Hijo ajeno, hijo querido

**El Hijo Ajeno**

Marcos creció sin madre. Desde que tenía memoria, vivía solo con su padre. A veces, la abuela, madre de su papá, venía de visita. Le sonreía con tensión, le regalaba los mismos chocolates, regañaba a su padre. Decía que se había echado una carga demasiado pesada, que ella le advirtió, que no la escuchó, y ahora nadie lo quería con un niño…

Su padre la cortaba en seco, le ordenaba que no se metiera y le señalaba la puerta sin rodeos. Y la abuela se iba, frunciendo los labios.

—¿Ella no me quiere? —preguntaba Marcos, percibiendo en su corazón infantil la fría actitud de su abuela.

—No inventes, tu abuela es buena, solo se preocupa por nosotros. Además, ella te cuidó hasta que empezaste el jardín de infancia.

Pero Marcos no recordaba eso. Lo que sí recordaba eran las mañanas en que su padre lo llevaba al colegio. Llegaba el primero y se aburría esperando a los demás niños. Observaba cómo las madres besaban a los suyos y les decían adiós con la mano. Su padre nunca hacía eso. Y Marcos soñaba con que, al menos una vez, lo abrazara y también le dijera adiós así.

Su padre era estricto. No permitía que se quedara en la cama por las mañanas. Marcos se vestía con los ojos aún cerrados. Si se quejaba, una sola mirada bastaba para que dejara de lloriquear. Caminaban rápido, su mano pequeña aprisionada en la grande y áspera de su padre. Marcos corría, apenas logrando seguir el ritmo con sus piernas cortas.

Cuando preguntaba por su madre, la expresión de su padre cambiaba. Había decidido, o alguien le había dicho, que ella se había ido lejos. Mirando al vacío, guardaba silencio. Si las preguntas persistían, cortaba el tema con brusquedad. Entonces, el ánimo de Marcos se nublaba, se encerraba en sí mismo o lloraba, lo que enfurecía aún más a su padre.

—¿Eres un hombre o una niña llorona? Pues deja de llorar.

Marcos aprendió a no tentar su suerte y dejó de preguntar. Su padre nunca lo golpeó, pero a veces sentía que podía hacerlo, que estaba a punto de hacerlo cuando la ira le nublaba la mirada.

De mayor, notó cómo algunas madres miraban a su padre con interés. Sonreían y decían cosas como: «Laura, a tu padre no lo convencerás de que te recoja del colegio».

Volvían a casa. Marcos corría a su lado, contándole lo más importante del día, buscando en su rostro serio alguna reacción. Pero él no escuchaba, ni siquiera asentía. Y Marcos, herido, callaba.

Algunos niños no tenían padre, solo madre, y no parecían sufrir por su ausencia. Pero Marcos no tenía madre, y sin embargo, le dolía. Eso fue lo primero que entendió de la vida.

Su padre también lo llevó el primer día de primaria. Pero no fue a recogerlo. Marcos, vestido con su habitual eficiencia militar, esperó en la puerta del colegio, buscándolo entre la multitud. Podría haber regresado solo, pero la profesora le dijo que esperara. Y lo hizo. La abuela de un compañero lo acompañó a casa. Así fue los primeros dos años.

A veces, le gustaba no tener madre. Las madres prohibían muchas cosas a sus compañeros, no los dejaban salir solos. Él era libre, hacía lo que quería, para envidia de los otros niños. Y aún así, le dolía en el alma despertar una mañana y que ella apareciera, lo abrazara, le susurrara algo dulce, le diera un beso en la mejilla…

—Hoy la profesora me castigó —dijo Marcos una vez.

—¿Por qué?

—Me peleé con Adrián… lo golpeé con un libro. Pero él empezó —se justificó, acalorado.

—Hay que aprender a dialogar. Ya no eres un niño. Golpear solo vale si es por algo importante —sentenció su padre con firmeza.

