NO QUIERO UNA VIDA OSCURA…

Desde el primer día en que Diego llevó a Carmen a su casa, doña Amaranta la miró con el ceño fruncido, como si oliera a inmadurez.
—¿Y quién es esta? —murmuró, casi entre dientes—. Ay, hijito, ¿no podías buscar una rubita decente? ¿Ves el color de esa muchacha? Parece morena del campo.
Carmen era morena, con el pelo rizado y los ojos marrones, profundos como pozos de noche. Trabajaba en una tiendita del Rastro, estudiaba, era buena. Pero en casa de Diego, su piel era un pecado.
Doña Amaranta siempre quiso “elevar la casta”. Desde pequeño, a Diego lo untaba con cremas blanqueadoras y le decía que era “como su abuelo andaluz”. No le permitía usar colores oscuros, porque “le hacía ver moreno”.
—Hijo, piensa en tus hijos. ¿Quieres que salgan tan morenos como el ladrillo? Las rubias vienen con sangre noble.
Diego, con su piel teñida de espantapájaros, empezó a dudar. Carmen, a su lado, comenzó a romperse el alma para que la aceptaran. Pero nada era suficiente.
—Vaya lástima que te hayas fijado en ella —le soltó un día doña Amaranta—. Con lo moreno que eres, podías haberte buscado una mujer decente.
El rechazo era tan visceral que ni siquiera los dejó casarse. Se metía en todo. Pero cuando Carmen quedó embarazada, el infierno llegó de verdad.
—¡Lo metiste en un lío, Dieguito! Esa morena te ha atrapado. ¡Pero aún estás a tiempo! Conozco a alguien más…
Y allí apareció Vanessa: rubia con ojos verdes, hija de un hostelero que tenía tres bodegas en el centro de Madrid. Usaba perfumes caros, hablaba de moda como si fuera sofisticada y llevaba un apellido de abolengo.
—Mira, hijo, esa sí es mujer. Imagínate los nietos blancos que me va a dar.
Diego empezó a salir con Vanessa a escondidas. Carmen, embarazada de seis meses, lo notaba distante. Pero callaba. Porque lo amaba.
La bebé nació un lunes de frío. Carmen la llamó Paloma, y cuando la sostuvo por primera vez, supo que todo había valido la pena. Era morena, con los ojos de su padre.
Pero cuando doña Amaranta la vio, su cara se torció.
—Esa niña no es mía —escupió—. ¡Fíjate qué morena salió! Eso no es sangre mía.
—Pero tiene los ojos de Diego… —susurró Carmen, temblando.
—¡No me llames abuela! —gritó la vieja—. Esa criatura no me representa. Y tú, mucho menos.
Diego, ya embelesado con Vanessa y envenenado por su madre, tomó su decisión. Una noche, Carmen dormía con Paloma de dos meses. Él hizo maletas en silencio.
—Me voy, Mary —dijo, sin mirarla—. Esto no puede seguir.
—¿Qué? ¿¡Estás diciendo qué?! ¡Es tu hija!
—No. Es un error. Una cuerda que no me deja seguir. Vanessa es mi futuro. Tú y esa niña son el pasado.
—¡¿Así me pagas?! ¡Te amé con todo mi ser!
—Y yo me di cuenta de que no encajábamos. Yo soy un hombre de bien. Tú, del montón.
Y se fue. Cerró la puerta como si tirara una losa al mar.
La boda con Vanessa fue tan estridente como una fiesta de cumpleaños con fábrica. Salió en todas las revistas. La rubia parecía sacada de una novela romántica. Pero su luna de miel apenas duró tanto como un flan en el sol.
Vanessa era exigente, caprichosa, infiel. Don Roberto, su padre, le trataba con desprecio de patrón a trabajador.
—Oye, morenito, si no mantienes a mi hija como se merece… te buscas otro empleo.
