De un lugar a otro, dos caminantes en el camino…

De un punto A a un punto B salieron dos peatones…

Cuando regresas a la ciudad de tu infancia, sientes emociones encontradas. Ambos habéis cambiado. Tú has envejecido, y la ciudad se ha embellecido. Las mismas calles y casas, pero ahora lucen distintas, más elegantes quizás. Lo único que sigue igual son las malas carreteras con huellas de excavaciones recientes, sin terminar de reparar.

Víctor caminaba por las calles de su ciudad natal. En él despertó el adolescente que alguna vez fue. Le entraron ganas de correr hasta su casa, subir volando al tercer piso, sin sentir los escalones bajo sus pies, tocar el timbre. Su madre abriría y, como siempre, le regañaría por olvidar las llaves, por romper otra vez las rodillas de sus pantalones… Y desde la cocina, el aroma de algo delicioso. Víctor incluso sintió ese olor tan familiar que le atravesaba el corazón.

No avisó a su padre de que vendría. La decisión de viajar fue espontánea. Después de la muerte de su madre, su padre se había casado de nuevo pronto. Víctor nunca se lo perdonó. Ni siquiera ahora estaba seguro de querer verlo. Aún no decidía si entraría o no.

Un hombre necesita compañía, pero Víctor no podía aceptar que una extraña gobernara su antigua casa. Quizás su padre fuera feliz con ella, pero para él, esa mujer no era nadie.

Mientras caminaba, pensó que venir había sido una mala idea. ¿De qué servía sumergirse en el pasado, despertar viejos recuerdos? No se podía volver atrás, no se podía cambiar nada. Las recientes discusiones con su esposa, el divorcio, lo habían dejado exhausto. Bueno, ya estaba aquí, no había vuelta atrás. Podía marcharse en el tren nocturno. Aunque tampoco había nadie esperándole allí. Al final, no era necesario para nadie.

Víctor miraba a su alrededor, notando los cambios, para bien y para mal. Los recuerdos brotaban ante sus ojos como fotogramas de una película. Cosas que creía olvidadas para siempre resurgían. Su adolescencia cobraba vida: el primer amor, los celos, la desesperación. Esa era la parte de su vida que asociaba con esta ciudad.

Se sorprendió escudriñando los rostros de los transeúntes. Por si reconocía a alguien. Pero la gente pasaba de largo, nadie se conocía. Antes, apenas salías a la calle y te encontrabas con alguien. Su padre decía que la grandeza de una ciudad se medía por la cantidad de conocidos que te cruzabas paseando. Cuantos más, más pequeña era. Y la llamaba “pueblo”. Claro que a su padre todo el mundo lo conocía.

¡Increíble! Después de tantos años, el mismo puesto callejero de frutas y verduras seguía allí. Ahora lo atendía una mujer bastante joven. Llevaba un vestido sin mangas y escotado. Cada vez que se inclinaba, una bonita silueta se insinuaba. El delantal atado le marcaba la cintura. Trabajaba con agilidad, sin movimientos innecesarios.

Víctor no se dio cuenta de que se había quedado paralizado frente al puesto. Un cliente pagó y se alejó. La vendedora lo vio y sonrió. “¡Es ella, Martina!”, reconoció Víctor. Jamás esperaba encontrársela.

Quizás por eso había vuelto. Ella volvió a mirarlo, pero ahora con cautela. Se imaginó cómo debía verse: plantado allí, mirándola fijamente. Pero no podía moverse.

—¿Qué querrá? —dijo ella, ofreciéndole su mercancía—. Melones ricos, hierbas frescas, ciruelas dulces…

El tiempo había sido generoso con ella. Su figura seguía esbelta. El sol de la calle le había dorado la piel. El pelo, sin teñir. Quizás tuviera arrugas, pero desde lejos no se notaban. Él la observaba tan intensamente como ella a él.

Martina miró alrededor con nerviosismo. Víctor entendió que debía hablar antes de que pidiera ayuda.

—Martina, ¿no me recuerdas? Éramos vecinos. ¿Sigues viviendo en nuestro edificio? —se acercó mientras hablaba.

Ella negó con la cabeza, como diciendo que no lo reconocía.

—He cambiado. Ya no soy aquel chico que conociste. He crecido, he envejecido. Soy Víctor Mendoza. Te reías de mi apellido.

De pronto, Martina dio un grito, se llevó las manos al pecho y se dejó caer en una caja vacía.

—¿Cómo…? ¿De dónde has salido? No te habría reconocido nunca.

—He venido de visita.

—¿Y tu padre lo sabe?

—No. Aún no sé si quiero verlo. Tengo habitación en un hostal.

—Oiga, joven, no distraiga al personal. Llevo un rato preguntando los precios y no me hace caso. Si no va a comprar, apártese —dijo una señora mayor, mirándolo con suspicacia. Víctor asintió a Martina, indicando que esperaría.

—Perdone —sonrió ella—. ¿Qué le pongo?

Mientras pesaba los tomates, no dejaba de mirar a Víctor, asegurándose de que no fuera un sueño.

Por fin, la señora se marchó. Pero llegó otro cliente. Martina volvió a trabajar.

—Así no hablamos —dijo él cuando el hombre se fue—. Te dejo mi número. Llámame cuando acabes. Podemos tomar algo, charlar. Me alegra mucho verte.

Ella asintió y se ocupó del siguiente cliente.

Víctor se alejó. A los pocos pasos, volvió la cabeza. Martina lo miraba y sonreía. El encuentro lo había conmovido. Solo entonces entendió que, en el fondo, había vuelto por esto. Por verla. Y la película de sus recuerdos volvió a desfilar ante sus ojos…

***

—Tenemos nuevos vecinos —anunció su madre durante la cena.

—¿Quiénes? —preguntó su padre, indiferente.

—Una pareja. De nuestra edad. Ojalá no sean ruidosos como los anteriores. Parecen simpáticos, educados. Tienen una hija de unos diecisiete años.

—¿Cuándo conociste a gente nueva? —se sorprendió su padre.

—No los he visto —rió su madre—. Me lo contó la vecina del primero.

—Creo que he visto a la hija —dijo Víctor.

—¿Y qué tal? —sus padres lo miraron al unísono.

—Nada mal, guapa —respondió, ruborizándose.

—Demasiado joven para mirar chicas —dijo su madre—. Deberíamos ir a presentarnos —añadió, dirigiendo**[Continúa la historia…]**

Y así, bajo el sol de la tarde, Víctor comprendió que algunos amores no se marchan, solo esperan en silencio a ser reencontrados.

Rate article
Add a comment

;-) :| :x :twisted: :smile: :shock: :sad: :roll: :razz: :oops: :o :mrgreen: :lol: :idea: :grin: :evil: :cry: :cool: :arrow: :???: :?: :!:

eight − 6 =

De un lugar a otro, dos caminantes en el camino…
Encontré a un niño pequeño llorando, descalzo en el aparcamiento… pero nadie parecía conocerlo