Él la empujó con fuerza fuera del umbral y cerró la puerta de golpe.Lola, primero se deslizó por la inercia, luego tropezó y cayó sobre la tabla del patio. Sacudiendo las manos, se sentó sobre la madera húmeda y, temblorosa, rozó la mejilla quemada, bajó hasta la comisura del labio. En los dedos quedó una marca rojo carmesí. No le sorprendió; solo confirmaba su sospecha: otra vez su marido le había arrancado los labios. Pero la mejilla le dolía aún más.
Era la otra vez que Santiago no lograba controlarse. Le ocurría con bastante frecuencia.
Lola volvió a la puerta, apoyó la frente contra la madera áspera, intentando recuperar el aliento. Desde el interior se oían sollozos ahogados.Lidia y Nerea, sus hijas con Santiago. El corazón se le encogió, como si le apretaran una mano de hierro. No quería que les pasara nada Se llevó la lengua a la boca para tocar el labio hinchado, salado al paladar. Era el resultado de otra discusión, de otro destello de celos ciegos y desbordados.
Todo había empezado por una simple sonrisa tonta. En la reunión de la cooperativa, el capataz, un hombre de casi cincuenta años, de cara roja y risa fácil, soltó un comentario desenfadado sobre la cosecha. Lola, que estaba a su lado, se rió sin querer, sólo por cortesía. Lo vio Dolores, la hermana de Santiago. Su mirada, afilada como una aguja, se posó en Lola un instante más de lo debido. Eso bastó. Sin perder tiempo, Dolores se lo contó todo al hermano, añadiendo, como siempre, su propia versión, porque sabía bien de lo que era capaz Santiago cuando se enfadaba.
Lola se apartó del marco y, temblando, se dirigió a la escarcha del patio. Se sentó en el tronco frío. La tarde de septiembre tenía una calidez diurna, pero la noche ya traía su helada. Un viento punzante se colaba bajo el delgado pañuelo. Anhelaba el calor del hogar, la estufa, los niños Pero no había a dónde ir. ¿A la casa de los familiares de Santiago? Dolores le lanzaría un insulto al instante. No le quedaba familia. Su madre había fallecido hacía un año. El corazón se le encogió aún más y, al pensar en ella, unas lágrimas amargas y calientes brotaron por sus mejillas. Cuánto extrañaba a su madre y el aroma de sus guisos de manzana seca, el humo tenue y las palabras dulces que siempre calmaban cualquier pena. Ahora, nadie podía aliviar su dolor.
¿Cómo es posible? se preguntaba, mirando la penumbra que se hacía más densa. ¿Qué he hecho para quedarme atrapada tras una puerta cerrada, como un perro sin dueño, sin ver salida ni luz?
Hace apenas siete años Siete años. Cerró los ojos y, entre la sal de sus lágrimas, surgió una imagen distinta: estaba feliz, con su hombre querido, ambas familias preparándose para la boda.
El aire estaba cargado de dulce perfume a hierba recién cortada y al anochecer que se acercaba. Caminaban hombro con hombro: ella y Antonio, que la amaba con locura.
Mañana susurró Lola, mirando al horizonte donde se fundía el sol. No lo puedo creer.
Antonio apretó su mano sobre la suya. Su gruesa palma tibia rodeó sus dedos finos.
Yo sí creo. Lo supe desde aquel día que te subiste a la rama de ese avellano para coger la pelota y temías caer. ¿Te acuerdas?
Lola rió.
Me acuerdo. Y tú estabas abajo diciendo: «Salta, yo te atrapo». Y lo atrapaste.
Su amor era de primera letra. Todo el pueblo lo sabía. Pero no siempre fue así. Al principio, estaba Dolores Zamora, la hermana del propio Santiago, quien se había enamorado también de Antonio. Con sus ojos traviesos y su melena rebelde, a Antonio le habían caído los ojos a la primera. Y Dolores, ardiendo de envidia, hacía todo lo posible para separarlos. Murmuraba calumnias tras la espalda: que Lola no era buena compañía para Antonio, que sus familias eran humildes. Incitaba a otras chicas a no acercarse a Lola, la tachaba de alocada y de desvergonzada.
