Una tarde tras el divorcio Cuando Katia salió del juzgado, se sorprendió al notar que no sentía ni nervios ni desesperación como por la mañana; al contrario, pensamientos ajenos le venían a la cabeza: la extravagante melena de la jueza, el calor inusual para octubre, qué estaría haciendo ahora Sashita, ¿le estaría dando mucha guerra a la abuela? Sergio la alcanzó en la parada del autobús: —Bueno, por fin, todo ha terminado… ¿Y el pequeño? —Bien —respondió Katia, escueta. —Entonces me voy. Me esperan. “Te espera ella”, pensó Katia, pero, como antes, sin emoción alguna. Era como ese estado de shock en el que, tras una herida grave, uno no siente dolor. El dolor llegaría después… No esperó el autobús y se fue andando a la estación. Caminar por las calles conocidas la calmaba, le hacía sentir que no había pasado nada, que simplemente volvía a casa como siempre… Pero habría sido mejor tomar el microbús. Al acercarse a la estación, Katia vio cómo el familiar autobús rojo y blanco se alejaba despacio de la plataforma. Corrió, agitó la mano, pero el conductor no la vio o no quiso parar. “Vaya día”, se dijo. “¿Y ahora qué hago?” Llamó a casa, supo que Sashita se portaba bien y avisó que había perdido el autobús. Llegaría mañana por la mañana. “Todo lo demás lo cuento en casa”, respondió a la pregunta de su madre y colgó. *** —¡Katiuska, cuánto tiempo! —exclamó Nadia al abrir la puerta. Había cambiado mucho desde la última vez que se vieron: ahora era rubia y más delgada. La antigua compañera de clase parecía una modelo, sobre todo junto a la modestamente vestida Katia. —Nadia, ¿me dejas quedarme esta noche? —pidió la invitada—. Verás, acabo de divorciarme y encima he perdido el autobús. Soltó la noticia nada más entrar, para evitar las inevitables preguntas sobre Sergio y Sashita. Que preguntara por el pequeño, eso sí. Katia estaba orgullosa de su hijo: era el mejor, el más listo (como toda madre piensa de su criatura). —Pasa, no te quedes en la puerta —charloteaba Nadia, tomándola de la mano y llevándola con cuidado, como si estuviera enferma, al salón—. Ahora cenamos. —¿Y dónde está Máximo? —preguntó Katia. —De viaje. Mejor, así no nos molesta. Charlaremos hasta hartarnos, como en los viejos tiempos. ¿Cuánto hace que no nos vemos? —Más de un año, creo. Desde que me fui de baja maternal… —¿Y qué tal el pequeño? —Nadia ponía la mesa rápidamente. Sacó una botella de vino blanco: había que celebrar el reencuentro. Al principio la conversación no fluía. Recordaron los años de colegio, los compañeros, qué hacía cada uno ahora, pero evitaban temas personales. Quizá por el vino en ayunas, quizá por la oportunidad de hablar con alguien que no fuera familia, Katia sintió de pronto la necesidad de desahogarse. Apretando nerviosa una servilleta, contó a su amiga su triste historia, que hasta entonces no había compartido con nadie. *** Tras acabar el instituto, Katia no encontró trabajo de lo suyo. En su pueblo era imposible, en la capital, difícil. Una vecina le propuso ir a Madrid: allí siempre hacen falta manos y pagan mejor. Las chicas se colocaron de camareras en una pequeña cafetería. El trabajo era duro, pero los dueños pagaban bien. Al poco tiempo, ascendieron a Katia a encargada (su título universitario). Pero con la vivienda no tuvo suerte: nunca duraba mucho en ninguna habitación alquilada. Los caseros eran todos peculiares: una anciana medio loca, un tío que flirteaba descaradamente… Esto duró hasta que un compañero le propuso compartir un piso de dos habitaciones y dividir el alquiler. Tras