Celos Desgarradores

El taxi se detuvo frente a la estación de tren. Tania, emocionada por el viaje que les esperaba, saltó del coche bajo una fina lluvia otoñal. Tras ella, salió Olga.

“Olga, no te mojes, entra con Tania al edificio, yo os alcanzo,” dijo Marcos.

Olga tomó a su hija de la mano y obedeció, caminando hacia la estación. Marcos la siguió con la mirada mientras el taxista sacaba las maletas del maletero.

Llevaban seis años casados, y él aún seguía enamorado de ella como un chiquillo. Aún temía perderla y la celaba con desesperación. Aún sentía que ocupaba un lugar que no merecía a su lado.

***

Marcos se enamoró de Olga en el instante en que la vio por primera vez en la universidad. Una rubia deslumbrante que volvía locos a muchos chicos. Varios intentaron conquistarla, invitándola a salir. Algunos, al primer rechazo, perdían el interés y buscaban a otras. Pero no Marcos. Sufrió celos, pero siguió amándola incluso cuando ella empezó a salir con Pablo Nieves.

¿Habrían pensado los padres de Pablo al ponerle ese apellido que lo condenarían a burlas? Pero nadie se reía de él, nadie lo llamaba “Pablito Nieves”. Y menos mal, porque Pablo era seguro de sí mismo, practicaba artes marciales desde los dieciséis y era cinturón negro en aikido.

Marcos Valverde, en cambio, era un chico normal. No hacía deporte, solo tocaba la guitarra y cantaba, cerrando los ojos y poniendo voz ronca. Más que cantar, recitaba. Pero a las chicas les gustaba. Su falta de confianza la compensaba con terquedad y audacia.

Fue esa audacia la que le ayudó a ganarse el corazón de Olga. Aunque no del todo limpiamente. Como dicen, a los vencedores no se les juzga.

Las chicas perseguían a Pablo en manadas, pero él era reservado, no se fijaba en cualquiera. Aun así, Marcos quería comprometerlo con una de ellas. Y el destino le dio la oportunidad perfecta.

Había una chica especialmente insistente. Todos se burlaban de ella, pero también observaban con curiosidad. Un día, lo abordó en la parada del autobús. Olga no estaba. Cansada de su amor no correspondido, le confesó sus sentimientos allí mismo. Pablo, honesto, le dijo que amaba a otra, que no podía haber nada entre ellos. La chica rompió a llorar.

Los transeúntes miraban, los pasajeros curiosos observaban. Pablo, como todo hombre, odiaba las lágrimas femeninas. Se turbó, la llevó a un lado y trató de calmarla. La abrazaba, le hablaba con dulzura, le decía que no podía obligar a su corazón a dejar de amar a Olga.

Desde lejos, parecía una reconciliación. Y fue entonces cuando Marcos los vio. Rápido, grabó un vídeo con el móvil y se lo envió a Olga con un comentario malsano: “Mientras estudias en la biblioteca, tu Pablo no pierde el tiempo”.

Al día siguiente, Olga llegó a clase con los ojos hinchados, evitando mirar a Pablo. Era evidente que habían discutido. Y Marcos, rápido, se ofreció como consuelo.

Y funcionó. Por despecho, Olga empezó a salir con él. Incluso durmieron juntos un par de veces. Pablo, al enterarse, comenzó a salir con otras chicas.

Un mes después, Olga le dijo a Marcos que estaba embarazada. Él no lo esperaba, se tensó. Dudó si el padre era Pablo. Pero, si no fuera suyo, ¿por qué no se lo habría dicho a él en vez de a Marcos?

Decidió seguir adelante. Tras una dura conversación con sus padres, le propuso matrimonio. Ella aceptó. ¿Qué otra opción tenía?

Marcos paseaba orgulloso por la universidad. Notaba las miradas de Pablo hacia Olga, y las miradas furtivas de ella hacia él. Pero el problema se resolvió pronto: Olga tomó un año sabático antes del parto. No volvieron a verse. Marcos respiró aliviado. Un año después, Pablo se graduó y se marchó.

Sorprendentemente, su matrimonio con Olga funcionó. Marcos adoraba a su hija, pasaba todo su tiempo libre con ella, ayudaba a su esposa. Y Olga valoraba ese amor, ese cuidado.

Cuando Tania creció, Olga retomó sus estudios, se graduó y comenzó a trabajar. Ahorraban lo que podían, aunque la niña enfermaba a menudo. Cada año, viajaban al mar en temporada baja para fortalecer su sistema inmune.

***

Marcos pagó al taxista, tomó las maletas y entró en la estación. Entre la multitud, encontró a Olga y Tania junto a un quiosco. Olga hablaba con alguien, y Tania observaba con curiosidad a un hombre, alzando la cabeza.

Los celos lo ahogaron al reconocer a Pablo Nieves. Maduro, con una belleza varonil que reemplazaba la de su juventud. Olga lo miraba con interés, sin notar a Marcos acercarse. Pablo también la devoraba con la mirada. Solo reaccionaron cuando Tania corrió hacia su padre.

Pablo pareció notar a la niña por primera vez. Extendió la mano.

—Hola —dijo.

Marcos fingió no ver el gesto, levantó a Tania y luego respondió fríamente:

—Hola.

Un silencio incómodo. Pablo retiró la mano. Olga lanzó una mirada de reproche.

—Me alegro de verte. Debo irme —dijo Pablo, y se marchó.