Sin embargo, esas palabras no se pegaban a Lola. Pasaban a su lado como agua sobre cristal, dejando la superficie limpia y brillante. Eso enfurecía aún más a Dolores, cuyo corazón se oxidaba con la rabia. Antonio, por su parte, se reía de los rumores.
No soy un ángel dijo, al oír otra chismorreada. Lola es distinta. No intentéis engañarme.
Su relación, pese a los cotilleos, siguió siendo tierna. Paseos hasta la puerta de la casa, charlas en la verja, besos tímidos en la mejilla. Pero todo cambió un mes antes de la boda. Antonio parecía otra persona.
Antes, al despedirse en la verja, le giraba la cabeza y le agitaba la mano una o dos veces. Ahora la abrazaba con una fuerza que parecía querer absorberla por completo, sin soltarla.
Antonio, ¿qué te pasa? inquirió Lola, sintiendo su musculatura tensa.
No lo sé respondió con voz grave, clavando su rostro en su pelo. Si lo suelto, creo que ya no te volveré a ver. El corazón se me aprieta.
Son tonterías susurró ella, acariciándole la cabeza rapada. Siempre estamos juntos. Mañana nos vemos.
Mañana exhaló él, y en ese suspiro había una melancolía que Lola no comprendía.
Más tarde, la madre de Lola, entre sollozos, le dijo: «Lo sentía, hija. Con su corazón joven sabía que pronto tendrían que separarse».
Esa misma noche, antes del gran día, él no aguantó más.
Antonio, aguanta solo una noche le roció Lola con suavidad. Pero Antonio fue consumido por una pasión desbordada y Lola se fundió en sus besos y caricias. Se acostaron bajo una enorme higuera cuyas ramas los ocultaban de cualquier mirada. Nadie pasaba por aquella calle a esas horas; el lugar era un refugio íntimo. El susurro de Antonio era caliente y entrecortado, sus manos temblaban al alzar el borde del vestido de Lola.
No importa, no puedo esperar más. Mañana serás mi esposa. ¡Mi esposa!
Ella no se opuso, porque deseaba lo mismo. El cielo estrellado se reflejó en sus ojos Lola se convirtió en mujer bajo la sombra de aquella higuera, envuelta en el perfume de la tierra y la hierba silvestre.
Al día siguiente, Antonio, con la mano en la mejilla húmeda por las lágrimas, salió de la casa. Parece que, sin saber a dónde ir, buscó refugio en el río. Nadie supo qué ocurrió allí; su cuerpo fue hallado al otro margen al día de su boda, tendido como una tabla.
El dolor golpeó a Lola como un puñetazo. Se marchitó, quedó una sombra de sí misma. Pasaba los días junto a la ventana donde Antonio solía lanzar pequeñas piedras para llamarla, acariciando su vestido de boda. El vestido de satén blanco con mangas de encaje, que ella misma había bordado en largas noches de invierno, se deslizaba entre sus dedos delgados, como si en ese ritmo pudiera hallar una respuesta.
¿Por qué? musitaba, apenas audible. ¿Por qué?
Su madre, al verla, secaba sus lágrimas con el borde del delantal. Temía que su hija se quebrara como una rama seca y siguiera el mismo camino que su esposo.
En ese ambiente de silencio y desesperación, apareció Dolores, la misma que había iniciado todo. Lloraba, vestida con un sencillo traje de lino, y sus ojos, normalmente desafiantes, estaban llenos de arrepentimiento.
Lola Lola exclamó, arrodillándose y rodeando sus delgados tobillos. Perdóname. Por Dios, perdóname por todas mis palabras feas. Antonio ya no está y no nos queda nada que compartir. ¿Amigas? ¿Como cuando éramos niñas?