pensarlo, Katia aceptó. Ella y Sergio eran buenos amigos, y por entonces Katia salía con otros. Pero sin darse cuenta, la amistad y la convivencia se convirtieron en romance. Alto, guapo, Sergio conquistó el corazón de Katia. Casi cada día le traía flores, le hacía regalos, viajaron juntos a la costa. Katia era feliz como nunca. Pero la felicidad duró poco. Tras unos meses de convivencia, Sergio cambió. Llegaba del trabajo callado, triste, y a sus preguntas respondía: “Tranquila, todo bien”. Pero Katia intuía que algo iba mal. Siguió preguntando hasta que Sergio confesó que se había enamorado de otra. —La amo tanto… no puedo vivir sin ella —se lamentaba. —¿Y yo? —Katia no podía creer lo que oía. —Eres maravillosa, pero te quiero de otra manera, como a una hermana. Katia, dime tú como mujer, ¿qué hago? —¡Vete al diablo! —gritó ella y se encerró en el baño para que no viera sus lágrimas. Pasaron días sin hablarse. Luego Sergio intentó reconciliarse. Resultó que la otra no le correspondía. Y Katia seguía ahí, buena, cariñosa, atenta. Ella perdonó, pero en el fondo quedó la inquietud. Dudaba: ¿seguir con Sergio y vivir siempre con miedo, o mejor sola? Todo se aclaró con el reconocimiento médico para el trabajo. Volvió nerviosa y confusa. —Sergio, tengo que decirte algo —dijo nada más entrar—. Vamos a tener un hijo… —Entonces, casémonos —respondió él, sencillo. *** La boda fue en su pueblo. Katia siguió trabajando en Madrid hasta la baja maternal. Para dar a luz volvió con sus padres. El parto fue duro, pero el pequeño fue la recompensa. Sergio pidió un mes de permiso y estuvo con ellos ayudando en todo. Pero el tiempo pasó y volvió a la capital. Al principio llamaba cada día, hablaban mucho, cada fin de semana visitaba a Katia y al niño. Luego empezó a ir menos, alegando el precio de los billetes. Las llamadas casi cesaron. Medio año después, en una visita, Sergio le dijo: —Tenemos que hablar a solas. Katia tenía al niño en brazos. El corazón le latía más rápido, como presintiendo algo malo. Y no se equivocaba. El horror de más de un año atrás se repetía palabra por palabra. —La amo tanto, no puedo vivir sin ella… —decía Sergio. Katia ya no preguntó: “¿Y yo?” Guardó silencio. Solo dijo: —¿Has pensado en tu hijo? Necesita a su padre. —No dejaré a Sashita. Es lo segundo más importante para mí. Después de ella. Y tú, en tercer lugar… —Mira, hasta medalla de bronce me llevo —sonrió Katia, amarga. Luego tuvo una crisis. Su madre, asustada, acudió al grito. Katia echaba a su marido de casa: —¡Vete con tu fulana! ¡Y no vuelvas por aquí! En la otra habitación, el niño despertó y rompió a llorar. En la puerta, Sergio preguntó: —¿Entonces pido el divorcio? —como si su consentimiento cambiara algo. *** Tras la segunda traición, Katia cayó en depresión. No recuerda si comía, dormía, caminaba como en una nube… Si no fuera por sus padres, su hermana y, sobre todo, por Sashita, quizá habría hecho una locura. Especialmente duro fue recibir la citación judicial. Ese mismo día fue al pueblo vecino a consultar a una adivina sobre qué hacer. ¿Dar el divorcio? Por ley podía negarse, el niño aún no tenía un año. La anciana echó las cartas y le dijo: “A tu marido lo ha embrujado una mujer. Puedo hacer que vuelva, pero no serás feliz. No es tu hombre. Si te traicionó una vez, lo hará otra vez.” —Y hoy nos han divorciado —concluyó Katia su relato—. Ahora no sé cómo seguir. ¿Cómo lo tomará Sashita? ¿Qué le diré cuando pregunte: ‘¿Dónde está mi papá?'” —¡Qué tonta eres, Katia! —Nadia se puso seria—. Deberías alegrarte de que