Diego tragó orgullo hasta que un día llegó a casa y encontró a Vanessa besándose con otro en la cama.
—¿Pensabas que me iba a conformar con un moreno como tú? —le dijo, sin rubor—. Me casé contigo por lástima.
El escándalo llegó hasta las paredes. Gritos, puños y amenazas. Diego terminó en la calle, con el corazón roto y la dignidad en el suelo.
Regresó con su madre buscando consuelo. Pero doña Amaranta lo recibió con furia.
—¡Todo es culpa tuya! ¡Perdiste a la rubia perfecta! ¡No sirves para nada!
—¡Se acostó con otro! ¿¡Y todavías la defiendes!?
—¡Debiste haber hecho el esfuerzo! Era una mujer de nivel. No como esa morena que te buscó en lugar de buscarte una buena.
Diego explotó.
—¡Usted es el mal, vieja bruja! ¡Destrozó mi vida!
Y se fue.
Se hizo camionero, huyendo de su pasado. Tres años rodando por carreteras de España. Hasta que, en un baldío de Salamanca, se quedó dormido al volante. El camión se volcó y su vida cambió.
Columna fracturada, pierna rota, futuro anulado.
Regresó a Madrid con muletas, sin casa, sin nada. Ni su madre quiso tocarle la puerta.
Y un día la vio. Carmen caminaba por el Mercado de San Antón, de la mano de una niña… su hija.
—¿Mary? —llamó, con voz entrecortada.
Ella lo reconoció. Pero no lo abrazó.
—¿Qué quieres, Diego?
—Ver a mi hija… pedir perdón.
—¿Tu hija? —dijo, con una risa amarga—. Paloma no es tuya. Su padre es quien estuvo cuando tú huiste. El que le dio su apellido. El que la ama, sin importar el color.
—Pero… es mía. Se nota en los ojos…
—Sí. Pero tú nunca estuviste. Te fuiste con una rubia y nos dejaste morir de sueño. Mi hija se enfermó. Y tú… ¿dónde estabas?
Diego rompía.
—No sabía…
—¡No querías saber! —gritó Carmen—. Preferiste creer que valías más por ser más claro. ¿Te fue bien con tu rubia? ¿Te hizo feliz?
Diego no podía articular palabra.
—¿Sabes quién me ayudó? —dijo—. Don Manuel, el pulpero. Él nos dio amor. El padre que te robaste.
Y apareció Manuel. Moreno, fuerte, con manos zagalesas y mirada de noble. Abrazó a Carmen y a la niña.
—¿Todo bien, cariño?
—Sí, este hombre solo está perdido.
—¿Tú eres el que las dejó por una rubia? —dijo Manuel, con lástima—. Paloma, saluda al señor.
—Hola… —dijo la niña tímidamente.
Diego se rompió en mil pedazos.
—Perdóname, Mary…
—No puedo. Tú elegiste. Te buscaste un complejo de raza. Ahora vive con eso.
Y se fueron. De la mano. Como una familia de verdad.
Esa noche, escribió una carta que jamás mandó:
Paloma, mi niña linda:
Su padre biológico fue un cobarde. Puso un color sobre el amor. Perdí tus primeros pasos, tus primeras palabras, por una mentira que me enseñó mi madre.
Su verdadero papá es Manuel. Él la eligió, la cuidó, la merece.
Ojalá un día puedas perdonarme. Si no… entiendo.
Con amor y arrepentimiento infinito,
[Diego]
Al amanecer, rompió la carta en trocitos y los lanzó al viento. Algunas oportunidades, cuando se pierden, no vuelven.
Doña Amaranta murió sola, sin conocer a su nieta. Diego nunca caminó derecho de nuevo. Y Paloma creció feliz, sin saber que alguna vez existió un hombre que no supo verla con amor, solo con prejuicios.

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NO QUIERO UNA VIDA OSCURA…
No me separé de mi marido porque me fuera infiel.