pero sin reformar, con muebles de otra época.

Al principio, Francisco estaba satisfecho: en pleno centro de Madrid, cerca del trabajo. Pero con el tiempo, todo empezó a irritarlo. A Carmen le encantaba su “refugio familiar”, con los empapelados marrones y el viejo aparador heredado. Francisco, en cambio, solo veía falta de cambio.

Carmen, dime la verdad repetía él. ¿No deseas cambiar este horrible suelo de linóleo amarillo? ¿Modernizar la casa?
Francisco, ahora mismo no tenemos dinero para reformas respondía ella con calma. Yo también quiero cambios, pero esperemos a las primas.
¿Esperar? ¡Esa es tu filosofía! ¡Aguantar y esperar!

Francisco recordaba cómo se había enamorado de Carmen. Era una estudiante tímida, con unos ojos azules sinceros y una sonrisa dulce que lo cautivó. Decía a sus amigos: “Es un capullo, pero florecerá”. Ahora, le parecía que la flor nunca había abierto y ya se marchitaba.

Carmen no se sentía invisible. Vivía como creía correcto, disfrutando de los pequeños placeres: un té de menta, un mantel nuevo, una noche tranquila con un libro. Francisco veía en todo eso estancamiento y monotonía.

No se apresuraron a divorciarse Francisco no quería volver con sus padres, y vivir separados no era una opción. La madre de Carmen, Magdalena, siempre tomaba partido por su hija:

Hijo, Carmen es una buena mujer. Deberías estar agradecido por tener un piso.
¡Mamá, no entiendes nada! se exasperaba Francisco.
El padre solo movía la cabeza:
Déjalo, que se apañe.

En casa, sin embargo, Francisco se volvió más frío: “Es como una sombra, un fantasma gris…”, pensaba. Una vez, en una discusión, estalló:
¡Te imaginaba como una flor magnífica! ¿Y ahora? Vivo con un capullo congelado…

Fue la primera vez en meses que Carmen lloró.
Y ese mismo día, cuando todo se derrumbó, Francisco murmuró:
Carmen, estoy agotado.
¿De qué? preguntó ella.
De esta vida, de esta rutina interminable.

Carmen cogió su bolso y se marchó. Francisco esperó que volviera, que le pidiera quedarse, pero ella salió con calma:
Quizá será mejor que vivas solo de verdad. Vete.
Francisco explotó:
¡No me iré!
Es el piso de mis padres dijo Carmen con frialdad. Y no quiero seguir viviendo con alguien para quien soy una carga.

No le quedó otra opción: se fue. Semanas después, su divorcio se hizo oficial.

**El reencuentro que lo cambió todo**

Tres años pasaron. Francisco seguía en casa de sus padres, intentando empezar de nuevo, pero la suerte no le sonreía. Su trabajo mal pagado apenas daba para pequeños gustos.

Una tarde de primavera, paseando por la calle, pasó frente a una cafetería. Alguien tras el cristal lo hizo detenerse en seco. Allí estaba Carmen.

Pero no era la Carmen que él había conocido. Ahora era una mujer segura, con el pelo impecable, un abrigo elegante y un llavero de coche en la mano.

¿Carmen? dijo Francisco, sorprendido.
Ella se giró, lo reconoció y sonrió.
Francisco. Hola. ¿Qué tal estás?
Eh… bien balbuceó él, incapaz de apartar la vista.
¿Y tú? preguntó ella con serenidad.
Parece que a ti te va mejor… ¿Sigues en el mismo trabajo?

No. Abrí mi propia floristería. Daba miedo, pero… alguien me ayudó.
¿Quién?
Del café salió un hombre alto, con un abrigo caro, que rodeó a Carmen con dulzura:
Cariño, hay mesa libre. ¿Vamos?
Francisco, te presento a Antonio dijo Carmen. Ha sido un placer verte.

Me alegro por ti murmuró Francisco, sintiendo la amarga punzada de los celos.
Gracias respondió ella con calma.
Antonio asintió, y entraron juntos al café, dejando a Francisco plantado en la acera fría.

Una vez dijo: “Vivo con un capullo congelado”. Pero al final, el capullo floreció. Solo que no a su lado.

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Chica, ¿qué haces aquí? ¿Qué clase de bebé llevas en brazos?