La nevera vacía: una Nochevieja con amigos que lo cambió todo

En una noche gélida, tras despedir a los últimos invitados, permanecí petrificada ante la puerta abierta del frigorífico, incapaz de asimilar la escena. Los tuppers de ensalada, los platos de jamón ibérico y chorizo, la tarta y hasta la botella de zumo de naranja intacta habían desaparecido sin dejar rastro. Las baldas, desnudas y desoladas, me sumieron en una incredulidad absoluta.

Nuria había solicitado permiso para llevarse algo de comida, pero jamás imaginé que se apropiaría de casi todos los manjares que preparé para la velada. Fui yo quien propuso celebrar el Fin de Año con Nuria y Sergio, en vez de la tradicional cena con los padres de Javier. Con amigos será más distendido y divertido, aseguré a mi marido, ilusionada por una noche apacible. La realidad, sin embargo, se tornó amarga.

¿Ya se han ido? Javier salió del cuarto de nuestra hija Jimena, que con seis años acabó exhausta por el jaleo.
Sí, acaban de marcharse me apoyé en la encimera, cruzando los brazos. Y se han llevado casi toda la comida.
Mira tú mismo le señalé el frigorífico. La ensalada de piña, el pastel de merluza, la de huevo y remolacha, la de surimi todo ha volado. Incluso el pollo en gelatina que tanto te gusta. Y la compota de pera.
Javier inspeccionó el interior y se quedó mudo.
Vaya tela susurró, revisando los estantes vacíos. ¿Al menos preguntaron antes?
Nuria dijo: ¿Puedo llevarme algo de comida? Pensé que sería una ración pequeña para los niños. ¡Pero ha arrasado con casi todo!

Nuestra relación con Nuria y Sergio ya superaba los diez años; nos conocimos poco después de comprar nuestro piso de dos habitaciones con una hipoteca a quince años. Ellos vivían en el mismo bloque y coincidíamos a menudo en el portal. Descubrimos que compartíamos nivel de ingresos, intereses y visión de la vida.

El vínculo se forjó deprisa. Ellos ya tenían a Pablo y Álvaro, nosotros aún dudábamos sobre tener hijos. Nuria nos ofrecía consejos generosos, explicaba cómo prepararse para la maternidad y nos regalaba ropa de sus hijos. Cuando nació Jimena, vinieron al hospital con flores y globos para felicitarnos.

Hace unos tres años, todo empezó a torcerse. Nuria comenzó a pedir dinero prestado y a veces no devolvía las cosas: olvidaba el regreso de mi libro de cocina favorito o el juego de mesa de Jimena. Sergio se quejaba sin cesar de su jefe y de que su sueldo no subía, mientras Javier y yo progresábamos en nuestras carreras. Ignorábamos esas señales, pensando que serían problemas pasajeros.

El pasado febrero, Nuria pidió 300 euros para el dentista de su hijo. Te lo devuelvo con la próxima nómina, como mucho en un mes, prometió. Han pasado diez meses sin mencionar la deuda. Varias veces pensé en recordárselo, pero siempre se excusaba con nuevas dificultades económicas. Al final, me sentía incómoda sacando el tema, por miedo a parecer tacaña.

En otoño, Sergio pidió a Javier que le arreglara el coche. Mi marido sacrificó dos fines de semana y ni siquiera recibió las gracias. A pesar de estos episodios, seguía valorando nuestra larga amistad. En el fondo, esperaba que el ambiente festivo devolviera la calidez de antes. O quizá temía admitir lo evidente: la relación se había vuelto unilateral.

