Lo merezco

**Merecido**

Lucía esperaba bajo un árbol frente al instituto. Sabía que habían pronosticado lluvia, pero con los nervios se olvidó el paraguas. Aún quedaban hojas, pero la copa ya no era tan tupida como en verano y la protegía poco del aguacero. El otoño había llegado de golpe, como casi todo en la vida.

El fino abrigo se le había empapado. Se encogió de frío, pero no se atrevía a refugiarse bajo el toldo de la tienda de al lado, por miedo a perderse a su hija. Entre la tensión y el frío, empezó a tiritar. Ayer por la noche había ensayado lo que le diría, pero ahora, con los nervios, todas las palabras se le enredaban. ¿Y si su hija ni siquiera la escuchaba? No importaba. Volvería. Solo esperaba no pillar un resfriado. No podía permitirse enfermar.

Por dentro, repetía una y otra vez las frases preparadas, tropezaba y volvía a empezar: *«Cometí un error, lo lamento. Pero quiero enmendarlo…»*

Sí, ahora lo lamentaba, pero entonces el amor la había cegado, como si alguien se hubiera apoderado de ella, pensando y actuando en su lugar, robándole el juicio. ¿En qué habría estado pensando? En el amor, claro. ¿En qué más iba a pensar una mujer enamorada?

Tenía un marido, una hija, un trabajo, una vida tranquila y ordenada. Y de repente, apareció él. Como una ráfaga de viento fresco colándose por la ventana abierta. Guapo, seguro de sí mismo, exitoso. La miraba de un modo que le quitaba el aliento. Y ella cayó bajo su embrujo.

Era un viejo amigo de la universidad de su marido. Se toparon por casualidad en el metro y, para su desgracia, su marido lo invitó a su cumpleaños. En cuanto él entró, incluso antes de que su marido lo presentara, Lucía supo que estaba perdida. Él también la distinguió al instante entre las demás mujeres del restaurante.

¡Y cómo bailaba! La invitó a bailar. Con solo rozar su mano, sintió una descarga que le encendió el corazón. Nada pudo hacer ya.

Todos notaron que *«había chispas entre ellos»*, incluido su marido. O quizá alguien se lo dijo. ¿Qué más daba ahora? Se había enamorado tanto que olvidó todo lo demás, perdió la cabeza.

Empezó a verse con él como una colegiala, sin importarle qué pensaran los demás.

Y entonces él se marchó. Resultó que estaba esperando un visado para irse al extranjero. Se lo dijo el mismo día de su partida.

—¿Y yo qué? No te vayas, no puedo vivir sin ti. Quédate —le suplicó entre lágrimas.

—Me instalaré y te mandaré papeleos —prometió él con ligereza.

Ella perdió la cabeza por amor, olvidó a su marido y a su hija por él. Pero él no quiso quedarse por ella. Tenía otros planes sin ella. Y ella, crédula, esperó. Pero en cuanto cruzó el océano, la olvidó. ¿Para qué la quería allí? Aunque eso lo comprendió mucho después.

Una amiga suya *«consoló»* a su marido y se lo quedó. Todos la dieron de lado, la juzgaron. *«¿Enamorarse? ¿Para qué destruir la familia?»* Se quedó sola. Su suegra se llevó a la niña, como si Lucía estuviera contaminada, infectada por un virus de corrupción que pudiera contagiar a su hija.

A su marido, que también había abandonado a la niña, nadie lo criticó. Era normal. A la infidelidad masculina ya estaban acostumbrados, él tenía excusas. Su mujer lo humilló, liándose con su amante a la vista de todos. ¿Qué otra cosa podía hacer? *«Un hombre necesita una mujer, no puede estar solo.»* Era la víctima. Lo comprendían, lo justificaban, lo apoyaban. A ella la condenaban. Tenía la culpa de todo y no había perdón posible. *¿Amor?* No tenía derecho a sentirlo.

Ahora no tenía familia, ni marido, y su hija no quería verla. Por eso esperaba a la salida del instituto, para intentar explicarse, pedir perdón, recuperar lo perdido. Pero su hija la esquivaba. Le habían inculcado que su madre era una traidora y no merecía clemencia.

Lucía escrutaba a cada chica que salía. Al fin, apareció Claudia. Su corazón saltó de alegría. Lucía salió de su refugio y se acercó. Su hija también la vio, pero giró la cabeza y echó a andar en dirección contraria.

Lucía corrió tras ella.

—¡Claudia, espera! Hablemos. Por favor. —Las piernas, entumecidas por el frío, le respondían a trompicones. Seguro que parecía una loca, porque varios alumnos se apartaron al verla.

Claudia se detuvo bruscamente y se volvió. La capucha le oscurecía el rostro, pero en sus ojos reluctaba odio. Lucía tropezó con esa mirada como con un muro y también se detuvo, a dos pasos.

La observó como si fuera la primera vez. Había crecido, era una extraña.

—¿Qué quieres? —le espetó Claudia.

—Vamos a un café, hablemos. Estoy empapada y helada de esperarte —rogó Lucía, con los labios entumecidos.

—Yo no te pedí que me esperaras. Habla ya, no tengo tiempo —cortó Claudia.

¿Cuándo se había vuelto tan fría? Lucía no era una asesina, ni una ladrona, solo quería ser feliz. Claudia se giró para irse, y Lucía habló atropelladamente:

—Vale, hablemos aquí. —Un temblor nervioso la sacudía. Todo en su interior estaba helado.

—Tengo frío, date prisa —la apuró su hija.

—No puedo ir más rápido. Espera —la detuvo Lucía cuando Claudia volvió a intentar marcharse—. Sé que estás enfadada. Tienes razón. No merezco perdón, ni lo pido, solo quiero explicarte…

—¿Explicar por qué me abandonaste por un tío? Eres una egoísta.

—Esas no son tus palabras, ¿verdad? Son de tu abuela. Quiero arreglar las cosas, dame una oportunidad…

—No te necesito. ¿Entiendes? Cuando te necesité, no estabas. ¿Él era mejor que yo? ¿Te usó y te dejó, y ahora te acuerdas de mí?

—Escucha, me equivoqué. No soy un robot, los humanos fallamos. Las madres también. Siempre te quise… Solo es que me volví loca…

—Y ahora también lo pareces.

—¿Recuerdas cuando no dormí en toda la noche tras tu operación de apendicitis? Abrías los ojos y yo estaba ahí. Quiero volver a estar contigo. Tú también sufres sin mí.

—Te equivocas. Eres tú la que me necesita. Cuando te fuiste, volvía cada día del colegio, llamaba a la puerta… Esperaba que regresaras.

—Perdóname. Estaba loca. El amor es como una enfermedad. Algún día crecerás y me entenderás.

—Puede, pero yo no abandonaré a mis hijos. Tengo que irme…

—Claudia, ven mañana. Haré tu tarta favorita…

—¡No quiero nada de ti! —Claudia giró y echó a correr.

Lucía se quedó mirándola, temblando de frío. Luego se alejó con paso lento.

En casa, se desvistió agotada. Aquella conversación la había dejado sin fuerzas. ¿O estaría enfermando? Entró en el baño y abrió el grifo del agua caliente. Mientras se llenaba la bañera,Al día siguiente, mientras Lucía se debatía entre la fiebre y la esperanza, un golpe inesperado en la puerta le recordó que, a veces, el perdón llega cuando menos se espera.

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