Felicidad sin retorno

– Ya no puedo más – exclamó Ana, lanzando su bolso al rincón de la habitación. – ¡Cada día lo mismo! Trabajo, casa, cocina, limpieza… ¿Y qué recibo a cambio? Silencio y desinterés.

Según Sergio desvió la mirada del televisor. – Ana, ¿qué te ocurre? ¿Otra crisis de nervios? Bien sabes que estos días en el trabajo me tienen de los nervios. La empresa está a punto de caer, y el jefe exige…

– ¡Siempre algo arde en tu vida! – lo interrumpió. – ¿Y yo? ¿No trabajo? Ocho horas al día con aquellos críos, luego a casa, a preparar la cena y la colada. Y tú vienes y te vas directo al sofá.

Sergio suspiró con pesadez y apagó el mando del televisor. Treinta años de matrimonio y sus discusiones se volvían más frecuentes. Antes intentaba discutir, razonar, pero ya no le quedaba fuego. Simplemente esperaba a que la tormenta pasara.

– Ana, no discutamos. Estamos cansados. Es domingo, descansamos.

– ¿Descansaremos? – soltó una risa amarga. – Tú te tumbarás en el sofá con una cerveza, y yo arrastraré el piso entero. Esto está más desastrosamente que una cuadra de flamencos tras una siesta.

Ana caminó hacia la cocina y cerró con fuerza la puerta del frigorífico. Sergio quedó en el salón, con esa vieja sensación de opresión en el pecho. Antes eran felices. Al menos así lo creía. Jóvenes, enamorados, llenos de proyectos. Su hija nació, consiguieron un piso, un trabajo decente. Todo fluía como aceite.

Pero los años fueron apagando algo que no supo identificar. Su hija creció, se casó y se mudó a Zaragoza. La casa se vació, y de repente se dieron cuenta de que entre ellos no quedaba ni una palabra. Cada uno vivía a su manera, con sus preocupaciones.

Al día siguiente, Ana se levantó al amanecer, igual que siempre. Aunque fuera domingo, no podía permanecer más tiempo en la cama. Preparó el desayuno y despertó a su marido.

– Sergio, no dejes que se enfríe el café.

Él bajó en camiseta y pantalones de pijama, adormilado y con cara de estar cansado.

– Buenos días – murmuró, sentándose a la mesa.

– Buenos – respondió seca. – Escucha, quiero aprovechar el finde y visitar a Leonor. Me lo pide desde hace meses.

Leonor era su amiga de la universidad. Tras licenciarse, se separaron y siguieron distintas vidas. Leonor, siguiendo un impulso de juventud, se mudó a Málaga y se convirtió en fisioterapeuta en un balneario. Envía fotos cada semana del mediterráneo, cuentas de su vida plácida y soleada.

– ¿Y yo qué haré mientras? – preguntó Sergio, mordiendo un trozo de tostada con mantequilla.

– Lo mismo que antes. Mirar la tele – no pudo evitar el sarcasmo.

Sergio calló. Entendía que su esposa tenía razón, pero negarlo seguía siendo su reflejo. Para él, la vida era normal: trabajo, dinero, hogar. No veía el problema.

– Está bien – acabó por decir. – Anda, descansarás. Quizá te mejore el ánimo.

Ana se preparó durante todo el fin de semana. Compró prendas nuevas, aunque solo fuera por dos semanas. Quería mostrarle a Leonor que seguía teniendo presente. Aunque en el fondo no era la felicidad lo que sentía.

El día del viaje, Sergio la acompañó en taxi a la estación. Caminaron en silencio hasta las vías. Solo al llegar, Ana lo abrazó.

– No me odies – susurró. – Solo tengo tanto cansancio.

– No te preocupes – murmuró. – Vete y vuelve. Te echaré de menos.

El tren arrancó y Ana miró por la ventana. Era extraño. Por un lado la emoción de ver a la amiga, y por otro una inquietud que no lograba entender. Era como si huiera de algo grande, aunque no supiese de qué exactamente.

Leonor la recibió en la estación con un ramo de claveles. Había cambiado poco con los años, solo su cabello era más corto, y empezaban a notarse arrugas en sus ojos.

– Aña, por favor – gritó efusiva –. ¡Finalmente estás aquí!

