Agosto Ardiente

Caluroso agosto

Agosto, pero el calor era insoportable, como si el verano decidiera quedarse para siempre. El sol abrasador elevaba la temperatura por encima de los treinta grados. Las noches apenas traían alivio, y el aire en las casas, recalentado durante el día, se volvía irrespirable.

Sofía no soportaba el calor. Y menos con el embarazo. Noveno mes. Solo deseaba librarse de esa enorme barriga o, al menos, que refrescara un poco. La camisón, empapado en sudor, se le pegaba al cuerpo. Miró con envidia a Javier, que dormía plácido a su lado.

Zumbó un mosquito cerca de su oreja, insistente, molesto. Sofía agitó la mano para ahuyentarlo. Javier se removió, pero no despertó. “Qué suerte tiene, ni el calor ni los mosquitos le molestan”, pensó, resentida.

Apartó la sábana, se incorporó en la cama y dejó caer sus hinchados pies al suelo. Se masajeó la espalda dolorida. El mosquito volvió, esta vez apuntando a su mejilla o cuello.

Se levantó y caminó descalza hasta la cocina. Llenó un vaso con agua del botijo, se sentó y bebió a pequeños sorbos.

¿Por qué había decidido tener otro hijo? Ya no era una niña, tenía cuarenta años. A su edad, las mujeres pasean a sus nietos, celebran las bodas de sus hijos. Dani empezaría primaria el año que viene… ¿Cómo estaría? El corazón le dio un vuelto, y la niña en su vientre respondió con una patadita. Sofía acarició su vientre.

—Tranquila, cariño, todo está bien. Duerme. —Y volvió a beber, tragando también un recuerdo amargo…

***

Sofía se casó tarde. No le faltaba nada: era guapa, menuda, alegre. Pero como dice el refrán: “No es más feliz quien más tiene, sino quien menos necesita”. No le faltaron pretendientes. Pero los hombres de hoy no se apresuran al matrimonio, o ya están atados, a veces con nudos muy flojos. Y los divorciados rara vez buscan recomenzar.

Hasta que conoció a quien creyó su media naranja. Álvaro propuso vivir juntos de inmediato. Pero pasaron los años, y la propuesta de boda nunca llegó. Debería haberse preguntado si aquello tenía futuro. Ya tenía treinta y cuatro…

Luego vino el embarazo, y todo encajó. Álvaro no se volvió loco de alegría, pero tampoco huyó. Dos meses después, celebraron una boda sencilla.

El embarazo fue difícil, como el parto. Sofía cuidó a su hijo como una loba a su cría. Álvaro no sintió celos, más bien alivio. Cualquier excusa era buena para salir, reunirse con amigos, disfrutar de su libertad efímera. Al principio, Sofía sufrió, luego aceptó. Las peleas solo los alejaban más.

Dani crecía rápido. Álvaro decía trabajar día y noche, pero el dinero escaseaba. Su madre ayudaba como podía, pero ¿qué puede una jubilada? Los suegros a veces les daban algo, pero el dinero desaparecía sin dejar rastro.

Todo se descubrió un día de verano. Sofía paseaba con Dani por el parque cuando una joven se le acercó. Charlaron.

—Eres guapa, nada como Álvaro te describía —dijo la chica, pensativa.

Sofía sintió que un cubo de agua helada le caía encima. Era la amante de su marido. Ahí se iba el dinero. La revelación le quemó. La joven siguió: Álvaro quería divorciarse, solo el niño los unía, ella no quiso esperar más…

En casa, Sofía se lo soltó. Álvaro lo negó todo, dijo que no conocía a esa loca. Sofía no le creyó. Solo una amante desesperada actuaría así.

Lloró, dudó, sufrió. Luego tomó a Dani y se fue con su madre. Tres meses después, Álvaro volvió, rogándole que regresara. La chica era una tonta, nada serio. Pero Sofía también tenía culpa, solo pensaba en el niño…

No le perdonó. Se divorció. Renunció al piso, pero se quedó con el coche que compró antes de la boda. Un año después, al volver al trabajo, conoció a Javier. Temió empezar de nuevo, desconfiaba. Pero él insistió, no se rindió. Su madre le decía: “No todos los hombres son iguales”. Y al final cedió.

