**Chantaje**
Apenas habían terminado las vacaciones de Navidad cuando ya se acercaba otro festejo: el cumpleaños de papá. Otra vez tocaba pensar en el regalo. Era un aniversario especial, así que querían darle algo único. Pero… ¿qué?
Para no perder el tiempo, la hija menor, Lucía, le preguntó directamente a su mamá:
—¿Y si le regalamos un televisor nuevo?
—¡Ay, hija, por Dios! Ni lo pienses. ¿Y este qué? Si está como nuevo. No gastéis dinero en tonterías. Ya tenemos de todo, no necesitamos más. Vosotros sois jóvenes, ahorrad para vosotros.
Vaya, que ayuda cero.
Las hermanas quedaron para discutir el tema. Lo más fácil era juntar dinero y comprar algo espectacular, algo que sus padres nunca se permitirían. Pero… ¿qué?
Óscar, el marido de Marta, la hermana mayor, sugirió pagarles un viaje a algún sitio cálido. No iban a la playa desde hacía quince años.
—No irán a ningún lado —dijo Marta—. Papá devolverá los billetes enseguida. O los venderá él mismo. ¿Te acuerdas de cómo se mosqueó cuando supo que nos íbamos a Turquía de vacaciones? Para ellos, no hay mejor plan que la casita en el pueblo. Desde enero ya están soñando con la huerta. No les robemos esa ilusión. Hay que pensar en otra cosa.
—¿Y si les compramos muebles? O hacemos reforma en el piso este verano, cuando estén fuera —propuso Lucía.
—¿Y cómo le presentas eso? —replicó Marta—. *”Felicidades, papá, te regalamos una reforma, pero la haremos cuando no estés”*. ¿No te parece raro? Además, ya lo íbamos a hacer igual. No, el regalo tiene que ser algo tangible.
Lucía contó lo que había dicho su madre.
—A mí me dijo lo mismo —suspiró Marta—. “No nos hace falta nada”. ¿Y si nos rendimos y le compramos algo típico?
—No sé… —frunció el ceño Lucía.
Siguieron discutiendo, pero sin llegar a ningún acuerdo.
—Bueno, pues cada uno que compre lo que quiera —concluyó Pablo, el marido de Lucía.
A él no le gustaba ir de compras. A su mujer siempre le regalaba joyas o perfume, dependiendo de la ocasión. Así que Lucía sabía que le tocaba buscar algo sola.
Faltaban tres semanas. Casi cada día, Lucía entraba en alguna tienda buscando la idea perfecta. Por las noches, le contaba a su marido, pero Pablo no era de mucha ayuda. A todo le decía que sí con tal de no involucrarse. Vaya estrés elegir algo… Hasta que un día, en una pequeña tienda, vio un reloj de pared.
Era casi idéntico al que tenían antes en casa, aunque más pequeño. Aquel reloj lo había heredado su padre del abuelo, y lo adoraba.
Lucía recordaba cómo a ella y a Marta les sacaba de quicio su tic-tac estridente, y aún más la campanada de cada hora. Primero hacía un ruido raro, como aclarándose la garganta, antes de dar el golpe.
Hasta le escondieron la llave para que no pudiera darle cuerda. Pero su padre decía que, sin él, la casa estaba muerta. Fue al Rastro, encontró otra llave (el mecanismo era sencillo) y lo puso de nuevo en marcha.
Y otra vez el maldito tic-tac, las campanadas que no dejaban dormir… Hasta que Marta lo rompió. Su padre se puso hecho una furia, preguntando quién había sido. Las hermanas juraron que había sido el tiempo. *”Seguro que es de antes de la guerra, quién sabe si de la época de la República.”*
El reloj lo arreglaron, pero empezó a retrasarse y dejó de sonar. Solo hacía ese ruido horrible. Luego, se paró del todo. Aun así, su padre no permitió que lo quitasen de la pared. *”Es un recuerdo, no molesta a nadie.”* Y allí siguió, como un reproche silencioso a las hermanas.