Subieron al autobús, y durante el trayecto Leonor no dejó de hablar de su vida. Del balneario, de los turistas que atendía, del mar que veía cada mañana desde su ventana.

– A veces pienso que fui bendecida por el destino – le contó. – Recuerdas que tras la universidad querías regresar a Murcia y trabajar en un hospital.

Ana asintió. Recordaba las ganas que Leonor tenía de establecerse en la capital, de convertirse en profesional.

– Pero conocí a Víctor, me casé. Aunque murió hace ocho años. Su corazón no aguantó. Pero me quedé, y no he arrepentido.

La casa de Leonor era pequeña pero acogedora. Y desde el balcón uno veía las aguas azulinas del mar. Ana se quedó mirando el atardecer.

– Guapo, ¿no? – preguntó Leonor, acercándose. – Cada día lo contemplo y me sorprende.

Por la noche se pusieron al día con todo, cenaron, bebieron tinto del país. Ana relató cosas de Sergio, de la hija, del trabajo. Todo con frases apáticas, como si dijera cuentos de hadas.

– ¿Eres feliz, Aña? – preguntó de repente Leonor.

La pregunta la dejó sin palabras.

– No lo sé – confesó después. – Nunca me lo pregunté. Vivo, trabajo, resuelvo problemas. ¿Pero feliz? No lo sé definir.

– Para mí, es cuando por la mañana despierto y me emociono con el día. Cuando tengo algo por lo que vale la pena levantarse.

– ¿Tienes eso tú?

Leonor sonrió. – Sí. El mar, el sol, los pacientes a los que curo. Vienen cansados y tristes, y salen con esperanza. Y sé que parte es gracias a mí.

El día siguiente fue todo excursión. Pasearon por la playa, pararon en cafeterías, compraron recuerdos. Ana sintió la libertad que llevaba años sin probar. No había nadie exigiéndole una cena a horas fijas, ni una apariencia perfecta.

Por la tarde se sentaron en la arena y observaron el ocaso.

– Leonor, ¿no te cansas de estar sola? – preguntó.

– Hubo hombres, pero los rechacé. No quería tener que adaptarme a nadie, perderme a mí misma. Y así también estoy bien.

– ¿Nunca te sientes sola?

– A veces. Pero es mejor ser feliz por tu cuenta, que infeliz acompañada. ¿No crees?

Ana no respondió. Las palabras de Leonor le recordaron algo que llevaba olvidado mucho tiempo. ¿Era feliz con Sergio? ¿O solo era costumbre, como aceptar una sopa fría porque ya no hay fuerzas para echarle sal?

Los días pasaron rápido. Ana bronceó, deshizo varias arrugas, incluso lucía más joven. Leonor la llevaba a conocer amigos, les presentaba a vecinos, coincidían con turistas que iban allí año tras año.

– Mira, Aña. La vida puede ser diversa. No siempre hay que encerrarse en cuatro paredes con nuestras quejas.

Ana asentía, comprendiendo que su amiga tenía razón. Pero ¿qué podía cambiar en su vida? No podía dejar el trabajo, ni abandonar el hogar, ni esperar a que Sergio entendiera sus deseos. Era probable que ni lo entendiera.

La última noche, se sentaron en el balcón. Ana miraba el horizonte y no quería pensar en lo siguiente del viaje.

– ¿No quieres regresar? – preguntó Leonor.

– No. Me encanta estar aquí. Es tranquilo. Me hice notar, como si recuperara quién soy.

– Y ¿quién eres?

– No lo sé. Siempre fui esposa, madre, profesora. Pero ¿yo por mí misma? No recuerdo cuándo hice algo solo por mí.

Leonor la tomó de la mano. – Aña, ¿qué tal si te quedas?

– ¿Cómo?

– Toma unos días de vacaciones sin remuneración. O deja el empleo. En el balneario necesito una enfermera. Pagan bien y te da vivienda. Tú estás capacitada.

Ana la miró confundida. – Leonor, ¿qué estoy pensando? Estoy casada, tengo un hogar…

– ¿Y con tu marido? ¿Es amor? ¿Es deseo? ¿O solo es costumbre?

La pregunta fue una herida abierta. Ana no sabía responder. ¿Era posible que amara a Sergio, o lo aceptaba porque era lo «de siempre»?

– Piensa, Aña. Tienes cincuenta y dos años. ¿Cuánto más abandonarás tu vida por los demás? La hija ya tiene la suya, el marido no te escucha. ¿Qué quedará para ti? ¿El derecho a ser feliz?

