La nuera con mucha personalidad

La Suegra de Carácter

Valentina Reyes removía la paella en la cazuela mientras escuchaba los ruidos de la habitación contigua. Reconoció el taconeo familiar sobre el parqué, luego el golpeteo de las puertas del armario. La nuera buscaba algo otra vez, y con tal aire, como si toda la casa le perteneciera solo a ella.

—¿Dónde está mi blusa roja? —preguntó Cristina desde el dormitorio—. Doña Valentina, ¿no la ha visto?

—No la he visto —respondió la suegra sin dejar de remover el arroz—. ¿Dónde la dejaste?

—Si lo supiera, no estaría preguntando.

El tono de la nuera era como si hablara con la sirvienta. Valentina frunció el ceño, pero guardó silencio. Llevaba ya año y medio acostumbrándose a las actitudes de la joven esposa de su único hijo.

Entró Javier con bolsas de la compra. Cansado, ajado tras la jornada laboral, pero con una sonrisa en el rostro.

—Hola, mamá —besó a su madre en la mejilla—. ¿Qué tal? ¿Qué estás cocinando?

—Paella, tu favorita —Valentina lo miró con ternura—. Y también croquetas.

—¡Genial! ¿Y Cris?

—En el dormitorio, revolviendo todo. Busca una blusa.

Javier se dirigió a su esposa. Valentina oyó cómo susurraban, luego la risa de Cristina, dulce y cálida, muy distinta a la risa fría que usaba con su suegra.

—Javi, dile a tu mamá que no toque mis cosas —se oyó desde la habitación—. Ayer dejé la blusa en la silla y hoy no está.

—Mamá… —Javier volvió a la cocina con cara de culpabilidad—. ¿No habrás ordenado en nuestra habitación?

Valentina dejó la cuchara y se volvió hacia él.

—Sí, como todos los días. Porque tu esposa no considera necesario recoger sus cosas.

—Vamos, mamá, no empieces, por favor.

—No empiezo yo, Javier. Solo digo la verdad. La blusa está en el armario, donde debería estar. Si hubiera mirado primero, no habría montado este drama.

Javier suspiró y fue a darle el mensaje a su esposa. Valentina volvió a cocinar, pero el ánimo ya estaba arruinado.

Había intentado llevarse bien con Cristina, de verdad. Cuando su hijo la presentó, Valentina notó algo fingido en aquella joven bonita. Pero Javier brillaba de felicidad, así que decidió darle una oportunidad.

Los primeros meses fueron más o menos tranquilos. Cristina visitaba, se comportaba educadamente, ayudaba a poner la mesa. Aunque su ayuda parecía más un juego de “niña buena”, Valentina lo atribuyó a los nervios.

Todo cambió tras la boda. Los recién casados se mudaron al piso de Valentina, y Cristina pareció quitarse la máscara.

—Javier, dile a tu madre que ahora yo soy la dueña aquí —anunció el primer día—. Y que me consulte antes de cambiar nada.

Valentina solo había movido un jarrón de la ventana a la mesa. Pero para Cristina, fue una excusa para hablar de límites.

—Mamá, es que Cris quiere sentirse en casa —intentó explicar Javier—. Es importante para ella organizar el espacio.

—Solo quiere organizar los muebles —replicó Valentina—. Cocinar, lavar o limpiar no le interesan.

Era cierto. Cristina trabajaba en una empresa y consideraba que las tareas domésticas no eran su obligación. Por la mañana tomaba un café y salía impecable. Por la noche, se tumbaba en el sofá con el móvil.

Valentina cocinaba, lavaba y limpiaba sola.

—Doña Valentina, ¿habrá té? —preguntó Cristina, apareciendo en la cocina con la blusa roja—.

—Ahora pongo la tetera.

—¿Y hay galletas? Vine con hambre del trabajo.

—Hice magdalenas.

Cristina se sentó y sacó el móvil, ajena a los esfuerzos de su suegra por poner la mesa.

—Por cierto —dijo de pronto, sin levantar la vista—, mañana queremos invitar a unos amigos. Unas ocho personas.

—¿Para qué?

—Es el cumpleaños de mi amiga Lucía. Quiere celebrarlo aquí.

Valentina dejó la taza frente a ella.

—¿Y qué vamos a cocinar?

—No sé —encogió los hombros—. Algo sencillo. Ensaladas, un plato caliente. Tú sabes cocinar.

—Espera —Valentina se sentó—. ¿Quieres que cocine yo para ocho personas?

—¿Qué tiene? Es vuestra casa, vuestros invitados.

—¿Tus invitados o los míos?

Cristina finalmente alzó la mirada, sorprendida.

—Doña Valentina, no le vas a negar esto a tu hijo, ¿no?

Justo entonces entró Javier.

—¿De qué hablan? —preguntó, notando la tensión.

—Tu esposa quiere que cocine mañana para sus amigos —dijo Valentina.

—Mamá, no exageres —Javier se sentó al lado de Cristina—. Cariño, explícale bien.

—Es el cumple de Lucía. Queremos celebrarlo aquí porque salir es caro. Pensé que tú nos ayudarías.

Javier miró a su madre suplicante.

—Mamá, por favor. Es importante para mí conocer a sus amigos.

Valentina suspiró. No podía negarse.

—Bien. Pero la próxima vez avisen. Y ayúdenme.

—Claro —asintió Javier—. ¿Verdad, Cris?

—Sí —respondió ella, ya inmersa en el móvil.

Al día siguiente, Valentina se levantó a las seis y empezó a cocinar. EnAl día siguiente, Valentina despertó en su nuevo hogar, sola pero en paz, mientras el eco de las discusiones se desvanecía como los últimos rayos del sol tras los tejados de Madrid.

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