—¿Qué cosa es importante?

—Si alguien te ofende gravemente o te golpea primero. Entonces hay que defenderse, sin miedo, aunque creas que no puedes. Si cedes una vez, siempre te golpearán. ¿Entendido?

Marcos escuchaba las lecciones de su padre y las grababa a fuego. Desde tercero, lo llamaba «padre», como un adulto. Una vez, se cayó en la pista de patinaje, se raspó la rodilla y se cortó con el filo del patín. La sangre empapó el pantalón, gotas rojas sobre el hielo. Su padre lo cargó hasta casa. Marcos lo abrazó del cuello, inhaló su olor, el mejor del mundo en ese instante. Y lo amó con una intensidad infinita. Después, su padre le aplicó yodo en la herida y sopló suavemente. Aquel momento quedó grabado como el único gesto de ternura que le dedicó. Entonces, le perdonó todas las heridas.

Su padre no se sentaba a enseñarle, pero le enseñó todo. O casi. Para él, su padre era enorme, fuerte, un héroe. Y Marcos intentaba imitarlo en todo.

—¿Mi madre no me quiere si nunca viene? —preguntó una noche, jugueteando con los macarrones en su plato.

—Olvídala. No tienes madre.

¿Cómo olvidar lo que nunca tuvo?

—Pero tú no me diste a luz —objetó Marcos con la lógica implacable de un niño.

—Cuando crezcas, lo entenderás. Come, que se enfría —dijo, haciendo una mueca, como si le doliera algo.

En primero de secundaria, Marcos registró toda la casa buscando fotos, algo de su madre. Nada. En las pocas imágenes, casi todas del colegio, aparecía solo. Encontró algunas fotos borrosas con su padre. Y ningún rastro femenino, excepto un delantal. Guardó sus preguntas en lo más profundo de su mente, para otro momento.

Su padre le enseñó que los problemas con los compañeros se resuelven solo. Se sorprendía cuando la profesora lo llamaba al colegio, con notas como: «Se peleó con Rubén en clase, interrumpió la lección…» «Se escapó de matemáticas…» «Se negó a escribir sobre ‘La figura materna en la literatura española’».

A su padre solo le interesó lo de interrumpir la clase.

—¿Por qué te peleaste? ¿No podías esperar al recreo?

—Era necesario. Rubén me insultaba, decía que yo no era tu hijo —murmuró Marcos.

—¿Y por qué en clase? Esas cosas se arreglan a solas, en el patio. ¿O tienes problemas con ellos?

—El problema lo tienen ellos —respondió desafiante.

—Bien. Golpear por tonterías no sirve. ¿Para qué tienes lengua? Aprende a dialogar. No tengo tiempo para tonterías, no iré al colegio. Tú mismo te buscaste este lío, tú lo resuelves.

—¿Cómo? Si es un cabrón…

—Y si él usa su «artillería pesada» —los padres—, te complicarás la vida. ¿Quieres eso?

—¿Cómo dialogar si me insulta? Habla de mi madre, dice que nos abandonó —añadió en voz baja, cabizbajo.

—¿De tu madre? Por ella no vale la pena pelear. Ni lo sabrá, ni le importará. Con gente así, usa sus mismas armas. Todos tienen debilidades, como a ti te duele lo de tu madre. Observa, escucha, busca. ¿Entiendes?

Marcos no entendió, pero empezó a estudiar a sus compañeros. Si alguien lo molestaba, amenazaba con revelar algún secreto. Y el otro retrocedía.

Poco a poco, lo dejaron en paz. Creció más que muchos. Si se peleaba, la otra persona lo recordaba. Lo hacía con furia.

La profesora, harta de esperar a su padre, fue a suAl final, Marcos entendió que el amor de su padre, aunque callado, había sido tan fuerte como el hierro, forjándolo en el hombre que ahora sostenía a su propia hija entre los brazos, prometiendo ser para ella el padre que él siempre había querido tener.

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