Odio disfrazado de amor

—¿Cómo te atreves a decirme lo que tengo que hacer? —chillaba Carmen, agitando un trapo mojado—. ¡Estoy aquí limpiando como una condenada mientras tú te tiendes en el sofá y das órdenes!

—Perdona por vivir en mi propio piso —respondió Antonio, igual de alto, sin levantar la vista del móvil—. A lo mejor hasta te pido permiso para sentarme.

—¿Tu piso? —Carmen se detuvo en mitad de la sala clavándole una mirada furiosa—. ¿Quién lo limpia? ¿Quién cocina? ¿Quién paga el gas y la luz con mi sueldo porque tú nunca tienes suficiente?

Antonio apartó la mirada de la pantalla. Su expresión hizo que Carmen retrocediera sin querer.

—Mira, Carmencita —dijo—, estoy harto de esto. ¡Siempre igual! Yo también trabajo, ¿eh? ¡No estoy aquí tocándome la barriga!

—¿Trabajar? —soltó una risa amarga—. ¡Si te echaron hace seis meses y aún dices que trabajas!

Antonio se levantó de golpe, y Carmen sintió una punzada de miedo en el vientre. Conocía esa mirada. Sabía lo que venía.

—¡Cierra la boca! —siseó acercándose—. ¡Cállate mientras estoy de buen humor!

Carmen bajó la vista y apretó los labios. El trapo le temblaba en las manos.

—Así está mejor —dijo él satisfecho—. Que no te dé por fantasear… ¿Crees que sin ti no podría vivir?

Volvió al sofá y se enterró en el móvil. Carmen se quedó quieta, sin entender por qué su corazón latía tan rápido. ¿Por miedo? ¿O por algo más?

Esa noche, cuando Antonio salió con los amigos, Carmen se sentó en la cocina con una tila. Intentaba entender sus sentimientos. ¿Cuándo empezó? ¿En qué momento su relación se volvió una guerra?

Recordó su primer encuentro en un café cerca del trabajo, en Madrid. Antonio le había parecido tan fuerte, tan decidido. Hablaba alto, con seguridad, todos le escuchaban. Ella estaba en otra mesa con su amiga Pilar, observando de reojo a aquel hombre guapo de pelo negro y ojos penetrantes.

—¡Mira cómo te mira! —susurró Pilar—. ¡Vamos a hablarle!

—¿Cómo se te ocurre? —Carmen se sonrojó—. Ni siquiera me está viendo…

Pero sí la miraba. Cuando se acercó, a Carmen se le cortó la respiración.

—Antonio —dijo él tendiéndole la mano—. Y tú, preciosa, ¿cómo te llamas?

Preciosa… Nadie la había llamado así jamás. Ella se veía normal: ni alta ni baja, ni delgada ni rellena. Ojos grises, pelo castaño, un rostro sin rasgos llamativos. Pero él la llamaba preciosa.

—Carmen —musitó mientras sentía arder sus mejillas.

—Carmen… Un nombre bonito. Te queda bien.

Era ocho años mayor que ella, y eso también la atrajo. Siempre había creído que los hombres maduros eran más estables, más sabios. Antonio trabajaba como capataz en una obra, contaba historias interesantes y era galante.

En su segunda cita, le llevó flores.

—Para la mejor chica de Madrid —dijo besándole la mano.

Carmen se derritió. Nadie le había regalado flores sin motivo.

Un mes después le pidió matrimonio.

—Cásate conmigo, Carmencita. No puedo vivir sin ti. Necesito respirarte como el aire.

¿Ser querida así? Carmen, acostumbrada a pasar desapercibida, se sintió centro del universo de alguien.

—Pero nos conocemos tan poco… —protestó tímida.

—¿De qué hay que saber más? —Antonio la abrazó fuerte—. Yo te amo, tú me amas. Lo demás es secundario.

Él decía que la amaba. ¿Y ella? Carmen no estaba segura de si era amor o admiración por tanta atención. Pero dijo que sí.

La boda fue humilde. Antonio insisitió en celebrarla en casa.

—¿Para qué gastar en un restaurante?
Y por primera vez desde que recordaba, el futuro se abría ante ella como un lienzo en blanco, listo para ser pintado con sus propios colores y sueños.

Rate article
Add a comment

;-) :| :x :twisted: :smile: :shock: :sad: :roll: :razz: :oops: :o :mrgreen: :lol: :idea: :grin: :evil: :cry: :cool: :arrow: :???: :?: :!:

1 + 17 =