Prepárate para partir

—¡Prepárate y lárgate! —gritó Carmen, lanzando la camisa de su marido directamente a su cara—. ¡Estoy harta de verte!

—Carmen, ¿qué estás haciendo? —retrocedió Javier hacia la puerta, agarrando la camisa arrugada—. Cálmate, hablemos como personas civilizadas.

—¿Hablemos? —se giró hacia él, los ojos ardiendo de rabia—. ¡Treinta años llevo hablando contigo! ¡Treinta años aguantando tus juergas, tu desprecio, tu indiferencia!

—¿Qué juergas ni qué nada? —intentó protestar Javier, pero su voz tembló—. Solo estuve con los compañeros del trabajo…

—¿Estuviste? —Carmen cogió su zapato del suelo y se lo lanzó—. ¡Hasta las tres de la mañana estuviste! ¡Y yo aquí, como una idiota, calentándote la cena!

Javier esquivó el zapato y salió al pasillo. Carmen lo siguió, ahora con su chaqueta en las manos.

—Carmen, mi vida, ¿por qué reaccionas así? —intentó tomarle las manos, pero ella las apartó bruscamente.

—¡No me toques! —le apartó los brazos con violencia—. ¡No te atrevas a poner tus manos sucias sobre mí!

—¡Pero qué ha pasado! ¡Ayer todo estaba bien!

—¿Bien? —Carmen soltó una risa amarga—. ¿Crees que es normal que tu marido llegue borracho y se desplome en el recibidor? ¿Que los vecinos miren por las ventanas y cuchicheen?

—Bueno, me pasé un poco, pero a cualquiera le puede pasar…

—¿Un poco? —le agarró por el cuello de la camisa—. ¡Me llamaste “Merche” toda la noche! ¡No parabas de murmurar en sueños: “Merche, Merche”!

Javier palideció. Carmen lo vio y soltó su cuello.

—Ajá —dijo en voz baja—. ¿Ahora te acuerdas? ¿Pensaste que no lo oí?

—Carmen, no es lo que crees…

—¿Entonces qué es? —cruzó los brazos—. ¿Algo casual, sin importancia?

—Merche es… solo… —tartamudeó.

—¡Dime la verdad! ¿Quién es Merche?

Javier guardó silencio, cambiando el peso de un pie a otro. Carmen lo miraba y sentía cómo el frío se extendía por su interior.

—¿Es de la oficina, no? —preguntó—. ¿Esa nueva secretaria de la que hablabas?

—Carmen…

—¿Joven y guapa? —su voz se volvió más tenue—. ¿No como tu vieja esposa?

—Basta —dio un paso hacia ella—. Sabes que te quiero.

—¡Me quieres! —estalló de nuevo—. Si me quisieras, ¿por qué andas con otras? Si me quisieras, ¿por qué no vienes a casa?

—Sí vengo…

—¿Cuándo? ¿Cuando ya estoy dormida? ¿Cuando todo está limpio, cocinado y planchado?

Carmen entró en la cocina, Javier la siguió. En la estufa había una olla con sopa fría, y en la mesa, pan intacto.

—Mira —señaló la olla—. Ayer lo preparé para ti. Pensé que vendrías con hambre. ¿Dónde estabas?

—Me quedé trabajando tarde, luego…

—¡Luego te fuiste de juerga con Merche!

—¡No hay ninguna Merche! —Javier golpeó la mesa con el puño—. ¡Estás obsesionada!

—¿No existe? —Carmen sacó del bolsillo del delantal un pañuelo arrugado—. ¿Y esto qué es?

Javier lo tomó y leyó el número escrito. Debajo, con letras torpes, decía: “Merche”.

—¿Dónde lo encontraste?

—En tu chaqueta, cuando la iba a lavar —lo miró fijamente—. ¿Y ahora sigues negándolo?

Javier bajó la cabeza. Carmen vio cómo tragaba con dificultad, cómo tensaba la mandíbula.

—Carmen, no es como piensas…

—¿Entonces qué es? —se sentó y apoyó las manos en la mesa—. Explícamelo, dime la verdad.

—Solo… hablamos. En un bar. Es nueva, no conoce a nadie…

—Hablamos —repitió Carmen—. ¿Y te dio su número para charlar?

—Bueno… me invitó… dijo que estaba sola…

—Ya —asintió Carmen—. Sola ella. ¿Y yo? ¿A mí no me aburre estar sola?

—Carmen, tienes tu trabajo, tus amigas…

—¿Trabajo? —se levantó—. ¡Trabajo, limpio, cocino, plancho! ¿Y tú? ¿Estás de vacaciones?

—¡Yo también trabajo!

—¿Trabajas? —se acercó a él—. ¿Trabajas y luego te vas con jovencitas a los bares?

Javier desvió la mirada. Carmen lo observó y no lo reconoció. ¿Ese hombre gris, cansado, con entradas y barriga caída era su marido? ¿El mismo Javier del que se enamoró hace treinta años?

—Sabes qué —dijo en voz baja—. Vete con tu Merche. Quizá ella sí quiera a un hombre que vive en los bares y no aparece en casa.

—Carmen, no digas tonterías…

—¿Tonerías? —se rio—. ¡Las tonterías las dices tú! ¡Treinta años de matrimonio y todavía correteando!

—¡No corro detrás de nadie!

—¿No? ¿Dónde estabas ayer? ¿Y anteayer? ¿Y la semana pasada cuando no viniste hasta medianoche?

Javier calló. Carmen entró en el dormitorio y empezó a sacar su ropa del armario.

—¿Qué haces? —se plantó en la puerta.

—Preparar tus cosas —doblé las camisas y las metí en una bolsa—. Si no te gusta estar aquí, vete a otro sitio.

—Carmen, ¡para! Somos adultos, podemos hablar…

—¿Hablar? —se volvió hacia él—. ¿De qué? ¿De cómo me respetas? ¿De lo mucho que valoras nuestra familia?

—La valoro…

—¿La valoras? —le arrojó unos calcetines—. Si la valoraras, ¿por qué me engañas?

—¡No te engaño!

—¿No? —sacó un traje del armario—. ¿Entonces qué es esto? ¿Amistad?

—Solo somos amigos…

—¡Amigos! —le lanzó otro zapato—. ¡Amigos que se abrazan en los bares!

Javier palideció.

—¿Cómo lo sabes?

—Luisa los vio —siguió doblando ropa—. Pasó por ese bar de la calle Mayor. Dijo que estabais ahí, agarrados como tortolitos.

—Carmen, solo la consolaba…

—¿Consolas? —se giró—. ¿Y quién me consuela a mí? ¿Quién me abraza cuando lo necesito?

—Yo estoy en casa…

—¿En casa? —se acercó—. ¿Cuándo estás? Por la mañana te escapas, por la noche vuelves borracho. ¿Eso es estar en casa?

Javier bajó la cabeza. Carmen volvió al armario y siguió llenando la bolsa.

—Carmen, ¿y si lo hablamos con calma? —se sentó al borde de la cama.

—¿Hablar? —no se giró—. ¿De qué? ¿De que no lo volverás a hacer? ¿De que esta vez es la última?

—¡Sí!

—Mentira —cerró la bolsa—. Lo harás. Porque no sabes hacer otra cosa.

—Carmen…

—¿Sabes cuántas veces me lo has prometido? —lo miró—. ¿Cuántas veces juraste que no volverías a beber, aCarmen cerró los ojos, respiró hondo y susurró para sí misma: “Ahora, por fin, empiezo a vivir”.

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