Ana no durmió aquella noche. Caminó por las habitaciones, salió al balcón y observó las estrellas. En su mente surgían ideas como mariposas junto a una lámpara. ¿Podía ser capaz de abandonarlo todo y comenzar desde cero?

Al día siguiente, Leonor la sorprendió en la cocina tomando café.

– ¿Volviste a dormir?

– No. Pensé.

– ¿Y qué decides?

– Tengo miedo – susurró Ana, con los ojos húmedos. – Tengo cincuenta y dos años. Si vuelvo a empezar, ¿qué ocurrirá si fracaso? ¿Si me arrepiento?

– ¿O es miedo a estar sola?

– A todo. A no poder. A arrepentirme.

Leonor se sentó a su lado y la abrazó. – Yo también tuve miedo cuando Víctor murió. Tenía cuarenta y cuatro y pensé que mi vida había terminado. Pero aprendí que empezaba. Nunca antes vivía por mí, ni hice lo que deseara.

– Y si Serge no lo entiende, ¿qué? Si la hija me juzga.

– ¿Y si sí lo aceptan? ¿Y si te apoyan? Las personas que te valoran de verdad, quieren que seas feliz. Y las que no… ¿valdrán tus lágrimas?

Ana llamó a Sergio a la hora del almuerzo.

– Aña, quiero quedarme aquí unos meses más. Quizá más.

– ¿Cómo? ¿Y el trabajo? – se extrañó.

– Tomaré unos días de vacaciones, o me iré. Me gustaría sentirme viva.

Un silencio se extendió por el auricular.

– Aña, ¿pierdes el juicio? ¿Cincuenta y dos años y abandonas tu empleo? ¿Y la casa? ¿Y yo?

– Y tú – replicó. – Treinta años de matrimonio. ¿Eres feliz?

Otro silencio.

– No huyo – añadió. – Solo soy un ser humano, necesito vivir por mí. Pruebo, y si no me va, regreso.

– ¿Y si no funciona?

– Porque así debe ser.

Sergio suspiró.

– Haz lo que quieras. Pero si decides quedarte para siempre, ya te imaginarás cómo continuará.

Al colgar, Ana se sintió vacía. Su indiferencia le resultó como un puñal clavado. ¿Treinta años de matrimónio para significar tan poco?

Leonor la puso en marcha. Le asignaron una habitación en el internado de empleados del balneario. Incluso los primeros días fueron duras. Un nuevo equipo, responsabilidades distintas, horarios incómodos. Pero con el tiempo se adaptó.

Le agradó. Los pacientes agradecían, las colegas eran amigables. Pero lo principal: veía el mar cada día. Se levantaba temprano, caminaba al trabajo, y por la ventana del consultorio brillaba el sol y se escuchaban las olas.

Un mes después, comprendió que no deseaba regresar. Allí era necesaria, allí era valorada. Y por primera vez, no fue la esposa de algo, sino solo Aña.

Presentó su renuncia por correo a su antiga escuela y avisó a Sergio esa noche.

– Aña, me quedo. Para siempre.

– Ya lo imaginaba – respondió Sergio con frialdad. – Entonces, ¿nuestro matrimonio se termina?

– No lo sé – confesó. – Quizá tomemos un descanso. ¿Qué es realmente lo que necesitamos?

– Una esposa que esté a mi lado, no una que haya huido del hogar en busca de felicidad.

– Y yo necesito un marido que me desee feliz, aunque sea inaccesible.

Se separaron sin gritos ni reproches. Solo comprendieron que cada uno andaba por otros caminos.

Han pasado seis meses. Ana ha adaptado su vida, está feliz. La hija al principio se sintió decepcionada, pero luego comprendió. Incluso vino con sus nietos.

– Mamá, ¡besa como quien tiene diez años menos! – le dijo emocionada.

Y Sergio… Sergio ha encontrado una nueva pareja. Una señora casera, que le hace la comida y no pide nada más. Quizá contigo sea feliz a su manera.

Ana no arrepentía su decisión. Aunque esta acción suya fuera irreversible, no se arrepentía.

Cada mañana se levanta al sonido de las olas, con una sonrisa por el nuevo día. Y eso era la prueba más clara de que había tomado la decisión correcta.

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