¿Por qué los invitaste? Javier sacó una botella de zumo de granada escondida en el armario.
Tú mismo dijiste que no querías pasar la noche con tu madre, que estabas harto de sus sermones saqué dos vasos. ¿Recuerdas? Quiero descansar sin reproches.
Al final nos hemos quedado sin cena y con la niña disgustada.
Y hemos gastado una fortuna en comida serví el zumo. ¿Has visto el precio de los mariscos para las ensaladas? ¿Y el pescado?
Preparé la mesa desde temprano: ensaladas variadas, embutidos, platos calientes, postres todo para una Nochevieja perfecta. Nuria y Sergio llegaron una hora tarde, a las ocho. Sus hijos corrieron directo al cuarto de Jimena.
¿Y los regalos? preguntó mi hija al verlos llegar con las manos vacías.
¡Jimena! le reprendí. No se pregunta eso.
Perdón, se nos olvidaron, mañana los traemos seguro Nuria acarició la cabeza de Jimena.
Vi cómo Nuria y Sergio se miraban de reojo. Mi intuición me avisó de que algo no iba bien.

En la mesa, Sergio se servía repetidas veces los platos más caros, mientras Nuria elogiaba cada bocado, halagando mi destreza culinaria.
¡Eres una anfitriona excelente, Dalia! Yo no llego a tu nivel.
No es para tanto respondí, aunque había invertido horas y esfuerzo en la cena.
Sus hijos correteaban por el piso, ignorando mis ruegos de que se calmaran. Álvaro tiró una frutera, Pablo exigía subir el volumen de la tele, quejándose de aburrimiento.
Chicos, tranquilizaos dijo Nuria sin convicción, sin intentar controlarles.

A medianoche brindamos por el Año Nuevo. Los niños, agotados, empezaron a pelear. Jimena lloró cuando Álvaro rompió su muñeca nueva, regalo de Javier.
Bah, es solo un juguete Sergio se encogió de hombros. Comprad otra.
No es cuestión de precio, sino de respeto Javier replicó con firmeza.
La tensión se palpaba. Intenté animar el ambiente con postre, pero la fiesta estaba irremediablemente arruinada.

A las dos, Nuria empezó a prepararse para irse y pidió comida para mañana.
Dalia, tenéis tanta comida y mañana no tendremos tiempo de cocinar Nuria ya inspeccionaba la nevera. ¿Puedo llevarme algo?
Asentí mientras recogía la mesa.
Por supuesto, coge algo para los niños respondí y empecé a fregar los platos.
Durante quince minutos, me concentré en lavar la montaña de vajilla, de espaldas a la nevera. Javier ayudaba a Sergio a vestir a los niños dormidos, mientras Nuria permanecía en la cocina. No presté atención a lo que hacía, centrada en mi tarea.

Cuando por fin los invitados se marcharon y cerré la puerta, regresé a la cocina y descubrí que apenas quedaba nada de la comida festiva.
¿Sabes qué es lo peor? bebí zumo. Han venido con las manos vacías. Ni bebidas, ni dulces, nada.
¡Y sin regalos! añadió Javier.
Y encima se han llevado la comida por la que gastamos una buena suma la indignación crecía. Es un abuso descarado.
Javier suspiró:
Siempre han sido así. ¿Recuerdas cuando Nuria tomó tu vestido para la fiesta de empresa y lo devolvió con una mancha? ¿O cuando Sergio se quedó con mis herramientas medio año?
Y siempre lo hemos perdonado dejé el vaso. Pero la amistad debe ser recíproca, y aquí hace tiempo que no lo es.
Nos quedamos en silencio en la mesa de la cocina.
Hay que hablar claro con ellos propuso Javier. Decirles que su actitud no es aceptable.
¿Y qué les decimos? ¿Que devuelvan las ensaladas?
No, pero explicarles que la amistad implica reciprocidad, cuidado mutuo.
Miré a Javier, pensativa:
Sinceramente, no sé si merece la pena seguir con esta amistad.