No quería otro hijo. Con Álvaro todo fue bien hasta que nació Dani. ¿Y si Javier tampoco aguantaba los pañales y las noches en vela? Pero él se emocionó con el embarazo, hasta habló de mudarse a un piso más grande. Sofía decidió seguir adelante, pero pospuso la boda. Quería asegurarse primero.

Un día, con Javier en el trabajo y Dani en la guardería, apareció Álvaro. Ni siquiera se sorprendió al ver su vientre. Los rumores le habían llegado.

Empezó quejándose: el covid, la crisis, menos sueldo, la amante lo dejó… No entendía cómo habían llegado a aquello. Si pudieran volver atrás…

Sofía cortó su lamento. Sabía que había algo más. Y preguntó directa. Álvaro volvió a la carga:

—Tú tienes marido, un hijo, otro en camino. ¿Niño o niña? Yo estoy solo…

—Di para qué viniste, deja de marear la perdiz. Dani volverá pronto.

—Dani… —Se animó—. De él vine a hablar.

Sofía se tensó.

—Tienes pareja, casa, coche. ¿Javier querrá adoptarlo?

—¿Te opondrías? —preguntó Sofía, entendiendo adónde iba.

—No. Todo lo contrario. Pero las mujeres huyen de hombres con pensiones… Yo también quiero una familia…

—¿Quieres librarte de la pensión? ¿Venderías a tu hijo? Dios mío, ¿en qué estaba pensando cuando me casé contigo?

Pero algo en la mirada de Álvaro le heló la sangre. “¿Qué más tiene?”, pensó.

—Soy su padre. Por ley, puedo reclamarlo. O que viva contigo y conmigo por turnos.

El miedo la invadió.

—¡¿Cómo te atras?! No sabes ni qué come, ni sus alergias… Nunca lo cuidaste. ¿Crees que lo dejaré contigo? Ningún juez te lo dará.

—Una madre que se casa otra vez y espera otro hijo. ¿Javier lo querrá como a un hijo propio? ¿Estás segura? Ni siquiera es tu marido. El juez lo dará a su padre. Piensa bien lo que te digo. O me lo das voluntariamente y olvidas la pensión, o voy a juicio. Espero tu llamada.

Cuando Javier llegó, Sofía, entre lágrimas, se lo contó.

—No sabía que era capaz de esto. ¿Y si es en serio? No lo soportaré.

Javier meditó antes de hablar:

—Deberíamos habernos casado antes. Quiere dinero, ¿no? Pues que se ahogue con su pensión. Pero tengo una idea mejor.

La miró.

—Dani ya es mayor. Que viva con él. Que vea quién es su padre de verdad. ¿O prefieres esperar a que un juez decida?

—¡No lo entregaré!

—No digo para siempre. Pero si el juez ordena turnos, ¿aguantarás años así?

Sofía lloró toda la noche. A la mañana siguiente, decidió llamar a Álvaro.

Habló con Dani. El niño, inocente, creyó que sería divertido. Eso la dolió más.

Cuando quedó sola, llamó a Álvaro:

—Sus cosas están listas. Medicinas, teléfonos del médico… Puedes venir esta noche. Pero hablo con él cada día.

Silencio. Javier tenía razón. Álvaro no quería a Dani,”Sofía abrazó a Dani con fuerza, sabiendo que, al final, el amor de una madre siempre triunfa sobre el egoísmo de un hombre que nunca supo ser padre.”

