Doble Felicidad

**Doble Felicidad**

Isabel conoció a Javier cuando buscaba trabajo en una empresa importante de Madrid. Vistió de forma profesional, sin joyas excepto un anillo fino y unos pendientes casi invisibles bajo su melena rubia. Maquillaje discreto. Ansiaba ese empleo: buen sueldo, horario flexible, la oficina cerca de casa.

Llevaba tres semanas de entrevistas infructuosas. Siempre la misma excusa: poca experiencia o su edad. “Demasiado joven, pronto se casará y pedirá maternidad”, le decían. O le ofrecían sueldos miserables.

Llegó media hora antes y esperó en el pasillo. Finalmente, la llamaron. La entrevistadora era una mujer severa de unos cincuenta años, pelo blanco corto. Isabel, nerviosa, olvidó su nombre en el acto.

Respondió con claridad, pero intuía el rechazo.
—¿Por qué dejó su último trabajo?— preguntó la mujer.
—Prefiero no responder. Motivos personales— dijo Isabel.
—¿Podría detallarlo?
—El jefe… se excedió en atenciones— respondió evasiva.
—Entiendo— la mujer bajó la mirada al currículum. El silencio se alargó.
—Aquí el trabajo exige especialización…— murmuró sin mirarla.
—¿Todos aquí tienen formación específica? ¿Hasta los secretarios?— desafió Isabel.
—Tendríamos que formarla…
—Aprendo rápido. Esperé cuarenta minutos. No hay más candidatos. ¿Le molestan mi edad, mi formación, mi aspecto? No pienso casarme ni ser madre pronto. Y la experiencia… ¡Para tenerla, necesito que me contraten!— La rabia brotó. Había depositado sus esperanzas ahí.
—¿Me voy y espero su llamada?— Se levantó, sabiendo que había quemado sus opciones.

—Siéntese— ordenó la mujer. —Tienes carácter— la observó con interés. —La entiendo, pero comprenda usted: no podemos contratar al primero que llega. Trabajamos con socios internacionales.
—Hablo inglés bien. Necesito este trabajo— suplicó Isabel, conteniendo las lágrimas.

—Doña Margarita, ¿está ocupada?— Un hombre entró en el despacho. —Disculpe, ¿hay entrevista?
*”Ah, se llama Margarita”*, memorizó Isabel.
—¿Algo urgente, Javier? Termino enseguida. Espéreme en la sala de reuniones.
El hombre miró a Isabel, desanimada.
—Si no la contratan, venga con nosotros. Necesitamos empleadas así— le tendió una tarjeta.
—Javier, no me robe candidatos— reprendió Margarita.

El corazón de Isabel palpitó. ¿La había llamado *”empleada”*?
Javier guiñó un ojo y salió.

—Bien. La contrataré con periodo de prueba— concedió Margarita. —Presente mañana sus documentos en Recursos Humanos. Después, oficina 204. Laura le explicará sus funciones.
—Los traigo conmigo— ofreció Isabel.
—*Mañana*— insistió la mujer. —Hasta entonces.

Isabel salió radiante como el sol de febrero, que derretía las últimas nieves. ¡Tenía trabajo! Compró un pastel para celebrarlo con su madre.

Un coche se detuvo junto a ella. Era Javier.
—¿Puedo felicitarla? Suba, la llevo.
—No es necesario, vivo cerca— rechazó.
—Por favor— insistió él.

Al final, accedió. Le debía algo; su intervención había sido clave.
—Es hora de comer. ¿Almorzamos? Luego la llevo a casa— propuso.
—Vale— aceptó. —¿Usted trabaja allí?
—No, en otra compañía, pero colaboramos. Nos veremos a menudo. No bromeé: si no la hubieran tomado, la habría contratado yo.

En el café, charlaron. Isabel notó que le gustaba. Atractivo, sin anillo. Usó *”usted”*, evitando confianzas. Al despedirse, él pidió su número.

