Reglas para el verano
Cuando el tren de cercanías aminora la marcha junto al andén diminuto, Carmen López ya está de pie junto al borde, sujetando con fuerza una bolsa de tela contra el pecho. Dentro de la bolsa bailotean unas manzanas, un tarro de mermelada de cereza casera y un tupper con empanadillas. Todo eso, realmente innecesario: los nietos llegan saciados, recién venidos de Madrid, con mochilas y bolsas de la compra, pero a Carmen siempre le sale hacer algo especial para recibirlos.
El tren se detiene con un bandazo, las puertas se abren de golpe y de inmediato salen tres: un chico larguirucho y huesudo, Jaime, su hermana pequeña, Vega, y una mochila de esas que casi parecen tener vida propia.
¡Yaya! exclama Vega, quien es la primera en verle, alzando un brazo cubierto de pulseras tintineantes.
A Carmen le trepa una calidez al pecho. Deja la bolsa en el suelo para que no se le caiga el contenido y extiende los brazos.
¡Madre mía, cómo! Intenta decirles habéis crecido”, pero se muerde la lengua a tiempo. Ellos ya lo saben.
Jaime avanza un poco más despacio, la abraza con una mano mientras con la otra sostiene el peso del macuto.
Hola, abuela.
Es casi una cabeza más alto que ella. Le ha salido pelusilla en la barbilla, las muñecas le parecen aún más finas, y de la camiseta le asoman unos auriculares. Carmen se sorprende buscando en ese joven al niño que corría por la huerta con botas de agua; pero se topa con detalles adultos, ajenos.
El abuelo os espera abajo anuncia Carmen. Vamos, que en casa están enfriándose las croquetas.
Un momento, hago una foto Vega ya tiene el móvil fuera y le saca una foto al andén, al tren y a la propia Carmen. Para stories.
La palabra stories le pasa de largo, como una golondrina. Sabe que preguntó a su hija en invierno qué era eso, pero la explicación se le esfumó. Lo importante: su nieta sonríe.
Bajan unos escalones de cemento. Al pie, al lado de un viejo Seat Panda, les espera Vicente Jiménez. Avanza hacia ellos, da una palmada en el hombro a Jaime, abraza a Vega y asiente en dirección a Carmen. Puede parecer más comedido, pero Carmen sabe que está tan feliz como ella.
¿Qué, vacaciones? pregunta Vicente.
Vacaciones responde Jaime, lanzando la mochila al maletero.
De camino a casa, los chicos van callados. Por la ventanilla desfilan casas bajas, huertos, algún perro que pasa, una oveja perdida por el campo segoviano. Vega trastea el móvil de vez en cuando, Jaime se ríe mirando la pantalla, y Carmen se pilla mirándoles las manos: los dedos siempre pegados a ese rectángulo negro.
Bueno, se dice. Mientras en casa se mantengan nuestras costumbres, que luego hagan lo que hagan ahora los jóvenes.
Al llegar, la casa huele a croquetas y a perejil fresco. En el porche aguarda una mesa de madera vieja cubierta con hule de limones. La sartén cruje en la cocina y en el horno acaba de hacerse una empanada de espinacas.
Vaya festín asoma Jaime por la cocina.
No es un festín, es la comida le sale automáticamente a Carmen, controlándose enseguida. Venga, a lavarse las manos. En la pila de ahí fuera.
Vega ya saca el móvil otra vez. Carmen, mientras coloca la ensalada, el pan y las croquetas sobre la mesa, la ve de reojo haciendo fotos a los platos, a la ventana, al gato Perico, que se asoma bajo una silla.
En la mesa no se usan móviles dice, como quien no quiere la cosa, cuando ya están todos sentados.
Jaime alza la cabeza.
¿Qué?
Lo que ha dicho la abuela añade Vicente. Después de comer, todo el tiempo que queráis.
Vega se detiene un instante, luego deja el móvil boca abajo junto al plato.
Pero era solo para sacar una foto
Ya la has hecho le responde Carmen, suave. Ahora vamos a comer y luego pones lo que quieras.