eres joven, no le diste tus mejores años. Tienes salud, inteligencia, tus padres te apoyan… Y hombres, de esos hay para rato. —Fácil decirlo, tú tienes a Máximo y no se ha ido con otra… —No te lo creas, si lo hiciera, hasta le diría adiós con la mano. Últimamente viene borracho casi cada día, y empieza a discutir quién manda en casa… Ya me cansan sus reproches, y no tengo dónde ir. Mis padres lejos, la niña pequeña, sin trabajo… —¿Existen hombres decentes en este mundo? —soltó Katia. —¿Quién sabe? —Nadia se encogió de hombros y fue a la otra habitación a ver si la niña seguía dormida. Katia se quedó sentada, la cabeza entre las manos. Una gris y pesada desesperanza, como niebla otoñal, se arremolinaba en su corazón. *** Al día siguiente, al bajar del autobús, vio enseguida dos figuras queridas: su madre con Sashita en brazos. Al verla, el niño extendió los brazos y balbuceó alegremente. —¡Hola, pequeño! —lo abrazó, y él se aferró fuerte al cuello de su madre y empezó a jugar con su pelo. —Mira lo que te he traído —le dio un cochecito de juguete comprado en el quiosco de la estación—. Es de parte de papá (“Y Sergio ni una golosina le ha mandado”, pensó). —Ta-ta-ta —balbuceó Sashko, y a Katia se le saltaron las lágrimas. —¿Cómo estás, hija? —preguntó la madre, compasiva. —Todo bien —sonrió Katia—. “Tengo que ser fuerte. Aguantaré por ellos”, se repetía como un mantra. Y en voz alta dijo: —Vamos a casa, mamá. Qué ganas tenía de veros…

Al salir del Palacio de Justicia esta tarde, Catalina advierte que la ansiedad y el temblor matutinos han desaparecido; en su mente solo revolotean ideas absurdas, como el peinado estrafalario de la magistrada, el calor sofocante impropio de octubre, o si su hija Jimena estará volviendo loca a la abuela.
Sergio la encuentra en la parada del autobús:
Pues ya está, se acabó el espectáculo… ¿Cómo está la niña?
Bien responde Catalina, seca como el pan de ayer.
Me voy, me esperan.
Catalina piensa, sin sentir nada, Te espera la otra. Es ese instante tras tropezar, cuando el dolor aún no ha llegado. Pronto aparecerá…
No aguarda el autobús y camina hacia la estación. Recorrer las calles de siempre le aporta sosiego, le hace creer que todo permanece igual, que regresa a casa como cualquier martes…
Aunque, siendo sincera, habría sido más sensato tomar la Furgo. Al acercarse, observa cómo el autobús rojo y blanco se aleja despacio. Corre, agita el brazo, pero el conductor ni la mira ni se molesta en parar. Vaya día más simpático, piensa. ¿Y ahora qué hago?
Llama a casa, le dicen que Jimena está siendo un encanto, y avisa que ha perdido el autobús. Llegará mañana por la mañana. Ya os cuento el resto en persona, le dice a su madre antes de colgar.
***
¡Catalina, cuánto tiempo sin verte! exclama Nadia al abrir la puerta, radiante. Ahora es rubia y más esbelta, parece una instagramer junto a la discreta Catalina.
Nadia, ¿puedo quedarme esta noche? pide la invitada. Acabo de divorciarme y encima he perdido el autobús.
Suelta la noticia nada más entrar, para evitar el interrogatorio sobre Sergio y Jimena. Que pregunten por la niña, piensa; de ella sí presume, es la más lista y adorable (como todas las madres creen de sus hijas).
¡Entra, no te quedes ahí! Nadia la toma del brazo y la lleva al salón. Vamos a cenar.
¿Dónde está Máximo? pregunta Catalina.
De viaje por trabajo. Mejor, así no nos molesta. Charlaremos como antes. ¿Cuánto hace que no nos vemos?
Más de un año, desde mi baja maternal…
¿Y la pequeña? Nadia pone la mesa y saca una botella de verdejo, que la ocasión lo merece.