Con la última reforma, por fin consiguieron que no lo volviera a colgar. Quedaba fatal con la decoración moderna. Su padre lo llevó al pueblo, pero un día se cayó y se hizo añicos.
Lucía le preguntó al tendero sobre el reloj que había visto. Alabó su precisión, aunque no daba la hora. ¡Perfecto! Se entusiasmó con la idea. No era el del abuelo, pero su padre apreciaría el gesto.
Era caro y pesado. Decidió volver al día siguiente con Pablo y el coche. Le pidió al tendero que se lo guardara.
—No se preocupe, nadie lo va a comprar —dijo él—. La gente hoy prefiere cosas modernas. O buscan relojes con sonido por nostalgia.
Lucía salió de la tienda contenta. ¡Por fin tenía el regalo! Y era perfecto. Como celebración, entró en un café cercano. Buscando mesa, vio a Óscar con Marta.
Se alegró tanto que ni pensó en qué hacían tan lejos de su trabajo y casa. Dio un paso hacia ellos, y en ese momento, la mujer giró la cabeza.
Lucía se dio cuenta de que no era Marta, aunque se le parecía mucho. Hasta la ropa era igual: jersey ajustado, collar de perlas, pantalones holgados.
El pelo oscuro y ondulado, aunque quizás más corto. Los ojos grises (los de Marta eran marrones). Lucía siempre había envidiado a su hermana mayor. Ella era más pálida, el sol no le pegaba bien y, cuando mentía, se ponía colorada al instante.
Pero el hombre era Óscar, sin duda.
Antes de que la viera, se sentó cerca de la entrada, escondiéndose detrás de otro cliente. Observó cómo se miraban, cómo Óscar le apretaba la mano. No eran simples conocidos.
Qué práctico elegir una amante que se parezca a tu mujer. ¿Le habría dicho a una que se vistiera como la otra? Lucía estaba segura de que hasta los perfumes serían iguales.
No le sorprendió. Siempre había esperado algo así de Óscar.
—¿Señora, le molesto? ¿Quiere que me cambie de mesa? —preguntó el chico tras el que se escondía.
—¡Shhh! —le hizo callar—. Por favor, hable bajo. Ahí está mi cuñado con otra mujer. No se mueva, que no me vea. Voy a sacar una foto y me voy.
El chico se quedó tieso. Lucía sacó el móvil y capturó el momento en que la mujer se levantaba y Óscar giraba la cabeza. Se veía claramente que se conocían.
Escondió el teléfono cuando la mujer pasó junto a ella (seguro iba al baño). Esperó a que volviera para irse, evitando que Óscar la descubriera.
Óscar era guapo, gracioso, seguro de sí mismo… Pero por eso mismo nunca le había caído bien. Demasiado perfecto. Y ahí estaba, en un café con otra.
Pablo, su marido, no tenía ese carisma. No era tan ocurrente, pero era transparente. Y por eso lo quería.
En la parada, esperó quince minutos hasta que salieron. Óscar abrió la puerta del coche a su acompañante. Lucía lamentó no tener el móvil a mano. Al pasar el coche, otra vez ese parecido con Marta.
Subió al autobús sin pensar y, al darse cuenta de que no iba a su casa, decidió seguir hasta la de Marta.
—¡Qué bien que has venido! —Marta la recibió con alegría—. Pasa, que Óscar llega ahora y cenamos. ¿O has venido por algo?
—Estaba por la zona y pensé en verte. ¿Ya tenéis regalo para papá? —desvió el tema, ruborizándose.
—Sí, ahora te lo enseño. —Marta le mostró fotos de una bicicleta—. La suAl día siguiente, mientras abrazaba a su padre en su cumpleaños y veía sus ojos brillar al recibir el reloj, Lucía decidió guardar el secreto de Óscar para siempre, porque algunas batallas no valían la pena librarlas.






