Oye, después de ese beso, estuve dos días como alma en pena por la dehesa. Ni el olor del ganado ni las botas llenas de tierra me importaban. Todo me daba igual. Él me había besado. A mí. La “niña pija”, la que no vale para nada.
Pero no volvió a sacar el tema. Ni media palabra. Como si jamás hubiera pasado. Como si no me hubiera dejado temblando hasta las uñas de los pies.
Y yo, como boba, esperando que repitiera lo del establo. Pero nada. Silencio de pastor terco como una mula.
Hasta que llegó ella.
Rubia. Estilazo. Con unos vaqueros blancos sin una sola mota de barro. Y unas botas que claramente no eran para pisar cagarrutas de oveja, sino para destrozar corazones. Se llamaba Valeria, y era veterinaria. Claro. Y encima ex suya. ¡Como para no cuadrar!
Yo la observaba desde detrás de un fardo de alfalfa, tragándome los celos con un mate recién hecho que apenas tocaba.
—Ay, Jerónimo, estás igualito —le soltaba ella, rozándole el brazo.
—¿Y tú qué haces aquí? —preguntó él, serio como un entierro.
—Me llamaron por una oveja que no come bien… pero me contaron que tú estabas al mando de la finca. Tenía que verte.
¡MENTIRA! Esa oveja estaba más sana que yo. Esa mujer vino a reconquistarlo, y yo ni idea de si era su novia, su ex, o algo más porque la veterinaria le hacía guiños.
Esa noche, mientras todos cenaban tortilla de patata alrededor de la lumbre, él y ella charlaban y se reían a carcajadas. ¡Carcajadas! Y yo, con una cuña fría en la mano y el corazón derretido como queso de manchego fundido.
Hasta que él me clavó la mirada. Desde lejos. Con esos ojos azules que me habían besado los labios pero ahora parecían decir: “¿Y tú qué miras?”
No me aguanté.
Me levanté y me largué.
Y, sorpresa mayúscula, él vino detrás.
—¿Te ocurre algo? —preguntó, alcanzándome.
—Nada, ¿por qué? ¿Te jode que me vaya? ¿No estarás ocupado con la Barbie del bisturí?
Cruzo los brazos.
—¿Estás celosa?
—¿Yo? Ni de broma. Me da igual si vuelves con ella y tenéis ovejas, críos y una casa rural con chimenea.
Se pegó un paso hacia mí. Demasiado cerca, otra vez.
—¿Te gustaría que volviera con ella?
—Me es igual.
—¿En serio? Porque hace dos días te besé. Y no puedo quitármelo de la cabeza.
ZAS. Otra vez. Él. Así de claro. Con esa voz grave que te perfora.
—Entonces no te rías con ella. No la mires con esos ojos. No me beses y después me ignores como a un tractor viejo —le solté de golpe, casi sin respirar.
—Yo a ella no la he besado.
—¡Pero a mí tampoco me has vuelto a besar!
Silencio de muerte.
Y entonces… me agarró de la cintura otra vez.
—¿Quieres que lo haga?
—No lo sé. ¿Vas a besarme y después a desaparecer otra vez?
—No. Esta vez no pienso desaparecer. Esta vez… tendrás que echarme tú.
Y me besó.
Con más fuego, si cabe, que la primera vez.
Y ahí sí, me rendí del todo.
Aunque al fondo se oyera a la rubia soltar:
—¿Jerónimo?
Ay madre.
—
¿Seguimos con el jaleo? ¿Quieres que la ex le declare la guerra a nuestra protagonista, o prefieres que él le cuente algo de su pasado que lo dejó tocado y así entiendas por qué se pone un caparazón?
La rubia olvidada







