—Sabes, nieta, tu abuelo nunca me regaló anillos de oro ni ramos de cien rosas.
—¿Y cómo te hizo la propuesta entonces?
—Estábamos sentados en un banco junto al viejo manzano. Él sacó una cuchara del bolsillo. Una simple cuchara de metal. La colocó entre nosotros y me dijo:
«No tengo riquezas, ni siquiera tengo anillos. Pero tengo esta cuchara. Si quieres, comeremos juntos de ella toda la vida. Pan, miel, lágrimas y alegrías. Juntos. ¿Quieres?»
—¿Y qué le respondiste?
—Tomé esa cuchara entre mis manos, la besé y le dije: «Sí, quiero».
Y así caminamos juntos. No siempre fue fácil. A veces, la cuchara repartía la última sopa. Otras, saciaba un pleno de felicidad. Pero siempre la sostuvimos con ambas manos.
—Abuela, pero eso fue en otra época…
—No, hija. No son los tiempos los que cambian el amor.
Lo que cambió no fue el tiempo, sino la gente.
Ahora todos quieren exhibir su amor en fotos, en videos, demostrar algo a los demás… Pero en verdad, el amor es el silencio de dos corazones latiendo al unísono. Es una mirada que no necesita palabras. Es una sola cuchara para dos.
Hoy temen ser auténticos. Temen los fracasos, las discusiones, las dificultades. Olvidan que el amor no es sobre seres perfectos. El amor es sobre dos imperfectos que eligen volver a elegirse cada día.
Y mientras sigan eligiéndose, lo tendrán todo.
«La felicidad está en compartir una cucharada»







