La sorpresa no es para ti

**15 de noviembre, Madrid**

—¡Mamá, no me digas que lo has olvidado! —gritó Lucía, entrando en el recibidor y tirando al suelo su bolso de diseño—. ¡Vamos, mamá! ¡Te lo dije hace un mes!

Carmen Martín se giró lentamente desde el espejo, donde se arreglaba las canas. Sus manos temblaban levemente, pero su mirada permanecía serena.

—¿De qué hablas, cariño? —preguntó en voz baja.

—¡¿De qué va a ser?! —Lucía lanzó el bolso sobre el sofá—. ¡Del cumpleaños de Álvaro! ¡Mañana cumple quince años! ¿O es que otra vez estás en tu mundo?

—No, lo recuerdo… —Carmen se dejó caer en el sillón, entrelazando las manos—. Solo pensaba que quizá no hacía falta tanto ruido…

—¿Que no hacía falta? —Lucía se quedó plantada en medio del salón, mirando fijamente a su madre—. ¡Es mi hijo! ¡Tu nieto! ¡Quince años! ¿Y dices que no hace falta?

Carmen suspiró. Sabía lo que venía. Como siempre que Lucía venía de visita con Álvaro los fines de semana. Su hija siempre había sido así: impulsiva, exigente. Y desde el divorcio, peor.

—Lucía, cálmate. Lo recuerdo todo. Ya compré un regalo y encargué una tarta en la pastelería —dijo cansada—. Solo creo que quizá no quiera fiesta. Se ha vuelto tan callado…

—¿Callado? —bufó Lucía—. ¡Es un adolescente! Todos están callados con los adultos. Pero eso no significa que no merezca celebración. ¡Al contrario! Hay que demostrarle que le queremos.

Un crujido en el pasillo. Apareció Álvaro —alto, delgado, con el pelo oscuro revuelto y los ojos serios de su padre.

—Hola, abu —murmuró, echando un vistazo a su madre—. ¿Por qué gritáis?

—No gritamos, hablamos de tu cumple —dijo Lucía, cambiando al instante a un tono empalagoso—. ¡Mañana cumples quince, mi cielo! La abuela ha pedido una tarta, yo traigo regalos…

—No quiero nada —masculló Álvaro, sentándose al borde del sofá—. Paso.

—¿Cómo que pasas? —se indignó Lucía—. ¡Quince años! ¡Es importante!

Álvaro se encogió de hombros y se hundió en el móvil. Carmen lo miró con preocupación. Algo no iba bien. Llevaba meses llegando más callado, apenas hablando con ella, y con su madre solo monosílabos.

—Alvarito, ¿qué quieres de regalo? —preguntó suavemente.

—Nada —contestó sin levantar la vista.

—¿Cómo que nada? —Lucía se sentó a su lado—. ¿Un móvil nuevo? ¿O actualizamos el ordenador?

—Mamá, déjame —gruñó Álvaro, levantándose—. Voy a mi cuarto.

—¿Qué cuarto? —Lucía se puso de pie—. ¡Si acabamos de llegar! Mejor planeamos la fiesta, a quién invitar…

—¡Que no quiero a nadie! —se giró bruscamente—. ¿Entendéis? ¡Nadie! Quiero estar solo.

—¿Por qué? —preguntó Lucía, desconcertada—. Antes te gustaban las fiestas…

—Antes… —Álvaro esbozó una sonrisa amarga—. Antes todo era distinto. Ahora no fingáis que os importan estos cumples.

Se fue, cerrando la puerta de un portazo. Lucía se quedó boquiabierta.

—¿Qué le pasa? —se volvió hacia Carmen—. ¡Si antes era tan alegre!

Carmen respiró hondo. Había visto cómo cambiaba su nieto. Cómo sufría por el divorcio, cómo oscilaba entre sus padres, agotado de sus reproches.

—Siéntate, hija —rogó—. Hablemos.