Lola permaneció inmóvil, como una muñeca. Su madre, apoyada en el marco, observaba desconcertada. No le gustaba la idea de que alguien pudiera cambiar de golpe, como si se quitara una piel vieja. Pero entonces Lola respiró hondo, dejó escapar un suspiro y, de repente, un torrente de lágrimasno silenciosas, sino amargas y curativasse desbordó. Abrazó a Dolores, se aferró a su hombro y lloró, derramando todo su dolor.
Vale, susurró su madre. Que sea. Tal vez Dolores realmente le ayude. Si no, al final, el tiempo acabará con todo.
Así nació una amistad inesperada. Dolores no se separó de Lola; se quedaba a su lado, hablaban sin cesar, compartían confidencias. Parecía que Dolores se había convertido en el escudo de Lola contra el mundo, su ancla en un mar de aflicción.
Entonces llegó Santiago, primo de Dolores, un joven alto, sereno, de mirada profunda. Empezó a cortejar a Lola, llevándole flores del campo y recetas de la ciudad. Al principio ella lo rechazó, se encerró en sí misma.
No puedo, Dolores. Es una traición.
¿Qué traición? insistió la amiga, acariciándole el cabello. La vida sigue, Lola. Antonio no querría verte así. Santiago es buen hombre, fiable. Te amará, lo sé.
Ya sea por la insistencia de Santiago o por los argumentos de Dolores, Lola cedió. Aceptó casarse con él. La boda fue discreta, sin música ni miradas indiscretas.
Nueve meses después de la muerte de Antonio, el pueblo empezó a murmurar. Primero susurraban, luego se convertía en un rumor ruidoso. Todos señalaban a Lola, la acusaban de haber perdido el honor, de haber sido infiel, de haber causado la tragedia del río.
«¡No aguantó el luto! ¡Se pavoneó!»
«¿Quién sabe? Tal vez con Antonio le fue infiel. No se sabe qué pasó en el río»
«No salvó su honor. Deshonró a su familia».
Las palabras eran cortantes como hoces. Lo peor fue descubrir que la fuente de esos rumores eran las mismas palabras de Dolores, que en la fuente del pozo contaba a sus vecinas: «Pobre Lola, la quiero como a una hermana, pero la verdad no se puede ocultar Antonio se fue y Santiago se apresuró a casarse ¿no creen? Tal vez Santiago quiso proteger su honra»
Dolores, con una mirada cargada de falsa compasión, alimentaba el veneno.
La idílica vida que Lola había construido se desmoronó como pastel en plena boda. Santiago resultó ser muy distinto al hombre amable que ella había conocido. Todo comenzó con una frase que lanzó después de la primera noche: «Eres una perra», dijo, escupiendo con odio. Esa palabra, cargada de desprecio, le heló la sangre. El galán paciente desapareció, dejando atrás a un hombre rudo, siempre fruncido. En casa reinaba la hostilidad y la celosa ira de Santiago no conocía límites.
Celaba a Lola de todo: al tendero que la miraba un segundo demasiado largo, al cartero que entregaba una carta, incluso al anciano vecino, don Niceto, de más de ochenta años, que salía a tomar el sol. Cada saludo era motivo de sospecha.
¿Otra vez le haces ojitos al viejo? gruñía Santiago al entrar, cerrando la puerta con fuerza. ¡Yo lo veo todo!
Lola quedó embarazada casi de inmediato, pero solo tuvo una niña. Santiago soñaba con un hijo varón y, al nacer una niña, la despreció.
¿Otra niña? bufó. Necesito un hijo varón.
Pronto empezó a decir que los niños no eran suyos. «¡¿De quién son?! ¡En mi familia solo nacen varones!», gritaba, escupiendo. Golpeaba a Lola, aunque en público mantenía la fachada de un buen marido. En el hogar el aire se volvió denso de miedo; las niñas se refugiaban en los rincones, inmóviles.
Lola volvió a reunir valor. Cuando apenas podía decirle a su madre su decisión, la anciana sufrió un infarto y quedó postrada. Lola tuvo que quedarse, cuidando a su madre y a sus hijas.
