Sé quién eres

**Sé quién eres**

Leticia estaba en la caja con una mirada que decía: «Estoy harta de todos y de todo». En ese momento, frente a ella, había una chica lenta, medio dormida, del tipo que Leticia llamaba *gallinas*.

Todos los clientes los dividía en tres categorías: *gallinas*, como esta chica; *perros*, que solo buscaban pelea; y *los que no son de este mundo*, que no encajaban en las otras dos.

Leticia ya había pasado los productos y esperaba el pago. La chica rebuscaba en su monedero enorme, revoleando tarjetas de descuento de otras tiendas con esas uñas postizas verdes fosforito.

—¿Tarjeta? —preguntó Leticia, conteniendo un suspiro.

La chica asintió y siguió rebuscando. La fila murmuraba, impaciente. Finalmente, encontró la tarjeta, la pasó… y todos respiraron aliviados. Pero luego, con una calma exasperante, la guardó, cerró el monedero, lo metió en el bolso con cremallera y recién entonces empezó a meter las compras en la bolsa. Como si le hiciera un favor al mundo entero.

«Vaya mosquita muerta —pensó Leticia—. ¿Tan difícil era tener la tarjeta lista? Y encima casada, con ese anillo. Vaya donde los hombres ponen los ojos…».

Miró a la siguiente clienta: una abuela con una niña. Estas dos sí que eran *de otro mundo*. Las veía a menudo. La abuela metía las compras nerviosa; la niña, callada, con unos ojos azules enormes y unos rizos rubios que se escapaban del gorro. Cada vez que las veía, Leticia imaginaba que podría haber tenido una hija así, rubia y de ojos claros.

La abuela pagó lo justo —la pensión no da para mucho— y salió cojeando con su bastón, la niña pegada a ella como una sombra.

Al día siguiente, Leticia la vio otra vez.

—¿Hoy sin la nieta?

—No… Alba ya va a la guarde. Por fin.

—21 euros con 95 —dijo Leticia—. ¿Antes no iba? Parece mayorcita.

—Iba, pero… su madre, mi hija, murió hace poco. La pobre se encerró en sí misma… —La abuela se secó una lágrima.

Sin pensarlo, Leticia cogió una tableta de chocolate de la oferta y la metió en su bolsa.

—Para la niña.

—¡Ay, no hace falta! ¿Cuánto le debo?

—Nada.

La abuela, desconcertada, se fue agradeciendo.

***

Leticia no recordaba a su padre. Su madre decía que era guapo, pero ella no se lo creía. ¿Esa mujer seca, nariguda y bronca con un apuesto hombre? Aunque Leticia no se parecía en nada a su madre: alta, bien plantada, pelo castaño…

Su padre las abandonó cuando era pequeña. Vivían en un pueblo cerca de la estación. Su madre siempre la llamó *lastre*, *estorbo*. Nunca un abrazo, una palabra cariñosa. Solo gritos, insultos, hasta algún zapatillazo. Leticia tampoco le tuvo cariño.

Se fue a estudiar a Barcelona, a un módulo de comercio. No le apasionaba, pero era fácil, con residencia y trabajo rápido. Necesitaba el dinero: su madre no pensaba *mantenerla*.

Enamorada en segundo curso, el chico la dejó antes de saber que estaba embarazada. Abortó sin dudarlo. No quería un hijo como *estorbo*, como ella lo había sido.

Luego vino Manolo, guapo, pero sus padres la rechazaron. Después, Alfredo, casado y gordo, que le compró un piso. No le gustaba, pero aguantó siete años aburridos. Él venía sin avisar, ella esperaba como una tonta. Hasta que dejó de venir.

Otros hombres pasaron, pero ninguno la quiso para siempre. Intentó ser madre sola, pero el aborto la dejó estéril.

A su madre la visitaba al principio, llevándole comida. Su madre la escondía, por si acaso.

Hace ocho años, su madre murió quemada en su casa. Dicen que un inquilino la provocó. En el funeral, Leticia estuvo sola. El ataúd pesaba poco, como si estuviera vacío. No fue más a la tumba.

Y así vivía: soltera, amargada, odiando a las *gallinas* felices, con marido y vida fácil. Pronto cumpliría cuarenta. Se maquillaba mucho para tapar las arrugas.

Pensaba que, sin aquel aborto, podría tener una hija como Alba: rubia, de ojos azules. La habría vestido de princesa, la habría llevado a los festivales del cole…

Días después, la abuela volvió a la tienda, pero esta vez llevaba chorizo, pollo, queso…

—¿Hay fiesta?

—Mañana son los cuarenta días de mi hija. Los vecinos vendrán a rezar…

Leticia le pidió que esperara, llamó a un compañero y, con su abrigo, la acompañó a casa, llevándole la compra.

—Soy Gala —dijo la abuela, incómoda—. Vivimos cerca…

Leticia, además, metió en su bolsa fruta, vino, embutidos…

—Venga mañana a rezar —rogó Gala—. Iremos al cementerio, luego los vecinos…

—Iré. —Leticia sonrió—. ¿Y el padre de Alba?

—Ah, se fue cuando mi hija enfermó. Tiene otra familia. En el funeral ni vino.

—¿O sea que Alba se queda con usted?

—¿Y con quién más? Tengo familia, pero viven lejos. Nadie la querría… Solo pido a Dios que me dé tiempo para criarla.

Leticia pensó en la niña. Menudo futuro…

Al día siguiente, en el funeral, solo había dos vecinas. Alba jugaba con una muñeca.

—¿Cómo se llama?

—Ana —dijo la niña, sin levantar la vista—. Como mamá.

—¿Sabes? Cuando alguien se va al cielo, manda a otro en su lugar. Un gato, un perro, una persona… para que no estés sola.

—¿En serio? ¿Y mamá me mandará a alguien? ¿Cuándo? —Sus ojos azules brillaron, por primera vez con vida.

Leticia empezó a visitarlas a menudo, llevando comida.

—No robe, por favor —decía Gala.

—No robo. Vivo sola, no gasto en nadie. Ustedes lo necesitan.

Para Navidad, le compró a Alba un vestido rosa y una corona de princesa. La niña no se lo quitó de encima en toda la tarde.

Al irse, Alba la esperó en la puerta.

—Sé quién eres. Mamá te mandó por ella. ¿No te irás, verdad?

—No me iré. —Leticia la abrazó, mirando a Gala, que lloraba en silencio.

Al día siguiente, fueron al festival del cole.

—Usted no viene solo por ayudar, ¿verdad? —preguntó Gala—. Alba pregunta siempre por usted.

—Soñé con una hija así. Pero no puedo tener hijos. —Y le contó toda su vida.

Alba empezó a llamarla *mamá*.

Cuando Leticia les propuso vivir juntas, Alba asintió, pero miró a su abuela.

—Ve con tu madre —dijo Gala.

Así, Alba tuvo una madre nueva, y Leticia, la hija que siempre quiso. Gala murió cuatro años después, dejando el piso a la niña.

—No quiero que se lo quiten —susurró antes de irse.

Y Leticia adoptó a Alba oficialmente.

Tres vidas duras que se cruzaron.

¿Será verdad que, cuando alguien se va, nos manda un ángel?

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