Dice lo de poner” con inseguridad. No sabe qué verbo usan, pero confía en haberse hecho entender.
Jaime, después de dudar, también deja el móvil a un lado. Pone cara de quien tiene que quitarse el casco en una nave espacial.
Aquí vamos por horarios, explica Carmen mientras sirve limonada. Comida a la una, cena a las ocho. Por la mañana no se duerme más allá de las nueve. A partir de ahí, haced lo que queráis fuera.
¿No más tarde de las nueve? protesta Jaime. ¿Y si veo una película de noche?
Por la noche se duerme responde Vicente, sin levantar la vista del plato.
Carmen detecta que empieza a tensarse el ambiente. Añade deprisa:
No es un cuartel, claro. Pero si os quedáis durmiendo hasta la comida, se os va el día sin ver nada. Aquí tenemos río, bosque, bicis.
Yo quiero río Vega se anima. Y bici. Y sesión de fotos en el huerto.
Eso de sesión de fotos le suena ya más habitual a Carmen.
Perfecto asiente. Pero antes, un poquito de ayuda. Hay que desyerbar patatas, regar las fresas. No estamos en un hotel.
Yaya, que estamos de vacaciones farfulla Jaime, pero Vicente le corta con una mirada.
Vacaciones sí, balneario no.
Jaime suspira, en silencio. Vega, bajo la mesa, le roza el pie con la zapatilla y él sonríe a medias.
Después de comer, cada uno se va a su habitación a colocar cosas. Carmen pasa a verles media hora después. Vega ya ha colgado camisetas en la silla, las cremas alineadas en la repisa, el cargador en el alfeizar. Jaime, en la cama, medio tumbado, pasa el dedo por la pantalla del móvil.
He cambiado sábanas dice ella. Si faltara algo, decídmelo.
Todo guay, abuela responde Jaime sin apartar la vista.
Esa palabra guay le pincha un poco, pero lo deja pasar.
Por la noche, hacemos barbacoa dice. Ahora, descansad bien y luego venís un rato al huerto. Un par de horillas.
Vale responde Jaime.
Carmen sale, cierra con cuidado y se queda un instante en el pasillo. Escucha la risa baja de Vega, que habla por videollamada. De repente Carmen se siente vieja; no de cuerpo, sino como si la vida de sus nietos estuviera en otra capa, invisible y lejana.
Bueno, se anima, ya nos apañaremos. Lo importante es no agobiar.
Al atardecer, los tres están en el huerto. La tierra está templada, cruje la hierba seca. Vicente enseña a Vega qué quitar y qué dejar.
Eso lo arrancas, esto va al montón le explica.
¿Y si me equivoco? pregunta ella, encogiéndose de hombros.
No pasa nada interviene Carmen. Aquí no somos una cooperativa.
Jaime observa de lejos, recostado en la azada, mirando la ventana encendida de su cuarto: ahí titila el monitor azul.
¿No echas de menos el móvil? pregunta Vicente.
Lo he dejado arriba responde Jaime.
A Carmen eso le alegra mucho más de lo que debería.
Los primeros días pasan en frágil equilibrio. Carmen les despierta golpeando suave en la puerta; protestan, se revuelven, pero a las nueve y media están en pie. Desayunan, ayudan un poco, y cada uno a lo suyo: Vega hace sesiones de fotos con Perico y las fresas, lo sube a su móvil; Jaime lee, escucha música o se escapa en bici.
Las normas se mantienen en gestos: móvil fuera de la mesa, casa en silencio por la noche. Solo una vez, la tercera noche, Carmen despierta al oír una risita detrás de la pared. Mira el reloj: doce y media.
¿Me aguanto o voy? piensa en la oscuridad.
Se oyen más risas y un mensaje de audio. Carmen se levanta, se pone la bata y llama suave.
Jaime, ¿no duermes?
Silencio instantáneo.
Ya, ya voy susurra él.
Abre la puerta, entrecerrando los ojos con la luz. Los suyos están rojos, el pelo revuelto, móvil en mano.
¿Por qué no duermes? intenta preguntar tranquila.
Estoy viendo una peli.
¿A la una de la mañana?
