Tristeza en lugar de un regalo

Oye, qué historia tan movida. Mira, Dolores García se secó las manos con el trapo de cocina y volvió a mirar el reloj. Las siete y media. Su hija Nuria debería haber llegado ya del trabajo, prometió estar en casa a las seis. Hoy era un día especial, mañana cumplía cincuenta y cinco primaveras y habían quedado en preparar juntas la cena de celebración.

—¡Mamá, ya estoy aquí! —sonó la voz desde el recibidor, pero rara, cansada, nada alegre como de costumbre.

Nuria entró en la cocina, dejó el bolso en una silla y fue directa a la nevera a por agua. Dolores enseguida vio que su hija traía algo encima. Con treinta y dos años de maternidad, había aprendido a leer el ánimo de Nuria con solo mirarla.

—¿Qué te pasa, cielo? —preguntó la madre, sentándose frente a ella—. Hoy no pareces tú.

—Nada, mamá, todo bien —Nuria evitaba la mirada—. Es el cansancio del curro. El jefe nuevo me tiene frita, exige informes diarios.

—Bueno, vale —Dolores optó por no insistir—. Vamos a cocinar entonces. Ya saqué la carne del congelador, pelé las patatas. ¿Y si hacemos una lasaña? Sabes que te encanta la mía con mucho queso.

Nuria asintió en silencio y se puso a lavarse las manos. Cocinar juntas era su tradición desde hacía años. Tras el divorcio de su hija, siempre pasaban la víspera del cumple de mamá en la cocina, charlando de todo, riéndose de sus viejas historias.

—¿Te acuerdas del desastre con la tarta el año pasado? —intentó animar el ambiente Dolores—. Que nos pusimos a parlotear y cuando vimos, estaba negra como el carbón.

—Me acuerdo —respondió Nuria bajito, cortando el puerro—. Mamá, ¿no podemos hacer hoy algo más fácil? Es que vengo hecha polvo.

Un pellizco en el corazón. Algo no iba. Nuria jamás rechazaba cocinar juntas, menos la noche antes de un festejo. Encima, solía ser ella quien proponía algo especial, novedoso.

—Claro que sí, mi vida —aceptó Dolores—. Unas patatas aliñadas, una ensalada rústica y listo.

Cocinaron en silencio. Dolores sentía un muro entre ellas. Su hija respondía con monosílabos, evitaba mirarla, buscando tareas: terminar de cortar el puerro, limpiar la sartén otra vez.

—Nurita, por favor —saltó la madre cuando se sentaron a cenar—, dime qué te ocurre. Te noto triste. ¿Es el trabajo? ¿O has tenido un encontronazo con Sergio?

Sergio era el novio de Nuria. Llevaban seis meses y Dolores ya le había cogido cariño. Un chico atento, educado, su hija se había encariñado.

—Con Sergio, todo va bien —Nuria jugueteaba con un tenedor—. Mamá, que es solo el cansancio, en serio. Mañana descanso y se me pasa.

Tras la cena, Nuria fregó los platos y dijo que se iba pronto a su casa.

—¿Pronto? —se sorprendió Dolores—. ¿Y el té? Horneé una tarta ayer, la de cerezas que te pirra.

—Mañana la tomamos con la tarta —su hija ya se ponía la chaqueta—. Con los invitados, en la fiesta.

—¿Qué invitados? —se mosqueó Dolores—. Quedamos en celebrarlo aquí, tú y yo. Tranquilitas.

Nuria se quedó tiesa en la puerta, sin girarse.

—Pues… pensé… quizá invitar a Sergio. Y a la tía Maricarmen, que siempre pregunta por tu santo.

—Nurita —Dolores se acercó—, me ocultas algo. Lo noto. Siempre nos hemos contado todo, desde que eras pequeña. ¿Qué ha pasado?

Nuria se volvió, y Dolores vio lágrimas en sus ojos.

—Mamá, de verdad, todo va bien. Es que… mañana hablamos, ¿vale? Que hoy estoy muerta.

Dio un beso rápido en la mejilla y salió, dejando a Dolores sola con sus angustias.

Aquella noche no durmió un pelo. Daba vueltas en la cama, preguntándose qué podía apenar tanto a Nuria. ¿Problemas en el curro? Pero ella le contaba todo. ¿Una riña con Sergio? Tampoco, ayer hablaron por teléfono y se reían de algo.

¿Y si era algo de salud? Un escalofrío le recorrió la espalda. Por favor, Dios, que no. Nuria era su única hija, su tesoro. Desde que su marido se fue, Nuria fue todo: su amiga, su apoyo, su razón.

Por la mañana, Dolores se levantó temprano, se arregló y se puso su vestido favorito. Era su santo, había que verse bien. Sacó el mantel fino, la vajilla buena. Quizá Nuria solo estaba agotada, hoy volvería todo a la normalidad.

A las diez y media sonó el teléfono.

—¡Mamita, felicidades! —la voz de Nuria sonaba tirante—. ¿Cómo estás? ¿Cómo te sientes?

—Gracias, cielo. Te espero. ¿Sobre qué hora vendrás?

—Yo… mamá, me voy a retrasar un poco. Tengo… unos asuntos pendientes. ¿Llego a las dos? ¿Te va?

—Claro, ven. Habré puesto la mesa.

—Vale. Ah, y mamá… ¿te importa si vengo con Sergio?

—No me importa, encantada.

Dolores colgó y notó un vuelco en el pecho. La voz en la hija le dio mala espina. Le había preguntado por Sergio con demasiada cautela, como queriendo disculparse antes de tiempo.

El tiempo pasaba despacio. Dolores preparó los platos preferidos de su hija, puso la mesa, se camb
Tras la larga espera, Nuria y Sergio terminaron anunciando su embarazo y planes de mudanza, dejando a Dolores abrazando esos patucos minúsculos mientras lágrimas silenciosas rodaban por sus mejillas pensando en la nueva soledad que se avecinaba.

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