¿Quién sostiene a quién?

Verónica caminaba a casa con el ánimo por las nubes y sonreía a los transeúntes. Aquel día había recibido una generosa prima y, además, una semana extra de vacaciones pagadas. Todo por aquel complejo proyecto en el que había estado trabajando las últimas semanas.

Las vacaciones no eran largas, pero con buen plan, daría tiempo a descansar, leer y mimar a su marido con sus platos favoritos. ¡Cómo se alegraría Javier al saber que tendría a Verónica en casa siete días enteros!

Al llegar, ordenó un poco la casa y se dirigió a la cocina con una idea en mente:

—Voy a cocinar el cocido madrileño que tanto le gusta a Javier. Hace poco lo mencionó.

Tarareando, se puso a cocinar.

La puerta de entrada se abrió de golpe. Verónica salió a recibir a su marido, le dio un beso en la mejilla y dio un paso atrás. Sus ojos brillaban de felicidad.

—¡Vaya, qué alegría traes hoy! —exclamó Javier—. ¿Y hasta has cocinado? —preguntó, inhalando los aromas de la cocina.

Normalmente llegaban juntos del trabajo, pero hoy ella había vuelto antes y hasta tenía la cena lista.

—Sí —asintió Verónica.

Le ardían las ganas de contarle a Javier lo generoso que había sido su jefe, pero no tuvo tiempo.

—¿Te dejaron salir antes? ¿Algún problema? ¿Otra vez tienes que viajar por trabajo?

El tono de Javier sonaba más a interrogatorio que a conversación. Verónica pensó que estaría cansado, por eso de mal humor. Para animarlo, decidió gastarle una broma:

—No, cariño, todo bien. Es que he dejado el trabajo. Tú siempre has dicho que una mujer debe estar en casa, ¿no? Pues ahora estoy completamente libre.

Javier palideció, pero se repuso y dijo:

—¿Lo has dejado? Pues mejor. Así no te cansarás tanto. El dinero nos llegará. Bueno, voy a ducharme, luego como.

Verónica asintió, desconcertada. Su actitud le parecía extraña.

—¿Por qué se ha puesto así? Siempre decía que la mujer debe estar en casa, crear un hogar, cuidar a los hijos, y que el hombre debe mantenerla.

Cuando se casaron, Verónica ya trabajaba en una empresa importante. Poco después ascendió, y su sueldo, ya bueno, se duplicó. Javier le pidió que dejara el trabajo, pero ella no se veía como ama de casa.

—¿Y qué piensas hacer ahora? —preguntó él después de cenar.

Verónica lo miró con atención. No quería mentir, pero necesitaba entender su reacción: qué quería Javier en realidad y si de verdad había deseado que dejara el trabajo.

—Pues… ¿qué voy a hacer? —sonrió—. Tú querías que me ocupara del hogar, así que lo haré.

Javier asintió y se encerró en el dormitorio. Tendido en la cama, reflexionó. Sí, le había pedido que dejara el trabajo, sobre todo cuando ella se quejaba del exceso de responsabilidades sin aumento de sueldo. Lo decía para consolarla, pero nunca creyó que lo haría.

¿Y ahora qué? Tenían piso propio, el préstamo del coche ya estaba pagado… pero el sueldo de Verónica era mucho mayor. Los ingresos de la familia bajarían. Y él quería comprarse el último iPhone, una consola de videojuegos nueva, y ya tocaba cambiar el reloj.

—No, no va a quedarse en casa —pensó—. En un par de días estará buscando trabajo.

Se calmó y se durmió.

Sin embargo, pasaron tres días y Verónica no mostraba intención de buscar empleo. Disfrutaba sus vacaciones, decidida a no decirle nada a Javier para ver hasta dónde llegaba.

Un día, él llegó a casa sonriendo:

—Cariño, encontré trabajo para ti. ¿Por qué tan adormilada? Aquí tienes dos ofertas. Manda tu currículum.