Hemos quedado varios para verla a la vez y hablar por el chat
Carmen imagina a otros chavales en Madrid, en sus propios cuartos, frente a una pantalla igual.
Mira, te propongo algo dice. No me importa lo de la peli, de verdad. Pero si no duermes, por la mañana no vales. Y luego no te sacamos al campo. Quedamos en que hasta las doce puedes hacer lo que sea, después, a dormir.
Él frunce el ceño.
Es que los demás
Ellos están en la ciudad, tú aquí. Aquí hay otras normas. Y ni te pido que te acuestes a las nueve.
Él duda, se rasca la cabeza.
Está bien accede. Hasta las doce.
Y cierra la puerta, que la luz molesta, y baja el volumen.
Vuelve a la cama pensando que quizás ha sido blanda. Debería haber sido más firme, como antes con su hija. Pero los tiempos cambian.
A partir de ahí surgen disputas menudas. Un día, con el calor desde la mañana, Carmen pide a Jaime que ayude a Vicente a mover maderas al cobertizo.
Voy enseguida responde, sin mirar de la pantalla.
Diez minutos después, allí sigue, y las tablas siguen sin moverse.
Jaime, el abuelo está solo dice Carmen, la voz se le pone tensa.
Deja que acabe esto, voy responde sin ánimo.
¿No puedes soltar el móvil ni cinco minutos? explota de pronto. El mundo seguirá sin ti.
Jaime alza la cabeza.
Es importante le replica. Es un torneo.
¿Torneo? pregunta ella, sin entender.
En el juego. Si me voy, pierde mi equipo.
Está a punto de decirle que hay cosas más importantes, pero ve su gesto crispado y cómo aprieta los labios.
¿Cuánto tardas? pregunta.
Unos veinte minutos.
Vale, en veinte minutos, bajás y ayudás. Lo acordamos.
Veinte minutos después, lo ve ponerse las zapatillas.
Ya voy dice, antes de que ella abra la boca.
Estos pactos pequeños le dan esperanza: tal vez, todavía controlan la situación. Pero no siempre.
A mediados de julio tienen que ir al mercado a por verduras y plantas. Vicente dijo de noche que necesitaba ayuda con las bolsas y dejar a alguien vigilando el coche.
Jaime, mañana vas con el abuelo anuncia Carmen en la cena. Vega y yo haremos mermelada.
No puedo responde él de inmediato.
¿Por qué?
He quedado con los amigos en Segovia, hay un festival, música, puestos mira a Vega buscando apoyo, pero ella se encoge. Lo avisé.
Carmen no recuerda que lo avisase. Quizá sí, pero ya no distingue entre tantas conversaciones.
¿Hasta Segovia? pregunta Vicente, ceñudo.
Sí, en cercanías. Se hace junto a la estación.
A lo de junto no le gusta.
¿Sabes el camino? inquiere.
Allí va todo el mundo. Tengo dieciséis años.
Ese dieciséis es como un pase, excusa para todo.
Tu padre dijo que no sales solo apunta Vicente.
Voy en grupo.
Peor aún.
El ambiente se enrarece y Vega aparta su plato en silencio.
Podríamos ir hoy al mercado, y mañana que vaya él al festival sugiere Carmen.
El mercado solo abre mañana corta Vicente. Y sí que necesito ayuda.
Yo puedo, dice Vega.
Tú te quedas con Carmen dice Vicente automáticamente.
Me apaño, responde Carmen. Que vaya Vega contigo.
Vicente la mira, entre sorprendido, agradecido y terco.
¿Y él qué, de señorito? señala a Jaime.
Es que empieza Jaime.
¿No te das cuenta de que esto no es Madrid? le responde Vicente brusco. Aquí hay otras cosas. Además, respondemos por ti.
Siempre tengo que responder ante alguien se rebela Jaime. ¿Alguna vez podré decidir algo yo solo?
La frase cae como una losa. Carmen siente que se le encoge todo. Quisiera decirle que le comprende, que ella también fue joven, pero en cambio oye su propia voz, fría:
Mientras estés aquí, se hace lo que digamos nosotros.
Él aparta la silla bruscamente.
