**El Mejor Día**
Carmen salió del portal con paso ligero. A la entrada la esperaba su flamante coche rojo, un *Seat León*, su primer vehículo, que había soñado durante años y del que ahora se sentía orgullosa. Abrió la puerta y alzó la vista hacia la ventana de su piso. Como esperaba, su madre le sonreía y le hacía un gesto de despedida con la mano.
Carmen correspondió el saludo y se acomodó al volante. No lo vio, pero supo que su madre había hecho la señal de la cruz por ella. Arrancó y se sumó al tráfico de la avenida, rumbo al hospital donde empezaría su primer día como médico.
Muchas cosas habían cambiado en su ciudad natal, pero otras seguían igual. A pesar de su experiencia, sentía un nudo en el estómago. ¿Cómo la recibirían sus nuevos compañeros? Al pasar frente a la Facultad de Medicina, los recuerdos la embistieron como una avalancha.
Y había mucho que recordar.
Tras terminar el instituto, Carmen había entrado en Medicina. Soñaba con ser médica desde que, a los doce años, pasó dos semanas en el hospital por una neumonía. Ese día llegó a casa volando para darle la noticia a su madre, quien la abrazó entre lágrimas. Carmen repetía orgullosa a todo el mundo que era universitaria, futura doctora. Sus amigos y compañeros la felicitaron.
Pero la ilusión duró poco. El primer año fue una tortura: memorizar términos de anatomía en latín, noches enteras sin dormir. Era una chica delgada, pero tras aquel curso solo le quedaban los ojos.
En tercero las cosas mejoraron. Las asignaturas clínicas requerían menos memoria y más reflexión. Carmen afloró un poco y entonces lo vio: un chico guapo en clase. Corrían rumores de que no dejaba títere con cabeza, pero a las chicas les encantaba.
Y ella, inexperta en el amor, se enamoró perdidamente. Sabía que no terminaría bien, pero el corazón no entiende de razones. Cada vez que Sergio la miraba, se ruborizaba.
Al final, él le prestó atención. Ella anhelaba romance, pero él fue directo y rápido en sus intenciones. Y como suele pasar, aquello terminó en un embarazo.
Las náuseas en clase, el desinterés de Sergio, las noches de llanto… Carmen apenas podía estudiar. Un día lo abordó en el comedor y, jugueteando con unos macarrones fríos, le confesó su estado.
Él la miró con frialdad y le dijo que no iba a casarse, que lo mejor era abortar. Bebió su zumo de un trago y se fue.
Carmen dejó el plato intacto, ahogándose en lágrimas. En la consulta, aguantó las miradas reprobatorias de los médicos y el personal. Su madre nunca lo supo. Le dijo que estaba enferma, que solo necesitaba descansar.
Pero la vida seguía. En la universidad veía a Sergio con otras chicas. Cuando iba a clase (rara vez), ella no podía concentrarse. No aguantó más y se trasladó a Madrid. Su madre no entendía, pero Carmen insistió en que allí las oportunidades eran mejores.
En el último curso se casó con un compañero tímido, locamente enamorado de ella. Su suegra, costurera, le hacía vestidos preciosos. Tras graduarse, Carmen trabajó en un hospital madrileño, en traumatología infantil. Su marido, médico de familia, empezó a resentirse por su éxito. Su suegra insistía en que debía tener hijos, que así “se asentaría”. Finalmente, él pidió el divorcio.
Mirando desde el coche su ciudad natal, Carmen recordó cómo cargó con la culpa de no tener hijos. ¿Castigo por aquel amor imprudente? Tras el divorcio, trabajó unos años más en Madrid pero, cansada de alquileres, volvió con su madre. La contrataron en el hospital infantil provincial, modesto comparado con los madrileños.
Sus nuevos colegas la observaban con recelo: “A ver qué se cree esta *madrileña*”. Pero Carmen no presumió, no criticó. Con el tiempo, ganó su respeto.
A los niños los trataba con ternura, como si quisiera darles el amor que nunca pudo dar a sus propios hijos. A veces se preguntaba cómo habría sido su vida si no hubiera abortado. ¿Por qué la juventud es tan necia?
Un día llegó un niño, Adrián, con una fractura complicada. Sus padres, desesperados, lo trajeron en coche. “Qué niño más guapo”, pensó Carmen mientras operaba.
Al salir de quirófano, los padres se abalanzaron sobre ella. Y entonces lo reconoció: Sergio. Diez años después, pero era él. Llevaba máscara, pero sus ojos… ¿Qué revelan los ojos? Cansancio, pena… Él no la reconoció. Su mujer, pálida y frágil, con mirada triste, se aferraba a él.
“Después de todas las que tuvo, se casa con esta…”, pensó Carmen. Pero al ver su preocupación por el niño, dudó. ¿Sería buen padre? Su mujer, sin embargo, llevaba el dolor grabado en los ojos.
Al día siguiente, Sergio apareció con rosas y un regalo. Se quedó petrificado al verla.
—Gracias, pero no era necesario —dijo Carmen, evitando su mirada.
Quiso hablar, disculparse. Ella lo dejó claro:
—Podría haber cometido un error. Tu hijo habría quedado cojo. Pero lo hice perfecto. Correrá como antes.
Sergio se fue. Carmen dejó las flores en una mesa y miró su reflejo en el espejo. La bata azul le sentaba bien. Aún podía pasar por veinticinco.
Después, en la habitación de Adrián, entregó el regalo a la mujer de Sergio.
—No era necesario —repitió, y se marchó.
Más tarde, en la sala de descanso, reflexionó. ¿Por qué había sido tan dura? Ella tomó aquella decisión. Quizá con su madre habría podido… Pero no, no era justo. Nunca haría daño a un niño.
Sergio volvió, intentando justificarse. Ella lo evitó, hasta que un día la esperó junto al coche.
—¿Se enteró tarde del embarazo? ¿Por eso se casó? —preguntó Carmen con amargura.
—¿Cómo lo sabes?
—Me lo imaginé.
Mientras se alejaba, miró por el retrovisor.
Todo pasa por algo. Era una excelente traumatóloga, lucía bien. Y la felicidad… Bueno, el cirujano Martín le echaba el ojo. Quizá ya era feliz y no lo sabía.
La vida no es perfecta, pero cada día trae algo bueno. Tras el dolor, hasta las pequeñas alegrías saben a gloria.
**Moraleja**: A veces el destino nos lleva por caminos inesperados, pero cada experiencia, por dura que sea, nos hace más fuertes. No hay que olvidar que la felicidad no siempre llega en grande; a veces se esconde en los detalles.