Al principio la conversación no fluye. Repasan el colegio, los compañeros, quién hace qué ahora, pero lo personal ni tocarlo. Quizá por el vino en ayunas, quizá por la oportunidad de hablar con alguien ajeno a la familia, Catalina siente de repente la necesidad de desahogarse. Retorciendo una servilleta, le cuenta a su amiga su historia, esa que nunca había relatado.
***
Al terminar el bachillerato, Catalina no encuentra trabajo de lo suyo. En su pueblo es imposible, y en la capital, casi igual. Una vecina le propone ir a Madrid, donde siempre buscan gente y los sueldos son más dignos. Acaban de camareras en una cafetería pequeña. El trabajo es duro, pero los jefes pagan bien. Pronto, Catalina asciende a encargada, justo lo que pone en su título. Pero con los pisos no tiene suerte: nunca dura mucho en ninguno. Los caseros son todos un caso: desde la abuela medio loca hasta el tipo demasiado simpático con las inquilinas…
Esto sigue hasta que un compañero le sugiere compartir un piso de dos habitaciones y dividir el alquiler. Duda, pero acepta. Con Sergio solo son amigos, y ella sale con otro. Sin embargo, la convivencia y la amistad terminan en romance. Sergio, alto y atractivo, le roba el corazón. Le trae flores, detalles, y juntos se escapan a la costa. Catalina es feliz como una perdiz. Pero la alegría dura poco.
Tras unos meses de convivencia, Sergio cambia. Llega del trabajo callado y apagado, y a sus preguntas responde: Tranquila, todo bien. Pero Catalina intuye que algo no va. Insiste hasta que él confiesa que se ha enamorado de otra.
La quiero tanto… no puedo vivir sin ella se lamenta Sergio.
¿Y yo qué? Catalina no puede creer lo que oye.
Eres maravillosa, pero te quiero como a una hermana. Dime tú, como mujer, ¿qué hago?
¡Vete al demonio! grita ella y se encierra en el baño para que no vea sus lágrimas.
Pasan días sin hablarse. Luego Sergio intenta arreglarlo. Resulta que la otra no le corresponde. Catalina sigue ahí, buena y cariñosa. Lo perdona, aunque la inquietud se instala en su alma. Duda: ¿seguir con Sergio y vivir en vilo, o mejor sola? Todo se aclara con la revisión médica para el trabajo. Vuelve nerviosa y confusa.
Sergio, tengo que decirte algo. le suelta nada más entrar. Vamos a tener un hijo…
Pues nos casamos responde él, sin rodeos.
***
La boda es en su pueblo. Catalina sigue trabajando en Madrid hasta la baja.
Para dar a luz, regresa con sus padres. El parto es duro, pero la pequeña es su recompensa. Sergio pide vacaciones y está un mes ayudando en todo. Pero el tiempo pasa y vuelve a la capital. Al principio llama cada día, hablan largo rato, y los fines de semana viene a ver a Catalina y la niña. Luego empieza a venir menos, alegando que los billetes son caros. Las llamadas también se espacian. Medio año después, en una visita, Sergio le dice:
Tenemos que hablar a solas.
Catalina tiene a la niña en brazos. El corazón le late con fuerza, presintiendo lo peor. Y no se equivoca. Es como revivir el horror de hace más de un año.
La quiero tanto, no puedo vivir sin ella… repite Sergio.
Catalina ya no pregunta: ¿Y yo qué?
Guarda silencio. Solo murmura:
¿Has pensado en la niña? Necesita a su padre.
No voy a dejar a Jimena. Es lo segundo más importante para mí. Después de ella. Tú eres la tercera…
Mira tú, ni tan mal, ¡me llevo el bronce! Catalina sonríe con amargura.
Luego le da una crisis. Su madre, alarmada, acude al grito. Catalina empuja a Sergio fuera:
¡Lárgate con tu amante! ¡Y no vuelvas por aquí!
En la otra habitación, la niña se despierta y rompe a llorar.
En la puerta, Sergio se gira:
¿Entonces pido el divorcio? pregunta, como si su opinión importara.