A la mañana siguiente, sonó el teléfono: era Nuria.
¡Feliz Año Nuevo, Dalia! Oye, ¿podemos pasar hoy? Traeremos los regalos.
Guardé silencio unos segundos. Quería decirle todo lo que sentía, pero me contuve.
Perdona, Nuria, hoy no podemos. Vamos a casa de los padres de Javier.
¿Y mañana?
Mejor hablamos después de las fiestas intenté sonar calmada. Tenemos que tratar un asunto.
¿Qué asunto? su voz se tensó.
Nuestra amistad. Y lo de ayer, cuando os llevasteis casi toda la comida sin aportar nada.
Se hizo un silencio.
¿De verdad te duele la comida? Nuria se indignó. ¡Eso entre amigos no se hace! Sabes que estamos pasando por apuros, a Sergio no le han pagado la paga extra.
No es la comida, es la actitud repetí la idea de Javier. Podíais haber avisado que veníais sin nada.
Qué sensibles sois bufó Nuria. Siempre presumís de bienestar. No hemos venido a pedir limosna, sino a estar juntos. Pensé que te hacía ilusión celebrar con nosotros. Pero tú cuentas lo que cada uno aporta.
No llevo cuentas. Pero tras diez años de amistad, hemos notado que siempre damos más de lo que recibimos. Y no solo en lo material.
Pues olvídalo cortó ella. Si tu amistad depende de comida y regalos, no tengo nada más que decir.
Colgó, dejándome con el teléfono y una mezcla de alivio y frustración.

Por la tarde, como estaba previsto, fuimos a casa de la madre de Javier. Tras muchas dudas, le conté lo ocurrido en Nochevieja.
Ay, Dalia negó con la cabeza doña Carmen. Siempre he visto que esa Nuria es interesada.
Mamá, basta la interrumpió Javier. El problema es que nosotros hemos permitido que nos traten así.
Eso es lo que intento explicar su madre colocó las tazas de té. La verdadera amistad se prueba en los momentos difíciles. Y en los pequeños detalles también.
Por primera vez, compartí plenamente la opinión de mi suegra. Quizá Javier y yo habíamos ignorado lo evidente demasiado tiempo.
Pero llevamos años siendo amigos suspiré, tomando la taza.
Una relación sana es cuando ambos aportan añadió doña Carmen, sirviendo el té. Con Nuria y Sergio siempre habéis sido vosotros los que poníais todo.
Durante dos semanas, Nuria y yo no nos llamamos; ambas esperamos que la otra dé el primer paso. Javier se cruzó con Sergio en el portal, pero la charla fue breve y tensa.
Dice que nos hemos vuelto arrogantes me contó Javier. Que nos creemos mejores. Y que has ofendido a Nuria con tus reproches.
¿Qué reproches? Solo he dicho lo que me molesta.
Ellos lo ven como una acusación. Sergio añade que siempre presumimos de bienestar, mientras ellos tienen que ahorrar. Algo así como: ¿Te duele la comida que se iba a estropear?
Negué con la cabeza:
¿Sabes? Mejor así. No quiero mantener una relación donde solo uno da y el otro nunca aporta.
Y otra cosa. Sergio, por cierto, dijo que los 300 euros que prestaste a Nuria no piensan devolverlos. Como si dijera: No los necesitáis, os va bien.
Pues que se queden con ellos me encogí de hombros. Considéralo el precio por aprender la verdadera naturaleza de las personas.

A finales de enero, vi a Nuria en el supermercado. Fingió no verme y yo tampoco la llamé. Algo había cambiado y fingir que todo seguía igual ya no tenía sentido.

La historia de la nevera vacía marcó un antes y un después para Javier y para mí. Por fin vimos la situación sin excusas ni autoengaños. La nevera vacía nos obligó a replantearnos no solo la relación con Nuria y Sergio, sino también nuestra idea de la amistad: con quién y bajo qué condiciones queremos mantenerla.

¿Alguna vez os ha sucedido que un solo hecho os hace ver a alguien de manera completamente distinta? ¿Cómo lo afrontasteis?

Rate article
Add a comment

;-) :| :x :twisted: :smile: :shock: :sad: :roll: :razz: :oops: :o :mrgreen: :lol: :idea: :grin: :evil: :cry: :cool: :arrow: :???: :?: :!:

9 + fourteen =

La nevera vacía: una Nochevieja con amigos que lo cambió todo
No invitada a la boda por ser « extranjera », me convierto en « parte de la familia » para mi vivienda