Llegó a casa feliz, con el pastel.
—¿Te han cogido?— preguntó su madre.
—¡Sí! ¡Celebramos!
Le contó lo de Javier.
—Ten cuidado, hija. Los romances laborales son peligrosos. Él saldrá impune; a ti te despedirán.
—Mamá, trabaja en otra empresa. Fue casualidad.

Al día siguiente, Javier la llamó. Treinta y dos años, soltero. Habló de su trabajo, dio consejos. Fue fácil congeniar. Pronto quedaban en su piso.
—¿Y si lo descubren? Eres socio, tampoco estará bien— preguntó Isabel una noche. —¿Y si te cuento secretos de la empresa sin querer?
—No lo sabrán— él la besó.
—Pensé que tú y Margarita…
—Solo negocios. Ella evita a los hombres— respondió.

Año y medio después, se casaron. Isabel usaba anticonceptivos; había prometido no ser madre pronto.

Seis meses más tarde, la ascendieron al departamento jurídico. Valoraba su empleo, pero tras tres años, dejó de preocuparse. “No voy a ser madre a los cuarenta”, pensaba. Pero el tiempo pasaba sin embarazos.

—Dos años no es nada— la calmó Javier. —O hazte pruebas. Quizá el problema sea mío.
Los resultados fueron normales.

Pasaron cinco años más. Nada.

En su cumpleaños, la madre de Javier le susurró:
—Mi mejor regalo sería un nieto— con mirada reprobatoria.

Poco después, Isabel amanecía con náuseas. Creía que era una indigestión, hasta que el médico confirmó: estaba embarazada. Esa noche, preparó una cena especial.

—¿En serio? ¡Ves como no había que preocuparse!— Javier llamó a su madre enseguida.

Tras la ecografía, Isabel se angustió. Esperaba gemelos. Dos bebés significaban el doble de gastos, noches en vela…

—No temas— la tranquilizó Javier. —Somos dos: un niño para cada uno. Las abuelas ayudarán.

Su barriga creció rápido. En el noveno mes, caminaba como un pato. El parto fue rápido. En el hospital, le entregaron dos farditos. Amamantaba a turnos, temiendo quedarse sin leche.

En la foto de alta, Javier sostenía a los bebés, desbordado.

En casa, el caos. Isabel no daba abasto. Javier ayudaba, pero ambos extenuados. Una noche, él anunció:
—Dormiré en casa de mi madre. Mañana tengo reunión importante.

Isabel lloró desconsolada. Al día siguiente, él no regresó.

Agotada, llamó a su madre.
—Habla con él. Así llegarán al divorcio— aconsejó.

Javier volvió para soltarlo:
—En mi familia nunca hubo gemelos… Dudo que sean míos.
—¡Tonterías! Haz un test. ¿Te ha puesto tu madre en contra? Primero se quejaba de que no me quedaba embarazada, ¡y ahora le sobran dos nietos!
—No soporto este ritmo. Me iré un tiempo con ella— declaró.

Isabel, aturdida, apenas podía respirar.
—¿Estás loco? ¿Me dejas sola?
—Pídele ayuda a tu madre— sugirió él.

—¡Es tu piso! ¿Nos echarás a la calle?
—No. Quédense. Y el capital maternal… Pero renuncia a la pensión. No puedo pagar un tercio de mi sueldo.
—¿Y tus hijos?— gritó ella.
—Hablamos cuando te calmes— se marchó.

Su madre la encontró en el suelo, sollozando:
—¡No puedo más!

A los dos meses, unas compañeras la visitaron. Isabel, sorprendida, se emocionó. Habían recaudado dinero y ropa de bebé.
—¿De quién fue la idea?
—De Margarita. Te pagará si trabajas desde casa.

La vida mejoró. Los niños crecieron,Años después, mientras sus hijos corrían hacia ella en el parque, Isabel sonrió al recordar que, en realidad, la vida le había dado dos veces la misma felicidad.

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