—¿De qué hablabais? —preguntó Marcos—. ¿No irá también al sur, verdad?

Olga no respondió.

—Ya veo —suspiró él.

—¿Qué es lo que ves? —replicó ella, irritada.

—Que aún lo amas. Deberías verte.

—¿Escuchas lo que dices? Han pasado años, tenemos una hija, ¿y tú celoso? ¿No te parece ridículo?

—¿Qué querías que pensara al veros? ¿Os habíais puesto de acuerdo?

—Basta, Marcos. Fue un encuentro casual. Todo quedó atrás. Ni siquiera lo vi, él se acercó. Y está casado, por cierto.

En el tren, Marcos buscó a Pablo con la mirada. No lo encontró. En el compartimento, Olga conversaba con Tania o miraba pensativa por la ventana. Él calló. “No la dejaré… No se la daré, que no espere nada”, pensó, al ritmo de las ruedas.

El pueblo costero los recibió con sol, olor a espetos y brisa marina. El calor del verano había cedido, había menos turistas, menos ruido.

Se instalaron en una casa de huéspedes y fueron a la playa. Olga sonreía bajo el sol. La paz regresó.

Pero días después, se toparon de nuevo con Pablo. Comían en un chiringuito cuando él apareció como por arte de magia.

Marcos, enrojeció de envidia al ver el bronceado uniforme de Pablo, mientras él se pelaba.

Pablo se acercó, saludó sorprendido y, al notar la mirada de Marcos, se retiró.

En casa, los celos explotaron.

—¿Sabías que él estaba aquí? ¿Elegiste este sitio a propósito? ¿Cuándo quedasteis?

—¡No! Fue casualidad. No sabía que vendría. ¡Para ya!

Desde entonces, discutían a diario. Si Olga miraba a alguien en la playa, Marcos decía que buscaba a Pablo.

—Basta. Vámonos. Así dejarás de celar.

—No creo que podamos cambiar los billetes —dijo Marcos, arrepentido de su falta de control.

—Entonces no saldré. Quiero irme.

Cambiaron los billetes y partieron antes. Olga se encerró en sí misma, apenas hablaban. Algo se había roto.

—¿Sigues soñandoAl final, Marcos comprendió que los celos solo habían erosionado su felicidad, y que el amor verdadero no se construye sobre el miedo, sino sobre la confianza.

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Celos Desgarradores
Hace cuatro meses fui madre en Madrid. Mi marido nunca llegó a conocer a nuestro hijo: una enfermedad se lo llevó cuando yo estaba de cinco meses de embarazo. Pero jamás imaginé el “regalo” que el destino aún me deparaba… y tomé una decisión que sorprendió a todos… / 17:06 Aquella mañana helada, tras una larga noche de trabajo en plena Gran Vía, escuché un llanto: no era de gato, ni de perro, era un bebé. Ese amanecer, al encontrar al niño abandonado, mi vida cambió para siempre. Apenas había regresado a casa tras otra dura jornada de limpieza en el centro financiero, cuando un sollozo tembloroso me paró en seco: el futuro de ese bebé se entrelazó con el mío. Hace apenas cuatro meses tuve a mi hijo, al que llamé como su padre, que nunca llegó a abrazarle: el cáncer se lo llevó antes de tiempo, aunque soñaba con ser papá. Como joven madre viuda, la vida era una cuesta interminable de noches sin dormir, pañales y lágrimas, mientras limpiaba oficinas para que a mi pequeño nunca le faltara lo justo. Mi suegra, Pilar, cuidaba del niño en mi ausencia. Aquel día, al salir de la oficina, el frío me golpeó, y de repente lo oí: un llanto, leve pero insistente. Guiada por el sonido, llegué a una parada de autobús desierta y, sobre el banco, encontré un bulto: un bebé, aterido y temblando. Lo envolví con mi bufanda y corrí de vuelta a casa. Pilar, al verme, quedó petrificada: “María, ¿qué has hecho?” — “No podía dejarlo ahí solo…” decidimos llamar a la Policía. Esa noche apenas dormí, pensando en el pequeño. Al día siguiente, recibí la llamada: “¿Eres María? Ven al despacho donde limpias cada mañana, a las cuatro en punto”. Acudí, sin saber qué esperar. El director general, un hombre de cabello canoso, me recibió llorando: “Ese bebé es mi nieto. Mi hijo dejó a su mujer, y ella no pudo más… Si no llegas a pasar por ahí, no quiero ni pensarlo”. Lloró agradeciéndome: “Me has devuelto a mi familia. No sé cómo pagarte esto”. Semanas después, la empresa me ofreció formación y una nueva oportunidad: “Hay quien ve la vida desde arriba, pero tú la has vivido desde abajo. Quiero que puedas construir algo para ti y para tu hijo”. Mientras estudiaba y seguía trabajando, el recuerdo de aquella mañana y la sonrisa de mi hijo me daban fuerza. Conseguí una nueva casa, gracias a su ayuda. Y cada mañana, llevo a mi niño a una escuela que ayudé a diseñar, donde juega con el nieto del jefe. Un día, él me dijo: “No solo salvaste a ese niño. Nos recordaste que aún queda bondad”. Su segundo “gracias” fue mi segunda oportunidad. A veces, aún me despierto pensando en aquel llanto entre la escarcha, pero sonrío al sentir la calidez del sol y las risas de los pequeños: porque aquel día, al salvar a un niño, me salvé también a mí misma.