La manta suave del sofá se había vuelto un incómodo revoltijo bajo la espalda de Clara. Por tercera vez intentó ajustarla antes de volver a sumergirse en un libro, pero las ideas se negaban a volver al mundo ficticio. En la otra habitación, Lucía sollozaba bajito, apenas audible. Clara suspiró, dejó el libro y se dirigió a la puerta.
— ¿Lucia, cómo estás? ¿Te apetece un aperitivo y un té?
Ninguna respuesta. Clara abrió la puerta con cuidado. Lucía yacía de lado, alejada de la pared, sus hombros finos temblaban con llanto silencioso.
— Tranquila, que te estás comportando como si hubieras perdido tres kilos de perejil, — murmuró Clara, sentándose al borde de la cama y acariciando su espalda. — A nadie le ha mejorado la vida por llorar.
— A mí me ayuda, — dijo Lucía, con voz apagada, sin girarse. — Vete, léete tu maldito libro. Yo sola me las apaño.
Siempre lo decía: «solo necesito resolverlo», y nunca lo resolvía. Clara recordaba cómo su hermanita más joven se metía en líos y luego se hinchaba como un pavo real, diciendo que todo estaba bien. Y Clara terminaba limpiando el desastre, adivinando sus problemas y secando sus lágrimas.
— Vas a contarme qué ha pasado o de nuevo te enfadarás durante días y fingirás que no ha ocurrido nada, ¿verdad? — Clara le quitó la manta.
Lucía respiró delgado como una tortuga, se sentó y se abrazó las rodillas. Sus ojos hinchados parecían diminutas amapolas en un oscuro paisaje.
— Él… — Titubeó, se le enrojecieron las mejillas. — ¡Dijo que estaba agotado! ¡Agotado! Trabajo todo el día, preparo comidas, limpio, lavo la ropa… ¡Y él!, ¿qué!? ¿Que necesita desconectar? ¿De mí? Ha recogido sus cosas y se ha ido a casa de mamá.
Clara resopló. Miguel siempre le había parecido un chico inmaduro, alto, con rizos y una pequeña hendidura en la barbilla que le daba aire de niño envuelto por la armazón de un hombre.
— Anda, búscate un Meh, — dijo Clara, empujándola un poco hacia él. — Ven, te caliento un té. Con limón y miel, como a ti te gusta.
El cuarto de cocina estaba frío. Clara encendió la cafetera, sacó dos tazones: el suyo, azul con el asa rota, y el de Lucía, rosa con «Sueños cumplidos» estampado en letras cursivas. Clara siempre había reído con eso, pero Lucía se ofendía y las bromas se esfumaban sin más.
— Le había regalado algo caro para su cumpleaños, — comentó Lucía, apartándose un mechón rebelde atrás de la oreja. — ¿Y ahora qué hago con eso?
— Dáselo a mamá. Ella lo cuidará mejor.
— A ti es fácil decirlo, como si nunca hubieras tenido un novio.
Las palabras la rasparon, pero Clara fingió no notarlo. Sacó dos lonchas del frigorífico y cortó nacirosos discos para meter en cada vaso.
— ¿Y a ti qué te ha dado Miguel? ¿Un verso de amor o un recibo de ropa? ¿Cuándo fue la última vez que te llevó flores? ¿O te has olvidado?
Lucía mordisqueó su labio y se le Ilanearon nuevamente los ojos.
— Él es bueno. Solo que… ahora pasa un mal momento.
— ¿Un mal momento? ¿Lleva hijos, pagando hipoteca o cuidando de padres mayores? No. Solo es un cobardica, Luqui. Un personaje típico que huye a casa de mamá cada vez que se le complica la vida. No te merece nada más que lo que ya tienes.
— Él prometió cambiar.
— Todos prometen, — Clara sirvió el té en las tazas. — ¿Recuerdas la frase de la abuela? «Los hombres son como la ropa en seco: pocos saben cuánto cuesta meterlos en la lavadora».
Lucía no pudo evitar una sonrisa, recordando las frases de la abuela.
— Yo lo amo, — murmuró, alargando la voz como si fuera un juramento.
— El amor no paga las facturas de la luz, — Clara le dio su taza. — ¿Y a ti qué te da ese hombre, excepto más problemas?
Lucía guardó silencio, calentando sus manos sobre la vajilla. Fuera, el agua comenzaba a golpear el alero, creando un ruido reconfortante.
— A veces… — de pronto, confesó, sin levantar la mirada, — solo deseo que alguien me abrace y diga que todo estará bien, aun cuando no sea verdad.
Clara suspiró. Nunca había entendido esa necesidad de consuelo en Lucía. Ella prefería resolver los problemas con la espada en la mano, no llorar sobre la espada del destino.