Pues ya está dice. No voy.
Se va a su cuarto, dando un portazo. Se oye arriba un golpe sordo: o tira la mochila, o se deja caer en la cama.
Esa noche la cena transcurre tensa. Vega intenta hacer bromas, cuenta historias de instagramers, pero se forza la risa. Vicente calla, mirando la mesa. Carmen lava los platos y piensa en lo que ha dicho. Nuestras normas le suena a golpe de cuchara contra cristal.
Al acostarse, Carmen percibe un silencio extraño. No se oye ni crujidos ni coches. Se asoma a la escalera: ninguna rendija de luz bajo la puerta de Jaime.
Quizá por fin descansa, piensa.
Por la mañana, Vega ya está en la cocina medio dormida, Vicente toma café y lee el periódico.
¿Y Jaime? pregunta Carmen.
Dormirá aún, responde Vega.
Carmen sube, llama a la puerta.
Jaime, toca levantarse.
Sin respuesta. Abre la puerta: la cama estirada de mala gana, la sudadera en la silla, el cargador ahí, el móvil no.
Se le cae el alma a los pies.
No está anuncia, bajando.
¿Cómo que no? Vicente se pone en pie.
No le encuentro, ni en la cama, ni en el cobertizo.
Buscan: ni en el patio ni en el huerto. La bici está ahí.
El tren sale a las ocho y cuarenta dice Vicente, mirando hacia la carretera.
A lo mejor ha ido con algún amigo
¿Cuál? Si aquí no conoce a nadie.
Vega saca su móvil.
Le escribo.
Teclaea rápido y eleva los ojos.
No lee. Solo un tick.
Eso de solo un tick nada le dice a Carmen, pero la cara de la nieta ya lo dice todo.
¿Qué hacemos? pregunta a Vicente.
Él piensa.
Voy a la estación decide. A ver si alguien le ha visto.
Igual no hace falta tartamudea Carmen. Puede que
Se ha ido sin avisar le corta él. Y eso es serio.
Coge las llaves, se viste.
Quédate aquí le dice. Por si aparece. Vega, si responde, avísanos.
Cuando el coche cruza la verja, Carmen se sienta en el porche apretando un paño de cocina. Imagina a Jaime en el andén, en el tren, que se pierde, el móvil que se le cae y lucha por recuperar la calma.
Tranquila. No es un crío. No es tonto.
Pasa la hora. Y otra más. Vega revisa su móvil mil veces.
Nada murmura. Ni siquiera se conecta.
Poco antes de las once vuelve Vicente, cansado.
Nadie le ha visto dice. He ido hasta la estación. Allí
No termina. Carmen entiende todo.
Igual se ha ido a ese festival susurra. Sin cartera no, ¿no?
En el móvil tiene de todo, y en la tarjeta responde Vega.
Se miran. Para ellos, los euros están en la cartera; para estos chicos, en la nube.
Habrá que avisar a su padre propone Carmen.
Llama responde Vicente. Se enterará igual.
La llamada es durísima. Su hijo primero calla, luego maldice, luego pregunta por qué no han vigilado mejor. Carmen cuelga agotada, se sienta con las manos en la cara.
Yaya le susurra Vega, verás como no pasa nada. Está enfadado, nada más.
Enfadado y se va contesta Carmen.
El día se hace interminable. Intentan hacer cosas: mermelada, arreglar un grifo, pero todo pesa. Móviles mudos.
Al caer la tarde, suena el portón del jardín. Carmen, que toma té en el porche, se sobresalta. Cruje la verja. Es Jaime.
Lleva la misma camiseta de ayer, vaqueros manchados de polvo, mochila al hombro. Cara cansada, pero tranquilo.
Hola dice.
Carmen se incorpora. Por un instante quiere abrazarlo, pero sólo pregunta:
¿Dónde estabas?
En Segovia, en el festival.
¿Solo?
Con los amigos de un pueblo de al lado. Quedamos allí.
Vicente aparece, frotándose las manos con un trapo.
¿Tienes idea de lo que hemos empieza, pero la voz se le apaga.
