La amiga perfecta

**Mi mejor amiga**

—¡Feliz cumpleaños! —Lucía le tendió a su amiga una bolsa de regalo.

—Gracias —susurró Marta, dándole un beso en la mejilla—. Ya lo veré más tarde, ¿vale? Pasa.

Lucía entró en la habitación, donde una mesa adornada ocupaba el centro. Junto a la ventana, dos chicos charlaban distraídos.

—¿Os presento a mi mejor amiga, Lucía? Nos conocemos desde el instituto. Y estos son Álvaro y Rodrigo. El de la derecha es Álvaro —le murmuró Marta al oído—. Mi novio. No te confundas.

Ambos chicos clavaron la mirada en Lucía. Rodrigo, el otro muchacho, sonrió con simpatía.

—Vale, id conociéndoos mientras yo voy a revisar la carne, que se quema —dijo Marta, desapareciendo hacia la cocina.

Lucía se sintió perdida, sin saber qué hacer. Fue Rodrigo quien la rescató, rodeando la mesa para acercarse.

—Álvaro y yo también nos conocemos desde el instituto. Vine a visitarle y acabé en el cumpleaños de su novia.

De cerca, le pareció aún más atractivo.

Llamaron a la puerta y pronto la habitación se llenó de gente bulliciosa, haciendo imposible conversar. En la mesa, Rodrigo se sentó junto a Lucía. Su proximidad y sus miradas le hacían arder las mejillas. Durante el baile, él le propuso escapar.

—Marta se enfadará…

—Bah, con tanta gente ni notará que nos fuimos. Vamos, antes de que vuelva. —La tomó de la mano y la guió hacia la salida.

Pasearon por Madrid, descubriendo cuánto tenían en común. Ninguno disfrutaba de las multitudes. Esa noche, Marta llamó molesta, reprochándole a Lucía haber abandonado la fiesta sin despedirse.

Pasaron días sin hablarse, hasta que Marta, arrepentida, fue a hacer las paces. Confesó que había roto con Álvaro.

—¿Y tú qué? ¿Enamorada? —preguntó, notando la mirada ausente de su amiga.

—Perdona, ¡pero es que estoy tan feliz! —exclamó Lucía—. Rodrigo me ha pedido que me case con él. Aunque la boda será en otoño. ¿Serás mi testigo? Marta, todo ha pasado tan rápido… Fue por vosotros que nos conocimos, y ahora os separasteis. A ti también te llegará, ya verás.

A Marta nunca le duraban los novios. Se enamoraban de su belleza, como polillas de una luz, pero el interés se desvanecía antes de llegar al altar.

—Hay muchas como ella, pero tú eres única —dijo Rodrigo cuando Lucía le preguntó por qué se había fijado en ella y no en Marta, siendo esta más guapa.

Tras la boda, se mudaron al piso de los padres de Rodrigo, separados hacía años. Su padre había abandonado el hogar antes del divorcio, y su madre, tras volver a casarse, se había ido al extranjero.

—Qué suerte tienes, Lucía. Un marido guapo y con piso. De haberlo sabido antes, ahora sería yo la esposa de Rodrigo —suspiraba Marta.

Lucía la abrazaba, consolándola:

—Pronto celebraremos tu boda.

—¿Por qué viene tanto? No entiendo qué os une —preguntó Rodrigo una vez.

—Es mi amiga. Creo que le gustas. Es buena persona, solo tiene mala suerte con los hombres.

—Justo por eso. La gente infelice es envidiosa —respondió él.

Lucía no le dio importancia entonces, defendiendo a Marta. Pero el tiempo le dio la razón.

Un día, Marta apareció anunciando una reunión de antiguos compañeros. Cinco años después de graduarse, era hora de compartir logros.

—¿Qué logros? Acabamos de terminar la universidad.

—Tú ya te casaste. Hay quien incluso se divorció. Y Olga Sánchez tuvo tres hijos. ¡Imagínate!

—¿Cómo? —preguntó Lucía, sorprendida.

—Así es. Primero una niña, y luego gemelos. Os avisaré cuándo y dónde. Seguramente en Navidad. ¿No es genial?

—Sí… genial —murmuró Lucía sin entusiasmo.

—No me digas que no te apetece —rió Marta.

—Sabes que odio estas reuniones.

—No será en el instituto. En algún bar o casa. ¿No te pica la curiosidad?

—La verdad es que no.

—Si no vienes, me enfado. ¿Rodrigo te deja ir?

—Claro —respondió él—. Solo que no hasta el amanecer.

La cita fue en un bar decorado con luces y ramas de abeto. Las chicas iban impecables; los chicos, igual. Unos presumían de trabajo, otros de hijos o conquistas. Lucía callaba. La felicidad prefiere el silencio.

De pronto, vio a Iván Rueda, quien la acosó en el instituto.

—No me dijiste que vendría —susurró a Marta—. No habría venido.

—No es culpa mía. Es cosa de Borja —se encogió de hombros, pero ante la mirada de Lucía, añadió—: No lo sabía, de verdad.

Iván se acercó. Marta se alejó, dejando a Lucía atrapada en su mirada obsesiva.

—¡Qué alegría verte! —dijo él.

