Buscando a mi compañero ideal

La búsqueda del marido

—¡Vaya, ahí sentada! No eres una gallina para empollar huevos. Así, en casa, no vas a encontrar marido. Mira, ha llegado esa exposición de arte. Podrías ir.

—Mamá, ¿no eras tú la que me decía que los artistas son unos pobretes y que no sirven para maridos? Con ellos te mueres de hambre —replicó Inés con sorna.

—Lo dije —la madre se encajó las manos en las caderas, sacando pecho—. Lo dije cuando tenías diecisiete y te gustaba aquel vecino nuestro. ¿Y qué? ¿Dirás que me equivoqué? Pintaba dibujos bonitos. Hasta te regaló un cuadro. Pero tu «talento no reconocido» acabó en el alcohol.

Inés suspiró. No había qué discutir.

—No hablo de artistas, hablo de la exposición —continuó la madre, terco como una mula—. Ahí va gente culta, inteligente. Ve, pasea… Mira gente, déjate ver.

—¿Y que me ponga en la frente: «BUSCO MARIDO»? —añadió Inés, sarcástica.

—Pues quédate en casa —la madre giró hacia la sartén en el fogón, removiendo con energía, el ruido del aceite chisporroteando—. Así me moriré sin conocer a mis nietos.

—Pues haber tenido más hijos. Así los hubieras visto antes —le soltó Inés, irritada, a su espalda.

—¡Pero si es lo que te digo! ¿Cuántos años tienes ya? Más de treinta. Yo al menos te tuve a ti. El tiempo vuela, los años pasan. La vida de una mujer es corta. Mira tu amiga Clara, del instituto, ya va por el segundo marido. Y el segundo niño en el carrito. ¿Y Luisa? El mayor ya va al cole, al pequeño le faltan meses para los tres años…

—¡Basta! Todos los días lo mismo —Inés golpeó la mesa con las palmas, se levantó y salió de la cocina sin dejar que su madre terminara.

—¿Adónde vas a estas horas? —la madre asomó con una cuchara en la mano.
—A buscar marido —rezongó Inés, enrollándose una bufanda gruesa al cuello.

Mientras se abrigaba, pensaba con fastidio cómo se le habían esfumado sus planes de descansar y dormir, por fin, tras una semana agotadora. Le molestaba que su madre estuviese tan desesperada por «colocarla» con el primero que pasase.

—Y no me mires así —gritó Inés sin volverse—. No hubieras apretado tanto las tuercas en su momento. ¿Querrías que cambiase de marido cada temporada, como Clara? ¿Eh, mamá?

—¡Ay, por Dios! —la madre escupió, exasperada—. ¿Cómo hablar contigo? Solo quiero lo mejor. Cuando me muera, te quedarás sola…

—Desde que tengo memoria, llevas a punto de morirte. Mamá, soy adulta. Decidiré qué hacer con mi vida. Tú estuviste casada, ¿y qué? Me criaste sola. Pues voy a encontrar marido. Tendrás tu nieto —refunfuñó Inés, ajustándose unos guantes de piel.

La madre se quedó boquiabierta, parpadeando. A Inés le dio lástima.

—Tranquila. Voy a casa de Luisa, hace tiempo que no la veo. Se te quema algo —dijo en tono más suave.
La madre alzó las manos y corrió a la cocina, mientras Inés salía del piso.

«¿Y ahora? —pensó, bajando las escaleras—. ¿Y si voy a ver a Luisa? A ver su felicidad familiar. Mejor que vagar por la calle con este frío».

Afuera, una llovizna helada mojaba el asfalto. Inés se ajustó la bufanda y salió del portal. Bajo las farolas, el suelo brillaba, húmedo. Al doblar la esquina, una ráfaga de viento le abrió el abrigo. Se apresuró hacia la parada, sujetando el sombrero.

El autobús iba lleno. La empujaban, le rozaban los pies con bolsas mojadas. Nadie quería caminar con ese tiempo. Una parada antes de llegar a casa de Luisa, bajó. No podía presentarse sin regalos. Entró en una tienda: compró dos huevos de chocolate con sorpresa, fruta y un tarro de café. La última vez que fue, su amiga se había quedado sin.

Luisa abrió la puerta y la abrazó al instante. Jaime, el pequeño, tiraba de su abrigo, mientras el mayor, Pablo, saltaba a su lado gritando:

—¡Ha venido la tía Inés!

—Quédate a cenar. Va a llegar Jorge del trabajo… —Luisa se apresuró hacia los fogones, donde una olla hervía a borbotones.

Mientras cortaba verduras, Luisa daba órdenes al mayor, regañaba al pequeño y hablaba con Inés, todo a la vez.

—¿Cómo haces para no volverte loca? —preguntó Inés, mareada.

—Costumbre. A veces sueño con estar sola, en silencio. Pero no aguantaría ni una hora sin ellos. ¿Y tú?

—Mamá me echó. ¿Me adoptas? —respondió Inés en voz baja, pero Luisa la oyó.

—¿En serio? —dejó el cuchillo, paralizada.

—Era broma. Me fui sola. Ya me hartó con lo del matrimonio. Como si fuese fácil. Los hombres buenos no crecen en los árboles. ¿Qué me pasa, LInés, al final, encontró su felicidad en lo inesperado, entre risas, un café humeante y un destino que, como en los mejores sueños, llegó sin avisar.

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