**Arena sobre hielo**
Todos toman en serio la llegada del Año Nuevo, porque dicen que como lo recibas, así será el resto del año. Da igual la edad que uno tenga, siempre creemos en los milagros y esperamos que, esta vez, la suerte nos sonría: amor, el cumplimiento de los sueños, dinero suficiente para ser felices. Así que cada uno prepara la nochevieja a su manera.
—Bueno, ¿cómo vais a celebrar el fin de año? —Lucía alzó la vista del monitor y miró a sus compañeras de oficina.
—Como siempre, en casa con mi madre y mi hija. Prepararé cocido y ensaladilla rusa, veremos la tele hasta las tantas y luego a dormir. Nada especial —respondió Carmen con un suspiro mientras se ajustaba las gafas.
Aún no cumplía los treinta, pero aquellas gafas negras de pasta le añadían años. Vestía siempre de tonos oscuros, discretos. Vivía con su madre, ya jubilada, y con su niña de tres años, que siempre estaba resfriada.
—¡Qué aburrimiento! Deja a la niña con tu madre y sal a celebrarlo… O mejor, ¿por qué no vienes con nosotros a la sierra? Bosque, tranquilidad, estrellas… Decoraremos un pino en el jardín, bailaremos alrededor. Lo pasaremos genial —propuso Raquel con entusiasmo.
Era recién casada y aún buscaban su propia tradición navideña.
—No sé… ¿Cómo voy a dejarlas? Mi madre se enfadará. Es una fiesta familiar… —Carmen vaciló.
—Si sigues así, nunca te casarás. Deja de hacerle caso a tu madre. Ya eres mayor. No les pasará nada por una noche. Además, os invito a todas —Raquel miró al resto de contables—. No os arrepentiréis. Hay que salir de la rutina.
—Yo paso, en casa también viene gente —contestó Sonia.
—¿Y tú, Lucía? ¿Qué planes tienes? —preguntó doña Mercedes.
—Con Adrián. Solo nosotros. Tiene una sorpresa preparada… Creo que por fin me pedirá matrimonio —sonrió Lucía.
—¿Otra vez lo mismo? —intervino Raquel con ironía.
—Siempre estropeándolo todo —Lucía se ofendió y volvió a esconderse tras la pantalla.
Carmen lanzó una mirada envidiosa hacia ella. A ella le encantaba Javier, el informático: un chico tímido, con gafas y el pelo siempre revuelto. Inventaba cualquier excusa para llamarlo a su puesto, aunque el ordenador funcionase perfectamente. Todos en la oficina lo sabían, pero nadie intervenía. Se llevaban bien, pero a ninguno le sobraba el valor para dar el primer paso.
En cambio, Lucía no tenía suerte con el amor. Era guapa, aunque algo rellenita. Uno de sus novios resultó estar casado. Otro, un cobarde que desapareció sin más. El tercero la dejó meses antes de Navidad. Hasta hubo uno que compró un anillo, pero su madre intervino: soñaba con casarlo con la hija de su mejor amiga, que tenía un piso como dote. Y así se decidió todo.
Llevaba dos años saliendo con Adrián, soñando con una propuesta en Nochevieja. No pensaba en otra cosa.
—¿Y si no lo hace? Mejor ven con nosotras, así evitarás decepciones —Raquel no podía evitarlo.
—No, dijo que esta vez estaba decidido.
—Claro, claro —respondió Raquel con escepticismo.
—Déjala en paz. No le hagas caso, Lucía. Todo irá bien, y pronto brindaremos por tu boda —la animó doña Mercedes.
—¿Y usted, doña Mercedes? —preguntó Lucía.
—Como siempre, en casa. Ya pasé la edad de fiestas y jaleo. Con Michi veré las campanadas, tomaré una copa de cava y a dormir.
Michi era su gato preferido, un maine coon enorme. La conversación derivó hacia las mascotas hasta que todas volvieron al trabajo.