Con la muerte de su madre, Lola quedó totalmente sola. No había a quién desahogarse, nadie que escuchara sus penas; sólo ella y sus dos pequeñas, con ojos asustados y vulnerables.
Santiago, cada noche, la echaba de la casa. La empujaba al corredor, cerraba la puerta con llave y, antes de salir, le lanzaba un puñetazo en la cara.
¡Ve a calentar al viejo Niceto! le gritaba.
Sabía que sin los niños, ella no podría irse lejos. Se sentaba en los escalones fríos, abrazaba sus rodillas y lloraba bajo un cielo negro sin estrellas; los gritos de sus hijas se escuchaban tras la puerta. Con los labios apretados, secaba sus lágrimas y golpeaba la puerta, pidiendo que la dejaran entrar. Esa noche, el desconsuelo se transformó en acero. La desesperación se fundió y, al alba, con los gallos cantando y el gris amanecer asomando, se levantó con un fuego nuevo en los ojos.
Al abrir la puerta, apareció Santiago, con la mirada pesada.
¿Qué haces como una estatua? Ve a preparar el desayuno le tiró, dándose la vuelta y yendo a la mesa.
Lola entró en silencio, sin mirarlo, sin decir palabra. Su serenidad resultaba casi sobrenatural. Sabía que él tendría que salir a los campos y volvería al anochecer.
Tan pronto como se cerró la verja tras Santiago, la casa se llenó de movimiento, pero no era la rutina habitual. Lola, con rapidez y concentración, sacó de un cajón bajo el suelo su viejo baúl y comenzó a empaquetar lo esencial: ahorros modestos, ropa de recambio para sus hijas, unos juguetes escasos y algunas fotografías de su madre. Vestía a las pequeñas con sus abrigos más cálidos, aunque el aire fuera templado.
Mamá, ¿a dónde vamos? preguntó la mayor, Luisa, con temor.
A una nueva vida, hija respondió Lola, firme.
Salieron entre huertos y cercas derrumbadas, intentando no ser vistas. Al llegar al camino de tierra que salía del pueblo, Lola, jadeante, miró atrás. Todo su sufrimiento, su juventud destrozada, quedaba atrás. El futuro era desconocido.
No tardaron mucho. Un camión de carga pasó sin prestarles atención. De la cabina asomó un joven sonriente.
¿Te llevo a algún sitio, hermana? gritó.
Lola, sin poder creer su suerte, asintió. El conductor, llamado Sergio, la ayudó a subir el baúl y acomodó a sus hijas en el asiento trasero.
El viaje fue largo. Sergio, hablador y amable, intentó conversar con la mujer silenciosa. Lola, mirando por la ventanilla los campos que pasaban, decidió que ya no había nada que ocultar. Con voz serena y sin adornos, le contó todo: a Santiago, sus celos, los destierros nocturnos, el miedo constante. Confiaba en que aquel hombre, curtido por la vida, pudiera indicarle dónde encontrar trabajo.
Pues mira, a la vuelta de la autopista hay un pueblo donde una empresa ha comprado tierras para montar invernaderos modernos. Están buscando mano de obra y ofrecen vivienda le explicó Sergio.
Lola tuvo suerte. Fue una de las primeras en llegar al pueblo que más parecía una obra gigante en medio de los campos. Al principio vivió en la casa de una anciana, la abuela Purísima, quien, al escuchar su historia, la acogió sin cobrarle nada. Lola trabajó sin descanso en los invernaderos, de madrugada a atardecer. El trabajo era duro, pero honesto, y la valoraban.
Cuando la empresa amplió los edificios y empezó a construir viviendas para los empleados, Lola obtuvo una de las primeras pequeñas casas. Al recibir las llaves, derramó lágrimas, pero eran lágrimas de alivAl fin, aprendió que la verdadera riqueza no reside en el amor que se pierde, sino en la fuerza que uno descubre al reconstruir su propio camino.