Lucía, incómoda, buscó a Marta con la mirada. Finalmente, esta la rescató.

—Vamos al baño.

Fuera, Lucía no aguantó más.

—Me voy. No puedo con él.

Antes de que Marta protestara, Lucía llamó un taxi. Pero al cerrar la puerta, Iván se subió.

—Te acompaño.

—¡Basta! —gritó ella—. Estoy casada.

—Pues os divorciáis —dijo él.

Discutieron hasta llegar a su portal. Lucía huyó escaleras arriba.

—¿Tan pronto? —Rodrigo la miró preocupado—. ¿Qué pasa?

—Nada. Dolor de cabeza.

Días después, al volver a casa, encontró a Iván en su puerta, con flores.

—¿Tú? ¡Lárgate! —le cerró la puerta en la cara.

Minutos después, Rodrigo llegó con el ramo en la mano.

—Esto estaba en el felpudo. ¿Algún visitante?

—Ninguno. Quizá sea para la vecina —mintió Lucía, llevándose las flores para tirarlas.

Al día siguiente, llegó a casa y encontró a Marta tomando té con Rodrigo.

—EsperaLucía respiró hondo, sintiendo que la traición de su amiga y la obsesión de Iván habían cerrado un capítulo de su vida, pero al mirar a Rodrigo, supo que, pese a todo, el amor siempre encontraría la manera de florecer.

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La amiga perfecta
¡Llévate a tu padre contigo! ¡Ya es hora! — Así nos lo dijo Sara. —No entiendo qué está pasando aquí. Tu hermana quiere quedarse con la casa, pero nosotros tenemos que ocuparnos de tu padre. ¿Va a venir a vivir con nosotros? ¿O a lo mejor no lo he entendido bien? —le pregunté a mi marido. Resulta que había escuchado toda la conversación entre mi marido y su hermana Sara. Durante años seguí el consejo de mi madre, que me recomendó no entrometerme en las relaciones de mi marido con sus padres cuando nos casamos. Pero ella no pensó que mi padre, a diferencia del padre de mi marido, sí tuvo una buena familia. —¿Qué hacemos? ¡Sara tiene tres hijos! No podría cuidar de su padre. —¿Y por qué no puede ocuparse ella, si viven juntos? Esta historia comenzó hace mucho tiempo. Mi suegro llevaba años necesitando cuidados, así que mi marido y yo le ayudábamos siempre que podíamos. Ya no puede valerse por sí mismo, ni ir solo a la tienda. Por eso nos turnamos para echarle una mano. Sara y sus hijos viven en la casa de mi suegro. —¡Pero ella tiene hijos! ¿Y nosotros no? —dije a mi marido. El caso es que Sara no quiere hacerse cargo de su padre; finge que no es su problema. Pero últimamente ha empeorado y ahora sí necesita cuidados constantes. Por supuesto, viviendo separados no siempre podemos ayudarle. Así que la hermana de mi marido dijo: —¡Llévate a papá a tu casa! ¡Ya toca! ¡No es justo que viva conmigo siempre! Ahora te toca a ti cuidarlo. Me quedé pasmada ante tanta desfachatez. Siempre hemos ayudado, y además, no es su padre el que vive con Sara, ¡sino Sara la que vive en la casa de su padre! Y lo que menos me gustó fue que mi marido estuviera de acuerdo. A Sara tampoco le hacía gracia que, según la escritura, la casa todavía pertenecía a su padre. Sabía que, cuando él faltara, tendría que compartir la casa con su hermano. Por eso exigió que su hermano se llevara a su padre y él le cediera la casa entera. —Tenemos hijos. Y tenemos nuestro piso. ¡Pero Sara no tiene nada! —¿Y qué? Tu padre es buen hombre y no me molesta que viva con nosotros. Hay sitio suficiente para él. Pero el problema es que llevamos años ahorrando y pagando una hipoteca para tener nuestro piso. ¿Qué ha hecho Sara para tener su propia casa? ¡Nada! ¡Y ahora quiere quedarse con la casa entera! ¡Y debería dividirse por la mitad! —A veces uno de los hijos se queda con la casa. —Sí, cuando hay otra herencia. ¿Qué propones? Obviamente, nos llevaremos a papá. ¡Pero la casa debe repartirse entre los dos! ¡Nosotros también tenemos hijos y ese dinero nos vendría bien! —le dije a mi marido. Mi marido habló con su hermana. —¡Pero yo no puedo comprar otra casa con la mitad! —protestó Sara. —Pues cómprate una más pequeña. —¿Y si no quiero una casa pequeña? ¿Por qué no piensas en mi comodidad? —¿Es que tú piensas en la mía? Llevamos años pagando hipoteca. ¡Y tú quieres casa gratis, sin hacer nada! ¡Eso no va a pasar! —le respondió mi marido. Por supuesto, nos llevamos a mi suegro a casa. No es tan difícil cuidarle. Hace lo que puede por sí solo, aunque necesita ayuda. Sara llama cada semana para pedir más cosas: que le falta dinero, que la llevemos en coche… Medio año después, mi suegro dijo que quería hacer testamento y dejarnos la casa entera. —No confío en mi hija. ¡Me ha decepcionado mucho! —dijo mi suegro con una sonrisa amarga.