La Última Boda
Cuando Rosa por primera vez decidió casarse, lo hizo por el mismo motivo que siguen la mayoría: “es hora de casarse”. Tenía veintiún años, estudiaba en la universidad por las tardes mientras trabajaba. Un día, descubrió que se había quedado sola. Sus amigas se casaban una tras otra, y pronto dejaron de verse. Así que tan pronto apareció un posible candidato en la vida de Rosa, aceptó sin dudar.
Pedro era guapo, inteligente y solvente. Su madre, que sola había criado a Rosa, no podía estar más contenta. La pareja se mudó a un piso de dos habitaciones que regalaron los suegros, con el claro mensaje de que pronto llegarían los nietos. Rosa se ocupó a conciencia del hogar: siempre estaba en la cocina preparando platos deliciosos, o en el salón limpiando, rebuscando en los armarios.
Seis meses después, Rosa se aburrió. Eso fue cuando notó un detalle inquietante: Pedro no actuaba como un marido. Conservó todas sus viejas costumbres de soltero, añadiendo a Rosa como una ayuda eficiente. Los fines de semana se escapaba con sus compañeros de trabajo, vecinos o amigos de la infancia. Regresaba de madrugada, borracho y satisfecho, explicando a sus colegas que su esposa lo dejaba salir sin reproches.
La rutina quebrou un día en el parque: Rosa solía correr para mantenerse en forma. Un hombre, con expresión de auténtico genio incomprendido, descansaba en un banco. Le pilló mirando, y le dio un vuelco el corazón. Se presentaron. Se llamaba Ignacio, era guapo, apuesto, como un príncipe de cuento. Comenzaron a verse, y tras tres meses, le pidió su mano.
Rosa, feliz, lo dejó con Pedro, lo que a este le pilló totalmente de sorpresa. Vivir enamorados fue complicado: Ignacio aún compartía piso con su madre, y Rosa regresó con la suya. Alquilaron un apartamento en la finca de un amigo de Ignacio. Rosa trabajaba, pues le costaba mucho llegar, pero ¿qué importaban las dificultades si estaban hechizados el uno del otro?
Ignacio perdió su empleo y pasó a ser el encargado de las tareas domésticas. La cosa funcionó hasta que Rosa descubrió que estaba embarazada. Ignacio, tras la noticia, anunció que sí, que tenían que casarse. Se celebró en el ayuntamiento, sin pompa. Rosa terminó su carrera y trabajó en una banca. Compraron un piso con hipoteca, y la madre de Rosa aportó.
Ese mismo año, se cumplían diez años desde que terminaron la escuela. Rosa no fue, pues llevaba días cuidando sus ganas de dar a luz. En la primavera nació Miguel, un niño adorable. Ignacio se ocupaba de él mientras Rosa volvía a trabajar. Con tres años, el pequeño entró en una guardería costosa. Ignacio, sin ocupación, cayó en una profunda depresión, pasó seis meses tumbado en el sofá, mando en mano, viendo la tele. Rosa lo animó a buscar empleo, pero Ignacio, abatido, se fue a vivir con su madre.
Así terminó el segundo matrimonio de Rosa. Decidió, desde ese momento, no volver a casarse jamás.
…Era viernes por la noche. En un pequeño bar, la clase de Rosa organizaba la reunión de los quince años de la graduación. No podía faltar. El grupo era muy unido, siempre se buscaban.
Desde la mañana, Rosa había estado decidida sobre qué llevar: faldón corto de cuero y camiseta estilizada. Miguel estaba con su abuela.
Cuando entró en el salón, fue abrazada por Zoraya, su amiga de la escuela. Las noticias volaban: boda, nacimiento, viaje al extranjero. Todo era como si se hubieran separado el día anterior. Pero al saludar a todos, notó que su corazón latía con fuerza.
Maximiliano fue el último en llegar. Todos ya estaban sentados. Para Rosa, fue como si hubiera hecho un viaje en el tiempo. Se acercó a saludarla.
—Estás espectacular —sonrió Maximiliano—.
—Gracias, el tiempo pasa, pero ¿qué culpa tengo yo? —respondió ella.
Se sentaron juntos.
—¿Cómo estás?
—Bien, podría decirse que perfectamente.
Maximiliano sabía de Rosa: por casualidad, había oído que se divorció, que cría a su hijo sola. Desde su última ruptura, Maximiliano no había conocido a nadie como ella, cuya vida fuera plena. Escuchó a Rosa hablar de Miguel y se le escaparon un par de envidias.
Maximiliano no tenía hijos ni esposa. Su matrimonio duró dos años, y su ex se fue con un actor principiante. Desde entonces, se aferraba a su trabajo, ocupando un cargo importante en el Ministerio de Industria y Comercio. Había tenido ligues esporádicos, pero nada serio.
Rosa le había afectado. Recordó la infancia: con ella a su lado, se sentía un caballero, fuerte, valiente. Con ella, el mundo brillaba. En ese instante, Maximiliano supo: necesitaba hablar con ella. Aunque fuera tarde.
Se levantó para fumar. Pensar. Claro, recordó cómo siempre jugaban, reían. Juntas, formaban una alegría. Con ella, sentía que era alguien. Con ella, se sentía alguien.
—¿Dónde te habías metido? —La voz de Rosa lo alertó.
—¿Buscándote? —balbuceó—. ¿Te molesta?
—No. Por costumbre, supongo —contestó ella sonriendo.
Cuando regresaron al salón, bailaron. Fue mágico. Sabía que el futuro les jugaba en la mano.
—Necesito llevártela a algún sitio, hablar con ella. Decirle que somos nuestro futuro.
Al cerrar el bar, Maximiliano dijo:
—No vamos a la finca.
—¿Y a dónde?
—A mi casa. Hablaremos despacio, y luego llamaré a un taxi para ti.
Rosa, sorprendida, no objetó.
En su piso, le sirvió café.
—Rosa… ¿tengo alguna oportunidad de convertirme en tu tercer esposo?
—Herido, tienes.
—¿Entonces?
—Tienes. —Y, con una sonrisa, le resopló.
Tres meses más tarde, Rosa se casó por tercera y última vez. En la boda, esta vez no faltó ni uno solo de los compañeros.







