Mi marido mantiene una correspondencia muy animada con una antigua compañera.

Mi esposo mantiene una correspondencia animadísima con una antigua amiga.

A veces, mientras resbalo por las escaleras de mármol de nuestra casa en el barrio de Salamanca, me parece que tengo una suerte inmensa por tener a mi lado a mi esposo. Es casi un hombre perfecto, con ese porte discreto y sonrisa siempre a punto. Pero, claro, la perfección no existe, ni siquiera en los sueños más dulces en una siesta de verano en La Mancha.

El caso es que mi marido, Ignacio, tiene un defecto minúsculo pero persistente: es exageradamente sociable, amistoso y abierto, tan cordial con quien se cruce por la Gran Vía como en la fila para entrar al Museo del Prado. Algunos dirían que eso no tiene nada de malo, pero

Ignacio cultiva amistades femeninas. No oculta nunca ningún mensaje ni contraseñas de sus móviles, y no hay nada extraño en sus correos, pero aun así me chirría en lo más hondo eso de que mantenga charla constante con una excompañera, Carmen. Hace años que Carmen se casó y se mudó con su marido a Lisboa, pero nunca ha dejado de deambular como una sombra silenciosa en nuestra vida. Su nombre sigue apareciendo en casa, como si fuera la melodía pegadiza de un anuncio de turrón en diciembre.

Si algo insólito le ocurre en el despacho o se tropieza con una historia peculiar en el AVE a Barcelona, se lo cuenta primero a dos mujeres: a mí, su esposa, y a Carmen, su vieja amiga. Si tiene que tomar una decisión importante cambiar de banco, comprar una mantelería nueva consulta no solo conmigo, sino también con ella. Ignacio lo comenta todo con Carmen, y a veces son conversaciones sobre asuntos que solo nos incumben a nosotros dos. Este detalle me resulta tan extraño como ver flamencos rosados bailando en la Plaza Mayor.

Que conste, vuelvo a decirlo: es excelente marido. En casa repartimos las tareas por igual y él gana bien su sueldo en euros; a menudo salimos juntos, va conmigo al cine en la calle Fuencarral, a obras de teatro en Lavapiés, a cenar pinchos en tabernas de Chueca. Sin embargo, no dejo de preguntarme con tristeza por qué tiene esa necesidad de compartir su tiempo, sus historias y sus dudas con otra mujer.

Y quizás, aunque suene ridículo bajo esta luna temblorosa que se cuela por mi ventana, empiezo a sentir celos de mi propio esposo. Celos que no he sentido jamás por ninguna otra de sus compañeras de trabajo.

A veces me miro en el reflejo del ventanal y no comprendo: ¿qué le falta a Ignacio? ¿Por qué esa extraña amistad, tan persistente como las huellas de pasos en la arena de la playa de San Sebastián?

Rate article
Add a comment

;-) :| :x :twisted: :smile: :shock: :sad: :roll: :razz: :oops: :o :mrgreen: :lol: :idea: :grin: :evil: :cry: :cool: :arrow: :???: :?: :!:

eight + eight =