**Segunda Oportunidad**
—¡Lo conseguimos! ¡Viva! —gritó Marga, alzando los brazos al cielo.
—Baja la voz —susurró Lola, notando la mirada reprobadora de una señora mayor que pasaba a su lado.
—No puedo callarme. ¡Quiero que todo el mundo celebre conmigo! —Marga volvió a saltar, radiante.
Un hombre negó con la cabeza, mientras dos chicos le hicieron un pulgar arriba y les sonrieron.
—Basta, Marga, vas a llamar la atención —se quejó Lola, incómoda.
—Qué sosa eres, Loli. Oye, tengo hambre. ¿Vamos a un café?
—Vamos —aceptó Lola al instante, con tal de que Marga dejara de saltar como una cabra.
En el café, pidieron dos botellines de zumo y una pizza para compartir.
Cuando la camarera trajo la comida, Marga se frotó las manos, cogió un trozo de pizza y le dio un mordisco.
—¡Mmm… Qué rica! Apuesto a que me como la pizza entera yo sola, ¿eh? —dijo con la boca llena.
Lola alcanzó su trozo, pero al oír eso, retiró la mano.
—Come tú. No tengo tanta hambre —mintió.
—Loli, ¿es que no pillas las bromas? —Marga dejó de masticar—. Come, o me enfado. ¿Qué piensas hacer hasta que empiecen las clases?
—No sé. Descansar, cargar pilas antes del curso —respondió Lola.
—Pues nosotras nos vamos al sur pasado mañana. ¿Te vienes? —propuso Marga, agarrando otro trozo.
—¿A pie? Es temporada alta, no hay billetes. Además, en casa se está bien.
—Vaya egoísta soy. Tendría que habérmelo imaginado. Perdona. El año que viene vendrás con nosotras, te lo prometo —aseguró Marga.
—Primero hay que llegar al verano —repuso Lola, práctica como siempre.
—Oye, ese chico de la mesa de al lado no te quita ojo —susurró Marga, inclinándose.
—¿Cuál? —Lola se giró bruscamente y se encontró con la mirada de un chico de pelo rizado.
Él le sonrió, haciendo brillar los cristales de sus gafas.
Lola se ruborizó y apartó la vista.
—No está mal, eh. Parece un actor. Mira, viene hacia aquí —advirtió Marga, bajando la voz.
—Hola, ¿puedo unirme a vosotras? —sonó la voz del chico detrás de Lola.
—Claro —asintió Marga, señalando la silla libre.
—Gracias. Soy Javier —se presentó, sentándose.
—Javier… ¡Qué nombre tan contundente! —soltó Marga, riendo.
—Has acertado. Significa “el que brilla”, “valiente”. En mi familia, es un nombre que se repite. Mi abuelo era Javier, mi padre Francisco Javier, y yo otra vez Javier.
—¿Y si nace una chica? —preguntó Marga, demasiado interesada.
—Pues no pasa nada, pero mi abuela decía que hasta que no hubiera un Javier, no se callaba. Siempre ha habido uno —explicó, mirando a Lola—. ¿Y vosotras cómo os llamáis?
—Yo soy Margarita, pero Marga basta —dijo, tendiéndole la mano—. Y esta es mi amiga Lola.
Javier le estrechó la mano y volvió a clavarle los ojos a Lola.
—Tienes un nombre precioso.
—Bueno, vosotros seguid charlando, que yo me voy —anunció Marga, levantándose.
—Marga, ¿adónde vas? —se alarmó Lola.
—Tranquila. De verdad tengo que irme. Con lo de viajar, tengo que preparar las maletas. —Le guiñó un ojo a Lola y se marchó.
—Espero que tú no tengas que irte aún —dijo Javier, mirándola con esperanza.
—No, pero…
—Pues perfecto. ¿Qué tal si vamos al cine? —propuso, sin dejarla terminar—. O simplemente damos un paseo.
—¿Siempre eres tan… directo? —preguntó Lola.
—No. Solo cuando me gusta una chica.
—¿Y cuándo te he gustado? Si nos acabamos de conocer.
—¿Y eso qué importa? La primera impresión es la que cuenta —se encogió de hombros.
La miró con ojos suplicantes.
—Vale. Vamos al cine —aceptó Lola, sonriendo—. Total, no tengo nada mejor que hacer.
La película estuvo entretenida. La sala estaba medio vacía, era día laborable. Javier le cogió la mano. Ella solo la soltó cuando se encendieron las luces.
—¿Damos una vuelta? —preguntó él al salir.
—Mi madre me espera.
—Entonces, ¿te acompaño?
Caminaron y hablaron. Con él era fácil. Javier sabía un montón de chistes e historias graciosas. Lola no recordaba cuándo había reído tanto.
—Ya hemos llegado —dijo ella, algo apenada, frente a su portal.
—Qué pena. ¿Vives con tu madre?
—Sí. ¿Y tú?
—Con mi padre. Mis padres se divorciaron, cada uno tiene su nueva familia. El nuevo marido de mi madre era un pesado, siempre dando lecciones. Así que me fui con mi padre. Su nueva mujer es un poema, pero al menos me deja en paz.
Hizo una pausa y añadió:
—De verdad me gustas. Mañana vengo a las doce. ¿Sales?
Lola asintió y salió corriendo hacia casa.
Hasta que empezaron las clases, no se separaron. Todo fue muy rápido, como solo pasa cuando eres joven.
—Lola, vayámonos a vivir juntos —propuso Javier un día.
—Javi, llevamos nada. ¿De qué vamos a vivir? ¿Dónde? Somos estudiantes.
—Tengo un piso. Era de mi abuela. Hablaré con mi padre. ¿Tienes miedo de que tu madre no te dé permiso? Pues nos casamos. Puedo trabajar por las tardes…
—No sé si es buena idea —dudó Lola.
—Ya sabía yo que te asustarías.
—No me asusto —se defendió ella.
—¿Entonces sí? ¡Lola, te adoro! —Javier la levantó en volandas y la hizo girar.
En ese momento, ella creyó que serían felices. Y al principio, lo fueron.
Se casaron por lo civil. El padre de Javier les dio el dinero ahorrado para la boda, con la condición de que fueran prudentes. Pero por mucho que lo intentaron, el dinero se les esfumó enseguida.
Javier empezó a trabajar por las noches en un restaurante de comida rápida. Llegaba agotado, se dormía en clase, suspendía. Lola entendió que, si seguía así, lo echarían de la universidad. Había que hacer algo.
—¿Otra vez macarrones? —frunció el ceño Javier, llegando a medianoche.
—Lo siento, no hay para carne —suspiro ella.
—¿O sea, que no gano ni para un filete? ¿Eso quieres decir? —replicó él, malhumorado.
—No. Creo que deberías dejar el trabajo. Vas a abandonar los estudios. No puede seguir así. Ya me discutes por tonterías. ¿Qué será lo siguiente? Javi, cortemos, antes de que acabemos odiándonos.
—Lola, no exageres. Solo estoy cansado.
—No soporto verte agotado y solo de noche. —Se mordió el labio—. Sabes qué, ya no te quiero.
—No es verdad. ¿Por qué dices eso? —Javier la agarró del brazo.
—No te quiero —repAños después, rodeados de risas de sus hijos y el calor de un hogar que construyeron con paciencia, supieron que la segunda oportunidad había sido la mejor decisión de sus vidas.