— Luqui, eres fuerte. ¿Cuántas cosas has superado? ¿Recuerdas cómo te dijeron en la universidad que no superarías las matemáticas? Y tú las aprobaste. ¿Cómo te asustabas antes de ir a una entrevista de trabajo? ¡Y ahora eres la jefa de tu departamento! ¿A qué esperas para dejar a un tonto que huye del trabajo duro?
— Porque… — Lucía tartamudeó. — Porque… lo quiero. Y sé que dentro de él vive un hombre decente.
— Y un cierto número de chanchitos de colores perdidos allí adentro, — respondió Clara con una risita, — pero ¿de qué sirve?
El teléfono de Lucía sonó con una notificación. Saltó, cogió la pantalla y sonrió, aunque aún tenía los ojos sonrosados.
— Me pregunta si necesito comprar algo.
— ¿Se ha ido hace tres horas y ya quiere saber cómo organizar la despensa? — Clara puso los ojos en blanco. — ¿Vas a responderle?
— Sí, — Lucía empezó a teclear, — le diré que compre leche y pan.
— Y en círculos de nuevo la rueda, — murmuró Clara, mirando por la ventana al creciente diluvio.
En la noche, Miguel regresó con bolsas ladradoras. Junto a la leche y el pan había frutas, zumo de naranja, galletas de esperanza y un ramito silvestre de flores.
— Trae, — le ofreció a Lucía, tendiendo el ramo. — Lo vi por la calle, una abuela lo vendía. Son simples, pero gustosas. Como tú.
Lucía parpadeó emocionada. Clara frunció el ceño.
— Hola, Clara, — saludó Miguel con un gesto seco. — ¿En visitas por cuánto tiempo más?
— Por una semana, — forzó una voz neutra. — Hasta que se me acaben las vacaciones de verano.
— Genial, — sonrió, pero sus ojos permanecieron alertas. — ¿Aunque no quieras el pastel de naranja que traje?
— No, gracias, — Clara se levantó del sillón. — Vuelvo a mi libro.
— ¿Te has enfadado? — preguntó Lucía en voz baja cuando Clara salía.
— No, — respondió Clara desde el umbral, — solo no quiero estar en el medio de vuestro drama de telenovela.
Ya en la habitación, bajo la manta y con un libro, Clara escuchó el riso de su hermana, luego la voz de Miguel contando alguna anécdota. Otro riso.
«Como dos críos», pensó, intentando concentrarse en las palabras.
Al día siguiente, Lucía salió temprano al trabajo, dejando un tentempié en el mostrador: huevos fritos con tomate y café en thermos. Clara bebía tranquilamente, cuando Miguel entró.
— Buenos días. ¿Te importa si me apunto a desayunar?
— Como si fueras un dueño, — respondió Clara con encogimiento de hombros.
Miguel sacó yogur y copa, se sentó frente a ella.
— ¿Supiste por Lucía que me marché a casa de mamá? — preguntó directamente.
— ¿Y qué crees? ¿Que mentía?
— Lo hice, — revolvió con cucharilla. — Estaba… rendido, Clara. Sé que te parece débil.
— Eso no lo dije.
— Pero pensaste. — Sonrió tristemente. — Y, quizás, tienes razón. Pero… Lucía es tan fuerte, tan segura. A veces, junto a ella, siento que… no necesito existir. Como si existiera para ser un complemento, no para ser yo mismo.
Clara lo miró, inesperadamente. En sus ojos había sinceridad, una tristeza verdadera.
— Ella te quiere, — dijo después de un momento. — Aunque no entiendo por qué.
— Tampoco lo entiendo yo, — admitió y dejó el plato. — Trato de aprender, Clara. Pero por más que lo haga, ella siempre hace las cosas mejor. Arreglo el grifo y siempre faltará algo. Preparo la cena y sugiere especias distintas. Encuentro un buen trabajo y al final gana el doble.
— ¿Y odias a Lucía por eso? — levantó una ceja Clara.
— ¡No! Por supuesto que no. — Miguel negó con la cabeza. — La admiro. Pero a veces solo deseo sentir que también yo soy importante, que soy alguien necesario.
Clara terminó el café, lo miró con una expresión más reflexiva.
— Lo más divertido, Miguel, es que Lucía piensa que no es suficiente para ti. Piensa que trabaja demasiado, que no pasa suficiente tiempo en casa, que no le dedica suficiente atención.
— ¿De verdad? — su cara se iluminó con sorpresa.
— De verdad, — asintió Clara. — Así que ambos sufren… cada uno de su propia manera.
— Intenté… — empezó él.
— ¿Intentaste? — Clara lo interrumpió. — Y luego te marchaste a casa de mamá. Muy maduro.
Miguel resopló, bajó la mirada.
— Escucha, empieza por algo pequeño. No intentes ser Superman. Simplemente… sé humano cuando se necesita. Apóyala. Que parece fuerte, pero ella también tiene miedo. También se cansa.