Yo mandé mensajes se apresura Jaime. Me quedé sin cobertura, y además el móvil se quedó sin batería. Olvidé el cargador.
Vega se acerca, móvil en mano.
Te he escrito le dice. Siempre salía solo un tick.
No era a propósito, de verdad. Solo que Pensé que si os pedía permiso no me dejaríais ir. Y como ya me había comprometido
Y decidiste no pedir permiso completa Vicente.
Vuelve el silencio, pero ya es de resignación.
Pasa, dice Carmen. Vas a comer algo.
Obedece. Se sienta en la mesa. Carmen le pone caldo caliente, pan, limonada. Come como si no hubiera comido en todo el día.
Todo carísimo masculla. Esos puestos de comida
No le responde. Por primera vez, la palabra vuestros le suena rara, pero pasa.
Luego salen al porche, ya entra el fresco.
Mira, dice Vicente. Tú quieres independencia, lo entendemos. Pero somos responsables de ti. Mientras estés aquí, no podemos hacer como si nada.
Jaime calla.
Si quieres ir a algún sitio continúa Vicente lo avisas. La víspera, no el mismo día. Lo hablamos: cómo llegar, cómo volver, con quién. Si se puede, vas. Si no, aguantas. Pero esto de desaparecer, no.
¿Y si no dais permiso? reta Jaime.
Entonces te aguantas suelta Carmen. Y si estamos de mal humor, te arrastramos al mercado.
Él alza la vista. Hay mucho ahí: enfado, agotamiento, cierta confusión.
No quería preocuparos murmura. Solo quería decidir algo por mí.
Decidir tú está bien responde ella. Pero ser responsable no sólo es ir donde quieres: también es pensar en quien te espera.
Le sorprende lo que dice. No es moralina, es simple realidad.
Él suspira.
Vale. Lo haré.
Y otra cosa añade Vicente: si el móvil muere, buscas donde cargarlo. En una cafetería, estación, lo que sea. Y lo primero, mandas un mensaje o llamas. Aunque gritemos luego.
Vale asiente Jaime.
Quedan en silencio. Un perro ladra en el vecino. El gato Perico, perezoso, maúlla en el huerto.
¿Y el festival qué tal? pregunta Vega.
Pues bien. Música regulín, pero la comida buena.
¿Y fotos?
El móvil se apagó.
Pues vaya, abre los brazos Vega. Ni pruebas, ni recuerdos.
Él sonríe, por fin.
Desde ese día parece que todo encaja un poco más. Las normas no desaparecen, pero se hacen flexibles. Carmen y Vicente se sientan una noche y escriben las reglas en un papel: levantarse antes de las diez, ayudar dos horas en casa o en el campo, avisar si se van, nada de móviles en la mesa. Lo cuelgan en la nevera.
Parece el campamento se ríe Jaime.
Pero en familia responde Carmen.
Vega contraoferta: sus propias condiciones.
No me llaméis cada cinco minutos si estoy en el río dice. Ni entréis en mi cuarto sin avisar.
Nunca entramos se extraña Carmen.
Da igual, ponedlo dice Jaime. Para que sea justo.
Así, añaden dos líneas más. Vicente refunfuña, pero firma.
Poco a poco surgen quehaceres compartidos, sin obligación. Una tarde, Vega rescata un viejo juego de mesa dejado por sus padres.
Juguemos esta noche propone.
Yo era un as de niño sonríe Jaime.
Vicente rechaza al principio, pero termina sentándose. Resulta que es el que mejor recuerda las reglas. Se ríen, se pican, se hacen trampas. Los móviles, olvidados.
La cocina también se vuelve juego. Un sábado Carmen se cansa de preguntar ¿qué queréis de cena?” y proclama:
El sábado cocináis vosotros.
¿Nosotros? Jaime y Vega, a coro.
Sí. Lo que queráis, pero que se pueda comer.
Se toman el reto muy en serio. Vega busca una receta moderna en el móvil, Jaime pica verduras, discuten la mejor forma. Mientras tanto, la cocina huele a ajo frito y curry, comienzan a apilar platos sucios, pero se respira ilusión.
Ya sólo falta la cola del baño ironiza Vicente, pero repite plato.
