Esperando el gran día, llegó la separación.

Esperaba una boda, llegó el divorcio

Lucía permanecía sentada en el piso vacío de su apartamento, contemplando el vestido blanco que jamás llegó a estrenar. Colgaba en la puerta del armario como un fantasma de ilusiones rotas, y cada vez que su mirada rozaba la delicada tela, el corazón se le encogía de dolor.

—¿Lucía, estás en casa? —la voz de su vecina Carmen resonó al otro lado de la puerta—. ¿Puedo pasar?

—Adelante —respondió ella sin levantar la cabeza, el cansancio marcando cada palabra.

Carmen cruzó el umbral con cuidado, sosteniendo un plato de empanadas recién horneadas.

—Las hice anoche y pensé: «Se las llevo a nuestra novia» —sus palabras se cortaron al ver el rostro de Lucía—. ¡Ay, cariño! ¿Qué te pasa? Estás pálida como un papel…

—Carmen, ¿qué diría si le digo que no habrá boda?

La vecina se quedó inmóvil, el plato temblándole entre las manos.

—¿Cómo que no? ¡Pero si tenéis todo listo! El banquete reservado, los invitados confirmados, el vestido… ¿Os habéis peleado con Javier?

Lucía soltó una risa amarga.

—Pelea… Si se puede llamar así al hecho de que anoche llegara y me anunciara que se casa con otra.

—¡Madre mía! —Carmen se dejó caer en una silla—. Pero ¿cómo es posible? Lleváis años juntos, comprasteis este piso juntos, lo reformasteis… ¿Y quién es esa… esa…?

—Una compañera de su trabajo. Joven, guapa… —Lucía se estremeció—. Dice que la ama, y que conmigo solo seguía por inercia.

—¡Pero qué sinvergüenza! —Carmen golpeó la mesa con indignación—. Perdona la expresión, Lucía, pero no se me ocurre otra palabra. ¡Hay hombres que solo saben aprovecharse! Te usan mientras eres joven, y cuando pasas los cuarenta, te cambian por una veinteañera.

Lucía se levantó y se acercó a la ventana. Afuera, el sol iluminaba las calles de Barcelona, la gente caminaba apresurada, y todo parecía seguir su curso, mientras su vida se detenía en seco.

—Lo peor, Carmen, es que yo me lo creí. Esos discursos sobre formar una familia, sobre tener hijos después de la boda… Hablaba tan bonito que hasta me convenció. A mis cuarenta y dos años, me dijo que ya era hora de «sentar cabeza».

—¿Y el piso? ¡Lo comprasteis juntos, con esa hipoteca que os ahogaba!

—Exacto. Ahora propone venderlo y repartirlo a medias. Muy justo, ¿no le parece?

Lucía regresó a la mesa y se sentó frente a su vecina. Carmen, en silencio, sirvió té del termo que había traído.

—Lucía, ¿te acuerdas de cuando te cortejaba? Te traía flores cada semana, te llevaba al teatro…

—Lo recuerdo. Solo que ahora entiendo que no era romance, sino un estudio de mercado. Quería asegurarse de que sería una buena empleada doméstica.

—¿Empleada doméstica?

—Juzgue usted —Lucía se puso de pie y comenzó a caminar por la habitación—. Los últimos tres años, yo limpiaba, cocinaba, lavaba. Él llegaba del trabajo y se tiraba en el sofá mientras yo le servía la cena. Decía que estaba agotado, que su trabajo era muy exigente.

—¡Pero si tú también trabajas! Enfermera en aquel hospital…

—Eso no lo consideraba «trabajo de verdad». Como ganaba menos, las tareas del hogar eran mi obligación natural. Y yo, tonta, me alegraba cuando al fin me propuso matrimonio.

Carmen negó con la cabeza.

—Los hombres de ahora no tienen palabra. Antes, si te casabas, era para toda la vida. Pero hoy… En cuanto aparece otra, te cambian como si fueras un móvil viejo.