— No lo sabía, — murmuró.
— Porque no preguntaste. — Clara puso la taza en el fregadero. — Y ahora, si me permites, tengo que trabajar. Que no como tú, trabajo desde casa.
Esa noche, Lucía regresó a casa antes del horario habitual. Se veía cansada, pero en sus ojos brillaba emoción.
— Clara, ¡no vas a creer esto! — gritó al entrar. — ¡Me ofrecieron un ascenso! ¡Haré de departamento jefa de área!
— ¡Felicidades! — Clara la abrazó. — Siempre supe que llegarías lejos.
— ¿Y dónde está Miguel? — miró alrededor. — Quería comentárselo en primer lugar, pero no responde.
— No lo he visto, — encogió hombros Clara. — Se fue después del almuerzo.
Los ojos de Lucía se ensombrecieron, pero rápidamente se recuperó.
— Bueno, al menos tú la conoces. — Sonrió. — Con Mia, es mejor poder disfrutar sin pensar en sus sentimientos.
Clara frunció el ceño.
— Entonces no te alegras ante tus logros con Miguel hecho?
— Claro que sí, — afirmó Lucía, poniéndose el abrigo. — Pero… sabes cómo es, con su trabajo no todo va bien. No quiero recordárselo.
— ¿Y qué hay de apoyar? ¿No debería gustarle tus éxitos?
— Debería, supongo, — se dirigió a la cocina, — pero son hombres. Para ellos es importante recordarse que son el jefe.
Clara negó con la cabeza, pero no discutió.
Una hora más tarde, cuando Lucía preparaba la cena y Clara le ayudaba a picar lechugas, Miguel regresó. Llevaba una caja envuelta con una cinta.
— Hola, — besó a Lucía en la mejilla. — ¿Cómo estás? ¿Trabajo bien?
— Genial, — Lucía decidió no mencionar el ascenso. — ¿Dónde estabas?
— Haciendo cosas, — sonrió misteriosamente y le entregó la caja. — Toma.
Lucía la abrió. Dentro estaba una agenda de cuero.
— ¡Vaya! — suspiró. — Es hermoso.
— Ábrela, — le animó Miguel.
Lucía lo abrió. En la primera página, con su escritura, estaba escrito: «Para la mujer más fuerte, más bonita, más inteligente del mundo. Estoy orgulloso de ti. M.».
— ¿Cómo has…? — empezó a preguntar, pero se atragantó.
— Tu jefa me llamó, — dijo Miguel con una sonrisa. — Quería saber si planeábamos celebrar tu ascenso. Tu nunca imaginarías cuánto orgullo siento por ti, Luqui. Te lo mereces más que cualquier otro.
Lucía lo abrazó, apoyando su cara en su suéter.
— Pensaba no decirte, — confesó. — Temía que te decepcionara.
— ¿Decepcionarme? ¿De qué? — lo acariciaba el pelo. — Siempre supe que eras talentosa. Y me alegra que otros también lo hayan visto.
Clara observaba desde la cocina. Algo en el aire había cambiado entre ellos, algo invisible, pero importante.
— Me voy, — anunció Clara, secándose las manos. — Ya sienten que va a suceder algo interesante.
— No seas así —, protestó Lucía, separándose. — Quédate, hoy celebramos junto.
— Otra vez, — sonrió Clara. — Me queda trabajo.
Mientras se iba, escuchó cómo Miguel murmuraba algo:
— Ya que me di cuenta, tal vez debería inscribirme en clases de fotografía. Nunca deje de interesarme, pero nunca me atreví.
— ¡Es una idea magnífica! — exclamó Lucía, con voce entusiástica. — Las fotos siempre salieron bien.
Clara cerró la puerta y sonrió. Quizás se había equivocado sobre Miguel. Quizás no era tan malo como creía. A veces, todos necesitan apoyo para descubrir su fuerza.
El día siguiente, durante el desayuno, Lucía parecía pensativa.
— Clara, ¿puedo preguntar algo?
— Claro.
— ¿Nunca se te ocurrió que tu… fuerza pudiese asustar a la gente?
Clara levantó las cejas, sorprendida.
— ¿En qué sentido?
— Siempre eres tan segura, tan independiente. ¿Nunca te han parecido algunos hombres temerosos a causa de eso?
— Y a ti quién te dice eso, ¿eh?
— No lo sé. Pero… Miguel ayer dijo que teme no llegar a tu nivel. Que a veces te considera demasiado fuerte, demasiado segura. Y pensé en ti. ¿No será por eso que estás sola aún? ¿Porque no dejas que los hombres se sientan útiles?
Clara dejó el trozo de tostada en la bandeja.
— ¿Y me sugieres cumplir retrato de alguien débil para que un hombre se sienta importante?