—¿De qué? —Lucía paseaba nerviosa—. ¡Está claro! ¡Javier lo pone en mi contra! ¡Sé cómo manipula!

—No es Javier —dijo Carmen con cuidado—. Álvaro está cansado. De vuestras peleas, de ir de una casa a otra…

—¿Qué peleas? —se indignó Lucía—. ¡Nos divorciamos civilizadamente!

—¿Civilizadamente? —Carmen negó con la cabeza—. Oigo cómo hablas con su padre por teléfono. Cómo os echáis culpas, cómo peleáis por el tiempo con él…

—¡Lucho por mi hijo! —estalló Lucía—. ¡Es mi niño!

—Y suyo también. Y él lo sabe. Se parte entre los dos —Carmen se acercó—. Tal vez debas pensar en él, no en ti.

—¡Solo pienso en él! —Lucía se apartó—. ¡Por eso quiero hacerle fiesta! ¡Que se sienta querido!

—¿Y si en vez de eso le das paz? Que sienta que su hogar es tranquilo.

Lucía miró por la ventana. Afuera, la llovizna teñía Madrid de gris.

—Estás en mi contra, ¿no? —susurró—. Como todos.

—No estoy en contra. Estoy por Álvaro. Y por ti. Pero a veces lo que creemos correcto no es lo que ellos necesitan.

—¿Qué quieres decir?

Carmen calló un momento.

—Cuando eras pequeña, yo también creía saber qué era mejor para ti. Te obligaba a música aunque amabas pintar. Te llevaba a baile aunque querías fútbol. Pensaba que te preparaba para la vida.

—¿Y? —Lucía frunció el ceño.

—Que creciste y lo hiciste todo al revés. A veces por despecho. Porque no te escuchaba.

—¿Y esto qué tiene que ver?

—Todo. Álvaro no quiere fiesta. Lo ha dicho. Y tú no oyes.

—¡Es un niño! ¡No siempre saben lo que les conviene!

—¿Y los adultos sí? —Carmen sonrió triste—. Tengo setenta y dos años, hija. Y sé que los niños suelen saber lo que necesitan. Solo que no queremos oírlos.

Lucía se acercó, apoyándose en el brazo del sillón.

—Mamá… tengo miedo de perderlo —confesó—. Desde el divorcio es como un extraño. Pensé que con una fiesta entendería que le quiero.

—Él ya lo sabe —Carmen le acarició la mano—. Pero ahora necesita calma. Estabilidad. Poder estar sin fingir.

—¿Entonces qué hacemos? ¿Nada?

—Preguntémosle. Que decida él cómo quiere su día. Y hagámoslo así.

Lucía dudó. La lluvia golpeaba con más fuerza.

—Vale —aceptó al fin—. Pero ¿y si no quiere nada?

—Pues estaremos a su lado. Eso a veces es suficiente.

Otro crujido en el pasillo. Álvaro reapareció, inseguro.

—¿Puedo entrar? —preguntó.

—Claro, nieto —sonrió Carmen.

Álvaro se sentó, jugueteando con un cojín.

—Perdonad por gritar —murmuró—. Es que estoy harto.

—¿De qué? —preguntó Lucía.

—De que vosotros y papá me preguntéis si estoy bien, si alguien me hace daño… mientras no sois capaces de hablaros bien.

—Lo intentamos…

—¡No! —Álvaro alzó la voz—. Te pones tensa cuando llama papá. Él me dice que no confíe en ti. ¿Eso es intentarlo?

Lucía se quedó sin palabras.

—Y ahora queréis hacerme una fiesta —continuó él—. Todos sonriendo, regalos, tarta… mientras sé que es mentira. Que en realidad os odiáis y solo me tenéis pena.

—¡No esY mientras las últimas gotas de lluvia acariciaban la ventana, los tres supieron que, quizá por primera vez desde el divorcio, estaban realmente escuchándose.

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