En el huerto, Carmen propone una solución:
Esta hilera para ti le dice a Vega, refiriéndose a las fresas. Y esta para ti, Jaime, son zanahorias. Haced lo que queráis, pero luego, si sale poco, quejarse no vale.
Esto es un experimento apunta Jaime.
Grupo control remata Vega.
Al final del verano, Vega trae su cesta llena de fresas; Jaime, un par de zanahorias flacuchas.
¿Conclusión? pregunta Carmen.
Lo mío no es el campo responde serio Jaime.
Y todos ríen, ahora sin tensión.
Al final del verano, el ritmo apenas varía: desayunan juntos, cada uno ocupa el día a su manera, por la tarde se reúnen en la mesa. Jaime algunas noches se despista y se alarga con el móvil, pero a las doce apaga la luz; Carmen, al pasar, sólo escucha su respiración. Vega sale con alguna vecina al río, pero siempre avisa dónde está y cuándo vuelve.
Discuten, sí: si la música es buena o no, si la sopa está sosa, si fregar ahora o por la mañana. Pero ya no son discusiones bélicas, sólo roces normales de convivencia.
La última noche, Carmen hornea un bizcocho de manzana. La casa huele dulce, entra la brisa por el porche. Sobre la mesa, las mochilas preparadas y ropa doblada con cuidado.
Vamos a hacernos una foto propone Vega cuando reparten el pastel.
Otra vez con esos inventos empieza Vicente, pero calla.
Es para nosotros aclara Vega. No la subiré a ningún lado.
Salen al jardín. El sol se esconde entre los manzanos. Vega apoya el móvil sobre un cubo del revés, pone la cuenta atrás y corre a colocarles.
Abuela en el medio, abuelo aquí, Jaime allá.
Se colocan algo torpes, hombro con hombro. Jaime roza un poco el brazo de Carmen, Vicente también se acerca. Vega les rodea la cintura.
Sonreíd ordena.
Clic. Y otra vez.
Ya está Vega recoge el móvil, lo mira y sonríe. Genial.
Enséñamela dice Carmen.
En la pantalla pequeña aparecen graciosos: Carmen lleva el delantal, Vicente camisa remendada, Jaime el pelo alborotado, Vega de colores. Pero en la forma de estar juntos hay algo profundamente suyo.
¿Me la imprimes? pide Carmen.
Sí, te la mando.
Pero ¿cómo la imprimo si está en el móvil? se extraña Carmen.
Yo te ayudo, interviene Jaime. Ven a vernos y lo hacemos. O en octubre te la traigo.
Ella asiente. Se le apacigua algo dentro. Porque no es que ahora se entiendan sin palabras, ni mucho menos. Seguirán discutiendo. Pero siente que entre sus reglas y su libertad hay, al fin, un caminito que se puede andar en las dos direcciones.
Tarde, cuando los chicos ya duermen, Carmen sale al porche. El cielo está oscuro, algunas estrellas parpadean sobre los tejados. La casa emite una respiración tranquila. Carmen se sienta en el escalón y abraza sus piernas.
Vicente sale, se le une.
Mañana se irán dice.
Mañana confirma Carmen.
Permanecen callados.
Al final, no ha ido tan mal suspira Vicente.
No ha ido mal asiente Carmen. E incluso, algo hemos aprendido.
Ya veremos quién de los dos aprende más bromea él.
Ella sonríe. En la ventana de Jaime, todo está oscuro. En la de Vega también. Sobre la mesa, seguro, el móvil conectado, recobrando energía para el día siguiente.
Carmen entra, cierra la puerta, e instinctivamente mira la hoja de normas pegada en la nevera. Las esquinas dobladas, el bolígrafo al lado. Repasa los nombres, pensativa. Quizá el próximo verano tengan que reescribir la hoja, añadir, quitar. Pero lo importante permanecerá.
Apaga la luz de la cocina y sube a dormir, sintiendo el ritmo sosegado de la casa, acogiendo todo lo que ha sido este verano y dejando hueco, pequeño pero ceñido, para lo nuevo por venir.