—¿Sabe qué es lo más irritante? —Lucía se aferró a la taza de té—. Encima me reprocha que no me «desarrollo», que me he vuelto aburrida. ¿Cuándo iba a hacerlo? Después de doce horas en el hospital, llegaba a casa a limpiar, cocinar, lavar. El fin de semana, compras y limpieza general. ¿Dónde quedaba tiempo para leer o ir al gimnasio?

—Ay, cariño, qué historia tan conocida —suspiró Carmen—. Mi difunto marido también decía eso. Pero yo le paré los pies enseguida. Le dije: «Si quieres una esposa culta, ayúdame, y así tendré tiempo para cultivarme».

—¿Y él?

—Cedió. Al principio refunfuñaba, pero luego se acostumbró. Vivimos veinticinco años felices.

Lucía se acercó al vestido, rozó la seda con los dedos.

—Lo quise tanto, Carmen… O creí que lo quería. Ahora ni lo sé. Quizá solo me acostumbré a la idea de tenerlo cerca.

—¿Y ahora qué harás?

—No lo sé. Habrá que seguir. Llamar a los invitados, cancelar el banquete, intentar recuperar algo del dinero. El vestido… —calló de golpe.

—No lo tires —le advirtió Carmen con firmeza—. A lo mejor aún lo usas.

—¿A los cuarenta y dos? ¿Quién me va a querer a esta edad?

—¡No digas tonterías! Eres una mujer guapa, amable, hacendosa. Alguien sabrá valorarte.

Lucía esbozó una sonrisa triste.

—Gracias por el consuelo, pero hoy me cuesta creerlo.

En ese momento, el teléfono vibró. Lucía miró la pantalla y frunció el ceño.

—Es Javier.

—Contesta —insistió Carmen—. Puede que haya recapacitado.

—¿Sí? —respondió ella con frialdad.

—Hola, Lucía. Necesito recoger mis cosas. ¿Puedo pasar esta noche?

—Ven —respondió secamente—. Ya las tengo preparadas.

—¿Por qué ese tono? Somos adultos, podemos separarnos como personas civilizadas.

—¿Civilizadas? —Lucía sintió que la ira le hervía dentro—. ¿Te parece civilizado anunciarme una semana antes de la boda que te casas con otra?

—Lucía, ya te lo expliqué…

—¡No explicaste nada! Solo soltaste que habías encontrado un recambio más joven. Muy elegante.

—No quería herirte.

—¿Ah no? ¿Qué esperabas? ¿Que te aplaudiera?

—No grites. Hablemos con calma.

—¿Calma? Muy bien. Dime, ¿por qué me pediste matrimonio si no estabas seguro?

—Lo estaba. Hasta que conocí a Laura y entendí que era diferente.

—Claro. Y durante estos años, ¿qué sentías por mí?

—Te respetaba, te valoraba…

—¿Como a una asistenta?

—¡No digas eso! Vivíamos bien juntos.

—Para ti, quizá. Llegabas a una casa limpia, con comida caliente. ¿Y yo qué recibía a cambio?

—¿Cómo? Vivías en un buen piso, yo pagaba la mayoría de los gastos…

—¡Ah, sí! Debería estar agradecida por tu «generosidad». Aunque mi sueldo también iba a los gastos.

—No me gusta cómo hablas. No me merezco esto.

—¿No? ¿Y yo merecía que me dejaras por una chica quince años menor?

—La edad no importa. Con Laura tengo conexión.

—¿Y conmigo qué? ¿Aburrimiento?

—Nos habituamos. El amor se apagó.

—Se apagó cuando me convertí en tu criada. Difícil mantener la pasión limpiLucía cerró los ojos, respiró hondo y, al abrirlos de nuevo, supo que por fin había dejado atrás el peso de una vida que nunca fue suya.

Rate article
Add a comment

;-) :| :x :twisted: :smile: :shock: :sad: :roll: :razz: :oops: :o :mrgreen: :lol: :idea: :grin: :evil: :cry: :cool: :arrow: :???: :?: :!:

five × two =