Verónica lo miró, perpleja.

—¿Qué haces ahí sentada? Levántate del sofá y enciende el portátil —la apuró Javier.

Ella obedeció.

—Bueno —pensó—, veamos hasta dónde llega en su empeño por meterme otra vez en el trabajo.

Diez minutos después, Javier preguntó:

—¿Lo enviaste?

—Sí —respondió Verónica.

Al día siguiente, él llamó varias veces para saber si la habían citado a una entrevista. Se preocupaba como si fuera cuestión de vida o muerte. Por la tarde, la llamó y le ordenó prepararse: había encontrado un “sitio estupendo” y quería que fueran.

Verónica decidió seguir el juego. Acompañó a Javier a la empresa, pero no entró: se quedó en el pasillo y luego le dijo que no la habían contratado.

—¿Qué mierda es esta? ¿Por qué no te cogen en ningún lado? —se quejó Javier.

La llevó a casa y se fue al trabajo. Ella abrió su portátil, algo que nunca había hecho, buscando respuestas.

La primera búsqueda la dejó helada: «Cómo obligar a mi mujer a trabajar». Sonrió con ironía y siguió revisando. No encontró mensajes sospechosos, pero sí montones de páginas visitadas: coches de lujo, iPhones, relojes carísimos, consolas…

Verónica respiró hondo y empezó a atar cabos. Nunca se había permitido lujos, gastando todo en la casa. Había pagado el préstamo del coche, a su nombre, aunque lo usaba Javier. Nunca le pidió dinero, siempre pagaba ella en el supermercado. Nunca le preguntó en qué gastaba el suyo. Error. Recordó su silla de ordenador, más cara que la lavadora, sus relojes suizos, los iPhones que cambiaba constantemente.

Intentó recordar cuándo le había regalado flores… no pudo. ¿Y los regalos? Siempre le decía que eligiera ella misma. Y luego los pagaba con su tarjeta. Se rio nerviosa, pero decidió hacer una prueba.

Al día siguiente, le dijo:

—Cariño, mi madre quiere que le prestemos algo de dinero. ¿No te importa, verdad? Además, cobraste anteayer. ¿Se lo damos?

Javier la miró como si hubiera insultado a su familia.

—¿Yo te mantengo a ti y ahora a tu madre también? —su voz goteaba rabia.

—¿Me mantienes? —replicó ella—. El frigorífico está vacío, ¿así me mantienes?

—Pues haberte quejado antes. Y no, no tengo dinero. Pedí la consola.

—¿Ah sí? —apretó los labios—. ¿Qué más?

—¡Nada! No hay dinero. Pagué el pedido. Esta tarde voy a recogerlo.

—¿Y con qué vivimos? —preguntó Verónica, conteniéndose.

—Queda algo. Aguanta hasta el próximo sueldo. A ti no te vendría mal adelgazar, que se te nota la barriga.

Verónica no daba crédito. ¿Eso decía su marido, el mismo que antes hablaba tan distinto?

—Oye, ¿y lo del piso? ¿Ya alquilaron los inquilinos?

—Todavía no —respondió ella.

—Pues pon un anuncio, que se alquile rápido. Tienes tiempo de sobra ahora que no trabajas —ordenó.

—Pues no, Javier. No me quedo más en casa. Voy a recoger mis cosas y me voy a mi piso —suspiró Verónica.

Entró en la habitación y empezó a hacer la maleta. Él ni siquiera intentó detenerla. Tal vez hasta se alegró de librarse de una mantenida.

Cuando salió con la maleta, Javier apareció desde la cocina.

—¿Y de qué vas a vivir? —se rio—. Si no te cogen en ningún sitio.

—¿De verdad te preocupa?

—Somos marido y mujer…

—Verónica sostuvo las llaves del coche, lo miró con desdén y dijo: “El piso es mío, el coche es mío, y ahora mi vida también es mía.”

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