***
Tras la segunda traición, Catalina cae en depresión. Ni recuerda si come o duerme, va como en una nube… Si no fuera por sus padres, su hermana y, sobre todo, Jimena, quizá habría hecho una locura. Lo peor es recibir la citación judicial. Ese mismo día va al pueblo de al lado a ver a una vidente, buscando consejo. ¿Dar el divorcio? Por ley puede negarse, la niña aún no tiene un año.
La anciana echa las cartas y le dice: A tu marido lo ha embrujado una lagarta. Puedo hacer que vuelva, pero no serás feliz. No es tu hombre. Si te engañó una vez, lo hará otra vez.
Y hoy nos han divorciado termina Catalina su relato. Ahora no sé cómo seguir. ¿Cómo lo tomará Jimena? ¿Qué le diré cuando pregunte: ¿Dónde está mi papá?
¡Ay, Catalina, qué ingenua eres! Nadia se pone seria. Deberías alegrarte de no haberle dado tus mejores años. Tienes salud, cabeza, los padres te apoyan… Y hombres, como el pan, hay para rato.
Fácil decirlo, tú tienes a Máximo y no se ha ido con otra…
No te creas, si lo hiciera, hasta le haría una ola de despedida. Últimamente viene a casa con una copa de más y se pone a discutir quién manda… Me tiene harta, pero no tengo dónde ir. Los padres lejos, la niña pequeña, sin trabajo…
¿Existen hombres decentes en este mundo? se le escapa a Catalina.
¿Quién sabe? Nadia se encoge de hombros y va a ver si la niña sigue dormida. Catalina se queda en la mesa, la cabeza entre las manos. La tristeza, densa como niebla de otoño, se instala en su pecho.
***
Al día siguiente, al bajar del autobús, ve enseguida a su madre con Jimena en brazos. Al verla, la niña extiende los bracitos y balbucea feliz.
¡Hola, pequeña! la abraza, y Jimena se agarra fuerte al cuello de su madre y empieza a enredarle el pelo.
Mira lo que te he traído le da un cochecito de juguete comprado en el quiosco de la estación. Es de parte de tu papá (aunque Sergio ni una triste chocolatina le mandó, piensa).
Ta-ta-ta balbucea Jimena, y a Catalina se le saltan las lágrimas.
¿Cómo estás, hija? pregunta la madre, con ternura.
Todo genial sonríe Catalina. Tengo que ser fuerte. Aguantaré por ellos, se repite como un mantra.
Y en voz alta:
Vámonos a casa, mamá. Qué ganas tenía de veros…

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Una tarde tras el divorcio Cuando Katia salió del juzgado, se sorprendió al notar que no sentía ni nervios ni desesperación como por la mañana; al contrario, pensamientos ajenos le venían a la cabeza: la extravagante melena de la jueza, el calor inusual para octubre, qué estaría haciendo ahora Sashita, ¿le estaría dando mucha guerra a la abuela? Sergio la alcanzó en la parada del autobús: —Bueno, por fin, todo ha terminado… ¿Y el pequeño? —Bien —respondió Katia, escueta. —Entonces me voy. Me esperan. “Te espera ella”, pensó Katia, pero, como antes, sin emoción alguna. Era como ese estado de shock en el que, tras una herida grave, uno no siente dolor. El dolor llegaría después… No esperó el autobús y se fue andando a la estación. Caminar por las calles conocidas la calmaba, le hacía sentir que no había pasado nada, que simplemente volvía a casa como siempre… Pero habría sido mejor tomar el microbús. Al acercarse a la estación, Katia vio cómo el familiar autobús rojo y blanco se alejaba despacio de la plataforma. Corrió, agitó la mano, pero el conductor no la vio o no quiso parar. “Vaya día”, se dijo. “¿Y ahora qué hago?” Llamó a casa, supo que Sashita se portaba bien y avisó que había perdido el autobús. Llegaría mañana por la mañana. “Todo lo demás lo cuento en casa”, respondió a la pregunta de su madre y colgó. *** —¡Katiuska, cuánto tiempo! —exclamó Nadia al abrir la