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Agosto Ardiente
¡Íñigo, el maletero! ¡El maletero se ha abierto, para el coche! – exclamaba Marina, aunque ya intuía que todo estaba perdido… Las cosas salieron rodando del maletero a la carretera, y los coches que venían detrás, seguro que ni las vieron. ¡Y ahí iban los regalos y los manjares, para los que habían estado ahorrando los últimos dos meses! ¡La lata de caviar rojo, el salmón, el jamón ibérico tan caro, y todas esas cosas que solo se permitían en grandes ocasiones! Las bolsas con los productos y regalos más preciados estaban arriba en el maletero, bien colocadas para que no se aplastaran. Iban cargados de cosas, camino del pueblo a celebrar las fiestas con la abuela de Íñigo. Había atasco en la carretera, media ciudad saliendo fuera, los coches iban pegados, sin mucha velocidad… Pero frenar de golpe era imposible, así que todo lo que cayó, cayó. Los niños, en el asiento de atrás, se inquietaron al ver a su madre tan disgustada y también se echaron a llorar. Marina los tranquilizaba, mientras Íñigo frenaba y se apartaba al arcén; por fin pudieron parar. Quedaba una chispa de esperanza, quizá todo se había ido al arcén. Volvieron andando atrás por la cuneta, pero era en vano. Buscar no tenía sentido, solo perderían tiempo. —Déjalo ya, cariño, lo que se ha perdido, perdido está. Compraremos otra cosa, ¿vale? Y si hace falta, prescindimos —dijo Íñigo al ver a Marina tan desolada—. Mira cómo nieva y qué oscuro se está poniendo, mejor volvamos al coche que la carretera está mal. Todo el camino, Marina iba callada. ¿Para qué culpar a Íñigo por el cierre del maletero, si el coche es viejo y el cierre ya no va bien? Ella misma intentaba no pensar en lo ocurrido, pero se le saltaban las lágrimas una y otra vez. Daba rabia, porque había ahorrado para comprar todo eso. Siempre le pasa algo, ¿por qué tan poco suerte? Y claro que hay cosas peores, pero hace daño igual. Encima se acordó de la manta calentita y suave, regalo para la abuela, que también iba allí. Al llegar al pueblo casi era medianoche; pensaban que la abuela María ya estaría dormida. Pero el farolillo del porche lucía y la abuela, junto a su vecina Zina, salió corriendo a recibirles. —¡Habéis llegado, gracias a Dios! —gritó la abuela besando uno por uno—. Marinitas, Iñiguito, ¡qué alegría! ¿Y Juan e Irene? ¡Aquí están, mis tesoros, gracias a Dios, todo bien! —Abuela, está todo bien, no te preocupes tanto —dijo Íñigo abrazándola—. Entremos en casa, que nieva y solo llevas el abrigo echado por encima, ¡qué frío! ¿Por qué tanto nerviosismo, mujer? La abuela hizo un gesto con la mano—. No te rías, Iñigo, pero Zina y yo hemos estado toda la tarde rezando por vosotros. Hoy he tenido una visión, como si fuera realidad: vuestro coche se salía de la carretera y ocurría una desgracia. Me desperté sudando, con muy mala sensación en el cuerpo. Así que Zina, al verme tan mal, propuso rezar y pedirle a San Nicolás que os protegiera. Realmente, no sabíamos cómo pagar tanto favor… Pero habéis llegado sanos y salvos, ¡eso es lo que importa! —Tienes razón, abuela —dijeron Marina e Íñigo—. Y si a alguien le llegó nuestra cesta de regalos, que la disfrute. Seguro que la necesitaba más. El Año Nuevo lo celebraron con una gran mesa: patatas de la huerta, tomates y pepinillos en vinagre, arenque bajo el abrigo (ensaladilla rusa) y ganso asado para chuparse los dedos, y por supuesto los famosos bollitos de la abuela. Los niños, Juan e Irene, pasaban la noche entre los bollos calientes y los juegos… Hasta casi medianoche esperando ver cómo San Nicolás dejaba los regalos bajo el árbol. La abuela María reía, abrazando a sus nietos y bisnietos, propios y ajenos. ¡Qué felicidad estar todos juntos! Eso sí que importa. Y mientras, en un pueblecito perdido de la España rural, en una casita compartida entre tres viejas casas, estaban sentadas dos ancianas, hermanas: Esperanza y Virtudes, y su vecino don Basilio. Sobrevivían como podían: sin apenas familia, plantando en verano algo en la huerta, y en invierno todo frío y soledad. Pero juntos se apañaban. Basilio, que había ido por leña seca al bosque, de pronto vio una bolsa asomar entre la nieve al borde de la carretera. La recogió —una bolsa repleta de manjares: caviar, pescado, jamón… y al fondo, la manta blanca y suave.— Miró a su alrededor; nadie por allí. Llevó la bolsa a casa, extendió la manta junto a la lumbre, y las hermanas pusieron los platos en la mesa. —Nunca pensé volver a probar semejantes delicias en mi vida —decía Virtudes sorprendida. —Y yo tampoco creí en los milagros —respondía Esperanza. —Esto es cosa del cielo —sentenció Basilio—. Quizá es una recompensa por aguantarnos tan solos. Aún nos queda por ver y alegrarnos en este mundo. No hay que lamentar lo perdido. Quizá fue el destino, quizá fue la manera de librarse de un mal mayor, de pagar una deuda con la fortuna. Hay que alegrarse, porque a veces se conserva lo más valioso.