“Ve con él si lo amas…”
A la vivaz y simpática Antonia le gustaba el guapo Javier, su actitud desenfadada y su independencia. Le gustaba que todas las chicas del instituto suspiraran por él, y que, entre todas, la eligiera a ella, Antonia, una chica con un nombre anticuado y poco moderno.
Como suele pasar, Antonia tenía un admirador secreto: Adrián. Todo lo contrario que Javier, un chico tranquilo y sereno. Pero ella no lo veía.
Sonó el último timbre del curso, se acabaron los exámenes finales y llegó el baile de graduación, aquel momento en el que los antiguos estudiantes daban el salto a la vida adulta.
En aquel pequeño pueblo de provincias todo seguía el guion de siempre: la entrega de diplomas en el salón de actos, la cena en el comedor escolar, el baile en el gimnasio y, finalmente, el paseo nocturno por las calles del lugar.
Cuando los exaltados recién graduados salieron a la frescura de la noche, Javier y Antonia se alejaron del grupo. La noche era cálida, el chopo esparcía su pelusa sobre el césped húmedo de rocío. Los ruiseñores cantaban sus trinos de amor, dulces y melodiosos. Pero más dulces aún eran los besos de Javier. Hasta que, enloquecido, dejó de contenerse, volviéndose insistente, casi grosero.
—Para, no sigas —rogó Antonia, intentando zafarse de sus caricias.
Pero su resistencia solo avivó más el deseo de Javier. No había escapatoria. Como un pájaro atrapado, quedó enredada en las redes de sus manos y labios.
Las noches de junio son cortas. El sol ya teñía de naranja el horizonte cuando Javier la soltó. Antonia se levantó del césped húmedo, junto al pequeño río que dividía el pueblo en dos, y se sacudió los pliegues arrugados de su vestido blanco de fiesta.
—¿Cómo voy a volver a casa? Mi madre me mata si me ve así. ¿Y si me quedo embarazada? —Intentó limpiar las manchas verdes de hierba en el tejido, pero solo las extendió más.
—Déjalo ya, no pasa nada —Javier intentó distraerla, acercándose para besarla, pero ella se apartó bruscamente.
—¡Basta! —su voz temblaba por las lágrimas contenidas—. Se alejó de él, del río.
—Espera, te acompaño —Javier la alcanzó y le agarró del brazo.
—Suéltame, no quiero verte —Antonia se soltó, empujándolo.
—Pues vete, niña mimada. Volverás a buscarme —le espetó él a sus espaldas.
Antonia caminó, tragando lágrimas, refugiándose bajo la sombra de los árboles, rezando para que su madre estuviera dormida y no la esperara. Se abrazó a sí misma, temblorosa por el frío y por lo que había sucedido junto al río. Casi llegaba a su portal cuando Adrián apareció de golpe.
—¿Qué haces aquí? Me has asustado —refunfuñó ella.
—Te estaba esperando. —Adrián notó su vestido arrugado y sucio, su pelo revuelto—. ¿Ha sido Javier? —preguntó, con el ceño fruncido.
—No es asunto tuyo, ¿entiendes? —Antonia lo esquivó y corrió hacia la entrada.
Su madre se despertó al oír la llave, pero no salió del dormitorio. Solo preguntó en voz baja si todo estaba bien.
—Sí, mamá. Estoy cansada y tengo frío. Duérmete. —Entró en el baño, se quitó el odiado vestido y se metió bajo la ducha caliente, sofocando los sollozos. Era culpa suya, había jugado con fuego. Javier ya había intentado tantas veces llevarla a la cama. Ella no se negaba, pero quería que fuera distinto, más romántico.
Escondió el vestido estropeado en el fondo del armario, donde su madre no lo encontraría. Al día siguiente lo tiraría. Durmió cuando el sol ya iluminaba los tejados.
Temió las consecuencias, pero, para su alivio, no pasó nada. No era una estudiante brillante, así que no se atrevió a ir a una gran ciudad. En su pueblo había varios ciclos formativos. Ferrocarriles, agricultura o magisterio no la atraían. Se matriculó en contabilidad. Evitaba a Javier, y él tampoco la buscaba. Pero antes de irse a la mili, pasó a despedirse. Ella incluso le dejó besarla. Al fin y al cabo se iba, ¿y si no volvía? Cosas así pasaban. Javier y Adrián coincidieron en la misma quinta.
El rencor no evitó que Antonia siguiera amando a Javier. Esperó una carta que nunca llegó. No se atrevió a pedir su dirección a su madre; el orgullo y el resentimiento se lo impidieron. No iría detrás de él.
El año pasó volando. Adrián regresó del servicio y fue directo a verla. Se había hecho más fuerte, ya no se ruborizaba al verla. Le dijo que se quedaría poco y luego partiría. Unos amigos lo llamaban. Le propuso irse juntos.
—¿Y los estudios?
—No ahora, termina y nos vamos. Yo quizá estudie a distancia en la politécnica. Tras la mili entras sin nota.
Antonia guardó silencio.
—No va a volver —dijo Adrián con voz ronca—. Tiene novia allí. No esperes más.
—Yo no espero —replicó ella, encendida—. Me da igual.
—Allí se jactaba delante de los otros. De ti.
Antonia no sabía que él supiera pelear. Vaya, la había defendido. Y no estaba mal, era guapo. Tampoco sabía que aquel conflicto entre ellos había empezado en el viaje al cuartel.
—¿Quedamos mañana? ¿Al cine, o vamos a pasear? —preguntó Adrián al despedirse.
—Vale —contestó ella.
Llamaban la atención cuando paseaban juntos. Una pareja guapa. En primavera, Adrián le pidió que se casara con él. La boda sería a principios de agosto. Dos semanas antes, Javier regresó al pueblo. Pero no solo: traía a su prometida. Se los encontraron por casualidad. El corazón de Antonia parecía querer salírsele del pecho, pero Javier la saludó con frialdad y apartó la mirada.
—¿Quién es? —preguntó su novia.
—Una antigua compañera de clase —oyó Antonia a sus espaldas.
—Eligieron el vestido en una tienda elegante. ¿Qué le veía a ella? Tú eres mucho más bonita —le contó su amiga Lucía después—. ¿Y si coincidís en la fecha de la boda? Qué cachondo.
—No coincidiremos —respondió Antonia.
Su boda con Adrián fue antes. Él la miraba con ojos enamorados; ella pensaba que haría lo posible por quererlo. Después de casarse, Adrián se fue a las afueras de Madrid. Volvió a las dos semanas.
—Todo listo, nos han dado una habitación en la residencia. Haz las maletas. También te he buscado trabajo. La ciudad es bonita, te gustará. En veinte minutos en cercanías estás en el centro. Otro nivel.
Al hacer la maleta, Antonia encontró el vestido de graduación. Lo había olvidado, nunca lo tiró. Lo cortó en pedazos y lo echó al contenedor. No llevaría viejos vestidos ni recuerdos a su nueva vida. Quería marcharse pronto, no encontrarse por la calle con Javier y su prometida.
—La habitación es pequeña, pero con muebles. Hay una cocinilla, no tendrás que usar la cocina común. ¿A que está bien? El baño es compartAnd so, Antonia, al fin, comprendió que el amor verdadero no era aquel que quemaba con pasión, sino el que calentaba con constancia, y decidió abrazar la vida que había construido junto a Adrián y su hija, dejando atrás los sueños rotos de su juventud.







