Lágrimas bajo el vestido de novia

Hoy me veo en el espejo con mi vestido de novia, blanco y brillante, y me cuesta reconocerme. Estoy preciosa, sí, pero también ajenita, como si la tela me tapara más que mis deseos. Mamá anda de un lado a otro, hojeando el programa de la ceremonia y repetiendo lo afortunada que soy.

– Luci, hija, ¿por qué tienes esa cara? – me pregunta Matilde, mi madre, al ver mi semblante.
– Estoy bien, mamá – intento sonreír, pero me duele la mandíbula. – Solo es… nervios, ya sabes.

No es eso. No son nervios. Lo que me carcome es la conversación con Alejandro ayer. Habíamos estado sentados en el salón, él hojeando el libro de recetas para la recepción y yo mirando el buzón de confirmación de invitados. De repente, dijo:

– No deberíamos invitar a Carlota, ¿no crees?

No entendí. Carlota es mi mejor amiga, nos conocemos desde la facultad, desde antes de que Alejandro y yo… Supuse que se refería a alguna amistad que no conocía.

– ¿Esa Carlota? – pregunté. – Es mi amiga desde hace más de quince años. ¿Cómo no invitarla?

– Tiene malas agendas – contestó, quitándole importancia. – Guillermo ya le pidió matrimonio hace dos años y se lo negó. No le va a hacer falta tu boda para celebrar.

– Pero eso no tiene nada que ver – intenté razonar. – Somos como hermanas. Si decides algo así, tendré que cancelarla yo misma.

– Luci, piensa – insistió, apoyando las manos en mis hombros. – No quiero a nadie en nuestra boda que no esté contento con nosotros. Carlota siempre me vió con cara rara, no paraba de mendigar por ti. Además, te conozco. Si la invitáramos, ella se sentiría excluida, y tú sufrirías.

No respondí. No sabía qué decir. Porque, aunque dolía, tenía razón: Carlota me había advertido en más de una ocasión que Alejandro era demasiado posesivo. Y yo la ignoraba, como hacía con todo.

Ahora, con el traje de novia ajustado y los tacones nuevos que me sacan equilibrio, solo veo el rostro de Carlota en mi mente, la voz rota al escuchar la noticia, la mirada de desencanto al recibir mi mensaje: “Hija, me dio tantísima pena… Pero Alejandro tenía razón. Es mejor así”.

Mamá vuelve a llamarme, me empuja suavemente con el brazo. Los invitados están llegando, el clérigo ya debe estar impaciente. En mis manos, un ramo de claveles blancos, inflorescencia elegida por Alejandro, aunque yo sueño con lilas.

En la iglesia, solo hay cuarenta invitaciones. Mi madre, mi padrino, el hermano de Alejandro y sus colegas. Nadie famoso. Nadie que importe. Alejandro me recibe con una sonrisa que podrían haber prestado. Lo amo, claro, pero el amor a veces se parece tanto al miedo.

Me pregunta si acepto ser su esposa. Le respondo que sí, pero no sé por qué. Sé que Carlota estaría orgullosa de mí si ahora mismo pudiera verme: “Te salvaste, por fin te diste cuenta”, me diría. Pero ella no está. Carlota no nos alegrará la boda con su llanto espontáneo.

La cena transcurre como una tormenta silente. Alejandro se llena la boca hablando de nuestra historia: cómo nos conocimos en el gimnasio, cómo me cortejó durante meses, cómo me convenció. Todos ríen, aplauden, pero a mí me suena a falsedad. Carlota no está allí para testificar lo cierto que todo esto es.

En el salón del hotel, el animador lanza otro juego para los recién casados. Esto es un maldito circo, pero sigo jugando la comedia. Levo mis zapatos en una mano, los de Alejandro en la otra. Cada pregunta me pellizca el vientre:

– ¿Quién en esta pareja es más celoso?
– ¿Quién gasta más en regalos?
– ¿Quién tomará las decisiones en el hogar?

El público se ríe cada vez que elegimos la misma opción. “Qué bien se conocen”, comentan. Alejandro me felicita con un susurro, como si estuviéramos jugando al mismo juego, como si él fuera mi cómplice. Pero sé que solo es su conquista.

Cuando salgo del baño, ya resuelta a no llorar más esta noche, mi amiga de la oficina, Emilia, me encuentra. Me abraza, limpia mis lágrimas con la servilleta, y me pregunta:

– ¿Vas a seguir con esto, Lucía? ¿De verdad quieres ser su esposa?

No respondo. No puedo. La presión del vestido me atrapa. El algoritmo del día ya ha sido grabado: recibir regalos, posar para las fotos, besar a mis nuevos suegros.

Pero dentro de mí, el viento sopla en otra dirección. Esta boda no fue el principio de un amor. Fue el fin de una amistad que no tuvo oportunidad.

Ya no queda nada que hacer. Mañana seré la señora de Alejandro, con apellidos gachos y un pasado enterrado. Las lágrimas seguirán en mi armario, junto al vestido blanco usado, como testigos silenciosos del día en que creí que ser feliz era servir.

Rate article
Add a comment

;-) :| :x :twisted: :smile: :shock: :sad: :roll: :razz: :oops: :o :mrgreen: :lol: :idea: :grin: :evil: :cry: :cool: :arrow: :???: :?: :!:

seventeen + six =