puerta. Había cambiado mucho desde la última vez que se vieron: ahora era rubia y más delgada. La antigua compañera de clase parecía una modelo, sobre todo junto a la modestamente vestida Katia. —Nadia, ¿me dejas quedarme esta noche? —pidió la invitada—. Verás, acabo de divorciarme y encima he perdido el autobús. Soltó la noticia nada más entrar, para evitar las inevitables preguntas sobre Sergio y Sashita. Que preguntara por el pequeño, eso sí. Katia estaba orgullosa de su hijo: era el mejor, el más listo (como toda madre piensa de su criatura). —Pasa, no te quedes en la puerta —charloteaba Nadia, tomándola de la mano y llevándola con cuidado, como si estuviera enferma, al salón—. Ahora cenamos. —¿Y dónde está Máximo? —preguntó Katia. —De viaje. Mejor, así no nos molesta. Charlaremos hasta hartarnos, como en los viejos tiempos. ¿Cuánto hace que no nos vemos? —Más de un año, creo. Desde que me fui de baja maternal… —¿Y qué tal el pequeño? —Nadia ponía la mesa rápidamente. Sacó una botella de vino blanco: había que celebrar el reencuentro. Al principio la conversación no fluía. Recordaron los años de colegio, los compañeros, qué hacía cada uno ahora, pero evitaban temas personales. Quizá por el vino en ayunas, quizá por la oportunidad de hablar con alguien que no fuera familia, Katia sintió de pronto la necesidad de desahogarse. Apretando nerviosa una servilleta, contó a su amiga su triste historia, que hasta entonces no había compartido con nadie. *** Tras acabar el instituto, Katia no encontró trabajo de lo suyo. En su pueblo era imposible, en la capital, difícil. Una vecina le propuso ir a Madrid: allí siempre hacen falta manos y pagan mejor. Las chicas se colocaron de camareras en una pequeña cafetería. El trabajo era duro, pero los dueños pagaban bien. Al poco tiempo, ascendieron a Katia a encargada (su título universitario). Pero con la vivienda no tuvo suerte: nunca duraba mucho en ninguna habitación alquilada. Los caseros eran todos peculiares: una anciana medio loca, un tío que flirteaba descaradamente… Esto duró hasta que un compañero le propuso compartir un piso de dos habitaciones y dividir el alquiler. Tras pensarlo, Katia aceptó. Ella y Sergio eran buenos amigos, y por entonces Katia salía con otros. Pero sin darse cuenta, la amistad y la convivencia se convirtieron en romance. Alto, guapo, Sergio conquistó el corazón de Katia. Casi cada día le traía flores, le hacía regalos, viajaron juntos a la costa. Katia era feliz como nunca. Pero la felicidad duró poco. Tras unos meses de convivencia, Sergio cambió. Llegaba del trabajo callado, triste, y a sus preguntas respondía: “Tranquila, todo bien”. Pero Katia intuía que algo iba mal. Siguió preguntando hasta que Sergio confesó que se había enamorado de otra. —La amo tanto… no puedo vivir sin ella —se lamentaba. —¿Y yo? —Katia no podía creer lo que oía. —Eres maravillosa, pero te quiero de otra manera, como a una hermana. Katia, dime tú como mujer, ¿qué hago? —¡Vete al diablo! —gritó ella y se encerró en el baño para que no viera sus lágrimas. Pasaron días sin hablarse. Luego Sergio intentó reconciliarse. Resultó que la otra no le correspondía. Y Katia seguía ahí, buena, cariñosa, atenta. Ella perdonó, pero en el fondo quedó la inquietud. Dudaba: ¿seguir con Sergio y vivir siempre con miedo, o mejor sola? Todo se aclaró con el reconocimiento médico para el trabajo. Volvió nerviosa y confusa. —Sergio, tengo que decirte algo —dijo nada más entrar—. Vamos a tener un hijo… —Entonces, casémonos —respondió él, sencillo. *** La boda fue en su pueblo. Katia siguió trabajando en Madrid hasta la baja maternal. Para dar a luz