La madre impidió la celebración del aniversario

**Diario de un padre**

El pasillo de aquel antiguo piso compartido era estrecho y largo como un intestino. En las paredes, papel pintado amarillento con flores y bajo los pies, un parquet chirriante colocado en tiempos de Franco. Siempre olía a col hervida y a gatos, aunque en el número siete jamás hubo un felino.

Noelia no abrió la puerta de inmediato. Primero forcejeó con los cerrojos, luego nos miró un buen rato por la mirilla y, al fin, nos dejó entrar.

—¡Por fin! —exclamó, abrazando a su hija—. Ya pensaba que no vendríais. Pasad, que tengo una tarta en el horno.

Lucía se movió inquieta, con el regalo en las manos.

—Mamá, no puedo quedarme. He venido a felicitarte, pero tenemos prisa. Javier me espera en el coche.

La cara de Noelia cambió al instante. La alegría se convirtió en decepción.

—¿Qué dices? Tengo la mesa puesta, he cocinado de todo. La Carmen del tercero viene, y la Pilar con su nieta. Es mi cumpleaños, sesenta y cinco años… ¡No es cualquier cosa!

—Mamá —Lucía se mordió el labio—, ya te lo dije por teléfono. Hoy es el setenta cumpleaños de mi suegro. Hay una fiesta en el restaurante. Toda la familia irá. No podemos faltar.

—¿Y yo qué? ¿Para mí no hay tiempo? —Noelia frunció los labios—. ¿Vale menos tu madre que tu suegro?

—¡No digas eso! —Lucía se sentía acorralada—. Te propuse celebrarlo mañana, tranquilas, con una tarta y regalos. Pero te empeñaste en que tenía que ser hoy.

—¡Claro que tiene que ser hoy! ¿O es que he nacido mañana? —Noelia alzó las manos—. La Carmen ya está preparada, la tarta hecha… ¿Qué le digo? ¿Que mi hija prefiere ir con extraños que con su madre?

El recibidor estaba sofocante. El olor de la tarta mareaba a Lucía. O quizás no era el olor, sino esa culpa que la perseguía desde siempre.

—No son extraños, mamá. Es la familia de Javier. Nos invitaron hace semanas, antes de que decidieras hacer esta fiesta.

—¡Hace semanas! ¿Y yo cuándo nací? ¿Ayer? —Noelia resopló—. Una hija debe recordar siempre el cumpleaños de su madre, no esperar invitaciones.

Lucía miró el reloj. Javier llevaba quince minutos esperando en el coche. Iban tarde.

—Mamá, no puedo discutir ahora. Toma, esto es para ti —le tendió una bolsa—. Es la cafetera eléctrica que querías, con termostato. Y esto… —sacó un sobre del bolso—, es para el abrigo que viste en El Corte Inglés.

Noelia no lo cogió.

—No quiero tus limosnas. Quiero que mi hija me dedique tiempo. Aunque, ¿para qué? Ni siquiera trajiste a la pequeña.

—Laura tiene fiebre, treinta y ocho y medio —suspiró Lucía—. Te llamé esta mañana. La niñera se quedó con ella.

—¡Niñera! —Noelia levantó las manos—. ¿Y su abuela no sirve? ¿Crees que no sé cuidarla?

Tocaron el timbre. Era la Carmen, la vecina del tercero, con un pastel y vestida de fiesta.

—¡Noelia, felicidades! —dijo, pero se calló al ver las caras tensas—. Ay, ¿llegó mal momento?

—¡No, pasa! —Noelia se animó—. Mira, mi hija Lucía. Ha venido un minuto y ya se va con gente más importante.

La vecina sonrió incómoda.

—Bueno, la juventud tiene sus cosas. No la retengas.

—¡Si no la retengo! —Noelia se apartó teatral—. Anda, vete. No vaya a enfadarse tu suegro. La madre… bah, la madre aguantará.

Lucía dejó el regalo y el sobre en la mesa.

—Feliz cumpleaños, mamá.

Salió rápido, antes de que su madre soltara algo más. En el portal olía a humedad. Lucía apoyó la frente en la pared y respiró hondo.

El móvil vibró otra vez. Esta vez contestó:

—Sí, Javier, ahora bajo.

—¿Qué pasó? —preguntó él con voz preocupada—. Llevamos veinte minutos de retraso.

—Lo de siempre —contestó ella—. Ya te cuento.

Bajó las escaleras y salió a la calle. El Seat de Javier estaba aparcado frente al portal. Él tamborileaba impaciente en el volante.

—¿Y?

—No le sentó bien —Lucía se abrochó el cinturón—. Dijo que la abandonaba por tu padre.

Javier suspiró.

—Otra vez. ¿No podíamos haber quedado mañana?

—¿Y qué habría cambiado? —Lucía cerró los ojos—. Mañana se quejaría del regalo, o de Laura, o de que no la visito. Es un círculo sin fin.

Él arrancó el coche en silencio.

—¿Te acuerdas del año pasado? —continuó ella—. Cancelamos las vacaciones para hacerle fiesta. Invité a sus amigas. Y se pasó la noche quejándose de que el pastel era de la panadería, no casero.

La fiesta del suegro fue bulliciosa. La suegra, Teresa, notó su tristeza.

—No puedes cambiar a tu madre —le dijo en un aparte—. Pero puedes cambiar cómo lo llevas.

De vuelta a casa, Laura dormía tranquila. La fiebre había bajado.

—Mañana vamos a ver a tu madre —dijo Lucía—. Le hacemos una fiesta en casa.

Al día siguiente, Noelia les abrió enseguida, como si esperara en la puerta. Con un vestido nuevo y el pelo arreglado.

—¡Abuela! —gritó Laura, abrazándola—. ¡Feliz cumpleaños!

Lucía le dio un ramo de claveles, sus flores favoritas.

—Felices sesenta y cinco, mamá.

Se abrazaron fuerte. Por un momento, no hubo reproches.

—PasMientras tomaban café con la tarta que Lucía había preparado, Noelia suspiró y, por primera vez en años, dijo sin ironía: “No hay nada como tener a la familia cerca”.

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