— No es fingir, — negó Lucía. — Solo… quizás a veces sea mejor dejar que otros también muestren fuerza. No controlar todo, no siempre ser la mejor en todo.
Clara quería protestar, pero en ese momento comprendió que quizás su hermana tenía razón. Cuántas veces había rechazado ayuda, cuántas veces había preferido hacer todo sola para no mostrar debilidad.
— Me das con qué pensar, Luqui. Gracias.
— No pretendía herirte, — añadió inmediatamente Lucía. — Solo me agradaría que…
— Todo está bien, — Clara puso su mano sobre la de su hermana. — De verdad.
Antes de su partida, Clara ayudó a Lucía a preparar la cena para la celebración de su ascenso. Miguel se fue al mercado, dejándos a las hermanas solas.
— Me alegro por ti, — dijo Clara, cortando cebolletas. — Miguel真的 está intentando.
— Sí, — sonrió Lucía. — Ayer le dije que quiere aprender a cocinar. ¡Imagina, ese que antes no sabía freír huevos!
— Es humano, — respondió Clara filosóficamente. — Y quiere cambiar. Dijo que quiere ser parte del equipo. No la fuente única, ni la sombra, sino juntos, con fuerzas complementarias.
— Muy sabio, — asintió Clara.
— Y me agradeció algo, —,Lucía miró a Clara. — ¿Qué le dijiste? ¿Sobre qué hablasteis?
— De la fuerza, — respondió simplemente. — De cómo a veces no es solo lograr todo por ti mismo. A veces, la fuerza es pedir ayuda. Ser vulnerable.
Lucía la abrazó.
— Gracias. Por tudo.
— Anda, no seas tonta, — se sonrojó Clara. — No hice nada fenomenal.
— Sí lo hiciste, — afirmó Lucía. — Ayudaste a nosotros dos a ser mejor.
Después de la cena, cuando los invitados se retiraron, Clara estaba en el balcón con una taza de café. Miguel se unió a ella.
— ¿No me molestaré? — preguntó.
— No, siéntate, — Clara se deslizó para darle lugar.
Estuvieron en silencio, mirando el cielo estrellado.
— Sabes, — se atrevió finalmente Miguel, — siempre me aterré un poco de ti.
— ¿Áter? ¿Por qué?
— Porque eres tan… fuerte. Tan segura. Contigo siempre me sentía como… incompleto. Pero ahora entiendo que eres otra, Clara. Tu fuerza no es para temer, sino para aprender.
Clara sonrió, mirando las estrellas.
— A mí siempre me envidiaste, — susurró. — Tu facilidad para amar, tu capacidad de ser abierto. Cómo miras a Lucía, creyendo que nadie más lo nota.
Miguel tosió con nerviosismo.
— No es eso… Solo… la quiero.
— Eso es especial, — Clara bebió café. — Amar a alguien a punto de ser tú, sin miedo a ser débil.
Mientras en el dormitorio, Lucía estaba recogiendo las maletas de Clara.
— ¿Por qué haces esto? — preguntó Clara al entrar.
— Porque, a veces, incluso a la más fuerte se le necesita cierta ayuda, — sonrió Lucía.
Clara la abrazó, ya con los ojos húmedos.
— Has cambiado, — la miró Clara. — Te ha suavizado algo.
— Y tú te has fortalecido aún más. ¿Quién sabe si también aprendimos algo?
— Quizás, — asintió Clara. — Y sabes una cosa? Pienso que alguien también existe por ahí. Alguien que no teme tu fuerza, sino que la complementa.
Clara sonrió, recordando las palabras de su hermana: dejar a veces que otros también sean fuertes.
— ¿Quién sabe, — dijo, — quizás simplemente no le daba tiempo a encontrarlo.
Al día siguiente, mientras se despedían, Clara abrazó a su hermana.
— Llámame más a menudo, — pidió Lucía. — No solo cuando tengo problemas.
— Lo haré, — respondió Clara con una sonrisa. — Y… ser feliz, ¿vale?
— Lo soy, — sonrió Lucía.
Miguel la llevó al andén. Se quedaron en silencio, pero era un silencio cómodo, como entre dos personas que finalmente se habían entendido.
— Cuidado con ella, — dijo Clara.
— Siempre, — respondió Miguel con seriedad. — Y tú cuida de ti.
Clara asintió y se dirigió al tren. Se sentía ligera, como si algo dentro hubiera cambiado. Quizás ahora ya no tenía que ser siempre la más fuerte. Quizás ahora podía aprender a ser vulnerable.
En el tren, escribió un mensaje a un viejo amigo, Andrés. «Hola. Hace tiempo no hablamos. ¿Qué tal estás?»
El tren se puso en marcha, llevándola de vuelta a una vida que, quizás, ya no sería la misma.