El último día laboral antes de las fiestas, intercambiaron regalos simbólicos: chocolates, figuritas navideñas, pequeños detalles útiles para la oficina.
Carmen se quedó revisando que todos los ordenadores estuviesen apagados. De pronto, apareció Javier. Al ver que estaban solos, entró con cuidado y cerró la puerta.
—¿Funciona? —preguntó, señalando su pantalla.
—Sí —respondió Carmen, ruborizándose.
—Entonces… ¿me voy? —pero no se movió—. ¿Quieres que te acompañe?
Carmen lo miró sorprendida, pero el corazón le latía con fuerza.
—¿O viene alguien a buscarte?
—No, nadie —contestó rápidamente, cogiendo el abrigo con decisión, entre la alegría y el nerviosismo.
Salieron juntos. Doña Mercedes, que en ese momento salía del parking en su Seat, sonrió al verlos. “Por fin. Menudo tímido”, pensó. De camino a casa, paró a comprar pescado para Michi. Desde que su marido la dejó por otra, decidió que el gato era suficiente amor: él nunca la traicionaría. Ningún hombre volvería a cruzar su puerta.
Carmen, al llegar, se sentó junto a su madre, que tejía frente al televisor.
—¡Carmen! ¿Tan temprano? Ni siquiera he preparado la cena.
—Hoy salimos antes. Mamá… Me han invitado a celebrar el Año Nuevo en la sierra. Raquel, la del trabajo… —No se atrevió a decir que era Javier. Su madre le haría demasiadas preguntas, la advertiría de cometer otro error…
—Pues claro que debes ir. La niña y yo estaremos bien solas. Pero ¿qué te vas a poner? —su madre dejó las agujas y sacó unos billetes de una cajita—. Cómprate un vestido nuevo.
—Gracias, mamá —Carmen la besó en la mejilla—. ¿Voy ahora?
Su madre asintió, mirándola con recelo.
Así que todos tenían sus planes. Pero alguien allá arriba decidió que los planes eran solo eso: planes. Tras una semana de lluvias, en Nochevieja llegó una helada repentina. El Viejo Invierno no dormía y se divertía como podía.
Pasadas las fiestas, algunos volvieron cansados de tanto comer y beber; otros, deseando escapar de la rutina familiar.
La primera en llegar a la oficina fue doña Mercedes. Al entrar, se encontró con Carmen.
—Carmen, ¿qué tal las fiestas?
—Bien, gracias —respondió con una sonrisa forzada que duró poco.
—No pareces muy contenta. ¿Pasó algo malo? ¿Tu madre está bien?
—Sí, todo bien.
—¿La niña no se puso mala?
—No.
—Entonces ¿por esa cara? Cuéntame. Ya sabes que no me rendiré.
Carmen miró alrededor.
—¿Es por Javier? —adivinó doña Mercedes.
—¿Cómo lo…?
—Os vi salir juntos el último día. Me alegré, pensé que por fin os animabais.
—Yo también lo creí. Pero él… me acompañó a casa y me invitó a celebrar juntos el Año Nuevo.
—¿Y? —doña Mercedes la apresuró, notando su silencio.
—Me compré un vestido, me hice el pelo, hablé con mi madre… Pero la suya… Cuando supo que tengo una hija, me llamó de todo. No quiero ni repetirlo.
—¿Y Javier?
—Intentó defenderme, pero ella no quiso escuchar.
—¿Lo has visto desde entonces, sin ella?
—No. —Carmen negó con tanta fuerza que las gafas casi se le caen.
—Bueno, habla con él. Si se deja dominar así… mal asunto.
—Qué vergüenza. Tuve que volver a casa y mentirle a mamá. Le dijeAl final, comprendieron que, aunque los planes se torcieron, cada una encontró su propia forma de felicidad, incluso en los pequeños detalles que al principio parecían decepciones.