volvió con sus padres. El parto fue duro, pero el pequeño fue la recompensa. Sergio pidió un mes de permiso y estuvo con ellos ayudando en todo. Pero el tiempo pasó y volvió a la capital. Al principio llamaba cada día, hablaban mucho, cada fin de semana visitaba a Katia y al niño. Luego empezó a ir menos, alegando el precio de los billetes. Las llamadas casi cesaron. Medio año después, en una visita, Sergio le dijo: —Tenemos que hablar a solas. Katia tenía al niño en brazos. El corazón le latía más rápido, como presintiendo algo malo. Y no se equivocaba. El horror de más de un año atrás se repetía palabra por palabra. —La amo tanto, no puedo vivir sin ella… —decía Sergio. Katia ya no preguntó: “¿Y yo?” Guardó silencio. Solo dijo: —¿Has pensado en tu hijo? Necesita a su padre. —No dejaré a Sashita. Es lo segundo más importante para mí. Después de ella. Y tú, en tercer lugar… —Mira, hasta medalla de bronce me llevo —sonrió Katia, amarga. Luego tuvo una crisis. Su madre, asustada, acudió al grito. Katia echaba a su marido de casa: —¡Vete con tu fulana! ¡Y no vuelvas por aquí! En la otra habitación, el niño despertó y rompió a llorar. En la puerta, Sergio preguntó: —¿Entonces pido el divorcio? —como si su consentimiento cambiara algo. *** Tras la segunda traición, Katia cayó en depresión. No recuerda si comía, dormía, caminaba como en una nube… Si no fuera por sus padres, su hermana y, sobre todo, por Sashita, quizá habría hecho una locura. Especialmente duro fue recibir la citación judicial. Ese mismo día fue al pueblo vecino a consultar a una adivina sobre qué hacer. ¿Dar el divorcio? Por ley podía negarse, el niño aún no tenía un año. La anciana echó las cartas y le dijo: “A tu marido lo ha embrujado una mujer. Puedo hacer que vuelva, pero no serás feliz. No es tu hombre. Si te traicionó una vez, lo hará otra vez.” —Y hoy nos han divorciado —concluyó Katia su relato—. Ahora no sé cómo seguir. ¿Cómo lo tomará Sashita? ¿Qué le diré cuando pregunte: ‘¿Dónde está mi papá?'” —¡Qué tonta eres, Katia! —Nadia se puso seria—. Deberías alegrarte de que eres joven, no le diste tus mejores años. Tienes salud, inteligencia, tus padres te apoyan… Y hombres, de esos hay para rato. —Fácil decirlo, tú tienes a Máximo y no se ha ido con otra… —No te lo creas, si lo hiciera, hasta le diría adiós con la mano. Últimamente viene borracho casi cada día, y empieza a discutir quién manda en casa… Ya me cansan sus reproches, y no tengo dónde ir. Mis padres lejos, la niña pequeña, sin trabajo… —¿Existen hombres decentes en este mundo? —soltó Katia. —¿Quién sabe? —Nadia se encogió de hombros y fue a la otra habitación a ver si la niña seguía dormida. Katia se quedó sentada, la cabeza entre las manos. Una gris y pesada desesperanza, como niebla otoñal, se arremolinaba en su corazón. *** Al día siguiente, al bajar del autobús, vio enseguida dos figuras queridas: su madre con Sashita en brazos. Al verla, el niño extendió los brazos y balbuceó alegremente. —¡Hola, pequeño! —lo abrazó, y él se aferró fuerte al cuello de su madre y empezó a jugar con su pelo. —Mira lo que te he traído —le dio un cochecito de juguete comprado en el quiosco de la estación—. Es de parte de papá (“Y Sergio ni una golosina le ha mandado”, pensó). —Ta-ta-ta —balbuceó Sashko, y a Katia se le saltaron las lágrimas. —¿Cómo estás, hija? —preguntó la madre, compasiva. —Todo bien —sonrió Katia—. “Tengo que ser fuerte. Aguantaré por ellos”, se repetía como un mantra. Y en voz alta dijo: —Vamos a casa, mamá. Qué ganas tenía de veros…
¿Y QUÉ SI PERDIÓ LOS NERVIOS…? —¿Pero a quién le importas tú, vieja bruja? No sirves más que para…